|
BATMAN VUELVE CRÍTICA |
|
POR THE BAT-FAN |
|
Existe un conocido dicho popular que, implacable, crucifica todas las obras (especialmente, las cinematográficas) que sean secuelas de otras, asegurando que “segundas partes nunca fueron buenas”. Obviamente, como cualquier análisis genérico que no admita distinciones, esta máxima encuentra a menudo no una sino muchas excepciones a la regla general que acaban por invalidar la teoría que recoge. Pero, ¿es falso que “segundas partes nunca fueron buenas”? Sin entrar en valoraciones particulares sino simplemente colectivas, el famoso adagio tiene un poso de veracidad bastante considerable. Y es que, por lo general, se debe admitir lo que afirma esa creencia cuando la respuesta a la pregunta de cuál es la finalidad de una secuela es la más habitual: la de vivir de las rentas de la obra original. Porque cuando una creación artística tiene éxito, la tentación de estirar éste lo máximo posible y aumentar los beneficios derivados de aquélla suele ser realmente grande. En esos casos, generalmente, el dicho puede aplicarse con total propiedad a una secuela que pierde la frescura y la originalidad de su precursora, sin aportarle absolutamente nada, repitiendo una fórmula que ha demostrado ser exitosa para tratar de volver a cosechar el mismo resultado comercial.
|
No obstante, existen también obras en cuya creación tuvieron que desecharse ideas que el autor consideraba apropiadas y válidas para ellas pero que algo (falta de espacio, incompatibilidad con otra idea ya plasmada o simple capricho del destino) obligaba a rechazarlas, obras cuya complejidad permite un desarrollo posterior más amplio y profundo de lo que en ellas se muestra, y obras concebidas ya desde su origen como un compendio de más de una sola creación. Normalmente, en estos otros casos, la secuela aparece como una obra de calidad nada desdeñable, en ocasiones superior incluso a su predecesora, a la que es injusto acusar de ser mala simplemente por no ser la primera.
Batman, la película de Tim Burton de 1989, había sido un éxito. De tal magnitud, además, que la secuela se antojaba inevitable. Los máximos responsables del proyecto trabajaron insistentemente en ello y volvieron finalmente a producir un nuevo filme del Señor de la Noche, con las esperanzas de obtener, otra vez, resultados similares en taquilla. Algo que, no obstante, no sucedió. Si a ello se le suman las negativas consecuencias que produjo Batman Vuelve (división de opiniones en el público, dudas sobre Batman 3, Burton apartado de la dirección de la franquicia...), parece claro que a la segunda cinta del Murciélago se le podría aplicar la frase hecha y decir que fue una mala película. Pero...¿Lo fue realmente?
Batman Vuelve, como le pasó también a su predecesora, era un producto de encargo. El hecho de que el promotor de la misma y el realizador no coincidieran en la misma persona parecía un condicionante negativo, porque implicaba una confrontación de intereses entre ambos. Tim Burton sabía perfectamente lo que eso significaba y por eso se negó a rodar Batman 2 cuando la productora se lo propuso. Pero, ante la insistencia de la Warner, el cineasta acabó aceptando finalmente encargarse de la dirección del filme, con la condición de pasar a ser también su productor. Eso, que aparentemente no tenía mayor relevancia, fue sin embargo lo que determinó cómo sería la película.
En primer lugar, porque Batman Vuelve dejaba entonces de ser un trabajo de encargo para convertirse en una creación personal. Burton elaboraría todo según sus deseos y construiría la película exactamente como a él le pareciera. Sin reglas ni límites, el director eliminaba así el que a su juicio había sido uno de los más importantes errores de Batman: la intromisión de la productora. Para un cineasta tan personalista como él, la participación de demasiados involucrados en el proyecto, opinando cada uno cómo tenía que ser cada detalle, además de un quebradero de cabeza, era un serio obstáculo para lograr un producto final de calidad.
Y, en segundo lugar, porque Batman Vuelve no sería una secuela de Batman. Eso no significaba que entre ambas no existiría la más mínima relación, porque, por supuesto, estarían interrelacionadas. Pero no sería una simple continuación de la historia anterior, sino que se desarrollaría con un cierto grado de independencia respecto a la original. Los cambios no sólo se apreciarían en la forma (donde Furst, Lovejoy y Pratt dejarían sus puestos a Welch, Lebenzon y Czapsky), sino también en el fondo (en la historia, en el entorno, en los personajes...). Batman 2 sería tan innovadora y original como el propio “2” del título lo permitiera.
Tim Burton tenía claro que el hecho de que la película fuera una secuela podía ser un lastre si su finalidad era simplemente repetir lo ya hecho, porque el público no pagaría otra vez por algo que ya había visto. Pero estaba convencido de que eso también tenía su lado positivo si sabía aprovecharlo. Con el primer largometraje del Señor de la Noche había cometido errores que con el segundo podría enmendar, había cedido en algunos puntos a los dictados de una productora que ahora le ofrecía libertad absoluta y había tenido que hacer algunos sacrificios en la narración para, como en todas las primeras partes, poder presentar a los personajes en su contexto y que el público pudiera comprender el fondo de la historia. Con todo eso ya superado, Batman Vuelve podía no sólo no ser una copia de su antecesora, sino incluso superarla. Era todo un reto el que Burton se proponía, pero con ese objetivo fue con el que él asumió la dirección del filme.
|
Y, para lograrlo, el cineasta creyó conveniente hacer algunos cambios que imprimieran un nuevo estilo a la película. Por esa razón, Sam Hamm tuvo que cederle el testigo a Dan Waters, a pesar del buen trabajo del primero en la redacción del guión para la secuela. Algunas ideas de su argumento fueron eliminadas por el nuevo guionista, mientras que otras se mantuvieron tal y como aquél las había imaginado o, en algunos casos, sufriendo algunas modificaciones.
