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Mañana no será otro día Amanecer un buen día dentro de otra persona no es muy agradable. Claro que tampoco es muy común. Que se sepa, sólo hay un caso documentado: el de Adolph H. Kampf, un científico alemán que, durante el Holocausto, se dedicaba a realizar experimentos genéticos para el III Reich utilizando como cobayas a prisioneros judíos. Aquel fatídico día, tras una dura jornada laboral dedicada en exclusividad a investigar los medios para una destrucción psicológica absoluta del sujeto a través de procesos químico- neurológicos, se fue a la cama mostrando claros signos de agotamiento. Ni siquiera el vaso de leche tibia preparado por la amorosa Helga aquella noche resultó tan reparador como de costumbre. Minutos antes de conciliar el sueño ya se sentía brutalmente enfebrecido, sensación que dio paso a un despertar brusco, con un agudo dolor en todos los músculos, en todas las articulaciones de su ahora menudo cuerpo. Una experiencia traumática sin parangón en su recuerdo, quién sabe si sólo comparable con el momento del parto. Un hedor insoportable dominaba la estancia en penumbra. Furtivos rayos de sol, filtrándose entre las tablas de la pared, herían sus ojos. Antes incluso de percibir la ausencia de Helga de su lado, le aterró la consciencia de que había muchas, muchas más personas en aquel barracón, hacinadas como animales. Y el silencio, sólo roto por un estremecedor grito, el suyo, que le habría hecho merecedor de un duro castigo de no haber estado incluido en la lista de ejecuciones en cámara de gas para esa jornada, en consecuencia lógica con el dictamen de inutilidad dado el día antes por el responsable de ese área de investigación, el Dr. Adolph H. Kampf. Efectivamente, tal y como ya habrán podido suponer, el Sr. Kampf despertó dentro de otra persona: todo su ser se había intercambiado por el de Jacob Mankiewicz, judío, homosexual, comunista, poeta y también cobaya que había compartido con él el laboratorio (uno cruelmente atado sin anestesia a una camilla y otro en pie con su esterilizada jeringuilla) durante la última semana. Desde
aquel día Adolph H. Kampf, habitado como si de un recipiente biológico
se tratara por la mente de Jacob, cambió de forma notable: abandonó
sus investigaciones y se dedicó a escribir, no sin antes hacer
una gran labor de contraespionaje para el Servicio Secreto británico.
Terminada la guerra se divorció de la perpleja Helga, esa zorrita
burguesona y fascista, y se fue a París, donde la nada despreciable
fortuna del Dr. Kampf le permitió vivir feliz y libre hasta el
día de su muerte, el siete de abril de mil novecientos setenta
y seis.
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