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BATMAN FOREVER CRÍTICA |
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POR THE BAT-FAN |
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A veces, resulta curioso comprobar cómo la tradicional sabiduría popular valora unos hechos en comparación con otros. Así, si existe un dicho que critica la absurda persistencia de los segundos intentos al realizar una obra artística asegurando que “segundas partes nunca fueron buenas”, también hay otro que premia la tenacidad y valora la confianza en sí mismo que tiene quien ha errado previamente en dos ocasiones pero está dispuesto a seguir intentando lograr su objetivo, al afirmar que “a la tercera va la vencida”. Tal vez la sentencia tenga razón y en la tercera tentativa sea más fácil alcanzar el éxito que en las dos anteriores parecía resistirse, pero es innegable que la cita contiene tanto optimismo como ingenuidad. Pensar que lo que no se ha logrado en dos intentos puede conseguirse en un tercero tiene, además de un evidente lado positivo donde se entremezclan la ilusión y la esperanza, otro negativo donde se niega la evidencia de la realidad y se rechaza aceptarla tal y como verdaderamente es. Es cierto que la experiencia es un grado, que de los errores cometidos pueden extraerse sabias conclusiones y que la firme persistencia suele acarrear merecidas recompensas. Pero si no se apoya en la experiencia, ni en la corrección de antiguos errores, ni en la voluntariosa constancia, ¿qué ventajas se derivan, directa y únicamente, del tercer intento? ¿Acaso no es éste igual que cualquiera de los anteriores, con el perjuicio de estar precedido por dos fracasos previos?
Batman Forever fue la tercera vez que los productores Benjamin Melniker y Michael Uslan se enfrentaban al reto de rodar una película del Señor de la Noche con la intención de hacerlo lo mejor posible (poco antes de ese intento, ambos habían participado en la producción de la cinta de animación Batman: La máscara del fantasma, con la que lograron acercarse más que nunca a ese objetivo). Pero ni Batman ni Batman Vuelve podían ser consideradas un fracaso. Ni a nivel de crítica, ni de recaudación, ni mucho menos como generadores de beneficios por ‘merchandising’. Más bien todo lo contrario. Sin embargo, aunque el segundo filme había cosechado mejores resultados en el primero de estos aspectos, el descenso en los dos últimos había llevado a la productora responsable del proyecto a tomar medidas que impidieran que las futuras entregas de la saga cinematográfica del Murciélago dejaran de resultar rentables. Medidas que pasaron por un cambio radical en el enfoque y el tratamiento, y que supusieron una ruptura profunda con los dos trabajos anteriores, tanto en la forma como en el fondo.
El cineasta Tim Burton y quienes le habían acompañado en el rodaje de las dos primeras películas del personaje fueron apartados del proyecto y sustituidos por quienes iban a aportar al mismo, en palabras del propio Burton, “un punto de vista nuevo y diferente”. El guionista, el compositor, el editor, el responsable del maquillaje, el diseñador de producción... Incluso varios de los actores principales (aunque, algunos, más por decisión propia que por imposición ajena) fueron reemplazados. Batman 3 se apoyaba en el éxito de sus predecesoras, pero a la hora de ser planificada y desarrollada, aquéllas apenas fueron tenidas en cuenta. Para bien o para mal, la franquicia prácticamente volvió a empezar de cero. Sin la experiencia, ni la serena reflexión, ni la tenacidad propias de quien, habiéndolo intentado previamente, vuelve a probar fortuna en una tercera tentativa.
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Obviamente, como también lo fueron sus precursores, el tercer largometraje protagonizado por el Señor de la Noche era un producto de encargo. Su realización recayó en las manos del director Joel Schumacher, responsable de filmes fácilmente catalogables en la habitualmente rentable categoría de cine comercial, ligero y sin pretensiones. Un formato que muchos consideran el más adecuado (algunos, incluso, el único posible) a la hora de afrontar la adaptación a la gran pantalla de las historias de un personaje de ‘comic-book’, pero que se alejaba notablemente del que anteriormente había mostrado Burton (mucho más complejo, elaborado y personal). Lo cual supuso un riesgo considerable para la productora, pues cambiar de caballo a mitad de una carrera y, a pesar de ello, salir victorioso no es precisamente una tarea fácil.
Si ya el propio Burton, al filmar Batman Vuelve, había tratado de alejarse lo máximo posible de su anterior película del Murciélago, su sucesor en la dirección siguió también ese camino, optando por distanciarse todo lo que pudo tanto de una como de otra. Batman Forever sería una nueva visión del personaje en el sentido más literal del término: empezando por el actor que le daría vida y terminando por su forma de comportarse o su carácter, pasando por los aliados con los que contaría, los enemigos a los que se enfrentaría, el vestuario que luciría o el escenario en el que transcurriría la acción. Todo se transformaría por completo. Todo lo antiguo sería rediseñado. Todo lo pretérito sería desechado, obviando de esa manera no sólo los errores que los anteriores participantes en el proyecto habían cometido, sino también sus aciertos.
La Warner aceptó la idea de que, para que la regeneración fuera absoluta, ésta debía comenzar por el propio equipo técnico. De esta forma, Joel Schumacher se deshizo de quienes tenían acuerdos suscritos con la productora que les ligaban a la película que él dirigiría, y conformó su propio grupo de trabajo rodeándose de antiguos y nuevos colaboradores: Akiva Goldsman en el guión, Barbara Ling en el diseño de producción, Dennis Virkler en el de montaje, Stephen Goldblatt en la fotografía, Elliot Goldenthal en la música... Atrás quedaban Tim Burton y el resto de miembros de sus dos equipos (uno por cada filme, aunque algunos participantes en la cinta de 1989 habían repetido en la secuela).
