Tanoshi Rye
Anochecía cuando llegó a la aldea. Su cuerpo cansado y sucio había soportado varias semanas las enfangadas carreteras del Imperio, pero por fin estaba ante su meta. Un esfuerzo más para arrancar sus pies del barro, sólo unos pasos más y podría buscar alojamiento.
Sakamura era un pueblo de no más de 500 habitantes, con sus casas perfectamente alineadas a ambos lados de la carretera, y sin embargo era el refugio de Takezo Hanoshi, el mayor maestro de Iaido de todos los tiempos. Localizó el hostal (probablemente el único en un pueblo con tan pocos visitantes) y puso rumbo a su puerta lacada forrada con pequeños espejos en el exterior. Era prometedor saber que mientras descansaba no la molestarían los malos espíritus. Sin embargo pocos metros antes de llegar cinco jinetes se le adelantaron al galope llenándole de barro la cara y se detuvieron ante el hostal. No se enojó. Las monturas parecían pertenecer a algún noble de la capital, y teniendo en cuenta que ella sólo era una muchacha vestida como una campesina lo más probable era que ni tan siquiera hubieran reparado en ella.
Entró en el hostal y pidió alojamiento. Por suerte no era un pueblo muy concurrido, por lo que dejaron dormir en la habitación comunal con otros heimin. Los nobles que habían ensuciado sus ropas en el camino descansaban en otra cámara, en habitaciones privadas. Tras tomar un baño purificador y vestirse con ropa limpia salió al patio trasero y frotó su ropa sucia en el riachuelo que serpenteaba a pocos metros de la valla. Sin ser un río caudaloso, aquel arroyuelo había adquirido cierto caudal, probablemente debido a las primeras lluvias del otoño. Cuando hubo terminado se adentró de nuevo en el hostal para tomar un tazón de sopa de arroz.
El comedor era comunitario. No obstante los nobles seguían sentándose en las mesas más lustrosas y barnizadas, dejando de lado a los que no pertenecían a la casta samurai. Mientras cenaba un caldo reparador, observó el Mon que lucían aquellos hombres: sí, lo había visto antes, pero no podía recordar dónde. Desde luego los kimonos eran de una manufactura exquisita, de seda negra mate con bordados en rojo oscuro, pero no pudo recordar el emblema familiar que lucían en la espalda.
Decidió no preguntar por la casa del maestro hasta la mañana siguiente. De poco le iba a servir averiguarla ahora, y dado que el pueblo era tan pequeño era obvio que si lo hacía el maestro conocería su llegada antes de que pudiera anunciarla por sí misma. Y si ya de por sí no era probable que un hombre como Hanoshi, que se había retirado al campo voluntariamente para llevar una vida contemplativa, aceptara a un discípulo, cuánto menos cuando quien lo solicitaba era una mujer que además no pertenecía a la casta samurai. Sin embargo no iba a echarse atrás ahora. Todo lo que sabía de Iaido se lo había enseñado su difunto padre, y su deber para con él era buscar el tutelaje del mejor de los maestros.
Con estos pensamientos se fue a dormir. Tuvo un sueño plácido, quizá porque sabía que el fin del camino estaba ya cerca, o quizá porque dormir sobre tatami era mucho mejor que dormir a la intemperie. Al despertar bajó de nuevo al piso inferior. Estaba sentada en el comedor, masticando unas pequeñas hojas de soja, cuando aparecieron los cinco samurai de la víspera.
Cuando se disponía a levantarse para preguntar por la casa del maestro, entró en la sala una mujer joven. La gracia de sus movimientos hacía patente que se trataba de una noble, posiblemente cortesana. Su rostro blanco, maquillado con aceites y carmín rojo iluminaba a los presentes. Ceñía un kimono espléndido y a la vez sencillo, verde oscuro y dorado, que dejaba adivinar una figura enjuta. Se dirigió hacia los samurai de la mesa principal.
- Estimados señores - comenzó, con una reverencia estudiada durante años - lamento comunicarles que mi señor Takezo no podrá recibirles debido a un repentino resfriado. Me ordena que os pida disculpas en su nombre. Espero que se hagan cargo de que se trata de un hombre de avanzada edad, por lo que el más absoluto reposo es indispensable. Sin embargo, como muestra de gratitud por su visita, les envía este presente con sus mejores deseos. - Y diciendo esto, extrajo de su obi una rosa roja, fresca, acabada de cortar.
La muchacha depositó la flor en manos de uno de los nobles, y haciendo una reverencia se retiró. El noble se puso en pie con el rostro sonrojado por la rabia. Mirando la rosa y a sus acompañantes, la arrojó con toda su fuerza contra el suelo.
- Pero quién se ha creído que es ese viejo estúpido - bramó con los ojos fuera de sus cuencas. - Acaso cree que le puede tomar el pelo a Morikage Uji? A mí, el maestro de esgrima del Shôgun? Vamos, quizá en su tiempo fuera también él un gran maestro, pero está claro que nada podemos aprender ya de un anciano senil que cultiva flores - y diciendo esto abandonó la habitación seguido por sus cuatro acompañantes.
Claro!! Se trataba del Mon de los Morikage, la mejor escuela de Iaido de todo Kyoto!! Todo el mundo conocía la afición de Takezo Hanoshi por las flores. Sin embargo era impensable que excusara su presencia ante tan importantes nobles con una simple flor.
Rye avanzó hacia la mesa principal, ahora desocupada. Se agachó y recogió la flor, muchos de los pétalos de la cual estaban esparcidos por el suelo. Miró detenidamente aquella rosa roja, poco antes bella y orgullosa, y no pudo reprimir una sonrisa de complicidad...
La mujer oyó unos pasos rápidos que se aproximaban tras ella. Lentamente, se detuvo y miró a su asaltante. Era una muchacha con ropas de campesina que correteaba por el barro hacia ella. Se detuvo a unos pocos metros, jadeando, y alargándole lo que parecía el tallo de una flor cortado por ambos extremos.
- Señora, decidle al maestro que yo sí guardo con aprecio su presente, y devolvedle parte del tallo como saludo.
Media hora más tarde, el anciano Hanoshi observaba el tallo de la rosa.
Sonrió. El corte de un extremo era casi tan limpio como el que él
mismo había realizado en el otro, pero no tan recto. Sin embargo quien
fuera aquella campesina había sabido apreciar lo que otros de mayor estrato
social no, y sólo por eso ya merecía su verdadera recompensa.
- Quién sabe - pensó - quizá incluso se merezca una vida
eterna de aprendizaje...
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aportado por: Eric Draven - Vitaeoscura
Para: La Biblioteca Vampiro
Bibliotecario: Santiago Giovanni