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BATMAN VUELVE ARTÍCULO |
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POR THE BAT-FAN |
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Un Oscar de la Academia. Una buena acogida por parte del público, incluidos los aficionados. Varias nominaciones en distintos festivales internacionales. Un tratamiento mayoritariamente favorable por parte de la crítica. Un generalizado reconocimiento a un meritorio trabajo. Y, lo que era más importante desde el punto de vista más pragmático y materialista: más de 400 millones de dólares en taquilla en todo el mundo.
Había costado mucho trabajo sacar el proyecto adelante. Habían tenido que transcurrir diez años de esfuerzos desde la adquisición de los derechos cinematográficos hasta la fecha del estreno. Había sido necesario apostar fuerte y arriesgar: una antigua versión cinematográfica a la que hacer olvidar, un guión interminable expuesto a mil retoques, un ‘casting’ generador de iras y polémicas, un rodaje bajo presión plagado de incidentes, una multitud de exigentes fans a los que contentar...Pero todo había quedado ya atrás. Todo había merecido la pena. Porque Batman había sido un éxito.
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Los productores ejecutivos Melniker y Uslan habían apostado...y habían ganado. Y, eufóricos, como el jugador que siente que tiene la suerte de cara y no quiere desaprovecharla, deseaban repetir la jugada cuanto antes. Batman 2 no debía hacerse esperar.
Sin embargo, había muchas cosas que habían cambiado. Ya no era necesario arriesgar tanto como la primera vez, ni existían tantas dudas como entonces. Bastaba con seguir confiando en el mismo caballo que había resultado ser un ganador, pese a no haber sido el favorito.
Desde el mismo instante en que Batman comenzó a llegar a las salas de cine de todo el planeta y a ocupar las páginas de los periódicos y las revistas especializadas, las vidas de los que habían participado en la adaptación cinematográfica del Señor de la Noche no habían vuelto a ser las mismas. Algunos habían pasado de ser prácticamente desconocidos por la mayor parte del público a ser considerados entre los mejores en sus respectivos trabajos. Otros, ya consagrados previamente, habían visto relanzadas sus carreras hasta un punto que nunca hubieran podido imaginar. Pero todos, en mayor o menos medida, se habían visto afectados por haber formado parte del equipo de producción. El Murciélago no era el único que había levantado el vuelo.
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Consciente de que el tirón comercial podía ir apagándose poco a poco, Warner Bros. contactó con Tim Burton durante el mismo rodaje de la siguiente película del director, Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, 1990), ofreciéndole rodar la secuela del filme del Señor de la Noche. La productora no quería dejar pasar innecesariamente el tiempo, y por eso trató de “atar” al cineasta lo antes posible. Pero, uno tras otro, éste rechazó todos los intentos de la compañía. A Burton, por su forma de entender el séptimo arte, no le gustaban los productos de encargo, no quería realizar una obra de un personaje al que no estaba muy seguro de poder aportarle algo más, y, decididamente, no estaba dispuesto a tener que soportar de nuevo todos los inconvenientes propios de una producción de ese estilo. Batman le había catapultado a la fama y ya no tenía obligatoriamente que aceptar si no quería, no debía ceñirse a lo que otros le fijaran, no necesitaba ceder. En definitiva, su respuesta era no.
Aunque la decisión más fácil pasaba entonces por buscar otro director, Melniker y Uslan, ante el temor de una reacción negativa en el público de producirse un cambio en la dirección, decidieron no rendirse tan fácilmente e insistieron en su propósito. Cuantas menos cosas hubiera que alterar de algo que se había probado que funcionaba, más sencillo sería repetir las cifras de recaudación de la primera película. Y, como ya hicieran antaño, decidieron buscar una base sobre la que sustentar todo el nuevo proyecto, para hacerlo crecer desde abajo. Buscaron una historia.
Para ello, contactaron con Sam Hamm y le encargaron la redacción del nuevo guión. Hamm, como el resto de los participantes en el rodaje del primer filme, no era ya el mismo que antes de que la Warner le hubiera escogido para elaborar el guión del Murciélago después de que los trabajos de Steve Englehart y Tom Mankiewicz fueran rechazados. De ser el discreto guionista de una película que había pasado prácticamente desapercibida por crítica y público (Los lobos no lloran, 1983) se había convertido en un escriba bastante conocido dentro del medio, y especialmente popular entre los lectores de cómics, gracias a haber firmado una de las historias de Batman más celebradas de los últimos años (Justicia Ciega, 1989). Elaborar el guión de Batman 2 era una oportunidad para mantener esa fama que había logrado cosechar, y para enmendar, además, los errores que él mismo reconocía que había cometido con el primero.