Al nuevo realizador se le hizo saber desde el primer momento que la franquicia necesitaba un cambio de aires. Por eso él había sido designado para hacerse cargo de ella: porque se pensaba que estaba capacitado para encauzarla antes de que pudiera irse definitivamente a pique. Y las ideas que fue exponiendo antes de comenzar el rodaje parecían demostrarle a los productores que habían acertado en su elección. A pesar del difícil encaje que algunas de ellas parecían tener con los anteriores trabajos del personaje, todos los esfuerzos del nuevo director se centraron en lograr ese objetivo. Si Batman Vuelve había sido demasiado “adulta” para ser una película de superhéroes, Batman 3 se dirigiría a un público mucho más juvenil, reduciendo la media de edad de los espectadores y explotando aspectos que sus predecesoras no habían tenido en cuenta.
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Por todo ello, el primer elemento en el que el cambio de perspectiva debía poder percibirse era el guión. Lee y Janet Scott Blatcher, una pareja de guionistas prácticamente desconocidos, fueron los encargados de elaborar el argumento que sirvió a Akiva Goldsman como base para redactar su guión. Un relato totalmente nuevo, no basado en ninguno de los cómics del Murciélago ni en ninguno de los episodios de sus series de televisión (la de 1966 y la de animación de Dini, Timm, Burnett y Radomski), donde, al igual que en Batman Vuelve, aparecería algún personaje que no existía en los ‘comic-books’ y se modificarían algunas características de otros (fundamentales en algunos casos, poco relevantes en otros). Haciendo suyas algunas de las ideas que Sam Hamm había incluido en su guión (finalmente rechazado) para la segunda cinta del Señor de la Noche y adoptando otras de las que Tim Burton había ido barajando con vistas a la producción de un tercer filme del Murciélago, Goldsman elaboró un guión donde se recogieran las intenciones de la productora y del director para renovar la imagen del personaje, eliminando los aspectos más polémicos y criticados de Batman Vuelve.
Para empezar, para no caer en la compleja interrelación de historias que había hecho del trabajo de Waters una obra que algunos consideraban excesivamente enredada y confusa, el nuevo escriba decidió simplificar la narración al máximo y reducir el número de subtramas con el que contaría la historia. Así, la excesiva complejidad se tornaría en sencillez, la lobreguez en humor infantil y la falta de acción en un torrente de espectacularidad. Pero, sin duda, la mayor transformación la viviría el propio Batman, quien se convertiría en el protagonista absoluto del filme y dejaría de mostrarse como la oscura y atormentada criatura de la noche que Burton y Keaton habían hecho de él para transformarse en un superhéroe de noble intención, sin impulsos vengativos ni actitud paranoica.
En lo que podría considerarse toda una representativa alegoría de su trabajo, Goldsman se olvida del típico planteamiento superheroico de orden-desorden-regreso al orden inicial y de su habitual encuadre dentro del esquema clásico de presentación-nudo-desenlace, haciendo comenzar la historia directamente desde el “desorden”, con una secuencia más propia del desarrollo del relato que de su presentación. De esta manera, en lo que debería ser el primer acto del filme, la narración pasa fugazmente de una fase a otra para volver después a la primera, sin una estructura clara que la ordene y le dé coherencia. La historia se inicia directamente con el propio Batman preparándose para actuar, apareciendo inmediatamente después uno de los villanos de la cinta, ya transformado en su ‘alter ego’ criminal, sin que el público haya tenido ocasión de conocer cómo ha llegado hasta ese punto. La brevedad de las secuencias de presentación de los distintos personajes (Batman, la doctora Chase Meridian, el comisario James Gordon, el millonario Bruce Wayne, el científico Edward Nigma, el antiguo fiscal del distrito Harvey Dent...) y la ya mencionada escena introductoria en la que el Murciélago trata de detener a Dos Caras dejan entrever cuáles serán los dos pilares sobre los que se asienta la historia: el análisis por parte de la doctora Meridian de la personalidad del hombre que se oculta tras la máscara del murciélago y la venganza que Nigma llevará a cabo tras ser ignorado su trabajo como científico. Así, tras intentar Batman atrapar a Dent después de que éste se haya fugado de Arkham Asylum y haya atracado un banco, Bruce Wayne conoce a uno de los empleados de su compañía. Edward Nigma se presenta como un gran admirador del presidente de Empresas Wayne, a quien le muestra el fruto de sus investigaciones: equipos de televisión dotados de un aparato de señales que llega directamente a las ondas cerebrales. La negativa acogida que sus estudios tienen en Wayne enfada a Nigma, quien decide seguir experimentando por su cuenta. Con un terrible resultado, que transformará al científico en un perturbado criminal obsesionado con los acertijos, se cierra el primer acto. “¿Qué clase de gente tiene murciélagos en la mente?”.
El siguiente, en el que siguen presentándose personajes que no aparecieron previamente al tiempo que se desarrolla la historia planteada, comienza con Bruce Wayne en el circo, presenciando las distintas atracciones. La inesperada aparición de Dos Caras y la trágica muerte de la familia del joven trapecista Dick Grayson ponen fin al espectáculo, decidiendo Wayne hacerse cargo del huérfano. Mientras tanto, el Acertijo se dedica a elaborar y enviar misteriosos enigmas al que fuera su jefe, mostrándose resentido por haber sido rechazado, lo que le lleva a sellar una alianza con el antiguo fiscal para formar un frente contra su común enemigo. Tras algunas secuencias algo más pausadas, y en lo que podría considerarse uno de los puntos álgidos de la narración, Dos Caras vuelve a irrumpir en escena en mitad de una fiesta a la que Wayne asiste acompañado por la doctora en psiquiatría, y donde también estará presente el invento del científico que trabajara para él. En una sucesión de rápidas escenas, el villano tiende una trampa al héroe en la que éste necesitará ayuda para escapar, se desvela parte de los planes de Nigma, el Murciélago se enfrenta a sus rivales, Dick Grayson descubre el importante secreto que oculta su mentor y Bruce Wayne hace frente a sus miedos, replanteándose su futuro. “Ya no hay trauma”. El final debe resolver muchas incógnitas.