Como ya hiciera Hamm en el primer Batman, el planteamiento de Waters vuelve a dividir la historia en los tradicionales tres actos, haciéndolos coincidir con la estructura clásica del cíclico orden-desorden-orden, aunque introduciendo algunas notables alteraciones dentro de cada uno de ellos. Sin un referente claro de los cómics como sí tenía Batman con Dark Knight y La broma asesina, pese a no adaptar en realidad ninguna de las dos, el guión de Batman Vuelve toma prestada la idea principal de su trama de los episodios “Hizzoner the Penguin”/“Dizzoner the Penguin”, de la serie de televisión de 1966.
La historia comienza con una misteriosa escena introductoria en la que un matrimonio se desprende de su extraño hijo recién nacido, arrojándolo desde un puente dentro de su cuna. El capazo es entonces arrastrado por la corriente del río, a través de las cloacas, hasta llegar a la Sala del Ártico del zoológico de la ciudad, donde habitan los pingüinos. En las siguientes secuencias, tras producirse un salto temporal hasta el presente, se introduce a los protagonistas (el empresario Max Shreck, su hijo Chip, el millonario Bruce Wayne, el extraño Oswald Cobblepot, la secretaria Selina Kyle, el alcalde de Gotham...), mostrando en diferentes escenas las relaciones que existen entre ellos y explicándose la escena de la presentación. La primera aparición del Señor de la Noche tiene lugar en el enfrentamiento con la banda del circo Triángulo Rojo, dispuesta a aterrorizar a los ciudadanos de Gotham que asisten a un acto público del alcalde. Durante los altercados, Max Shreck es secuestrado y conducido hasta la Sala del Ártico, donde mantiene una charla con Oswald Cobblepot para ser después puesto en libertad. Más tarde, tras una tensa conversación entre el magnate y su secretaria, ésta es empujada al vacío desde uno de los despachos de la compañía. Con el nacimiento de una nueva personalidad dentro de Selina Kyle (“Yo soy Catwoman. ¡Óigame rugir!”) y la revelación de Shreck respecto a los planes que tiene para Cobblepot (“¡Arde, pequeña, arde!”) se pone fin al primer acto, concluyendo la presentación.
|
El nudo de la historia se inicia con un nuevo enfrentamiento entre el Murciélago y los miembros del circo, encargados de sembrar el desorden en Gotham, en una secuencia que finaliza con el primer encuentro entre Batman y el Pingüino. La magnífica conversación entre ambos se ve inesperadamente interrumpida por una explosión en la empresa Shreck y la aparición de Catwoman, a quien el Señor de la Noche intenta atrapar. Los diálogos entre ellos ayudan a profundizar en las extrañas relaciones que se van tejiendo entre los personajes, desvelándose después una alianza entre Shreck y Cobblepot para que éste llegue a ser alcalde de la ciudad, y entre Catwoman y el Pingüino para tratar de destruir a Batman enfrentándolo con la Justicia. Ambos planes tomarán cuerpo al producirse un secuestro que el héroe intentará resolver, cayendo así en la trampa tendida por los villanos. En rápidas y sucesivas escenas que combinan acción con pausados diálogos, el Murciélago es disparado por la policía, se topa con Catwoman en un nuevo y memorable encuentro cargado de tensión sexual, y trata de huir en un batmóvil controlado a distancia por el propio Pingüino, cuya inteligencia y sadismo quedan fuera de toda duda. El pacto con Selina se rompe una vez que Oswald lo considera innecesario, manteniendo por el contrario el sellado con Shreck para intentar hacerse con la alcaldía. La última escena de este acto tiene lugar en uno de los populistas mítines del villano, donde el Señor de la Noche logra revelar a la multitud las verdaderas intenciones de Cobblepot y, por ende, su auténtica personalidad. La carrera política del Pingüino finaliza, de ese modo, súbitamente, dando paso al esperado final. “No quisieron ponerme en un altar. Yo los pondré bajo una pesada losa”.
El último acto recoge los esfuerzos del maníaco criminal por causar el mayor daño posible a la población mientras tiene lugar un baile de máscaras en uno de los edificios de Max Shreck, donde coinciden Bruce Wayne y Selina Kyle, descubriendo cada uno la identidad secreta del otro. La fiesta es interrumpida entonces por el Pingüino, quien comunica a los asistentes su plan homicida y secuestra a Shreck por considerar que éste le ha traicionado. La carrera contrarreloj para evitar la catástrofe conduce al Murciélago hasta la Sala del Ártico, donde se profundizará en las motivaciones y en el paralelismo entre el héroe y el villano, y se librará el último combate entre ambos. A la lucha entre Batman y el Pingüino le sucede la de Selina Kyle en su intento por vengarse de Max Shreck, con el Señor de la Noche como impotente testigo del trágico final. El suspense, la emoción y la acción se entremezclan en estas logradas escenas, previas a un epílogo menos épico de lo esperado y, sorprendentemente, menos esperanzador de lo previsible.
Como es inevitable, uno de los primeros pensamientos, puramente reflejo, que se tiene tras visionar Batman Vuelve es compararla con su predecesora. En este sentido, el guión de Daniel Waters es el primer elemento que obtiene una clara victoria a la hora de realizar una comparación con el que escribió Sam Hamm para Batman. Mientras el de la primera película se limitaba a presentar a los personajes, tratando superficialmente a algunos de ellos, en una historia simple y tópica con una narración meramente correcta, el de la secuela no deja de indagar ni un solo momento en las complejas relaciones que se dan entre los personajes y en la búsqueda de sí mismos que cada uno de ellos realiza a lo largo de la historia, ahondando en sus personalidades, en una historia plagada de subtramas, creando un relato formado por muchas piezas, alguna de las cuales encaja mejor que otras en el conjunto final.