Por eso, no dudó en aceptar el reto. Como aficionado del personaje que era, Hamm sabía que lo que los fans deseaban encontrar en la gran pantalla no era sino una buena traslación de lo que les gustaba ver en las viñetas.
Desde que Batman llegó a las salas de cine de todo el mundo, los ‘comic-books’ del Señor de la Noche habían experimentado algunos cambios. El torrente de calidad creativa de los años inmediatamente anteriores al filme había ido, poco a poco, secándose, hasta casi extinguirse. Alan Grant y Norm Breyfogle seguían en Detective Comics, pero sus historias parecían cada vez menos interesantes y llamativas, y Jim Aparo continuaba en Batman, a pesar de la marcha de Jim Starlin como guionista de la serie (lo que había tenido lugar a raíz, precisamente, de la presión que los autores tenían que soportar en la editorial por motivo de la producción de la primera película del personaje). Además de la historia ya mencionada de Hamm, destacaron por esa época Las muchas muertes de Batman (The Many Death of the Batman, 1989), de John Byrne y Jim Aparo, Año Tres (Year Three, 1989), de Marv Wolfman y Pat Broderick, El enigma Clayface (The Mud Pack, 1989), de Alan Grant y Norm Breyfogle, Dark Night, Dark City (1990), de Peter Milligan y Kieron Duyer...Pero, pese a su notable calidad, ninguna alcanzó la categoría que habían logrado las grandes obras maestras de la historia del Murciélago, ni gozaban del reconocimiento de aquéllas. Algo que, sin embargo, sí logró la polémica y extraordinaria The Eye of the Beholder (El ojo del observador), de Andrew Helfer y Chris Sprouse, en el Batman Annual 14, donde se establece el origen oficial del villano Dos Caras.
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Influidas por el espíritu de la película, las dos series regulares del Señor de la Noche habían adquirido un tono más sombrío y oscuro, que se dejaba ver tanto en el fondo de las historias como en la forma de actuar de los protagonistas. El éxito del filme había favorecido, incluso, el lanzamiento de una nueva serie, Legends of the Dark Knight, caracterizada desde el primer momento por acoger relatos más maduros y reflexivos.
Y, por último, como suceso más destacado del Bat-universo, había tenido lugar la aparición de un nuevo Chico Maravilla. Tras el asesinato del segundo Robin, Jason Todd, en la saga Una muerte en la familia (A Death in the Family, 1988), de Starlin y Aparo, Tim Drake había recogido el testigo, con una acogida tan inesperadamente buena por parte de los lectores que le había llevado a protagonizar su propia miniserie.
Teniendo en cuenta todos estos hechos, Sam Hamm afrontó el encargo de la productora y elaboró un guión muy superior al que había realizado para la primera película. Consciente de las carencias de su anterior trabajo, el guionista se esforzó por estructurar sólida y eficazmente la historia, haciéndola girar en torno a un interesante argumento (el misterioso robo de unas estatuillas, pertenecientes a las personas más ricas de Gotham), pero sin reducir la narración únicamente a esa historia central. Batman 2 contaría con múltiples subtramas que enriquecerían notablemente el guión, y pondría mayor énfasis en la faceta superheroica del Murciélago. Como villanos, aparecerían el Pingüino y Catwoman, considerados popularmente, junto al Joker y Dos Caras, los enemigos más importantes y conocidos de Batman. Oswald Cobblepot ya había sido introducido por Mankiewicz en el guión que finalmente había sido desechado para la primera historia del personaje, donde se le describía, en contra de como siempre se le representaba en los cómics, como un hombre “alto, delgado y de buena apariencia”. Por su parte, Selina Kyle era una figura ambigua, que mantenía una desconcertante relación de amor/odio con el Señor de la Noche y que exhibía un carácter proclive a vulnerar la Ley, pero sin ser realmente un espíritu malvado como el resto de villanos.