En el último acto, aparece prácticamente de golpe gran parte de la acción justificada que no se había mostrado hasta ese momento (en las anteriores secuencias, ésta era simplemente una excusa para darle mayor ritmo al relato): el Acertijo descubre el secreto de Bruce Wayne que ya antes había averiguado Dick Grayson, aparece por primera vez la figura del Chico Maravilla, los villanos emprenden la huida hacia la guarida de Claw Island después de destruir la Bat-cueva, y Nigma y Dos Caras tejen un plan para poner al Murciélago ante la encrucijada de tener que elegir a cuál de los dos rehenes secuestrados debe salvar. La lucha final en el escondite del Acertijo se convierte en un puro espectáculo pirotécnico de previsible desenlace, en el que se pierde la última oportunidad de profundizar algo más en las personalidades de los protagonistas antes de que la película termine con un final demasiado “feliz”.
Como ya sucediera con Batman Vuelve respecto a la cinta de la que era secuela, la comparación del trabajo de Goldsman con el que Hamm y Waters realizaron en los dos primeros filmes es prácticamente ineludible. Relativamente cercano al de Sam Hamm, el guión de Akiva Goldsman no sólo no trata de ser elaborado y complejo, sino que pretende basar sus virtudes en el efectismo, la simpleza y la falta de pretensiones, hasta el punto de regodearse en ellos. El guión no desarrolla en realidad ninguna historia, sino que se limita a poner a los personajes en el lugar de los hechos, haciendo que se comporten de manera absolutamente previsible (salvo en lo que respecta, lógicamente, a las gravísimas alteraciones que modifican lo plasmado en los cómics), en un relato superficial y plagado de tópicos, donde apenas se aporta nada que lo enriquezca o ensalce. Si Dan Waters pecaba casi por exceso al mantener en el aire al mismo tiempo distintas subtramas interrelacionadas y ahondaba tal vez de forma excesivamente farragosa en la personalidad de los ambiguos protagonistas de Batman Vuelve, Goldsman peca por defecto al simplificar ambos elementos hasta el punto de hacerlos planos, huecos y carentes por completo de interés.
Si Batman contaba con una historia entretenida, con algún matiz interesante aunque algo pobre, y su segunda parte ocultaba un monumental entramado de complejas contradicciones y dobles lecturas, Batman Forever sólo tiene lo que muestra en su superficie. Los fáciles juegos de palabras, el repetitivo uso de clichés (algunos, como por ejemplo “la caja” de Nigma, absolutamente trasnochados), la linealidad de la narración, la caricaturización de los protagonistas hasta hacer de ellos simples estereotipos... Cada uno de los errores de Goldsman se magnifica al ser comparado con el por entonces reciente trabajo de Waters. Si este último había utilizado una paleta con multitud de distintas tonalidades de grises para definir a sus personajes, aquél lo limita todo a un reducido juego de blancos y negros. Si éste había empleado los diálogos como un hábil recurso para expresar sentimientos y desnudar emocionalmente a los protagonistas, aquél los usa únicamente como pretexto para reposar brevemente la acción y los convierte en un puro trámite, prácticamente anecdótico y superfluo. Si éste había logrado poner en pie un relato con sólidos pilares y no menos atractiva fachada, aquél olvida lo primero y reduce su labor a algo que no entorpezca la visión de lo segundo.
Cayendo en el habitual y terrible error de confundir infantilización con estupidez, Goldsman abusa de los chistes fáciles, de la simpleza narrativa y del más elemental respeto al espectador (así, por ejemplo, para lograr transmitir la ya archiconocida idea de que Batman es “un héroe”, el guionista considera que no basta con que éste actúe como tal, sino que, para que el público no albergue ninguna duda al respecto, los personajes del filme deben repetirla con machacona insistencia). Y, lo que es peor, sin aportar una pizca de originalidad o inteligencia que haga más soportable la obra o que compense, aunque sólo sea ligeramente, las graves carencias que muestra en otros aspectos. Como producto de entretenimiento (no digamos ya como estudio de personajes, algo a lo que decididamente el escriba no aspira, pese a mostrar en el argumento algunos elementos que parecen sugerir lo contrario), el guión de Batman Forever es torpe y banal, presentando suficientes grietas como para, por sí solo, hacer naufragar la película.
Sin embargo, leyendo el texto de Goldsman con el que se trabajó durante el rodaje (que podéis consultar aquí, en Batman –Guía Visual-) y teniendo en cuenta la cantidad de escenas filmadas que fueron finalmente desechadas durante el proceso de edición de la cinta, es posible afirmar que el guión original presenta una historia más coherente y con menos lagunas que la que pudo verse en los cines, pese a no lograr solucionar el tono pueril, la debilidad del relato o la falta de creatividad de su autor. Como ya pasara con Batman y su secuela, Batman Forever sufrió (aunque por otros motivos muy distintos) las habitualmente catastróficas consecuencias de los “retoques”. Sin un Warren Skaaren ni un Wesley Strick impuesto por la productora para corregir el trabajo de Goldsman como les pasó a los dos anteriores guionistas, éste vio manipulado su relato por culpa de su excesiva duración. Su guión original era tan voluminoso que, una vez convertido en imágenes, el resultado final se alargaba hasta un total de tres horas de metraje, lo que obligó a eliminar algunas secuencias hasta reducir la cinta a una extensión mucho más aceptable de poco más de dos horas. De esta manera, la tercera película del personaje se estrenó después de que algunas partes fueran borradas, incluyendo varias que podrían considerarse fundamentales para el desarrollo de la narración y para tratar de profundizar algo más en la personalidad del protagonista principal (así, entre las escenas que no fueron incorporadas en la cinta definitiva, había algunas que mostraban diálogos sobre las motivaciones y los pensamientos del héroe, datos reveladores de vital importancia en la decisión que éste toma a mitad de la historia relacionados con el diario escrito por Thomas Wayne e, incluso, una secuencia en la que Bruce se enfrentaba a sus miedos, representados por un murciélago gigante).