Waters combina muy notablemente historia y desarrollo de personajes, presentando un interesante eje central (los planes del Pingüino para ser alcalde y controlar la ciudad), alrededor del cual giran otras historias no menos atractivas (los retorcidos planes del empresario Max Shreck, la relación entre Bruce Wayne y Selina Kyle, la aparición de la misteriosa Catwoman, el rechazo popular al Señor de la Noche) que complementan brillantemente la narración. Pero, claramente, la mayor pretensión del guión consiste en mostrar las relaciones de los protagonistas (entre sí y consigo mismos), adentrándose en lo más profundo de sus mentes y de sus corazones, y tratando de comprenderlos. Como suele ser habitual en la filmografía de Tim Burton, Waters no reduce todo al blanco y al negro, sino que crea una amplia gama de grises que ayudan a definir a la perfección a cada personaje. Así, ni los héroes son totalmente “buenos”, ni los villanos totalmente “malos”. Son las circunstancias personales de cada uno las que les llevan a actuar como lo hacen, sin que se les pueda aplicar un juicio rápido y simplista que determine sus formas de ser a la ligera.
Las tragedias particulares que cada personaje ha padecido son las raíces de sus comportamientos y la simiente que ha hecho nacer monstruos en su interior. Y es la fuerza de voluntad, simplemente la fuerza de voluntad de cada uno, la que hace que esas criaturas emerjan a la superficie de una u otra manera y se escondan detrás de un tipo u otro de máscaras.
Y en medio de todos ellos, como un personaje más, como un ente colectivo e intangible pero omnipresente, con vida y pensamientos propios, aparece la sociedad, capaz de marginar al héroe o encumbrar al villano según juzgue sus actos, que sólo valora según su apariencia.
Los diálogos, sin ser brillantes, son bastante acertados, definiendo perfectamente a cada uno de los personajes y haciendo que se comporten de distintas maneras según quién sea su interlocutor. A todos ellos se les dota de una gran inteligencia y se les llena de sentimientos, acercándolos al público todo lo que el relato permite. La estructura de la historia es sólida y está bien elaborada, pese a contener alguna que otra idea poco verosímil, incluso en una película de superhéroes (como, por ejemplo, que unos gatos logren resucitar a una persona o que la banda del Triángulo Rojo tenga en su poder los diseños del batmóvil), sin ir acompañada, además, de la más mínima explicación.
Como ya ocurriera con la anterior adaptación del Señor de la Noche, es posible que las sucesivas modificaciones en el guión (redactado primero por Sam Hamm, reescrito más tarde por Daniel Waters, corregido finalmente por Wesley Strick) pudieran ser la causa de estos fallos, más cercanos a la categoría de lapsus que a la de errores. Una prueba de esos cambios serían las escenas eliminadas del montaje final, en alguna de las cuales puede verse un diálogo de simbólico contenido sexual entre Catwoman y el Pingüino o el final original ideado por Waters. Por el camino, en la fase de producción del filme, se perdieron también algunas brillantes líneas de guión, como por ejemplo una del Pingüino casi al término de la película (“Podríamos pasarnos toda la noche hablando sobre por qué hacemos lo que hacemos, por qué vestimos así, quién tiene el mejor trauma infantil, quién los peores genes, quién es el verdadero monstruo y quién el auténtico humano...Pero...Al final, lo que importa, es quién sostiene el paraguas”), que quedó reducida sólo a la última frase.
|
Aparte de las ya citadas referencias que el filme hace a las películas El Gran Gatsby y Nosferatu a través del personaje de Max Shreck, así como a los dos capítulos de la serie Batman de 1966, también se incluyen otros homenajes cinéfilos, como, por ejemplo, en la escena en la que el Pingüino grita “¡No soy un ser humano! ¡Soy un animal!”, que parodia a la pronunciada por el actor John Hurt en El hombre elefante (The Elephant Man, 1980).
Valorando la labor de los actores, se debe resaltar antes que nada la presencia de más protagonistas en la historia con respecto a la primera, que equilibran el peso de la misma, casi a partes iguales, entre Michael Keaton, Danny DeVito, Michelle Pfeiffer y Christopher Walken. Con unas actuaciones, en general, muy aplaudidas por la mayoría de la crítica, que logran elevar el nivel de calidad del filme.
Michael Keaton se esforzó al máximo para no “imitar” su propia interpretación de Batman, considerando todo un desafío dar vida al mismo personaje por segunda vez. Y no sólo logra no copiar o repetir lo que ya hizo, sino que supera su anterior trabajo al hacer del héroe un ser más humano, tanto como Bruce Wayne como Señor de la Noche (aunque sigue estando mucho mejor con el manto del murciélago que sin él), al que es más fácil llegar a comprender que en la primera parte. Keaton vuelve a reflejar con su mirada la tragedia del personaje y toda la soledad que le rodea, así como un cierto aire de pesadumbre ante el futuro de su misión. En Batman Vuelve, al protagonista le asaltan las dudas de que su cruzada pueda llegar algún día a dar su fruto, analizando su labor una vez que el asesino de sus padres pagara su crimen con la vida y sus progenitores descansen, por fin, en paz. Son las amargas consecuencias del final de la historia de Jack Napier, que Waters y Burton desarrollan con gran habilidad en la secuela, pese a que el fondo de esa reflexión choque frontalmente con la esencia del personaje de los ‘comic-books’.
El Batman de Keaton sigue siendo sombrío y oscuro (tal vez, incluso, más que en la anterior), pero muestra una personalidad más madura que en el primer filme, gracias también a unos diálogos más profundos y a unos villanos que le ayudan a explorar su contradictorio carácter. Porque, en cierto sentido, Catwoman, el Pingüino y Max Shreck representan a los ojos del Señor de la Noche aquello en lo que él evita caer. Empleados como alegorías del mal, estos tres personajes desempeñan el mismo papel dentro de la historia que los fantasmas que visitan a Ebernezer Scrooge en el Cuento de Navidad de Charles Dickens, encargándose de mostrarle a Batman en lo que podría transformarse si no controla sus oscuros sentimientos: con Catwoman, en un ser enmascarado que vulnere a su antojo la Ley; con Max Shreck, en un despiadado, codicioso y avaro hombre de negocios sin sentimientos; con el Pingüino, en un solitario y vengativo huérfano que desea devolverle a la sociedad el dolor que ésta la ha provocado. Catwoman, el Pingüino y Shreck conforman así el tenebroso reflejo del Murciélago, recordándole por qué debe controlar sus miedos, por qué debe evitar que la rabia le domine, por qué debe mantenerse cuerdo.