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En su guión, Sam Hamm se reconciliaba con los aficionados incluyendo esa caza del Murciélago por parte de la policía que todos los fans deseaban haber visto en el anterior filme (extraída directamente de la obra de Frank Miller y David Mazzucchelli Batman: Año Uno), añadía sorprendentes e importantes revelaciones relacionadas con los hechos que habían tenido lugar en la primera película (además de darse a conocer algunos datos sobre el pasado del Príncipe Payaso del Crimen, se descubría que –como ya se había argumentado en 1956, en el Detective Comics #235- el asesinato de Thomas y Martha Wayne se debía en realidad a un ajuste de cuentas), introducía referencias a algunas obras del cómic (como la patrulla callejera formada por admiradores del Señor de la Noche, de la historia Fe, de Mike W. Barr y Bart Sears, de Legends of the Dark Knight), incluía divertidos guiños a los espectadores sobre el descontrolado ‘merchandising’ que había rodeado a Batman (parodiando la realidad, en las tiendas de regalos y ‘souvenirs’ de Gotham se vendían fragmentos del accidentado Bat-plano que el Joker había derribado al final de la primera parte), y se alejaba del tono tan marcadamente siniestro de aquélla (además de presentar a Dick Grayson como Robin, lo que restaba algo de oscuridad al filme, Bruce Wayne dejaba de ser una obsesiva criatura de la noche y mostraba su faceta más humana, al comprometerse finalmente con su amada Vicky Vale).
Por todo ello, el trabajo de Hamm contenía muchos alicientes de interés para el público, remarcaba el carácter superheroico y a la vez detectivesco del personaje, dándole mayor relevancia que en la primera parte, y le ofrecía a los lectores de cómics unos cuantos y magníficos homenajes. Parecía claro que el guionista había aprendido de sus errores y se había propuesto corregirlos en la segunda película. Y, gracias a ese guión, probablemente lo hubiera conseguido...de haberse finalmente rodado y distribuido.
Pero cuando la productora le hizo llegar el guión a Tim Burton y éste terminó de leerlo, la respuesta a la oferta de filmar una secuela basándose en lo que Hamm había escrito volvió a ser negativa. Al director no le gustó que volvieran a abrirse temas que ya habían quedado cerrados en la película anterior, ni la pérdida de oscuridad del personaje principal, ni se identificaba con los nuevos protagonistas, ni le gustaron las referencias tan explícitas al primer filme, ni...En definitiva, no le gustó el espíritu tan marcadamente continuista de la historia, enlazada directamente con la anterior. Con ese guión, Burton dejó claro que no dirigiría Batman 2.
Teniendo en cuenta la importancia que el particular estilo del director parecía haber tenido en el éxito de la primera cinta, los productores de Warner Bros. mantenían serias dudas de que una sustitución del cineasta no repercutiera negativamente en la acogida de la segunda película. Así que, a su pesar, optaron por sacrificar al guionista, tratando con ello de mantener al director. Melniker y Uslan hicieron suyo el lema de que no se debe cambiar de caballo a mitad de una carrera y, en un último intento por lograr que Burton aceptara, le encargaron al guionista Daniel Waters la redacción de un nuevo guión que lograra satisfacer al director. El nombre de Waters, como era lógico, no se había elegido al azar, pues era el guionista de la película Escuela de jóvenes asesinos (Heathers, 1989), producida por Denise DiNovi, quien también había asumido la producción del filme Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, 1990), dirigida por Tim Burton. Tan intrincada relación tenía únicamente como fin aprovecharse de la afinidad existente entre Burton y DiNovi, tratando de hacer valer la buena relación entre ambos para convencer a aquél de que dirigiera el rodaje de una nueva película del Murciélago. El trabajo de Hamm fue, por tanto, dejado de lado, lo que le apartó desgraciada y definitivamente no sólo de la producción de la secuela, sino también de todo lo relacionado con el Señor de la Noche. Sam Hamm, sin embargo, no sería el único en caer.
Por su parte, Waters se enfrentó al doble reto de narrar una buena historia y hacerla, además, lo suficientemente atrayente a los ojos del director como para engancharle y hacerle firmar el acuerdo con la productora. Para ello, leyó el guión de Sam Hamm y optó por mantener algunas de sus ideas, eliminando los aspectos que más habían incomodado al cineasta. Buscó también los elementos más representativos de la filmografía de Burton, y buceó en las historias de Batman para encontrar algunos detalles que le ayudaran a mejorar su trabajo. Cuando hubo terminado, su trabajo se extendía hasta un total de ciento setenta páginas que, finalmente, redujo, por medio de retoques que no alteraran nada sustancial de la trama, hasta el guión definitivo (que podéis consultar aquí, en Batman –Guía Visual-).