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A pesar de que los rumores sobre una posible edición extendida del filme que incluyera esos pasajes surgieron desde que la película llegó a las salas de cine, la posibilidad de que, con la aparición de un nuevo formato audiovisual, apareciera en DVD la “Versión del Director” con el metraje completo fue cobrando cada vez más fuerza conforme se iba acercando la fecha del estreno de Batman Begins (la nueva adaptación cinematográfica del Señor de la Noche), hasta que la productora anunció que la edición especial con el material inédito (y, el ya visto, retocado digitalmente) sería, por fin, puesta a la venta.
Por otra parte, aunque menos evidentes que los homenajes cinéfilos que contenían sus precursoras, en el apartado de referencias que la película hace a otras obras cinematográficas, cabría destacar la toma panorámica de Gotham del inicio del filme, que recuerda poderosamente a la futurista y decadente Los Ángeles de Blade Runner (1982), la escena en la que Dick Grayson realiza movimientos de kung-fu con su colada, que reproduce la de Dreadnaught (Yong Zhe Wu Yu, 1981), y la imagen final del Acertijo en su celda de Arkham, con una camisa de fuerza de mangas desproporcionada y ridículamente largas, a semejanza del personaje de Renfield en Drácula de Bram Stroker (Bram Stroker’s Dracula, 1992). A ellas hay que añadir unos cuantos guiños a los lectores de cómics, al mostrar algunas imágenes o escenas inspiradas en otras tantas de las historias más populares del Murciélago (Batman: Año Uno, El regreso del Señor de la Noche, Arkham Asylum...), así como algunas alusiones nada originales al Universo DC: la mención por parte de Bruce Wayne a la ciudad de Metrópolis (escenario de las aventuras de Superman), la broma de Dick Grayson con el nombre de Nightwing (identidad que el personaje adoptó en los cómics en 1984, tras independizarse del Bat-universo) y las marcas en uno de los lados del dólar de plata que siempre porta Dos Caras (que forman las iniciales “HD”, del verdadero nombre del villano). Por último, cabe mencionar en este apartado las simpáticas referencias que Batman Forever hace a uno de los personajes de su antecedente más inmediata a través de un comentario de la doctora Meridian (“¿O necesito un traje ajustado y un látigo?”) y a una de las expresiones más famosas y populares que el actor Burt Ward solía repetir en 1966, en cada capítulo de la serie de televisión (“Holey rusted metal, Batman!”, en la versión original del filme cuando Batman y Robin llegan a Claw Island, en alusión a la interjección “Holy...!” empleada por el Chico Maravilla).
Centrándonos ya en la labor de los actores, es necesario señalar en primer lugar el incremento en el número de personajes principales con respecto a las dos primeras películas del Señor de la Noche, lo que repercute directamente en el protagonismo de cada uno de ellos. Si ya en Batman Vuelve Michael Keaton, Michelle Pfeiffer, Danny DeVito y Christopher Walken se repartían el trabajo que en Batman realizaban únicamente el primero de ellos, Jack Nicholson y Kim Basinger, en Batman Forever son Val Kilmer, Tommy Lee Jones, Jim Carrey, Nicole Kidman y Chris O’Donnell quienes se encargan de llevar sobre sus hombros, aunque con notables diferencias, el peso de la cinta.
En este sentido, Val Kilmer fue uno de los que más difícil lo tuvo, al tener que sustituir a un Michael Keaton que, pese al prácticamente unánime rechazó que despertó inicialmente su elección, había conseguido ganarse el respeto y el aplauso no sólo del gran público sino también de los fans más exigentes. Keaton había logrado que todo el mundo asociara su imagen a la del personaje, haciendo que cualquier otro actor que posteriormente se enfundara el manto del Murciélago encontrara una fuerte oposición. Por ello, lo primero que hizo su sustituto fue alabar públicamente a su antecesor (“Considero estupendo el trabajo de Michael Keaton en las dos primeras entregas”), tratando de ganarse así el favor de los aficionados descontentos. Sin una presencia ni una capacidad física que logre compararse a la de Keaton vestido de Batman, ni unas aptitudes como para conseguir transmitir ese halo de tragedia y profundidad que aquél bordaba, Kilmer juega las bazas de su juventud y de su aspecto físico (entendiendo por tal tanto altura y musculatura como atractivo) para destacar su parecido con la apariencia visual del personaje, haciendo más hincapié en la figura del insulso ‘playboy’ multimillonario (con el que Keaton nunca llegó a identificarse) que en la de su ‘alter ego’ Batman.
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Apoyándose en un guión que potenciaba más esa faceta y otros aspectos del Señor de la Noche menos mostrados en las películas de Burton (su faceta superheroica, su lado más humano, su pasado), Kilmer trató de alejarse todo lo que pudo de Keaton para evitar una comparación en la que, claramente, salía perjudicado. Así, gracias a la presencia de la doctora Meridian (que permite ahondar más fácilmente en su trauma infantil) y de Dick Grayson (que posibilita mostrar a Wayne como un hombre que ve reflejada en el joven huérfano su propia tragedia), y al concepto del protagonista que tenía el propio Schumacher, Kilmer declaró que quería “explotar el carácter heroico y distante del personaje, además de presentar una concepción erótica del mismo que hasta ese momento no se había potenciado en la serie”. Al margen de lo acertada o no que fuera esa postura teórica (especialmente en lo relativo a la “concepción erótica” de un personaje como el Murciélago), la limitada capacidad interpretativa de Kilmer, su carencia de recursos y la debilidad del guión hicieron del Señor de la Noche de Batman Forever poco menos que un héroe de serie B, condenado a enfrentarse a un villano megalómano antes de acabar felizmente la historia junto a la damisela que ha salvado del peligro, con el que es prácticamente imposible identificarse o sentir empatía. Aunque Kilmer consigue recrear un Bruce Wayne relativamente aceptable, al vestir el manto del Murciélago el intérprete parece confundir frialdad con inexpresividad y solemnidad con rigidez facial (en realidad, lo mismo que hace al dar vida a su otra identidad, en la que esta actitud resulta más creíble), consiguiendo únicamente reforzar la idea previa que tenían muchos espectadores: que Michael Keaton nunca debía de haber sido sustituido para recrear al personaje.
