Corría el año 1989 y hacía apenas 18
meses que se había relanzado la
colección de uno de los grupos más
extraños de todos los tiempos,
cuando un joven escritor de Glasgow
aterrizó en la serie para darle un
giro revolucionario y convertir de
nuevo a sus protagonistas en los
extraños héroes que siempre fueron.
A partir de su número 19, Doom
Patrol pasa de las manos de
Paul Kupperberg a las de Grant
Morrison, y es precisamente en ese
número donde empieza la andadura de
esta edición que ahora nos trae
Planeta. Para la ocasión, la
colección se viste con un formato de
dos números americanos por ejemplar
(el 19 y el 20), en una cuidada
edición en papel satinado, con tapa
rígida y lomo. Puede que con un
papel más poroso los colores
hubiesen sido menos brillantes… pero
por suerte, el color plano y no de
tramas, hace que sea bastante
llevadero y acabe no importando
demasiado. Tenemos en el interior
las portadas originales, y en el
exterior, luce la portada que Brian
Bolland realizó para el primer
recopilatorio en su país de origen.
Si acaso echamos en falta algún
artículo que nos introduzca en el
puntual momento de la colección
donde da inicio este nuestro número
uno.
La acción empieza con Cliff Steele,
Robotman, cuya única parte humana es
el cerebro, internado
voluntariamente en un hospital
psiquiátrico. La Patrulla Condenada
ya no existe, la mayoría de sus
miembros han muerto trágicamente o
están hospitalizados. En este último
caso se encuentra Larry Trainor
(componente, al igual que Steele,
del grupo original), que de manera
trágica se verá literalmente
fusionado con la Doctora Poole y el
ser de energía que le convirtió en
el Hombre Negativo, dando lugar a un
ser hermafrodita que se
autodenominará Rebis. Conoceremos
también a Crazy Jane, otra interna
del hospital psiquiátrico, la cual,
a causa de los graves abusos
sufridos en su infancia, ha
desarrollado sesenta y cuatro
personalidades distintas… cada una
de ellas con una habilidad
metahumana. Por su parte, el Doctor
Caulder, fundador del grupo, hará lo
posible por reformar la Doom Patrol.
Pero extraños acontecimientos
amenazan a tan particular grupo de
protagonistas. Los Hombres Tijera de
Orqwith amenazan nuestra realidad,
recortando de la misma a los seres
humanos…
Grant Morrison combina en sus
guiones algunas de las
características del cómic de
superhéroes con influencias que
abarcan otros géneros como la
literatura y el cine, con
influencias que van de Dalí a
Borges. Todo ello alimentado además
por cosas tan ajenas en un principio
al cómic como la alquimia, la
matemática pura o el onírico mundo
de los sueños. Es esta la genialidad
del escritor, capaz de buscar la
inspiración para sus historias en
los lugares más insospechados para
retorcerlos a su antojo e
introducirlos en el mundo del cómic.
Su colega Richard Case, a pesar de
no ser un dibujante especialmente
atractivo, es buen conocedor de su
trabajo, ofreciéndonos un dibujo
eficaz al servicio de la historia,
que además cuenta con la ventaja de
saber amoldarse perfectamente a lo
que la misma le pide.
En contra de cierto sector de
opinión, en espíritu, la Doom Patrol
de Morrison es mucho más fiel a la
serie original de lo que puede
parecer en un principio. Quienes
hemos tenido la suerte de leer los
Archives dedicados al grupo,
sabemos que aquella primera
encarnación estaba formado por
auténticos freaks, los cuales se
veían envueltos en las situaciones
más extravagantes y se enfrentaban a
enemigos a cada cual más alucinógeno
(solo con decir que uno de sus
villanos más célebres se llamaba el
“Hombre-animal-vegetal-mineral” está
todo dicho). Morrison consigue de
nuevo convertir a los protagonistas
en héroes extraños y (post)modernos,
tal y como lo fueron en su origen,
pero adaptándolo no solo a los
nuevos tiempos, si no también a su
particular modo de entender el
género, donde la fantasía más camp
se da la mano con el surrealismo.
Os aconsejo que sigáis esta serie
muy de cerca. Estos primeros números
son el truco del autor para hacer
fácil el tránsito. Lo extraño viene
después… y yo no perdería la ocasión
de estar allí para verlo y además,
creerlo.
Pepe Quiles