|
El titiritero se sentía solo. Miraba a su alrededor y sólo veía las formas vaporosas de los que antes habían estado allí, siluetas que se desvanecían cuando alargaba sus dedos para tratar de alcanzarlas. Estaba desesperado. ¿Qué hacer? No podía conformarse con esas sombras, no podía esperar a que se tornasen sólidas, la espera lo mataba. Necesitaba compañía ya, al precio que fuese. Un títere. Eso era. ¿Por qué no crear uno? Ayudaría a cubrir el vacío existente mientras este volvía a llenarse. Necesitaba imperantemente el placebo de su marioneta para no sumirse en la soledad. Fue su mejor y más íntima compañía. El títere cumplía su función a las mil maravillas, y el titiritero estaba muy contento con lo que había creado.
Cuando los ahumados contornos se materializaron lo suficiente, al titiritero le llegó la hora de abandonar a su títere. Pero sin darse cuenta, a lo largo de todo el tiempo transcurrido, los nudos que ataban el títere a los dedos del titiritero se habían tensado. Intentó deshacerlos con paciencia, intentó arrancarlos con fuertes tirones, pero al hacerlo, él mismo se hacía daño. Trató de ignorar su presencia, pero no pudo. El controlador se había vuelto el controlado. Al cabo del tiempo, los nudos, por desgaste, acabaron rompiéndose solos. Pero el titiritero aún notaba la presión en sus dedos, sentía el peso del títere en sus manos, extrañaba las horas que había pasado inventando una vida. Había pasado tanto tiempo aislado en su mundo, con su marioneta bailando los pasos que marcaban sus manos, que ahora no era capaz de volver a la normalidad y separarse de su creación.
| |