Por su parte, Tommy Lee Jones, un actor de demostrada solvencia capaz de firmar notables trabajos, parece esforzarse al máximo para que Kilmer no sea el peor parado en las críticas del filme. Su Dos Caras es, probablemente, la versión más ridícula y vergonzante que se pueda hacer de uno de los personajes con mayor carga dramática de todo el Bat-universo. Condenado de antemano por un guión que olvida por completo el enriquecedor pasado del fiscal del distrito, su amistad con el Señor de la Noche y su promesa de aplicar la Ley para acabar con el crimen, Tommy Lee Jones ve reducido su papel prácticamente al de matón de Edward Nigma, a pesar de que en los cómics aquél sea mucho más importante que éste y su protagonismo sea absoluto, llegando a encabezar la lista de los villanos más importantes de las historias del Señor de la Noche. Sin embargo, todo lo que rodea al criminal en Batman Forever es una suma de despropósitos, a cual más insultante. Desde el bochornoso maquillaje (con media cara pintada de un horrible color púrpura y el pelo teñido de rojo) al horrendo vestuario (con la mitad del traje, la camisa y la corbata en unos estridentes tonos con diseños imposibles), pasando por la incomprensible sucesión de risas y los gestos sin sentido (mientras, en los cómics, en uno de sus actos más característicos, el personaje toma sus decisiones dejando que el azar decida su destino al lanzar al aire una moneda de dos caras con uno de sus lados marcados, en la película la moneda pierde todo su icónico significado al repetir su portador el lanzamiento hasta que ésta muestre el lado marcado), Dos Caras se convierte en la antítesis de lo que supusieron el Joker en Batman y Catwoman en Batman Vuelve. Tommy Lee Jones, intérprete nada acostumbrado a los excesos, toma como modelo el memorable trabajo de Jack Nicholson recreando al Príncipe Payaso del Crimen, pero sólo para pervertirlo y dotar a Harvey Dent de un inexplicable histrionismo totalmente incompatible con su personalidad que sólo puede justificar el intento de no ser sobrepasado en ese sentido por Jim Carrey.
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Si Akiva Goldsman comete un error imperdonable al obviar el complejo pasado del personaje y reducir su trágico incidente en el juicio contra el mafioso Maroni a una brevísima secuencia mostrada a través de la pantalla de un televisor, el actor se encarga de sepultar definitivamente al villano al transformarlo en un ser burlón, antipático y casi-cómico. Reducido a simple acompañante del Acertijo, convertido en una vulgar copia del Joker y privado de todos y cada uno de sus rasgos característicos, el criminal que puede verse en la cinta de Schumacher se antoja totalmente irreconocible para cualquiera que haya leído siquiera una historia en la que él aparezca.
A los cambios con respecto al original y la pobreza del guión hay que sumar la actuación de un Jones desganado, poco interesado por el personaje (al que, en una entrevista, llegó a definir como “una especie de Jekyll y Hyde simplificado a nivel de dibujo animado”) y, decididamente, nada inspirado. Su trabajo en Batman Forever es, sin ninguna duda, el peor de una carrera cinematográfica que abarca casi tres décadas, y es mayor el error si se tienen en cuenta las posibilidades del actor, su razonable parecido físico con el personaje y la profundidad que la dualidad y la ambigüedad mental le otorgan al mismo.
Jim Carrey, sin embargo, consigue no contagiarse de la apatía y las malas actuaciones de sus compañeros de reparto, haciendo de Edward Nigma un personaje interesante. Convertido a nivel de guión, junto al propio Batman, en uno de los protagonistas principales del filme (el hecho de que, presentando la historia también a Dos Caras, el logotipo de la película sólo mostrara los símbolos del Murciélago y del Acertijo ya era tremendamente significativo), Nigma mantiene un razonable parecido con el villano de los ‘comic-books’ que lo enriquece y facilita el trabajo del actor. Como en los cómics del Bat-universo, su rasgo más distintivo es su obsesión por los acertijos, para cuya creación Warner Bros. contrató al responsable de la sección de crucigramas del New York Times, William Shortz. Al poner más énfasis en su figura que en la de otros personajes, el guionista lo presenta antes de transformarse en criminal, ahondando en el sentimiento de rechazo y frustración que siente el científico al no ser valorados sus estudios. De esta manera, en comparación con el resto de protagonistas, Nigma se muestra como un hombre más o menos inteligente, creíble dentro de sus extravagancias y, en conjunto, medianamente aceptable, al que Carrey transforma en uno de sus personajes habituales.
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Tan alocado e hiperactivo como en él es frecuente, el actor hace del Acertijo una prolongación de su recreación más conocida y popular (la del ‘sui generis’ superhéroe la Máscara), más cercano en ocasiones al Arlequín del Odio que al maestro de los enigmas. Pero la perturbada mente de Nigma hace más extrapolable esa actitud que en el caso de Dos Caras, permitiendo a Carrey dar rienda suelta a su extensísimo repertorio de gesticulaciones y aspavientos sin que ello sea contraproducente para el personaje. Aunque ligeramente más comedido que en otros papeles, el intérprete puede llegar en sus momentos más desatados (los más desafortunados de su actuación) a agotar al espectador más paciente por su infinito histerismo, por su exagerada sobreactuación y por un trabajo mas propio de un mimo que de un actor. Sin embargo, su sentido del humor y la comodidad con la que, a diferencia de Tommy Lee Jones, Carrey se adapta al personaje (aunque, en realidad, es posible que el proceso sea más bien a la inversa), hacen del Acertijo un villano incapaz de ser comparado con el Joker de Nicholson o la Catwoman de Pfeiffer, pero mucho más notable que el Dos Caras de Jones e incluso, tal vez, que el Pingüino de DeVito.