Sin embargo, pese a todos esos aciertos en el desarrollo de los villanos, Burton vuelve a cometer un fallo conceptual de considerables dimensiones, al restarle al héroe más protagonismo aún que en la primera película, en beneficio, de nuevo, de sus enemigos. Hasta el punto, incluso, de que Batman apenas aparece y, cuando lo hace, parece que sea únicamente como nexo entre los tres criminales, como alguien desconcertado que se ve superado por las circunstancias, como un hombre disfrazado de murciélago carente por completo de heroísmo. En Batman Vuelve, Burton lo convierte más bien en un antihéroe o héroe a la fuera, como aquél al que, mientras le imponen solemnemente una medalla por haber salvado a unos bañistas, se pregunta para sus adentros quién demonios sería el que le empujó al agua.
Danny DeVito, por su parte, realiza un trabajo correcto, con algunos momentos de inspiración, pero inferior al del resto de sus compañeros de reparto y muy lejos tanto de la magnífica recreación del Joker que logró plasmar Jack Nicholson como de la interpretación del villano que hizo Burgess Meredith en 1966. DeVito logra inyectarle al personaje exactamente el espíritu que Tim Burton deseaba, ayudado también, por supuesto, por la impresionante labor de Stan Winston con el maquillaje (aspecto que volvió a rodearse del mayor de los secretismos, obligando al actor a firmar una cláusula contractual que le prohibía revelar cualquier detalle sobre él, ni siquiera a su familia) y por los estupendos diseños de vestuario de Bob Ringwood. Sin embargo, paradójicamente, esos elementos (la capa de maquillaje, los incómodos trajes, los zapatos de distinta alzada) que ayudaron a crear el personaje, fueron también los mismos que le dificultaron expresarse y le impidieron realizar una actuación más convincente.
Como confesó el propio cineasta, con el personaje del Pingüino fue con el que el equipo desarrolló un mayor trabajo de creación: “Fue una invención que tuvo tanto que ver con el guión como con Danny DeVito, conmigo mismo y con todo el mundo, desde los de maquillaje hasta los de vestuario. Seguimos el proceso de llevarlo lo más lejos que pudimos sin perder el espíritu original, hasta que quedó realmente transformado. Trabajamos muy duro, pero fue uno de los puntos más gratificantes de la película”. Su apariencia física, su forma de hablar, de andar y de comportarse, sus ideas...El personaje es reinventado por completo, dejando de ser un simpático jefe mafioso de aspecto cómico para convertirse en un monstruo de feria al que sus padres abandonaron al nacer y que ansía poder vengarse de todos los que le rechazaron a causa de su deformidad, pero que, ante todo, desea sentirse querido y aceptado. Esa contradicción de sentimientos es la que hace del Oswald Cobblepot de DeVito un gran personaje, que supera en muchos aspectos incluso a la versión más lograda de los cómics, de la que mantiene algunos rasgos absolutamente característicos, como su obsesión por coleccionar paraguas (que emplea como armas) o su fascinación por los pingüinos (a los que equipa con misiles y dirige como a un ejército), pero de la que está totalmente alejado. Versión de los ‘comic-books’ a la que, por cierto, se le hace un guiño dentro de la propia película, al incluir un dibujo con la imagen clásica del personaje en los carteles electorales que aparecen tanto en la sede del Pingüino como en sus mítines.
|
Apoyado en un guión que pone especial cuidado y atención en su personaje, DeVito muestra varios e interesantes matices de la compleja personalidad del Pingüino: como marginado vengativo que se oculta en un zoo y se rodea de aves, como astuto criminal que medita largamente sus inteligentes planes, como hábil político que no duda en recurrir a la demagogia para lograr sus fines o como taimado negociante que sella y destruye alianzas según sus intereses. Pero si Tim Burton hace de Batman un antihéroe, podría decirse que convierte al Pingüino precisamente en lo opuesto a la imagen tradicional del villano cuya sola presencia debe infundir respeto y temor. Líder de una banda criminal de artistas circenses, aspirante a alcalde rechazado a tomatazos, comandante de una legión de pingüinos armados, homicida que se desplaza en un gigantesco patito de goma, enemigo del Murciélago al que ataca desde un irrisorio mini-batmóvil...El Pingüino es un villano aparentemente ridículo al que nadie parece tomar en serio, pero que esconde en su interior una criatura sádica, cruel y demoníaca, cuya tragedia tiene raíces bíblicas (abandonado al nacer como Moisés, convertido al crecer en asesino de niños como Herodes) y cuya vida guarda cierta relación con la de Bruce Wayne. Pues mientras éste perdió a sus padres siendo un niño y se quedó solo, con su fortuna, convirtiéndose al crecer en un apuesto y exitoso ejecutivo admirado por toda Gotham, Oswald Cobblepot fue abandonado por sus progenitores, perdiendo por ello el puesto que le correspondía por nacimiento, creciendo también en soledad, pero feo, humillado y dejado de lado. Por eso, en parte, surge entre ellos, como también ocurre en los cómics, la enemistad y la envidia, a pesar de que, como señala el propio Shreck en la película, en otras circunstancias ambos podrían haber sido compañeros de colegio.
