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BATMAN FOREVER ARTÍCULO |
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POR THE BAT-FAN |
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Arriesgarlo todo y tratar de sacar a flote un barco que parecía inseguro e inestable dando un golpe de timón o abandonarlo antes de que se hundiera definitivamente con la tripulación a bordo. Ésas eran las dos únicas opciones que en 1992 contemplaban los productores ejecutivos Benjamin Melniker y Michael Uslan tras el estreno de Batman Vuelve. Desde que en 1979 ambos decidieran hacerse con los derechos para llevar a la gran pantalla al Señor de la Noche habían vivido mil y una aventuras dignas de ser plasmadas, por lo rocambolescas e increíbles, en alguno de los cómics del personaje de la ‘Silver Age’. Tras una década de obstáculos y esfuerzo habían logrado, por fin, materializar el proyecto y llevar al personaje a las salas de cine de todo el mundo. Y lo habían hecho, además, con un éxito mucho mayor del que ninguno de ellos hubiera podido siquiera imaginar, ni en sus previsiones más optimistas. Tanto a nivel de crítica como de público (por no hablar de los beneficios comerciales generados por el ‘merchandising’), Batman se había convertido en el referente que todos los que desearan llevar alguna vez a cabo la adaptación cinematográfica de las historias de un superhéroe deberían tener en cuenta. El Superman de Richard Donner había sido el que había descubierto el camino, pero, como ya pasara en los ‘comic-books’ medio siglo atrás, había sido el Murciélago el primero en seguir con éxito la senda marcada por el kryptoniano y en convertirse en el ejemplo a seguir por todos los que vinieran después de él.
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Y si Batman, a pesar de todas las calamidades y de todos los contratiempos, había logrado cosechar unos excelentes resultados, lo lógico para los productores era continuar en la misma línea ya trazada, realizando nuevas películas del personaje que agradaran a los fans, engancharan al resto del público y siguieran reportando beneficios al estudio. Sin embargo, las dificultades no finalizaron con el estreno del primer largometraje de Batman de esta nueva era (no hay que olvidar que, anteriormente, ya había habido tres versiones más: en 1943, 1949 y 1966), pues el proceso de producción de la secuela del filme de 1989 se hizo casi tan tortuoso como el de su precursora. Y, lo que era peor aún, los sacrificios realizados en esa ocasión no se habían visto traducidos, como sí ocurrió en el primer caso, en unos abundantes ingresos que los hicieran olvidar y los recompensaran. A pesar de que el presupuesto se había duplicado con respecto a la primera, a pesar de que se había logrado (después de numerosos intentos) contar de nuevo con Tim Burton en la dirección y a pesar de que la crítica había sido más favorable con Batman Vuelve que con su predecesora, los resultados no habían acompañado en la medida en que la Warner había previsto. Melniker y Uslan, que habían arriesgado apostando por Burton en Batman y habían ganado, veían cómo repetir la apuesta les había hecho, incomprensiblemente, perder en la segunda parte. No había sido un fracaso absoluto, ni mucho menos (es necesario tener presente que hoy, más de doce años después de su estreno, Batman Vuelve sigue estando entre las cien películas más taquilleras de toda la historia del cine), pero tampoco había producido unos ingresos acordes con las expectativas que había generado.
Los productores debían en ese momento decidir si era conveniente rodar una tercera parte de la franquicia u olvidarse de ella antes de que se convirtiera en un sonoro fracaso. Y, movidos a partes iguales por el interés de seguir explotando su inversión mientras ésta resultara rentable y por el vínculo que los éxitos y los obstáculos habían ido generando entre la compañía y el personaje, la productora apostó por continuar con la producción de la cinta (prevista ya desde antes de que se distribuyera a los cines la segunda). Pero, tan claro como los responsables del proyecto tenían que debía haber un tercer filme del Señor de la Noche, también tenían claro que era necesario hacer cambios si no se quería tropezar de nuevo con la misma piedra. Con Batman, Tim Burton se había ganado una confianza que le había llevado a controlar por completo todo lo relacionado con Batman Vuelve. Y si esta última había fallado, Warner Bros. no tenía dudas sobre quién era el máximo responsable.