De hecho, tras verle bailar en la que sin duda es una de las mejores escenas de Batman Forever (cuando tiene lugar la destrucción de la Bat-cueva), el productor discográfico George Martin le propuso al actor intervenir en la representación que acompañaría el tema musical “I am the Walrus” para el disco “In My Life” de homenaje a los Beatles, oferta que Carrey aceptó encantado.
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En cuanto a Nicole Kidman, lo primero que hay que señalar es el nefasto tratamiento con que el guión aborda a su personaje. Empleada como mero instrumento para profundizar (fallidamente) en la personalidad del Señor de la Noche, la doctora Chase Meridian es una colección de tópicos y psicología terriblemente superficial, cuyo previsible destino es convertirse en el cebo que los villanos utilizarán para atrapar al héroe. Pese a que cuenta con algunas líneas de guión que permiten ahondar ligeramente en la mente del Murciélago de forma correcta, en general el intento de que el personaje sirva para tumbar al protagonista en un diván y explorar en sus motivaciones y sus miedos fracasa estrepitosamente al ser comparado con el trabajo que realizó Daniel Waters en Batman Vuelve (y sin verse obligado para ello a emplear un recurso tan simple y tosco como ése). Más obsesionada incluso con el Señor de la Noche que éste con su lucha contra el crimen, la doctora Meridian es la razón por la que Bruce Wayne decide momentáneamente abandonar su sagrada cruzada. La alteración que este hecho supone en la idiosincrasia del personaje con respecto a la versión original de los cómics es tan grave que los cambios vistos en los anteriores filmes (la falta de relevancia de James Gordon, Jack Napier presentado como asesino de Thomas y Martha Wayne, Batman cono un justiciero asesino que usa armas de fuego, Oswald Cobblepot transformado en un auténtico hombre-pingüino que se alimenta de pescado crudo y escupe bilis negra...) palidecen ante lo que se convierte en el mayor atentado posible que una adaptación cinematográfica pudiera cometer con él.
Nicole Kidman trata únicamente, por ello, a darle apariencia de credibilidad a un personaje torpemente definido y totalmente desaprovechado, al que aporta más belleza que inteligencia. En su relación con Batman, carente de chispa por culpa de un Kilmer inexpresivo por completo, Meridian deja de ser un interés romántico para convertirse en un elemento de atracción sexual al que los infantiles e inapropiados juegos de palabras del guión dan cierto aire ridículo y extraño. Kidman parece esforzarse seriamente por no caer en las garras de una muy mala dirección de actores, pero la incapacidad con que su personaje es desarrollado por el guionista y la incompetencia general de la cinta impiden que pueda alcanzar su objetivo.
Por último, Chris O’Donnell, sin necesidad de una gran actuación, presenta a un Dick Grayson capaz de robarle parte del protagonismo tanto a Batman como a Dos Caras, algo que, a priori, teniendo en cuenta las dotes interpretativas de los respectivos actores, parecía imposible. El estrecho margen de edad que existe entre Robin y el Murciélago pasa a convertirlos prácticamente en hermanos, obviando la profundidad y la autoridad que se desprende de la relación padre-hijo que mantienen en los cómics, sustituyéndola por un vínculo de amistad que le hace perder gran parte de su dramatismo original. Huérfano de padre y madre en los ‘comic-books’ del Bat-universo, en el filme de Schumacher Dick pierde también a un hermano mayor al que Bruce Wayne parece sustituir. Marcado por esa tragedia, el personaje evoluciona a lo largo del metraje desde el primario instinto de venganza hasta el final deseo de justicia, aunque el cambio sea menos sutil y elaborado de lo que debería.
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O’Donnell se limita a cumplir con su cometido, pese a transmitir menos sentimiento del que se presuponía y haciendo añorar en los aficionados algunas muestras de la habitual e inteligente ironía con la que el personaje suele aportar un toque de humor en los cómics. Su trabajo en las escenas de acción (en algunas de las cuales empleó como doble al gimnasta olímpico Mitchell Gaylord) es correcto sin llegar tampoco a destacar, y a pesar de lo que inicialmente se temía, su presencia en la historia sirve para humanizar el relato sin por ello infantilizarlo en exceso (algo de lo que ya se encargan el propio Schumacher, el guionista y los diseñadores de producción, vestuario y maquillaje).
De los personajes secundarios, apenas logra ser reseñable el trabajo de Michael Gough dando vida por tercera vez a Alfred Pennyworth, pues las apariciones de Drew Barrymore como Sugar, Debi Mazar como Spice y René Auberjonois como el doctor Burton se reducen a anécdotas fugaces y testimoniales. El mayordomo es uno de los pocos personajes que mantiene un mínimo de inteligencia y, aunque sus comentarios vayan perdiendo fuerza con respecto a los de las anteriores películas, continúa siendo uno de los mejores de todos los que aparecen en escena. Todo lo contrario, de nuevo, de lo que le ocurre a Pat Hingle, cuyo comisario Gordon vuelve a ser reducido a una simple sombra de lo que podría y debería ser.
