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Las tinieblas cubrían el bosque. El mensajero del rey, decidido, se abría paso por entre la maleza, pues tenía una misión que cumplir. Caminaba orgulloso, valiente, con la cabeza bien alta. Por ese motivo no vio el abismo que se abría bajo él y se despeñó al río Arrunajesis, que discurría unos 600 metros más abajo. Y fue una lástima, porque la empresa en la que quería embarcar a nuestros héroes era muy interesante.
FIN

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