Cansado de los repetidos intentos de la productora, Burton leyó el trabajo de Waters. Y se sorprendió al comprobar que, en esta ocasión, el tono era exactamente el que él deseaba inyectarle a la historia y que, aunque seguía sin empatizar con los protagonistas, algo dentro de él le obligaba a intentarlo y a darle una respuesta afirmativa a la Warner: “Sea o no sea una película de Batman, quiero hacerla”. Al fin y al cabo, Burton sentía que era algo que casi le debía al Señor de la Noche: “Veía la primera parte y me decía que podría haber sido mejor. No me gustaba el tono, ni lo que había hecho con los elementos de oscuridad y lobreguez, con las relaciones entre los personajes. Tenía la sensación de no haber hecho el cien por cien de lo que deseaba hacer con esa película y parte de mí sentía que quería otra oportunidad”.
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Sin embargo, además del guión, el cineasta impuso importantes condiciones a la productora antes de firmar el acuerdo: se acabaron los corsés que limitaran su creatividad, se acabaron las injerencias de la productora, se acabaron las imposiciones en aras de hacer más comercial la película. Tim Burton pasaría directamente a producirla, junto a la propia Denise DiNovi, relegando de nuevo a Melniker y a Uslan al puesto de productores ejecutivos. Deseosos de que aquella demora interminable alcanzara su fin lo antes posible, ambos aceptaron delegar todo el poder en el director, confiándole la absoluta responsabilidad del proyecto. Era un riesgo, por supuesto, pero estaban dispuestos a correrlo. Y si alguien se había ganado su confianza, ése, sin duda, había sido Tim Burton.
Libre, por fin, de incómodas ataduras, lo primero que hizo el director fue seleccionar los miembros de su equipo. Algunos ya habían colaborado con él en Bitelchús o Eduardo Manostijeras, y el realizador deseaba volver a contar con ellos. Así, Stefan Czapsky sería el responsable de la fotografía del filme, Danny Elfman de la música, Stan Winston (quien había sido nominado al Oscar en 1990 por Eduardo Manostijeras) el encargado del maquillaje, Bo Welch el diseñador de producción...A lo largo de los años, Burton había ido configurando una “familia”, que le acompañaría prácticamente al completo en la mayor parte de sus trabajos posteriores (Ed Wood, Mars Attacks!, Sleepy Hollow, El Planeta de los Simios, Big Fish), aunque eso significara, en algunas ocasiones, como ocurrió con Batman 2, tener que rechazar a otros.
Anton Furst, ganador del Oscar por el excelente diseño de producción de Batman, fue reemplazado de esta manera por quien ya había trabajado con el cineasta en sus otros dos largometrajes: Bo Welch. Pese a su contrato en exclusiva con la productora Columbia, que le impedía trabajar para Warner, Furst contactó con Burton para tratar de arreglar la situación y poder incorporarse al equipo. Pero el realizador no lo quería en la segunda parte. “Tim me aseguró que no estaba interesado en hacer simplemente una secuela. Su enfoque es hacer una película tan alejada de Batman como sea posible, en todos los aspectos. Diseño incluido”, admitiría el nuevo diseñador. Furst, sumido en una depresión agravada por el rechazo del cineasta, acabó suicidándose unos meses después. Desde la editorial DC se le rindió entonces un emotivo homenaje, incorporando sus brillantes diseños de Gotham a las historias de los cómics tras la saga Destructor (The Destroyer).
Menos trágicamente, pero igualmente dolidos, Roger Pratt (director de fotografía de Batman) y Ray Lovejoy (editor del filme del Murciélago) dejaron sus puestos a Stefan Czapsky y Chris Lebenzon, respectivamente, cerrándose definitivamente de esa triste manera la confección del equipo técnico y comenzando el ‘casting’ de actores.
En esta ocasión, Burton no tendría que sufrir las iras de los aficionados por escoger a Michael Keaton para el papel de Batman, pues todos habían quedado ya convencidos de la idoneidad del intérprete para dar vida al protagonista. Sin embargo, Batman 2 no evitaría por completo la polémica en la selección de los actores...