El personaje inspira tanta compasión como rechazo, comportándose como un ser solitario, inteligente, desagradable, dolido, astuto y malvado, con el carácter tragicómico propio de las creaciones de Tim Burton, pero siendo tristemente privado, en aras de mantener esa mezcla de tragedia y comedia hasta sus últimas consecuencias, de un noble y convincente enfrentamiento final contra el Señor de la Noche que le hubiera dado mayor grandeza. En cualquier caso, el Pingüino de Batman Vuelve, con sus aciertos y sus errores, no merece ser olvidado ni infravalorado, ni la labor interpretativa de DeVito injustamente juzgada (como sucedió al ser nominado como peor actor de reparto en los premios Razzie, los anti-Oscar), a pesar de no ser todo lo brillante que podría haber sido.
En cuanto a Michelle Pfeiffer, toda la crítica se volcó con la labor interpretativa de la actriz y su fantástica recreación de Catwoman, a la que convirtió en un personaje inolvidable, no sólo para la pequeña historia de las adaptaciones cinematográficas de superhéroes, sino también para la leyenda del Murciélago. Como en su momento apuntó la crítica del Austin Chronicle, pese a no tener el papel principal Pfeiffer logra atraer hacia ella toda la atención, robándole protagonismo tanto a Michael Keaton como a Danny DeVito. El maravilloso traje diseñado por Bob Ringwood, el destacable tratamiento en el guión de Dan Waters y, por supuesto, la excelente actuación de la propia actriz (mucho más adecuada para el papel que las cantantes Cher y Madonna a las que apuntaban los primeros rumores) hacen de Catwoman una villana memorable, mejor aún para muchos que la que representó Julie Newmar en la serie de televisión y al mismo nivel que el Joker de Jack Nicholson.
Pfeiffer comienza el filme dando vida a una Selina Kyle sumisa, apocada e insegura, que se aísla de la realidad creando fantasías imaginarias y que, como el resto de protagonistas, vive acompañada únicamente por su soledad (y su gata Kitty). En algunas escenas, sin embargo, esa secretaria aparentemente insignificante y anodina deja entrever que dentro de ella vive un ser mucho más inteligente, ambicioso y fuerte, que lucha por salir. Y, cuando logra aflorar a través de Catwoman, su presencia lo inunda todo. Explosiva, traviesa, irónica, chispeante, tremendamente atractiva, muy segura de sí misma...La Catwoman de Pfeiffer es un torbellino que arrasa con todo y con todos: que pone en serios apuros al Murciélago, que ciega con su belleza a Bruce Wayne, que demuestra su inteligencia y sus dotes de seducción con el Pingüino, y que suelta las garras contra Max Shreck.
|
Brilla como astuta ladrona a la que le divierte quebrantar la Ley, como poderosa villana a la que hay que temer y como misteriosa mujer de la que es difícil escapar. En todas las escenas destila fuerza, sensualidad y misterio, desplegando todos sus encantos con una simple pero provocadora mirada o con una ligera pero taimada sonrisa. Su particular relación de amor/odio con Batman hace de ella un personaje ambiguo y contradictorio terriblemente interesante, manteniendo más o menos la esencia del personaje de los cómics pese a modificarse su origen (víctima, por otra parte, de numerosas revisiones en los propios ‘comic-books’, donde ha ejercido de ladrona, de azafata, de prostituta...De estar más cerca de alguna de las distintas versiones en concreto, la Catwoman de Pfeiffer probablemente guarde mayor relación, salvando las enormes distancias, con la de la ‘Golden Age’). Las escenas que comparte con el Señor de la Noche son toda una lección de química sexual, demostrando que Michael Keaton no era el responsable (al menos, no el único) de la fallida historia de amor con Kim Basinger en Batman. Aunque, como afirmó la actriz, es innegable que la anterior relación sentimental entre ambos actores tuvo mucho que ver en eso: “Entre nosotros dos existe la cantidad suficiente de historia real para que esas escenas salgan mejor, pero no la suficiente para que nos estorbe”.
Pfeiffer da la sensación de disfrutar al máximo metiéndose en la piel de la que fuera su ídolo juvenil, llenándola de vida y haciéndola creíble, carismática y deseable, como toda “femme fatale” que se precie, a pesar de las incomodidades del disfraz (“quedaba muy ceñido, la tira me apretaba las cuerdas vocales y la máscara me apretaba las orejas de tal forma que tenía problemas de audición. Tim (Burton) quería que los platós estuvieran a una temperatura constante de 35 grados, por lo que primero sudaba y a medida que el sudor se secaba me entraba un frío increíble”. De hecho, el diseño del traje era tan complicado que tenía que sellarse al vacío una vez colocado, por lo que el tiempo del que se disponía para grabar las secuencias en las que ella intervenía era muy limitado, para evitar que la actriz pudiera desmayarse o perdiera el conocimiento). Por su sorprendente maestría con el látigo (“Michelle y el látigo realmente se complementan, ella toma su energía y la canaliza a través de él”, aseguró su preparador), por su innata apariencia felina, por su maravillosa ambigüedad, por su habilidad en las escenas de acción (la mayoría de las cuales rodó ella misma, sin utilizar dobles, tras aprender ‘kick-boxing’ con Kathy Long), por su salvaje atractivo y, en definitiva, por su convicción a la hora de interpretar al personaje (su favorito, según ella misma confiesa, de todos los que ha representado), Michelle Pfeiffer se ganó con su impresionante recreación de Catwoman no sólo el respeto sino también el corazón de todo el público, con los aficionados del personaje a la cabeza.
