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La maleta estaba diseñada para resistir fuertes golpes. Recubrimiento blindado, acolchado interior. Era de grandes dimensiones, y el cierre de seguridad electrónico sólo respondía al ADN de su propietario. Tales eran las características que habían animado al ladrón a arrojar la maleta a las alcantarillas. En medio de la oscuridad se encendieron tres luces verdes definiendo los vértices de un triángulo. Después, el mundo se volvió monocromático y se llenó de ruido de imagen. Ahí estaba. Su tamaño había impedido que cayera a través del desagüe, por más que la corriente, crecida por la tormenta, se empeñase en empujarla. La maleta había superado la prueba. Una mano enguantada se apoyó en la resbaladiza pared de húmedo ladrillo. El ladrón tanteó el terreno, comprobó el equipo a su espalda, y se llevó la mano a la pistola que pendía de su cinturón.
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(Todos los personajes que salen aquí -aunque no se menciona el nombre de ninguno- son MÍOS, MÍOS, MÍOS, MI TESSSORO..., así que los derechos reservados esta vez deberían ser para mí)
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