Michael Gough repetiría como el mayordomo Alfred Pennyworth, Pat Hingle como el comisario James Gordon y Billy Dee Williams como el fiscal Harvey Dent, contando además todos ellos con el beneplácito de los fans. Aunque en el guión de Sam Hamm reaparecía el personaje de Vicky Vale, la periodista del “Gotham Globe” desaparecía en el de Waters, por lo que la actriz Kim Basinger no actuaría en la segunda parte.
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Para representar al Pingüino, Burton tuvo siempre claro que su hombre era el actor, habitualmente de comedia, Danny DeVito. Su particular físico fue, sin duda, determinante para el director, quien tenía pensado remodelar por completo a Oswald Cobblepot, alejándolo del personaje de los cómics para convertirlo en un ser que encajara mejor con el espíritu que él pretendía imbuirle a la película: “¿Qué se supone que es el Pingüino en realidad? Yo pensaba que si alguien iba a llamarse ‘El Pingüino’ tenía que haber una razón para ello”. DeVito había trabajado ya en numerosas películas, desde el drama de Alguien voló sobre el nido del cuco (One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975) y La fuerza del cariño (Terms of Endearment, 1983) de sus primeros años, al humor y la acción de Tras el corazón verde (Romancing the Stone, 1984), La joya del Nilo (The Jewel of the Nile, 1985) o Los gemelos golpean dos veces (Twins, 1989), sin olvidar los filmes en los que había simultaneado la dirección con la interpretación, como en Tira a mamá del tren (Throw Momma from the Train, 1987), o La guerra de los Rose (The War of the Roses, 1989).
Para el papel de Catwoman se barajó inicialmente el nombre de la gran actriz Lena Olin, nominada al Globo de Oro a la mejor actriz secundaria por La insoportable levedad del ser (The Unbereable Lightness of Being, 1988) y al Oscar a la mejor actriz secundaria por Enemigos: A love story (Enemies: A Love Story, 1989). Pero finalmente recayó en la no menos competente Annette Bening, quien también podía presumir de una nominación al Oscar a la mejor actriz secundaria, por Los timadores (The Gifters, 1990), y otra a los Globos de Oro a la mejor actriz, por Bugsy (1991). En cualquier caso, estaba claro que Burton no buscaba simplemente una mujer de físico llamativo para el personaje, sino que trataba de asegurarse una actriz que le diera verdadera profundidad al mismo. La decisión de elegir a Annette Bening, considerada a priori muy acertada, iba sin embargo a revelarse como un auténtico cúmulo de problemas.
Y es que, para empezar, Sean Young, la actriz que había sido elegida para representar a Vicky Vale en Batman y que había tenido que ser reemplazada una vez comenzado el rodaje debido a un accidente, deseaba obtener el papel de Selina Kyle. Y tan compulsivamente, además, que incluso se presentó en el estudio disfrazada de Catwoman para convencer al director y a los productores de su capacidad y aptitudes para interpretar al personaje. No obstante, la decisión del cineasta era firme y, pese a considerar a Young adecuada para dar vida a Vicky Vale, la rechazó para el papel de villana y confió en Bening para representar a Catwoman.
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Por su parte, la mayor controversia entre los aficionados la generó el actor responsable de meterse en la piel de Dick Grayson, el pupilo de Bruce Wayne y ‘sidekick’ de su ‘alter ego’ Batman. El elegido fue el joven y desconocido Marlon Wayans, que había estudiado interpretación en Nueva York y actuado en alguna obra teatral, pero que no había participado aún en ningún largometraje. La polémica no derivó, como en teoría podría parecer, por culpa de su falta de experiencia, ni de su “excesiva” edad (mientras que en los cómics Dick Grayson apenas aparentaba más de doce años cuando irrumpía en el mundo del Murciélago, Wayans tenía diecinueve cuando iba a enfundarse el disfraz de petirrojo). El problema en este caso radicaba en el color de su piel, pues, a diferencia del pequeño huérfano trapecista de los cómics, Wayans era de raza negra. El debate sobre la discriminación racial o la necesidad de mantener la apariencia estética de un personaje de ficción al que millones de lectores de varias generaciones imaginaban de una determinada forma estuvo servido en los medios de comunicación durante un tiempo, sin afectar demasiado, aparentemente, a Burton, quien al parecer ayudó al dibujante Neal Adams a diseñar el nuevo uniforme que Robin luciría en la película y que se dio a conocer al público en el Batman #457.
