Un virus acaba con la vida de todos
los individuos masculinos sobre la
faz de la tierra. ¿Todos? No, todos
no. Misteriosamente, un escapista
sin trabajo llamado Yorick (Y, igual
que el cromosoma masculino) Brown ha
sobrevivido, lo que le convierte en
el máximo objeto de deseo, odio o
interés de un planeta ahora dominado
por las mujeres. Este es el
interesante comienzo de la que se ha
convertido en la serie Vertigo de
moda, ocupando la plaza que antes
disfrutaron Sandman,
Predicador, Transmetropolitan
y 100 balas.
Y, el último hombre
es la creación de Brian K. Vaughan,
un guionista al que todavía no le he
visto un tebeo que baje de
interesante. Debutó en un par de
historias de Ka-Zar, y desde
entonces nos ha dejado algunos
llamativos episodios de Batman, una
curiosa etapa de La Cosa del
Pantano, y ya más recientemente
la colección regular protagonizada
por Mística y Runaways, una
serie de la línea Tsunami de Marvel
que no vende un pimiento pero le
encanta a quien la lee. Y, el
último hombre es el título que
le propusieron los editores de
Vertigo después de que los de
contabilidad echaran el cierre a
La Cosa del Pantano, conscientes
de que Vaughan necesitaba su propio
título para eclosionar en toda su
magnitud.
El argumento que ha
elegido no puede por menos que
resultar familiar a los seguidores
del género post-apocalíptico. Hay
partes de la historia que recuerdan
inmediatamente a La danza de la
muerte de Stephen King, al
Soy leyenda de Richard Matheson
o, si me apuran, a la película 28
días después. Lo sorprendente es
que esta cinta se estrenó
posteriormente a la publicación del
cómic de Vaughan, lo que revela, más
allá de casualidades, que a la hora
de construir este tipo de historias
hay unos lugares comunes
ineludibles. Lo que cuenta pues es
el ingenio para atrapar al lector,
más que la originalidad. Porque,
reconozcámoslo, más allá de la idea
de un mundo en el que mueren todos
los hombres (menos uno) y sobreviven
todas las mujeres, las novedades de
Y son más bien escasas. Sin
embargo, y aunque suene todo a ya
conocido, el cómic consigue atrapar
con buenos diálogos, situaciones
divertidas y algunas gotas de
política ficción que dan mucho que
pensar, como por ejemplo las
reflexiones sobre las esposas de los
congresistas republicanos. El dibujo
es de la desconocida Pía Reyes. Es
mediocre, pero no malo. La chica
narra bien y no molesta, y es lo que
suele pedírsele a un dibujante de
Vertigo que no se llame Darick
Robertson o Phil Jiménez.
Norma Editorial acierta
con el formato elegido, y hay que
decirlo porque es algo que sucede
pocas veces. Ese acierto consiste,
ni más ni menos, en coger el primer
recopilatorio americano de la serie
y publicarlo tal cual a un precio
equivalente (algo más de doce
euros). En definitiva, el lector
tiene todo un arco argumental en un
único tomo, en lugar de las dichosas
miniseries de dos o tres números a
siete euros en formato téoricamente
prestigio que vienen muy bien a la
hora de sajar al aficionado, pero
muy mal a la hora de crear afición.
¿Tan difícil es comprender esto?
¿Tanto les cuesta entender a los de
Norma que ya no cuela más eso de que
“como somos pequeños tenemos que
poner los precios por las nubes”? A
estas alturas, los lectores de DC
casi han renunciado a una edición
lejánamente equiparable a la que
hace Planeta de Marvel, pero sería
bonito pensar que sí cabe la
posibilidad de una línea de tomos
semejante a la que lleva a cabo DC
en Estados Unidos. Ojalá sea así y
no tardemos en ver en la calle el
segundo tomo de Y, que por
algo acaba de salir en su país de
origen.