Último tomo
editado por Planeta del Animal
Man de Grant Morrison: con éste,
más los publicados anteriormente por
Norma, la etapa del guionista al
frente de una de las series
emblemáticas de los primeros pasos
de Vértigo queda recuperada en su
totalidad. Nada menos que veintiséis
números excepcionales, que tratan
desde la denuncia contra el
ecoterrorismo hasta la defensa de la
vida vegetariana, para finalizar con
un auténtico ejercicio de estilo que
rompe, literalmente, la barrera
entre ficción y realidad hasta
enfrentar a guionista y personaje en
la despedida que cierra el número,
el volumen y toda una etapa. “Esta
es mi última historia. Siento que
haya sido un anticlímax, pero ya
está. No puedo ir más allá contigo”.
Morrison habla por sí mismo, y con
él Buddy Baker, que recupera
finalmente lo que ha perdido. Es el
último presente de su mayor creador.
Aparte de este
número de obligada referencia, el
tomo contiene la trama de una
desesperada búsqueda por parte de
Buddy de evitar el asesinato de su
mujer e hijos, de una vuelta atrás
en el tiempo. La venganza, una vez
consumada en la muerte de Lennox, da
paso a la reparación del daño, y
pese a lo imposible de la empresa
Animal Man pondrá todo su empeño en
devolver la vida a Ellen y los
niños. El tiempo, la realidad de esa
cuarta dimensión, le hará ir más
allá de donde él pretendía, hasta
vislumbrar los mismos ecos del
universo de Crisis y sus múltiples
realidades (así, Animal Man se
inscribe en la plena continuidad de
DC a través de la presencia en su
serie del Psico-pirata, último
reducto a su pesar de la multitud de
“tierras” del universo) y, en última
instancia, a descubrir la realidad
de él mismo, de los suyos, de los
personajes que le rodean y que, como
acabará por conocer, no existen más
allá de la realidad limitada de la
página de cómic.
Al final del
tomo anterior, Buddy Baker consumaba
su venganza sobre el asesino de su
familia, que a su vez trataba de
castigar a Animal Man por su
colaboración con organizaciones
ecologistas de métodos cercanos al
terrorismo (no olvidemos que Buddy,
en su faceta de Animal Man, es uno
de los pocos superhéroes de
identidad pública y conocida que
tienen familia, con lo cual Morrison
acierta al señalar el peligro en el
que se encuentran por su actividad
como justiciero). Una vez cumplida
su misión, el objetivo de Animal Man
pasa a ser el viaje en el tiempo, la
posibilidad de volver a tras e
impedir que Lennox cumpla el ajuste
de cuentas. Por desgracia, nada
resulta como Buddy planea.
El viaje a
través del tiempo, un tópico tan
frecuente en las historias de
ficción y en el género del cómic en
particular, plantea no pocas
contradicciones que Morrison se
encarga de manipular para conseguir
que Animal Man fracase en su empeño:
y es que, en un mondo como el
Universo Dc, con un frecuente acceso
al viaje al pasado, la posibilidad
de alterar la historia es demasiado
tentadora como para no encontrarle
explicación. Todo ello sirve para
que Buddy, atrapado en una corriente
temporal que lo arrastra arriba y
abajo del pasado, no pueda
materializarse en una forma concreta
que impida el asesinato o que alerte
a su familia. Las pistas dejadas en
los números anteriores (el
desconocido que hablaba con la
pequeña Maxine, la presencia
mientras jugaban al guija, el
misterioso mensaje…), todo ello
encuentra su explicación en este
frustrado viaje de retorno. Buddy
llega incluso a verse a sí mismo
como un adolescente, aunque incapaz
de decirse nada.
