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El
azar y la necesidad
Justo
tres días después de que la abuela materna de Doménico,
una devota creyente siciliana, amenazara a su yerno con desgracias terribles
si se abstenía de acudir a misa el día de San Pastrami,
éste murió a manos de unos matones de la mafia que lo habían
confundido por casualidad con un joven estafador que hizo fortuna veinte
años después extorsionando a pequeños y medianos
comerciantes en Brooklyn.
Por supuesto, en aquella aldea siciliana este hecho no fue considerado
un producto del azar sino una muestra evidente del poder de Dios. Doménico,
aún niño, se educó con ésta y otras pruebas
de que la casualidad no existe y todo lo que en el mundo ha sido se debe
a la mano del Altísimo y por tanto lleva aparejada alguna retorcida
moraleja.
Esta percepción de la realidad, aunque a alguien puede extrañar
o parecer anacrónica, se convirtió en la base fundamental
del pensamiento de Doménico, y desde luego no desapareció
cuando algunos años más tarde se produjo su ingreso en el
seminario, tras el cual vino una carrera meteórica ocupando sucesivamente
los sillones del obispo Giuliane y el cardenal Tarancone, ambos aficionados
al golf y fulminados en medio del campo por sendos rayos en días
de tormenta, signos en los que toda su familia siguió viendo las
artes del Todopoderoso que le allanaban el camino.
Por eso cuando se sentó por fin en el trono de San Pedro sustituyendo
a aquel funesto Papa que murió en accidente de papamóvil
un mes después de que el diagnóstico secreto de su gonorrea
galopante saliera a la luz en los medios de comunicación, los periodistas
no encontraron vestigio alguno de sorpresa en la pequeña aldea
siciliana: ya se lo veían venir. Bueno, nosotros también,
¿verdad?
Sin embargo, los hechos hasta ahora relatados no tienen apenas relevancia
en comparación con lo que vino después: en virtud de esa
creencia en el destino inmutable Doménico, ahora el Papa Juan XXIV,
interpretó como signos fatales, del mismo modo que hubiese hecho
su difunta abuela materna, los avatares de la política internacional
y también la aparición de dos nuevas enfermedades venéreas.
Visto lo visto, obró en consecuencia: disciplinó a la Santa
Madre Iglesia como no se había visto desde los tiempos de La Inquisición,
creó un cuerpo militar de sacerdotes, armó el Vaticano con
un arsenal de armas nucleares, que fue por unos meses la envidia de Occidente,
y desencadenó una Guerra Sagrada de Purificación lo cual,
para los laicos de a pie, viene a querer decir que lo mandó todo
a tomar por el culo, ya que con la cosa ésta que los estrategas
de la OTAN y otros estamentos militares llaman "Respuesta Armada
Controlada" se devastó de la manera más absoluta la
superficie de la Tierra.
Y así fue el Fin del Mundo. No comenzó con el sonido del
trueno, sino con la susurrante maldición de una amargada beata
italiana, factor que ninguno de los miles de profetas que en varios miles
de años investigaron, interpretaron y cartografiaron nuestro destino
por los siglos de los siglos había previsto jamás.
También es casualidad.
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