Con Contando hacia la Nada,
la trama del viaje alucinante por el
inconsciente cultural de este fin de
siglo (marcado, cómo no, por la
cultura yanqui) que es el segundo
volumen de Los Invisibles, se
complica y se acelera. Sin embargo,
a pesar del despliegue casi
pirotécnico de violencia de los
primeros episodios y la terrorífica
operación de lavado de cerebro de
los últimos, lo que más destaca en
una segunda lectura hasta un punto
que produce incluso sorpresa es el
torrente de sentimientos que aparece
bajo la superficie. Dolor,
compasión, rebeldía, curiosidad, y
sobre todo una enorme cantidad de
amor, entendido como complicidad,
como afecto, como puro deseo y
también como nostalgia. La aventura,
el misterio, la acción espectacular
y la violencia que los personajes
empiezan a cuestionar abiertamente
no son sino el acompañamiento
(estupendo, por supuesto) de lo que
importa de verdad.
Amor y Tiempo. Ése es el material
del que se sirve Grant Morrison para
trenzar las peripecias dispares de
todos sus personajes en torno al
formidable MacGuffin de la Mano de
Gloria. Todo el mundo siente algo
por alguien. Jack Frost consolida
definitivamente su amistad con Lord
Fanny, mientras intenta que Boy le
vea como algo más que un niñato. Por
su parte, King Mob-Gideon sigue
embarcado en una relación cada vez
más intensa con Ragged Robin aunque
aprovecha para visitar a Jacqui, a
quien en el fondo nunca ha dejado de
amar (¿sería ella la
persona/personaje tras la máscara de
Genevieve Stargrave en Entropía
en el Reino Unido?) y que le
canta las cuarenta en una escena
conmovedora por su verosimilitud, y
finalmente emprende un viaje hacia
el pasado durante el que pondrá los
cimientos de la persona que es en la
actualidad gracias a su encuentro
crucial con Edith Manning. Como
decía Freddie: “Todo el mundo se
enamora de Edie”.
Pero las estrellas de este tomo son
sin duda Ragged Robin, cuya tortuosa
historia comenzamos a conocer en un
episodio deslumbrante y cuya
personalidad va ganando en claridad
sin perder ni un ápice de misterio;
Boy, que pasa por una brutal ordalía
de purificación con ecos de Dick,
Expediente X y Robert Anton
Wilson y que seguro que los hermanos
Wachowski estudiaron muy bien, y por
supuesto la maravillosa Edith
Manning, revelada finalmente en todo
su esplendor como el centro de la
célula de Invisibles que en 1924
obtiene la Mano de Gloria e intenta
utilizarla con resultados que más
vale no descubrir en una pobre
reseña como ésta.
Phil Jiménez sigue demostrando su
talento para captar personajes y
entornos y se encuentra igualmente
cómodo con las secuencias de 1924
como con los ambientes
contemporáneos más delirantes. Pocas
veces el lector habrá podido oír
la banda sonora de una secuencia
dibujada como cuando, al pasar la
hoja, descubre a Jack y Fanny
bailando ante el Arlequín. En pocas
ocasiones el Apocalipsis ha sido
plasmado con un deleite y un detalle
tan enfermizos como en la doble
página del sueño que Boy tiene
durante su viaje en tren.
Al igual que la edición original, el
tomo publicado por Planeta incluye
la historia breve Y todos somos
policías, ilustrada por el
fantástico Philip Bond y publicada
originalmente en el primer número de
la antología El Filo del
Invierno. Más vale disfrutarla y
dejarse llevar por las sensaciones,
porque intentar explicarla sólo le
robaría su encanto. Tan sólo cabe
señalar que no, su lugar en la
“continuidad” de la serie no es éste
y que en cierto modo se podría
considerar como la última “aventura”
de Gideon Stargrave. Todo se
aclarará a su debido tiempo, tras la
publicación de El Reino
Invisible, el último tomo de la
serie… o quizás no, quién sabe.
La edición española sigue la línea
de
Infierno en América para lo
bueno y para lo malo. El precio es
inferior al original y la
reproducción mejora respecto a la de
la anterior entrega. Sin embargo hay
fallos de traducción poco
comprensibles, como la conversión de
“Criminales Sensibles” (o
“Sensitivos”) en “Criminales
Sensatos”. También en este tomo
quedan destrozadas páginas de
composición original tan atractiva
como la de
los créditos del episodio “Pierrot
Parisino”. Asimismo la
rotulación sigue sufriendo: el
cambio del tipo manuscrito utilizado
en la narración en primera persona
de Edith Manning por otro mucho más
impersonal reduce de forma
notable el efecto buscado. Si a todo
esto añadimos unas tapas demasiado
poco consistentes para un tomo de
más de doscientas páginas quizás
habría que plantearse si no valdría
la pena pagar un poco más para
obtener a cambio un producto más
cuidado y que no desmerezca a la
historia que contiene.
Adela Salguero