RESEÑA U.S.A

 
         
por Sergio Holmes


Planeta DeAgostini

Guión: Grant Morrison
Dibujo: Chas Truog, Paris Cullins
Entintado: Doug Hazzlewood, Steve Montano y Mark Farmer
Portada: Brian Bolland

Recopila Animal Man 22-26

112 págs.  8,95 €


Animal Man
Deus Ex Machina

Último tomo editado por Planeta del Animal Man de Grant Morrison: con éste, más los publicados anteriormente por Norma, la etapa del guionista al frente de una de las series emblemáticas de los primeros pasos de Vértigo queda recuperada en su totalidad. Nada menos que veintiséis números excepcionales, que tratan desde la denuncia contra el ecoterrorismo hasta la defensa de la vida vegetariana, para finalizar con un auténtico ejercicio de estilo que rompe, literalmente, la barrera entre ficción y realidad hasta enfrentar a guionista y personaje en la despedida que cierra el número, el volumen y toda una etapa. “Esta es mi última historia. Siento que haya sido un anticlímax, pero ya está. No puedo ir más allá contigo”. Morrison habla por sí mismo, y con él Buddy Baker, que recupera finalmente lo que ha perdido. Es el último presente de su mayor creador.

Aparte de este número de obligada referencia, el tomo contiene la trama de una desesperada búsqueda por parte de Buddy de evitar el asesinato de su mujer e hijos, de una vuelta atrás en el tiempo. La venganza, una vez consumada en la muerte de Lennox, da paso a la reparación del daño, y pese a lo imposible de la empresa Animal Man pondrá todo su empeño en devolver la vida a Ellen y los niños. El tiempo, la realidad de esa cuarta dimensión, le hará ir más allá de donde él pretendía, hasta vislumbrar los mismos ecos del universo de Crisis y sus múltiples realidades (así, Animal Man se inscribe en la plena continuidad de DC a través de la presencia en su serie del Psico-pirata, último reducto a su pesar de la multitud de “tierras” del universo) y, en última instancia, a descubrir la realidad de él mismo, de los suyos, de los personajes que le rodean y que, como acabará por conocer, no existen más allá de la realidad limitada de la página de cómic.

Al final del tomo anterior, Buddy Baker consumaba su venganza sobre el asesino de su familia, que a su vez trataba de castigar a Animal Man por su colaboración con organizaciones ecologistas de métodos cercanos al terrorismo (no olvidemos que Buddy, en su faceta de Animal Man, es uno de los pocos superhéroes de identidad pública y conocida que tienen familia, con lo cual Morrison acierta al señalar el peligro en el que se encuentran por su actividad como justiciero). Una vez cumplida su misión, el objetivo de Animal Man pasa a ser el viaje en el tiempo, la posibilidad de volver a tras e impedir que Lennox cumpla el ajuste de cuentas. Por desgracia, nada resulta como Buddy planea.

El viaje a través del tiempo, un tópico tan frecuente en las historias de ficción y en el género del cómic en particular, plantea no pocas contradicciones que Morrison se encarga de manipular para conseguir que Animal Man fracase en su empeño: y es que, en un mondo como el Universo Dc, con un frecuente acceso al viaje al pasado, la posibilidad de alterar la historia es demasiado tentadora como para no encontrarle explicación. Todo ello sirve para que Buddy, atrapado en una corriente temporal que lo arrastra arriba y abajo del pasado, no pueda materializarse en una forma concreta que impida el asesinato o que alerte a su familia. Las pistas dejadas en los números anteriores (el desconocido que hablaba con la pequeña Maxine, la presencia mientras jugaban al guija, el misterioso mensaje…), todo ello encuentra su explicación en este frustrado viaje de retorno. Buddy llega incluso a verse a sí mismo como un adolescente, aunque incapaz de decirse nada.