El viaje
temporal sirve para que Animal Man
se ponga en contacto con otros
viajeros (genial presencia de El
Extraño) que discuten con él su
intención, la posibilidad de volver
al pasado para cambiarlo, a la vez
que el Psico-pirata, el único
personaje que recuerda la
organización del universo pre-Crisis,
empieza a sufrir una aglomeración de
recuerdos que van cobrando vida: los
personajes de la infinitud de
tierras posibles que han
desaparecido sólo pueden vivir una
plena existencia en la mente del
Psico-pirata, que pronto empezará a
no poder controlarlo (de nuevo,
brillante referencia a un cómic como
“El Flash de dos mundos”, primer
contacto entre tierras paralelas en
un camino sin retorno). Con todo,
Buddy se ve arrastrado a ese
conflicto generado por el Psico-pirata
y agravado por una variante de
Superman que pretende detonar una
bomba. Animal Man lo detendrá
saliendo literalmente del mundo de
las viñetas y arrastrando al tal
Overman, hasta encerrarlo más allá
del espacio concreto del lápiz y la
tinta.
El juego de
universos, tierras y realidades
prosigue en el desenlace de esta
extensa rama, con la llegada de
Buddy al “limbo” de los personajes…
en este caso, Morrison sigue su
propio ejemplo al elegir a un
personaje olvidado de Dc como Animal
Man y darle nueva vida en una serie
de temática realista y que reta a la
vez a personaje y lector en un
verdadero juego de humo y espejos:
personajes de Dc cubiertos por el
olvido son los habitantes de ese
“limbo”, en el que permanecen a la
espera de que algún autor se acuerde
de ellos. Ya no estamos en la mente
del Psico-pirata, sino que la
realidad (o irrealidad) de los
personajes es la propia continuidad
Dc, borrada por Crisis para renacer,
y al tiempo presente en algún lugar
de la memoria colectiva. La razón de
que Buddy sea el elegido para el
viaje será que sólo Animal Man ha
logrado cubrir el trayecto entre el
limbo y la realidad o ficción que
más tarde se revelará como auténtica
en la página del cómic.
Gay el Fantasma
(vaya nombre…), la Abeja Roja y
otros muchos comparten ese espacio
sin concretar entre realidad y
muerte. “No hay historia en el
limbo. Es una de las condiciones de
existencia”. Y es que, mientras
hablan, unas manos teclean sus
palabras en la pantalla de un
antiguo ordenador… todo ello prepara
el final del tomo, ese último número
en el que Buddy completa su viaje
(su retorno, realmente), lee el
guión que ha transportado y a través
de una llave es capaz de alcanzar
una casa, la casa de su creador, de
su guionista, de Grant Morrison.
El desenlace de
la trayectoria de Buddy en manos de
su guionista es demasiado
interesante como para revelarla, así
que sólo invito a leerla:
destacaremos igualmente algún
detalle de interés, como el control
absoluto del autor sobre su
personaje (aunque éste lo niegue) o
la inocencia de Buddy ante la labor
de Morrison como supremo hacedor,
creyendo que él es el responsable de
todo. “Vives en un mundo creador
por comité. Tu vida con
la Liga de
la Justicia la escribe otro. ¿No lo
has notado?”,
pregunta el guionista. “Bueno,
supongo… Nunca hago mucho cuando
estoy con
la Liga”.
La burla de Morrison en el grupo por
excelencia de Dc es evidente: Buddy
no es un superhéroe al uso, y su
último número como creador no es un
clímax repleto de puñetazos y
golpes, sino una extensa
conversación llena de importantes
revelaciones.
En conclusión,
Grant Morrison firma el final de una
etapa impresionante, con un
desenlace que no hace más que romper
los esquemas más allá de lo que los
héroes convencionales podrán hacer
jamás. Con este último número, el
guionista logra enlazar todos
aquellos pequeños detalles que, como
pistas aisladas, había ido dejando a
lo largo de decenas de páginas,
hasta que todos los personajes
implicados (James Highwater, el
Señor del Espejo, la Liga de la
Justicia, Lennox, el propio Buddy)
concluyan brillantemente la trama.
Con el regreso de Ellen y los niños,
la familia de Animal Man, el círculo
se cierra y Buddy Baker vuelve a ser
quien era y, a la vez, quien sabe
que es: el producto de la
imaginación y voluntad de un nuevo
guionista.
Sergio Holmes