Por último, Christopher Walken realiza una actuación notable, realmente destacable, pese a que su personaje fuera el menos desarrollado (o, al menos, el menos complejo) por el guión, donde Max Shreck es presentado como el clásico malo de los cuentos, como el villano malvado y sin escrúpulos movido por la codicia, que desea conquistar el mundo (en este caso, “sólo” la ciudad de Gotham) camuflado bajo el beatífico disfraz de honorable filántropo. Manipulador, frío y portentosamente inteligente, Shreck se comporta como el vampiro al que el actor en el que se inspira su nombre dio vida: deseando absorberle a la ciudad hasta su última gota de energía. La dualidad en este caso es sólo ficticia, como una falsa máscara creada por el personaje, como un hábil recurso para poder conseguir su propósito. Sin embargo, pese a la excesiva simplificación de su personaje en comparación con el resto, Walken cumple de sobra con su papel, aportándole solemnidad, seriedad, enorme presencia física, elegancia y, sobre todo, genialidad y maldad a partes iguales. Con su profunda y gélida mirada y con su aristocrático aspecto, el Max Shreck de Walken resulta mucho más terrorífico que el Pingüino de DeVito y mucho más sombrío que el Bruce Wayne de Keaton, ejerciendo con Selina Kyle el papel de dominante superior en quien ella ve condensadas toda la iniquidad y la falta de sentimientos de esa sociedad que la oprime y deja de lado por ser débil y conformista, lo que lo convertirá más tarde en el blanco de Catwoman.
|
Los personajes secundarios son más secundarios aún que en la primera, pues su papel de interlocutores del protagonista lo ejercen en esta ocasión los villanos. En cualquier caso, pese a la brevedad de sus apariciones, vuelve a destacar Michael Gough como el mayordomo Alfred, y Pat Hingle vuelve a ver cómo su comisario Gordon es condenado de nuevo a un injusto e incomprensible ostracismo, siendo obviada por completo su relación de amistad y su alianza con Batman. Algo parecido a lo que le sucede a Billy Dee Williams con su fiscal Harvey Dent, que en principio iba a ejercer el importante papel de Max Shreck dentro de la historia pero que, finalmente, acaba reducido a una presencia absolutamente irrelevante.
En los apartados técnicos, Tim Burton sustituyó a varios responsables de los que participaron en la primera película, renovando su equipo y rediseñando un nuevo Bat-universo, esta vez totalmente a su medida. Así, la Gotham de Anton Furst es desechada, dando paso a la creada por Bo Welch, responsable de los sorprendentes y extravagantes diseños de producción de Bitelchús y Eduardo Manostijeras, en busca de un entorno más impactante a nivel visual. Los admirables diseños del primer Batman que combinaban elementos góticos y victorianos con futuristas toques post-industriales sufren en Batman Vuelve una hipertrofia brutal, que convierte los edificios en gigantescos monolitos de metal, los arbotantes en monstruosos arcos decorativos carentes de funcionalidad y las oscuras gárgolas en megalómanos monumentos de corte soviético o fascista, creando un conjunto muy llamativo pero tremendamente incoherente. Porque el principal logro de Furst no fue ya elegir con notable acierto los elementos artísticos y arquitectónicos que ayudaran a crear la imagen más adecuada para Gotham, sino saber combinarlos para hacer que el pasado y el futuro pudieran conjugarse simultáneamente en unos edificios que trasladaran a la gran pantalla el espíritu de lo que los dibujantes habían plasmado en los cómics del Murciélago durante cincuenta años.
El enorme edificio de la compañía Shreck coronado con una gran cabeza de gato, la plaza central de Gotham con su colosal árbol de Navidad, la Sala del Ártico en el zoo con su gigantesca estalagmita central...Todo es asombrosamente grande. Incluso el pato en el que se desplaza el Pingüino y el bat-deslizador que utiliza el Señor de la Noche para moverse bajo tierra parecen hacer un guiño, al multiplicar su tamaño, a la famosa moneda de la bat-cueva y a las gigantescas máquinas de escribir de los cómics. Pero, en lugar de crear algo elaborado y armónico como hizo Furst, Welch se sume en un inconexo caos faraónico y pseudo-futurista, arriesgado y provocativo, en detrimento del realismo, la belleza plástica y la proporcionalidad, que hacen de la nueva Gotham un lugar más grotesco y surrealista que oscuro y gótico. Avalado por la confianza y los deseos de Tim Burton, Welch firma un trabajo muy, muy grande que, pese a sus aciertos, dista bastante de ser un gran trabajo.
Abundando en el error, Roger Pratt (creador de la lograda atmósfera de Batman) es reemplazado como director de fotografía por el responsable de Eduardo Manostijeras, Stefan Czapsky, quien transforma el meritorio trabajo de Pratt y su tono gris, siniestro y oscuro en un desconcertante juego de coloristas luces sobre fondo negro que crea un llamativo efecto visual que magnifica, aún más, el estilo y la forma del diseño de producción. Influenciado por el movimiento expresionista alemán y su característico uso de la iluminación en obras cinematográficas como Nosferatu, eine Symphonie des Grauens (1929) o El hombre que ríe (1928), Czaspky eleva a la máxima potencia los efectos del trabajo de Welch, haciendo de Gotham una ciudad extraña hasta lo irreal. En este sentido, la dualidad de los personajes y sus máscaras es aplicada, incluso, al propio escenario, mostrado como una criatura negra cubierta por una blanca capa de nieve gracias a la ocurrencia de situar la acción en Navidad (excusa que Burton tomó prestada del guión de Hamm y que no afecta para nada al desarrollo de la narración, pero que sirve para acentuar el impacto visual que el cineasta trataba conseguir). Todo ello hace que la historia tenga lugar en un asombroso mundo de ficción, lúgubre y fantástico, que, aunque no carente de una innegable calidad formal, está muy lejos de ser el adecuado para un personaje como Batman.