El viaje temporal sirve para que Animal Man se ponga en contacto con otros viajeros (genial presencia de El Extraño) que discuten con él su intención, la posibilidad de volver al pasado para cambiarlo, a la vez que el Psico-pirata, el único personaje que recuerda la organización del universo pre-Crisis, empieza a sufrir una aglomeración de recuerdos que van cobrando vida: los personajes de la infinitud de tierras posibles que han desaparecido sólo pueden vivir una plena existencia en la mente del Psico-pirata, que pronto empezará a no poder controlarlo (de nuevo, brillante referencia a un cómic como “El Flash de dos mundos”, primer contacto entre tierras paralelas en un camino sin retorno). Con todo, Buddy se ve arrastrado a ese conflicto generado por el Psico-pirata y agravado por una variante de Superman que pretende detonar una bomba. Animal Man lo detendrá saliendo literalmente del mundo de las viñetas y arrastrando al tal Overman, hasta encerrarlo más allá del espacio concreto del lápiz y la tinta.

El juego de universos, tierras y realidades prosigue en el desenlace de esta extensa rama, con la llegada de Buddy al “limbo” de los personajes… en este caso, Morrison sigue su propio ejemplo al elegir a un personaje olvidado de Dc como Animal Man y darle nueva vida en una serie de temática realista y que reta a la vez a personaje y lector en un verdadero juego de humo y espejos: personajes de Dc cubiertos por el olvido son los habitantes de ese “limbo”, en el que permanecen a la espera de que algún autor se acuerde de ellos. Ya no estamos en la mente del Psico-pirata, sino que la realidad (o irrealidad) de los personajes es la propia continuidad Dc, borrada por Crisis para renacer, y al tiempo presente en algún lugar de la memoria colectiva. La razón de que Buddy sea el elegido para el viaje será que sólo Animal Man ha logrado cubrir el trayecto entre el limbo y la realidad o ficción que más tarde se revelará como auténtica en la página del cómic.

Gay el Fantasma (vaya nombre…), la Abeja Roja y otros muchos comparten ese espacio sin concretar entre realidad y muerte. “No hay historia en el limbo. Es una de las condiciones de existencia”. Y es que, mientras hablan, unas manos teclean sus palabras en la pantalla de un antiguo ordenador… todo ello prepara el final del tomo, ese último número en el que Buddy completa su viaje (su retorno, realmente), lee el guión que ha transportado y a través de una llave es capaz de alcanzar una casa, la casa de su creador, de su guionista, de Grant Morrison.

El desenlace de la trayectoria de Buddy en manos de su guionista es demasiado interesante como para revelarla, así que sólo invito a leerla: destacaremos igualmente algún detalle de interés, como el control absoluto del autor sobre su personaje (aunque éste lo niegue) o la inocencia de Buddy ante la labor de Morrison como supremo hacedor, creyendo que él es el responsable de todo. “Vives en un mundo creador por comité. Tu vida con la Liga de la Justicia la escribe otro. ¿No lo has notado?”, pregunta el guionista. “Bueno, supongo… Nunca hago mucho cuando estoy con la Liga”. La burla de Morrison en el grupo por excelencia de Dc es evidente: Buddy no es un superhéroe al uso, y su último número como creador no es un clímax repleto de puñetazos y golpes, sino una extensa conversación llena de importantes revelaciones.

En conclusión, Grant Morrison firma el final de una etapa impresionante, con un desenlace que no hace más que romper los esquemas más allá de lo que los héroes convencionales podrán hacer jamás. Con este último número, el guionista logra enlazar todos aquellos pequeños detalles que, como pistas aisladas, había ido dejando a lo largo de decenas de páginas, hasta que todos los personajes implicados (James Highwater, el Señor del Espejo, la Liga de la Justicia, Lennox, el propio Buddy) concluyan brillantemente la trama.  Con el regreso de Ellen y los niños, la familia de Animal Man, el círculo se cierra y Buddy Baker vuelve a ser quien era y, a la vez, quien sabe que es: el producto de la imaginación y voluntad de un nuevo guionista.

Sergio Holmes