Visualmente, el escenario en el que transcurre la acción parece una burda copia del que Bo Welch creara para Batman Vuelve. Manteniendo la apuesta por el gigantismo y la fantasía de su predecesor, Barbara Ling hace de Gotham una ciudad aún más irreal, grotesca e incoherente que la que pudo verse en la secuela de la primera cinta del Señor de la Noche. Cayendo en el error de que todo es mejor si se muestra más grande y en mayor número, Ling sigue aumentando el tamaño de los edificios, mantiene los puentes y demás elementos arquitectónicos imposibles e inconexos que construyera Welch e inunda la ciudad de monstruosos monumentos faraónicos que transforman el decorado en un paisaje surrealista e hipertrofiado. Y si la labor continuista que la diseñadora de producción desarrolla levantando Gotham muestra más defectos que aciertos, la multitud de vehículos con los que equipa al héroe (a los tradicionales para moverse por el asfalto y el aire se suman dos más que permiten al Murciélago desplazarse sobre y bajo el agua) hace que su trabajo, en comparación con la maravillosa labor que realizara Anton Furst para Batman, no pueda menos que ser considerado como ridículo, deficiente y carente por completo de sentido estético. Del elegante diseño de Furst del Batmóvil original se pasa a un automóvil de aspecto inclasificable, con una apariencia casi orgánica, donde de nuevo se mantiene, de forma absurda, la obsesión por multiplicar el tamaño (además del incremento en la longitud y la anchura del vehículo, el Batmóvil de Ling luce un espantoso y desproporcionado alerón trasero que destroza por completo su ya de por sí poco acertada línea). De igual manera, el extraordinario Batplano de Batman con silueta de murciélago y aspecto de caza de combate es rediseñado para convertirse en una nave de estilo futurista, con ángulos mucho más pronunciados y formas extrañas, que pierde la belleza plástica de su predecesor en beneficio de un nada afortunado impacto visual.
A todo lo cual hay que añadir la colección de innumerables gadgets creados por Chris Ross (desde los clásicos gancho y batarangs hasta unas esposas y una bat-bola), que apenas parecen encontrar otra justificación que la búsqueda de aumentar el número de productos de ‘merchandising’ relacionados con la película.
Como ya le ocurriera también a su precursora, al diseño de producción se le une un formalmente notable (no en vano, fue nominado al Oscar, no obteniendo finalmente dicho galardón) pero poco apropiado trabajo en la fotografía, en la que Stephen Goldblatt no hace sino repetir los mismos errores que previamente cometiera Stefan Czapsky, aumentando sin embargo la calidad de la labor de aquél. Alejado por completo de la excelente escala de grises empleada por Pratt en el primer filme, Goldblatt recurre al uso de luces de colores sobre fondo negro que ya usara su predecesor, identificando cada tono con cada uno de los personajes principales (negro para Batman, verde para el Acertijo, rojo para Dos Caras y amarillo para Robin), lo que motivó que el guionista de la cinta llegara a decir que “este tercer episodio es una cascada de colores” que “parece un verdadero carnaval”. Únicamente un profundo desconocimiento de lo que significan el protagonista y su mundo, del que Goldsman parece incluso alardear, puede llevar a alguien a asociar ese torrente cromático con un personaje al que popularmente se le conoce nada menos que por el representativo y explícito nombre de “Señor de la Noche” (‘Dark Knight’ en el original).
Por su parte, los efectos especiales sacrifican la calidad en beneficio del impacto visual, convirtiéndose en una sucesión de llamativas escenas de acción mucho más espectaculares que las de las anteriores películas, pero faltas de la justificación de la que gozaban en aquéllas. Las explosiones, las persecuciones y las peleas apenas encuentran encaje en el guión (en el que aparecen ineludiblemente después de alguna secuencia de diálogos), pero son empleadas como un ejemplo del regocijo con que Schumacher aborda el apartado gráfico de la cinta. Tan superficiales como el resto del guión, esas escenas logran cumplir su cometido de impresionar gratuitamente al espectador, pese a no destacar tampoco por su brillantez o su originalidad.
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El diseño de vestuario de Batman Forever es, tal vez, junto al trabajo de Tommy Lee Jones y Barbara Ling, uno de los aspectos más negativos de toda la película. Al Murciélago se le rediseña su traje, haciéndolo más ligero y volviendo acertadamente al color negro del de Batman (incluso el hasta entonces siempre dorado cinturón adopta ese oscuro tono), pero pecando de una apariencia excesivamente anatómica que llega a marcar hasta las costillas y los pezones de su portador, y con una textura satinada que refleja demasiado los brillos provocados por los focos de luz. A pesar de los aciertos de este uniforme, el disfraz que el protagonista luce casi al final del metraje (denominado, durante el proceso de producción, ‘sonar-suit’), echa por tierra los méritos del traje anterior. En una decisión aparentemente más basada en el ‘merchandising’ que en la necesidad, y con la vista puesta en los distintos modelos que la compañía juguetera podría lanzar, se optó por crear un disfraz grisáceo con reflejos brillantes y horribles hendiduras y relieves tanto en la capucha como en el abdomen, que además de suponer un atentado contra el sentido del buen gusto, choca por completo con la imagen clásica del personaje. Para Robin se empleó un disfraz correcto con los llamativos colores (rojo y verde) y la capa negra con reverso amarillo del uniforme que Tim Drake, el tercer Chico Maravilla, comenzó a lucir en los cómics después de que Neal Adams lo diseñara para el actor Marlon Wayans en Batman Vuelve. El traje es visualmente aceptable, aunque repite los mismos errores que los del primero del Señor de la Noche: exceso de brillos y de aspecto anatómico (que en el de Dick Grayson llega, incluso, a marcar el ombligo del personaje). Por su parte, como ya comentamos antes, Dos Caras luce no sólo uno sino varios y horrendos diseños de Bob Ringwood (responsable de los magníficos disfraces de Batman Vuelve), Ingrid Ferrin y Linda Booher-Ciarimboli, en cuya mitad “mala” se combinan antiestéticos tonos chillones con extravagantes formas inspiradas en manchas de animales (leopardos, zebras...), complementando el despropósito un ridículo guante de motero y unos estrafalarios sombreros que dan al personaje un aspecto aún más vergonzante del que Goldsman y Jones se encargan de dotarle. Por último, el Acertijo exhibe también dos modelos diferentes, que podrían considerarse a juego con los que luce el propio Batman. En el primero, muestra las características mallas verdes plagadas de signos negros de interrogación del villano, que en ocasiones cubre con una bonita chaqueta con el mismo diseño, y que acompaña con un simpático bombín y un elegante bastón. En el segundo, en consonancia con el desastroso disfraz casi-plateado del Murciélago, Nigma luce un extraño pijama de lentejuelas blancas y verdes totalmente inapropiado, que, al menos, no cubre con la musculosa armadura adornada con calaveras que inicialmente se había diseñado para él, y cuya imagen podía verse en el videojuego basado en el filme.
