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Argumentos superfluos sobre los tebeos que pasan por delante de mis ojos

El señor Jean y yo, hombres en la edad madura

Un tebeo con premio debe tener algo distinto. Algo superior, que le de valor y que haga que destaque sobre el resto. En poco tiempo he leído dos historias que cumplen estas características, ambas francesas, ambas premiadas en Angouléme y ambas con el mismo tipo de protagonistas.
El señor Jean, la vida cotidiana de un escritor según la cuentan Dupuy y Berberian. El cuarto tomo, que apareció a la venta hace unos días, fue premiado en el festival francés como el mejor álbum del año en 1999. Vivamos felices sin parecerlo se parece, y mucho, a lo que uno tiene cuando ya ha pasado hace tiempo de los 30. Alegrías, amarguras, alguna que otra sorpresa en la vida; amigos que se niegan a madurar y que no saben reconocer cómo han cambiado; amores que regresan, o que se van;niños, muchos niños, demasiados niños, pero que por suerte son todos de otros; un trabajo que, por muy importante que sea o parezca, no termina de acabarse porque siempre hay algo que lo impide.
Pues son un montón de paralelismos con la vida de uno, pardiez.
Y tal vez ése sea el mayor mérito que le encuentro a la historia. Atrás han quedado las anécdotas de entre una y ocho páginas (algunas deliciosas), éste es un relato lineal y largo de un momento de la vida de Jean. No es el más importante, pero lo que le sucede tiene relevancia en su vida, que es de ficción pero parece la de cualquier persona; parece que Jean no vive, parece que no hace nada, ya que casi todo le sucede a la gente que hay a su alrededor. Pero es el centro del mundo, y lo que hace influyen en todos los que le rodean, de la misma manera que las decisiones de otros le inspiran a tomar las suyas propias.
En la segunda boda de Laurent y Virginie, en la mesa con sus compañeros de universidad, Marion dice que "es el único que seguramente hace lo que quiere". Aunque los demás se mofan y dicen que no hace nada. ¿No es acaso eso el principio de la felicidad?
De ahí la brillantez de título.
Seamos felices. Aunque los demás no se enteren.
¿Emulamos al ya no tan joven escritor?
Bueno, no sé si lo conseguimos, pero por lo menos, lo intentamos.

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