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Por último, el guión de Daniel Waters incorporó un nuevo villano a la historia, desdoblando en dos personajes el papel que el fiscal del distrito Harvey Dent representaba en el original de Hamm, en el que Dent decidía entrar en política antes de que se produjera el trágico nacimiento del villano Dos Caras. Waters había mantenido a Dent en su relato, pero había creado un personaje nuevo, no extraído de los cómics, para desarrollar la trama política que, en principio, si no, hubiera recaído también en el actor Billy Dee Williams. Para el papel de Max Shreck (homenaje al inquietante actor Max Schreck que interpretó en 1929 al vampiro Nosferatu en Nosferatu, eine Symphonie des Grauens, de F.W. Murnau), Tim Burton escogió al veterano Christopher Walken, cuya extensa filmografía incluía Annie Hall (1977), Los perros de la Guerra (Dogs of War, 1981), La zona muerta (The Dead Zone, 1983), Panorama para matar (A View to a Kill, 1985), Hombres frente a frente (At Close Range, 1986), Un lugar llamado Milagro (The Milagro Beanfield War, 1988), Homeboy (1988) y Comunión (Communion, 1989). Pero había sido sin duda su papel en El Cazador (The Deer Hunter, 1978) el que mayor fama le había dado, al hacerle ganar un Oscar al mejor actor. Su aspecto turbador y su enorme presencia física avalaban la decisión del director, dándole además mayor renombre a la producción.
Resuelto por fin el ‘casting’, se le ofreció al actor Burgess Meredith, quien había encarnado al Pingüino en 1966 tanto en la serie de televisión Batman como en el filme homónimo, la posibilidad de realizar un pequeño ‘cameo’ representando al padre de Oswald Cobblepot al comienzo a la película. Sin embargo, pese a aceptar el papel, no pudo finalmente actuar por culpa de una enfermedad, recayendo por ello en Paul Reubens, protagonista del primer largometraje de Tim Burton, La gran aventura de Pee-Wee (Pee-Wee’s Big Adventure, 1985).
Y cuando todo estaba preparado para iniciar el rodaje, al cineasta volvió a sorprenderle, como ya le pasara en Batman, una noticia inesperada relacionada con la actriz principal: Annette Bening estaba embarazada. Su abandono de la producción era, por tanto, inevitable, y Burton debía afrontar sobre la marcha la sustitución de la actriz protagonista, como ya sucediera con Sean Young y Kim Basinger en el primer filme del Señor de la Noche. Y fue precisamente Young la que volvió a entrar en escena, al no resignarse a que fuera otra la que interpretara el papel de Catwoman que ella tanto ansiaba. Con la baja de Bening, Young vio ante sí una segunda oportunidad para convencer al director, transformando su deseo en una especie de enfermiza obsesión, hasta el punto de que llegó a rumorearse que pagó a gente del equipo de grabación para que le comunicaran por medio de ‘walkie-talkies’ en qué lugar exacto del estudio se encontraban los productores en cada momento, para tratar de hablar con ellos.
Sin embargo, pese al insistente acoso de la actriz, el director optó por Michelle Pfeiffer, a pesar de no tener excesivas referencias cinematográficas en las que basar su decisión. “No he visto muchas cosas suyas”, confesó el cineasta, “pero tuve un encuentro agradable con ella y me gustó. Está claro que, si la observas, verás que tiene un lado felino ideal para Catwoman”.
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Además de su “lado felino”, Pfeiffer contaba en su haber con un montón de películas, que iban desde las menores Sin piedad (No Mercy, 1980), Grease 2 (1982), Lady Halcón (Ladyhawke, 1985) o Las brujas de Eastwick (The Witches of Eastwick, 1987) de sus comienzos, hasta las magníficas Las amistades peligrosas (Dangerous Liaisons, 1988, que le valió su primera nominación a los Oscar como mejor actriz secundaria), Conexión Tequila (Tequila Sunrise, 1988), Los fabulosos Baker Boys (The Fabulous Baker Boys, 1989, por la que fue nominada al Oscar y ganó el Globo de Oro a la mejor actriz) o La Casa Rusia (The Russia House, 1990). Sumando ambos elementos y las múltiples nominaciones y premios recibidos en distintos festivales internacionales y asociaciones de críticos cinematográficos, Pfeiffer prometía una estupenda recreación de Catwoman. A todo lo cual había además que añadir la ilusión que el papel le despertaba: “De pequeña no me perdía ni un episodio de la serie de televisión. Julie Newmar (la actriz que daba vida al personaje) me fascinaba. Su interpretación rompía todos los estereotipos de lo que significaba ser mujer en aquella época. Podía ser mala y buena, cruel y salvaje”. Con Newmar como referente, el listón que Pfeiffer se autoimponía era verdaderamente alto.