Por otra parte, los impresionantes efectos especiales de Batman Vuelve consiguen superar a los de su predecesora en cuanto a dinamismo y espectacularidad, ya sea en las escenas de lucha rodadas en lo alto de los edificios como en las que tienen lugar a ras del suelo (peleas, explosiones, persecuciones...). No en vano, los efectos visuales de Craig Barron, Michael Fink, John Bruno y Dennis Skotak fueron nominados al Oscar, y la película fue la primera de la historia del cine editada con el sistema Dolby Digital. A pesar de que las escenas de acción no sean la parte más importante de la cinta, el cuidado y el esmero con los que fueron realizados quedan patentes en la excelencia que exhiben.
|
El diseño de vestuario logra mejorar al del anterior filme del Murciélago, gracias también, en parte, a la presencia de más villanos que dan a sus responsables una mayor posibilidad de lucimiento. El Señor de la Noche porta en esta ocasión un traje similar al ya visto en 1989, pero con algunas importantes alteraciones. Por un lado, el material pasa del cuero a la goma, lo que cambia la textura y elimina en parte los brillos, y lo hace más flexible y ligero, dándole al actor mayor libertad de movimientos. Además, el color negro del primero es sustituido por un tono más cercano al gris, modificándose también tanto el logotipo del pecho (que ya luce el tradicional emblema de los cómics) como el diseño abdominal (mucho más futurista y menos anatómico) y de la capa (más cerrada sobre el pecho). Para Catwoman se crea un soberbio disfraz en látex negro que realza los encantos naturales de la actriz y que, unido al látigo, le aporta un sorprendente pero adecuado tono de ‘dominatrix’, acentuado por las altas botas negras con tacones de aguja. Las costuras abiertas del disfraz y la utilización de dedales con afiladas puntas en los extremos hacen más creíble que sea el propio personaje quien lo idee y fabrique manualmente, mientras que el amplio espacio alrededor de los ojos y la boca permite a la actriz expresarse con total libertad. El Pingüino, por su parte, luce dos diseños distintos para enfatizar la diferencia entre su verdadera personalidad y su ‘alter ego’ Oswald Cobblepot: para el primero se crea una extraña pieza de ropa interior blanca, parecida a un pijama, con botas negras y una elegante pechera de smoking, que el actor lleva desagradablemente sucios por vivir oculto bajo tierra, mientras que para el segundo se opta por un traje de chaqueta en tonos oscuros, con guantes, capa y sombrero de copa. Por último, Max Shreck es vestido con distinguidos trajes de raya diplomática y corte antiguo (años treinta o cuarenta), que le aportan un aire señorial, realzado por el uso de guantes, capa y un peinado que recuerda a las pelucas usadas por los nobles europeos del siglo XVIII.
En el apartado musical, Danny Elfman repite la partitura central de su anterior trabajo, pero rodeando esa melodía principal de maravillosas nuevas piezas orquestales, más poderosas y con mayor sentimiento. La perfecta conexión con las imágenes, el uso de violines, la aceleración del ‘tempo’, la acentuación del tono de la historia...Todo es soberbio en un Elfman especialmente inspirado que experimenta con nuevos sonidos y que crea algunas piezas tan brillantes que él mismo volverá a recurrir a ellas en posteriores trabajos (como, por ejemplo, el tema “Making Christmas” que acompaña la escena en la que los secuaces del Pingüino asaltan una tienda, que el compositor volvería a utilizar en 1993, en Pesadilla antes de Navidad). Como ya pasara en el filme de 1989 con el cantante Prince, al “soundtrack” de Elfman se le une también alguna canción de estilo modernista, interpretada en este caso por Siouxie Sioux y Steven Severin.
El montaje de Chris Lebenzon (nominado al Oscar por su trabajo en Top Gun) es extraordinario, logrando una alta calificación tanto en las aceleradas escenas de acción como en las calmadas secuencias de diálogos, permitiendo exhibirse, como ya hiciera Lovejoy en el primer Batman, a los encargados de los aspectos técnicos que tan bien fueron tratados por la crítica (especialmente, el vestuario, el maquillaje y los efectos visuales y mecánicos). Si todas las escenas son un ejemplo del buen hacer de Burton en la dirección y del gran trabajo de Lebenzon al frente de la edición, la que muestra el primer encuentro entre el Señor de la Noche y el Pingüino, conversando ambos en primer plano con Catwoman avanzando hacia ellos, haciendo piruetas, desde el fondo del escenario, es especialmente destacable.
En cuanto a la fidelidad de la película al espíritu de los cómics, Batman Vuelve, desgraciadamente, sí se comporta exactamente como una secuela de su predecesora, repitiendo milimétricamente sus mismos errores: falta de relevancia de James Gordon, olvido absoluto del carácter detectivesco de las historias de los ‘comic-books’, vulneración flagrante del respeto por la vida que inspira a Batman...A lo que hay que añadir los cambios en los comportamientos a lo largo de la cinta del Murciélago, de Catwoman y, sobre todo, del Pingüino. Sin embargo, Batman Vuelve cuenta en este sentido con una gran ventaja frente a Batman, pues mientras esta última modificaba algunos elementos característicos de la personalidad y la historia de los protagonistas de forma innecesaria y sin obtener a cambio una mejora cualitativa que los justificase o disculpara, las que se producen en la secuela, pese a suponer una grave desviación de lo plasmado en los cómics, logran elevar la calidad de la narración, definir mejor a los personajes y superar en algunos aspectos a la versión impresa.
Todo ello, en conjunto, hace de Batman Vuelve una notable obra cinematográfica, de acabado formal absolutamente impecable, que mejora en varios apartados y en muchos puntos a su precursora y que no merece, ni mucho menos, ser tachada como una mala película por el hecho de ser una segunda parte. Es una historia que está concebida para dar que pensar, y que no debe entenderse como cine de palomitas ni como mero producto de evasión origen de una campaña de ‘merchandising’. Como el propio Burton afirmó en las entrevistas posteriores a su estreno, es un trabajo en el que prima sobre todo la psicología para entender a los personajes y comprender las motivaciones de sus contradictorias acciones. Una ambigüedad, tal vez, demasiado repetitiva, que acaba provocando cierto hastío y tal confusión entre las dobles personalidades de cada protagonista (Bruce Wayne, Selina Kyle y Oswald Cobblepot, y sus ‘alter egos’ Batman, Catwoman y Pingüino) que los ciudadanos de Gotham (y, con ellos, los propios espectadores) no saben qué papel está desarrollando cada uno dentro de la historia, ni si el héroe es en realidad el héroe y el villano el villano, o a la inversa.
