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James dedicó su vida por entero a regar una planta. Ésta sólo florecía una vez en la vida y tardaba varias decadas en crecer, un engorro, vaya. Sin embargo a James eso no le importaba, día tras día regaba, podaba y abonaba la delicada planta esperando con ansia a que al fin floreciese para poder oler su fragancia y ver sus bellas flores.
Un día James se levantó y se dispuso a regar la planta cuando de repente se dio cuenta de que lo que había estado regando toda su vida no era una planta si no un pingüino de un zoo de Arizona
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