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En cuanto a la banda sonora, Elliot Goldenthal se olvida por completo del trabajo de Elfman, creando una partitura más épica y “sonora”, pero de menor calidad y menos inspirada, cuyo mejor exponente es su melodía principal. Alejada de la del anterior compositor, la de Batman Forever carece de la fuerza y el sentimiento de su predecesora, transformándose en una pieza mucho menos poderosa y atractiva que aquélla, al tiempo que más impersonal (sin reflejar la oscuridad y las notas trágicas que contenía la de Elfman, la melodía de Goldenthal podría en realidad pertenecer a cualquier superhéroe sin que su tono desentonara en absoluto con la personalidad del protagonista, sea cual sea su estilo). El resto del ‘soundtrack’, con temas de U2, PJ Harvey, Seal, The Offspring y demás grupos conforma una amalgama de canciones cuya compatibilidad con un personaje como Batman es, cuanto menos, bastante discutible.
El montaje de Dennis Virkler, tal y como el propio Schumacher se enorgullece de reconocer, debe más al mundo del ‘videoclip’ que al del cine, al transformar la historia en un ir y venir de planos cortos (en ocasiones, tan extremadamente breves que apenas llegan a ser perceptibles) que tratan de aumentar el frenético ritmo narrativo a costa de hacer el relato más confuso y precipitado. Los movimientos de cámara, grúa y ‘steady-cam’ conllevan una continua modificación del encuadre que lo único que hace es marear al espectador y hacer que la forma de contar la película sea torpe e inapropiada, no permitiendo fijar la atención en ninguno de los diferentes detalles que se muestran simultáneamente en escena.
Y, para terminar, de la fidelidad del filme al cómic hay que mencionar algunos elementos positivos y otros tantos negativos que, al hacer balance, acaban produciendo un desafortunado resultado. Entre los primeros destaca la relevancia que el protagonista principal vuelve a tener dentro de la historia, el (fallido) intento de mostrar sus motivaciones y los orígenes de éstas, su actuación como auténtico héroe y no como antihéroe, su implícito rechazo a las armas de fuego (el Batmóvil de Ling deja de estar equipado, como lo había estado hasta ese momento en las anteriores entregas, con ametralladoras) y su total oposición al asesinato como método válido para imponer Justicia o llevar a cabo una venganza (algo para lo que resulta fundamental el personaje de Robin). Son todos ellos aciertos que devuelven al personaje a sus orígenes, eliminando las alteraciones que Burton y compañía habían incorporado en las dos primeras cintas. Sin embargo, por el contrario, la ya mencionada conversión de la relación entre el Señor de la Noche y su joven compañero en una alianza fraternal debido a la excesiva edad del actor encargado de dar vida al segundo de ellos, la pérdida de significado de la moneda de Dos Caras, la nula presencia de James Gordon en la narración, la incomprensible decisión de otorgarle a Dick Grayson un hermano y, sobre todas ellas, el error brutal de la decisión de Bruce Wayne de abandonar su misión por estar enamorado son aspectos que alejan al protagonista y su mundo de su verdadera esencia, restándole además calidad al guión y, por ende, a la propia película.
Batman Forever podría haber sido una notable historia protagonizada por el Murciélago que hubiera reparado algunos de los errores y subsanado algunos de los defectos que habían mostrado las dos anteriores, pero a las que la incompetencia, la inconsciencia y la falta de respeto por el protagonista que exhibieron algunos de los participantes en el proyecto, sumadas al desconocimiento, la carencia de interés y los deseos de crear algo que se saliera de lo puramente previsible (Akiva Goldsman consideró acertado declarar, durante la promoción de la misma, que “en la película se ven cosas que no se esperan encontrar en un filme de Batman”), condenan al fracaso. La cinta cuenta con una pésima dirección, un guión pobre y falto de ideas, algunas actuaciones aceptables y otras sencillamente desastrosas, y unos esperpénticos diseños de producción, maquillaje y vestuario que la convierten en una superproducción mala, superflua y nada destacable, que en comparación con sus dos precursoras pierde aún más puntos de los que ya de por sí se deja por el camino.
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Joel Schumacher frustró gran parte de las expectativas que los ilusionados fans habían depositado en él, pensando que lograría mejorar el trabajo que los dos equipos anteriores habían firmado. En su lugar, hizo que muchos aficionados comenzaran a pensar que el filme definitivo del Señor de la Noche que ellos tenían en sus cabezas y que tanto deseaban ver, por fin, en la gran pantalla no era en realidad más que una esperanza que jamás llegaría a materializarse.
Y es que, a veces, la sabiduría popular también se equivoca y, en algunas ocasiones, como sucedió con la tercera adaptación cinematográfica de las aventuras del Murciélago, no es verdad que a la tercera sea la vencida. Pero es problema mayor aún que la tercera tentativa no sea la última que fracase, sino que también lo hagan las que le sigan. En primer lugar, porque no es algo que los miles y miles de aficionados de distintas generaciones de todo el mundo merezcan soportar. Y, en segundo lugar, porque, pese a sus deseos, desgraciadamente, a diferencia de otras muchas cosas, las ilusiones de todos esos lectores no son algo que duren para siempre.