Sin embargo, aunque el fondo de la historia ya recibiera en su momento alguna crítica por parte de quienes la consideraban demasiado lóbrega y compleja para un filme que deberían poder ver también los niños, el mayor problema de la película reside en la utilización de las máscaras, que Burton lleva hasta el extremo de utilizarlo en la propia concepción de la obra. Cuando Tim Burton leyó el guión de Dan Waters y se dio cuenta de las posibilidades que le brindaba, su respuesta a la Warner fue que “fuera o no fuera” una película de Batman él estaba dispuesto a rodarla. El incomprensible “no fuera” en la frase del director, teniendo en cuenta que lo que la productora le estaba proponiendo era precisamente filmar una secuela del Murciélago, encerraba mucho más de lo que pudiera a priori parecer.
Como había demostrado con sus anteriores trabajos, Burton es un gran cineasta, un creador genial y un brillante narrador, capaz de utilizar historias aparentemente ingenuas sobre fantasmas desahuciados o monstruos incomprendidos para hacer lo que en realidad le gusta: una mordaz crítica a los valores morales tradicionales que le molestan o desagradan. En toda su filmografía (considerada erróneamente infantil o juvenil), el realizador traslada al celuloide su visión del mundo a través de sátiras grotescas y surrealistas, detrás de cuyo sorprendente y fantasioso envoltorio se esconde siempre un feroz ataque al arraigado convencionalismo que el cineasta detesta. Y eso, una crítica social, que es lo que no pudo hacer en Batman por las restricciones de la productora, es exactamente lo que hace en Batman Vuelve.
La inexplicable “ausencia” del Señor de la Noche, el uso de una Gotham delirante e increíble, la excesiva presencia de los villanos y los cambios en sus formas de ser (cada uno de los cuales se convierte en representante de un elemento criticable según Burton: el Pingüino, de la hipocresía y el rechazo social a lo que es diferente; Max Shreck, del materialismo capitalista y la opresión del poderoso; Catwoman, de la represión sexual)...Nada es gratuito o aleatorio en la película, y todo se reduce a un único objetivo: narrar la historia que Burton deseaba contar. Aunque para ello deba recurrir a unos personajes que acaban, sin necesidad de ello, por no tener nada que ver con los de los cómics del Murciélago. Como sus protagonistas, Batman Vuelve es una obra compleja y madura, que genera opiniones contradictorias y pensamientos encontrados, y que, pese a su apariencia de historia de superhéroes, oculta en su interior un monstruo que a algunos confunde por su inocente aspecto externo (de ahí deriva precisamente la necesidad de utilizar una Gotham lo más alejada posible de la realidad y unos personajes tan excesivamente grotescos: como Burton demuestra en sus otras películas, para que produzca su efecto, la sátira debe deformar lo que en ella se critica y hacer que su moraleja ética sea sutil pero efectiva). Por ello, Batman Vuelve es, literalmente, una fábula de murciélagos, gatos y pingüinos en la que Burton esconde una ácida crítica social con la que se podrá o no estar de acuerdo, pero que no guarda relación alguna con el Señor de la Noche (salvo por una atmósfera trágica y oscura que debe más al sello personal del realizador que al respeto por el personaje).
Bo Welch aseguró que el propio Burton le había confesado que “su enfoque era hacer un filme tan alejado de Batman como fuera posible”, lo que se tradujo no sólo en la modificación de aquellos elementos que no habían funcionado en la primera película, sino también en arrasar con los que habían demostrado su genialidad y brillantez. El cineasta realizó los cambios que estimó necesarios (algo a lo que no sólo tenía derecho, sino a lo que estaba obligado moral y profesionalmente), pero no buscando mejorar el resultado final de la cinta, sino para que ésta pudiera ajustarse a la forma en la que él quería contar la historia. Eso provocó que algunos aspectos de la obra superaran a los de la primera, mientras otros, por el contrario, daban un incomprensible paso atrás. Algo en lo que fue determinante la ausencia de una instancia superior que controlara el proyecto, de un productor que, como en Batman, le fijara unos límites y le impusiera unas condiciones. Porque aunque, en general, Batman Vuelve es mejor película que Batman, en realidad, como historia del personaje, está tan alejada de él como podrían estarlo Bitelchús o Eduardo Manostijeras.
|
Tim Burton es un director magnífico que podría haber rodado una estupenda secuela en la que, sin necesidad de abandonar el Bat-universo, profundizara en temas tan atractivos como las relaciones interpersonales, las emociones humanas o el papel de la sociedad. Pero no lo hizo. En su lugar creó una historia suya y no de Batman, para él y no para los espectadores, dejando de lado las esperanzas de los aficionados y valiéndose de una franquicia que le había ayudado a saltar a la fama. Y era más la amarga sensación de haber desaprovechado una gran oportunidad para conseguir crear la adaptación cinematográfica definitiva del Señor de la Noche porque el mismo responsable de haber tratado con respeto al personaje en el cine, después de varias versiones paródicas y burlescas, devolviéndole su grandeza y su esencia, era el que había caído en el error que él mismo había logrado evitar con Batman: no sacrificar al héroe en beneficio de otras ideas, estilos o historias que lo convirtieran en algo que no es. Porque no se puede hacer una película de acción casi sin acción o una película para todos los públicos que no sea apta para menores, tampoco se puede hacer una película de Batman...sin Batman.
En 1989, Tim Burton cumplió el sueño de muchísimos aficionados del Murciélago al convertir al personaje en un ser de carne y hueso con el que ya no había que soñar para verlo vivir aventuras. Pareció entonces que el Señor de la Noche regresaría más tarde, de nuevo, heroico y triunfal, para quedarse en las salas de cine de todo el mundo durante mucho tiempo. Sin embargo, para mayor desgracia de millones de ilusionados fans que lo esperaban entusiasmados, el regreso no se produjo, y Batman nunca volvió.