Por último, antes de que la claqueta chasqueara por primera vez, el guionista Wesley Strick, responsable de Aracnofobia (Arachnophobia, 1990) y El cabo del miedo (Cape Fear, 1991), fue el encargado de retocar el guión de Daniel Waters, y aunque en su mayor parte permanecería intacto, Strick consideró oportuno eliminar la figura de Robin. Esto suponía no contar con Marlon Wayans, quien, sin embargo, continuó de momento entre la plantilla de actores contratados, aplazando la decisión final sobre la aparición o no del personaje hasta que acabara el rodaje y se pasara a la fase de edición.
En septiembre de 1991 comenzó, por fin, la grabación. Y aunque Burton no tuvo que soportar de nuevo la presión desmedida de los aficionados, ni desplazarse a Londres para rodar (esta vez se quedaron en los estudios de la Warner en Los Ángeles), ni hacer frente a una inoportuna gripe como le pasó en Batman, enseguida recordó por qué había rechazado inicialmente dirigir aquella película: “Cada toma era una visita al dentista. Me sentía como si me hubiesen encargado alinear los planetas. Íbamos a efecto especial por toma, y el rodaje estaba lleno de tipos colgados de cables, con quinientos pingüinos sueltos por allí y treinta técnicos con radios de control remoto dando órdenes de un lado a otro”.
Por su parte, Michael Keaton y Michelle Pfeiffer experimentaron una combinación de extrañas sensaciones al actuar juntos, debido a la relación sentimental que ambos habían mantenido en el pasado. “La verdad es que me sentí bastante fuera de mi elemento y tener cerca a una persona con la que había compartido tantas cosas me ayudó considerablemente. Cuando llegaba el momento de rodar esas escenas románticas podía acudir a Michael y decirle: ‘¿Por qué siento todas esas emociones tan raras?’, y él me tranquilizaba, asegurándome que era normal”, aseguró Pfeiffer.
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Ambos tuvieron, además, que soportar estoicamente la pesada carga de unos trajes estéticamente perfectos, pero muy difíciles de llevar puestos. El de la actriz acumulaba las mayores incomodidades: “El traje no era muy cómodo. Las botas tenían mucho tacón y no estaban demasiado bien diseñadas. Cada vez que me incorporaba tenía cierta tendencia a inclinarme hacia delante”. Pero, sin lugar a dudas, la peor parte se la llevó un Danny DeVito que se vio obligado a pasar por interminables sesiones de maquillaje que se prolongaban durante más de tres horas antes de poder entrar en escena. El único que pareció disfrutar durante el rodaje fue Christopher Walken, quien, recordando una escena de la película El Gran Gatsby (The Great Gatsby, 1974), le pidió a Burton lucir unos gemelos fabricados con muelas humanas. “Que Burton aceptara de una forma tan natural mi sugerencia me dejó muy impresionado. Comprendió enseguida el efecto que pretendía conseguir y eso hizo que me sintiera cómodo trabajando con él”.
El hastío del maquillaje, la incomodidad de los trajes (Keaton pidió, incluso, que se le incorporara una cremallera a los pantalones del disfraz de murciélago), la necesidad de coordinar los efectos especiales con la grabación...Y a todo eso había que añadir la dificultad en el rodaje de algunas escenas concretas. Como explicaba Burton, “ocurrían muchas cosas y las filmábamos de una forma muy ajustada. (En algunas escenas) tuve que dejárselo todo a Michelle. Se hizo cargo de hacer todas las cosas raras, era mejor que los especialistas”. Sin embargo, eso no evitó que se produjeran incidentes desagradables. Además de las escenas de acción, Pfeiffer tuvo que aprender a manejar el látigo que Catwoman utilizaba en la película. En una de sus clases de aprendizaje con el especialista Anthony De Longis, la actriz soltó un latigazo que impactó directa y accidentalmente en el rostro del preparador. Inmediatamente, éste comenzó a sangrar y Pfeiffer, muy nerviosa, se puso a llorar y a disculparse. El suceso, al que el entrenador restó importancia “comportándose como un caballero”, le enseñó a la actriz que “si estás utilizando un arma letal no puedes permitirte el lujo de distraerte ni un momento”.
