|
De los seres sintéticos
Amelia no descubrió que su marido era un androide hasta el día en que éste tuvo un cortocircuito mientras enjuagaba su prepucio en la ducha. Se conoce que este modelo tenía mal el aislamiento interior de la uretra y algo de agua se había introducido por este canal. La perpleja Amelia, que se depilaba las cejas sentada en el bidé observando la rutina higiénica de su marido, procedió a un examen superficial de aquel cuerpo inerte cuya consecuencia inmediata fueron una serie de hallazgos sorprendentes sobre la realidad física de aquel hombre con el que había hecho el amor tan sólo unos minutos antes. Un giro de cuarenta y cinco grados en los ligeros y aparentemente reales pezones del androide accionaban la tapa metálica, recubierta de biolátex, que cubría su caja torácica. En su interior albergaba una sofisticada CPU con una brutalidad de megaherzios, megabytes y todo ese jaleo, herramienta de precisión que hacía que esta máquina no sólo hablara, pensara y diera el pego a cualquier conocido, sino que también fuera capaz de penetrar a Amelia (el disco duro interno lo tenía registrado: doce mil seiscientos cincuenta polvos en tres años) con reiterada frecuencia sin que ésta dudase en ningún momento de la naturaleza animal, y menudo animal, de aquel cuerpo. A partir de ese día Amelia se hizo mucho más cautelosa en sus relaciones con sus "semejantes": ojos que cambiaban de color de un día para otro en el rostro familiar del tendero, la extraña sonrisa fría y rígida que otrora parecía normal en su jefe y otros indicios la fueron convenciendo de algo que el resto de la humanidad ya sabía: todos eran robots. Por alguna extraña razón todos los habitantes del planeta Tierra habían sido sustituidos por androides, organismos mecánicos de programación perfecta, perfectos suplantadores. Por supuesto todos los sujetos interrogados por una cada vez más ansiosa Amelia negaron este hecho, y continuaban su diario teatro de simulación como si el engaño aún fuera posible. Un día Amelia decidió recluirse con la sola compañía de Mefisto, su gato, el único ser en el que percibía auténtica vida y en el que confiaba. En la buhardilla de su casa convivió con su querido animal durante el resto de su vida sin más contacto con aquellas criaturas cibernéticas que el estrictamente imprescindible: el robot Chema, programado como un hiperreal chico de los recados, el robot Alberto, asesor y abogado o el androide médico eran los únicos que de cuando en cuando la veían. Cuando
su ama murió veintisiete años más tarde, el longevo
gato activó su módem interno y avisó a los demás
androides que poblaban la Tierra. Muerto el último humano, la necesidad
de disimular acabó y procedieron a una desconexión colectiva,
convirtiendo nuestro planeta en un inmenso museo de cera. |
|