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El rodaje finalizó por fin en febrero de 1992, prolongándose por ello cinco meses (aproximadamente, dos más que el de la primera parte). Una vez terminado, se decidió que Robin no aparecería en el filme, pese a que Wayans ya había rodado las escenas en las que intervenía su personaje, luciendo el uniforme del Chico Maravilla. La compañía de juguetes Kenner Toys había incluso diseñado una figura del petirrojo para la línea de productos de la película, que finalmente tuvo que vender como un muñeco del personaje de los cómics. Wayans, por su parte, cobró lo que había previamente acordado con la productora, y firmó un contrato para intervenir en la tercera parte de la saga, donde sí se vería definitivamente a Dick Grayson en la gran pantalla.
La campaña de promoción del filme volvió a ser un éxito, llegando a desatarse una incontrolable fiebre entre muchos fans por hacerse con los carteles publicitarios de las paradas de autobús en las que aparecía Michelle Pfeiffer caracterizada como Catwoman. El destrozo de las marquesinas y el robo de los anuncios obligó en algunas ciudades a que la policía vigilara con especial atención aquellas en las que la imagen de la actriz decoraba la estación y a que Warner Bros. enviara continuamente más posters para reponer los sustraídos (que llegaron a convertirse en auténticas piezas de coleccionista y a alcanzar un considerable valor).
Pese a todo ello, sin embargo, cuando la cinta, titulada Batman Returns, llegó a los cines el 19 de junio de 1992, la expectación no alcanzó la magnitud de la primera película del Murciélago. Las cifras en taquilla fueron más que considerables, recaudando algo más de 160 millones dólares en EE.UU. y poco menos de 300 a nivel mundial, pero fueron, en cualquier caso, muy inferiores a las esperadas. El presupuesto se había duplicado, el éxito de Batman había hecho augurar una secuela aún más rentable, los esfuerzos por contar con Tim Burton y por tener los mejores efectos especiales habían obligado a que no se escatimara en gastos...Y, pese a todo, Batman Vuelve se había quedado atrás. No había satisfecho las previsiones de la productora. Algo había fallado.
La película fue nominada a los Oscar a los mejores efectos visuales y al mejor maquillaje, y la acogida de la crítica fue más positiva aún que con el anterior filme del Señor de la Noche, alabando las virtudes de la obra de Burton tanto en los aspectos interpretativos como en los puramente técnicos.
Su adaptación al cómic dio lugar a una obra notable, con guión de Dennis O’neil basándose de nuevo en el original de Daniel Waters, dibujo de Steve Erwin y tintas de José Luis García López, y DC aprovechó el tirón comercial de la promoción del filme para lanzar dos números en formato prestigio dedicados a los villanos de la película, Catwoman: Desafiante (Catwoman Defiant), de Peter Milligan y Tom Grindberg, y Pingüino Triunfante (Penguin Triumphant), de John Ostrander y Joe Staton, además del segundo volumen de Las Mejores Historias de Batman Jamás Contadas (The Greatest Batman Stories Ever Told) y las nuevas series regulares Shadow of the Bat, de Alan Grant y Norm Breyfogle, con llamativas portadas de Brian Stelfreeze, y The Batman Adventures, con Kelley Puckett, Ty Templeton y Rick Burchett, inspirada en la extraordinaria serie de animación creada por Bruce Timm, Paul Dini, Eric Radomski y Alan Burnett, Batman: The Animated Series, que Warner Bros. había decidido producir para la cadena de televisión Fox, haciéndola coincidir con el estreno del largometraje.
Y aunque todo lo que rodeó al filme cosechó un gran éxito, la reacción del público ante la película estuvo lejos de ser unánime, produciéndose una división entre los que la consideraban mejor que la primera y los que le reprochaban su lobreguez, su tenebrismo, su complejidad y su alejamiento de lo que debe ser una historia de superhéroes.