Excesiva complejidad, lobreguez y falta de espectacularidad y acción. Prácticamente todas las críticas de la secuela tenían como denominador común esos tres elementos. Y parte de la prensa que había alabado a Burton con su primera película del Murciélago y que, incluso, había acogido la segunda con comentarios favorables, comenzaba a cuestionar al cineasta. El crítico del Chicago Sun Times, Roger Ebert, afirmó en su reseña de Batman Vuelve que estaba convencido de que Burton era “un buen director”, pero terminaba su artículo lanzando una pregunta al aire: “¿es el apropiado para Batman?”. La respuesta de la productora fue rotunda y tajante. El realizador que había rodado el primer filme del personaje y que, pese a sus reticencias iniciales a grabar el segundo, había incluso acabado planeando cómo sería el tercero, no continuaría ejerciendo la dirección. La decisión, considerada una mala e injusta noticia por una parte de los aficionados, no fue sin embargo difícil de entender por quien ya sabía lo que era tener que rechazar a alguien en defensa de los criterios e intereses propios. Y, de esa forma, aprendió también lo que la otra parte sentía al ser rechazada: “Creo que les interesa tener otro punto de vista del asunto. Sigo relacionado con el proyecto porque ese universo me importa mucho. Me siento muy cerca de Batman y estoy dispuesto a dar todo tipo de consejos si lo desean. Pero tengo que distanciarme un poco porque, al fin y al cabo, Batman les pertenece”. Tim Burton, que se había visto obligado a reemplazar a gente tan competente como Sam Hamm, Roger Pratt, Ray Lovejoy o Anton Furst en la producción del segundo filme del Murciélago, no podía ocultar su amargura al verse desplazado de la dirección de ese proyecto que tanto le importaba. Empleando una de sus inquietantes y extrañas comparaciones, el cineasta aseguró que se sentía “como si hubiera criado un niño y lo viera ahora volar con sus propias alas”.
Por su parte, el problema que se le planteaba a la productora, en este caso, era otro muy distinto. Y es que, ¿qué punto de vista era el más conveniente y el que más necesitaba la franquicia una vez que Burton dejara vacante la silla de director y pasara (más ficticia que realmente) a ocupar el cargo de productor?
Excesiva complejidad, lobreguez y falta de espectacularidad y acción. Si ésos eran los mayores errores del realizador anterior, la productora consideró que el mejor medio para evitar repetirlos era optar por alguien que le imprimiera un sello mucho más llamativo, ligero y entretenido al personaje, explorando otros aspectos en los que Burton y su equipo no habían profundizado o bien lo habían hecho con escasa fortuna. Sin embargo, contratar a un director que lograra al mismo tiempo distanciarse del trabajo del anterior lo suficiente como para volver a captar la atención del público pero no demasiado como para no espantar a los que aquél había convencido (o incluso cautivado), no era tarea fácil.
Muchos eran los cineastas que estaban deseando hacerse cargo de ese puesto y que se ofrecían como directores (entre ellos un Sam Raimi prácticamente desconocido que venía de firmar filmes de serie B tan prescindibles como Evil Dead: Posesión Infernal, Terroríficamente Muertos o El Ejército de las Tinieblas), pero ninguno parecía adecuado para hacerse con tal responsabilidad. A pesar de lo cual, en cuanto alguien sugirió el nombre de Joel Schumacher, nadie vio ninguna objeción en que él fuera el encargado de filmar la tercera parte de la saga cinematográfica del Señor de la Noche.
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Joel Schumacher había comenzado su carrera en el cine como guionista de películas menores y de escasa difusión (Sparkle, Car Wash, The Wiz...), debutando como director con la cinta La Increíble Mujer Menguante (Incredible Shrinking Woman, 1980). Posteriormente, la calidad de sus obras fue poco a poco ascendiendo con St. Elmo’s, punto de encuentro (St. Elmo’s Fire, 1985), Jóvenes ocultos (The Lost Boys, 1987) y Un toque de infidelidad (Cousins, 1989), hasta llegar a un cine mucho más popular y mayoritario con Línea Mortal (Flatliners, 1990), Elegir un amor (Dying Young, 1991) y Un día de furia (Falling Down, 1993). Pero no fue hasta el estreno de El cliente (The Client, 1994) cuando Schumacher empezó a hacerse realmente conocido entre el gran público como un cineasta capaz de ofrecer productos entretenidos y eficaces, dentro de los parámetros más estrictamente comerciales pero algo superiores a la media de las producciones habituales.
Melniker y Uslan, que aún recordaban con amargura los esfuerzos que les había costado la contratación de Tim Burton tanto para la primera película del Murciélago como, especialmente, para la segunda, se vieron gratamente sorprendidos por la positiva e inmediata respuesta del director, quien no sólo no impuso condiciones al estudio sino que incluso, a diferencia de su antecesor, aceptó la oferta sin tener una historia en la que basar su decisión.
“Con la tercera película había mucha presión. El futuro de la franquicia estaba en peligro después de la segunda entrega, porque a la gente le había parecido demasiado oscura e inquietante. Y, debido a las realidades del cine comercial, la franquicia estaba en auténtico peligro. Pero Joel tomó la decisión sin ningún temor”, recordaría posteriormente el guionista Akiva Goldsman.
Mientras Schumacher comenzó a seleccionar a los miembros de su equipo, la productora encargó a Lee y Jane Scott Blatcher un boceto de guión con el que poder empezar a trabajar. Más tarde, ese borrador sería reescrito por Goldsman, quien se convertiría en el escriba elegido por el propio director. El guionista, que había sido el responsable del guión de la última película de Schumacher y de Un testigo en silencio (Silent Fall, 1994), trabajó sobre la base de lo escrito por los Blatcher, reciclando al hacerlo algunas de las ideas de Sam Hamm que finalmente habían sido desechadas en el rodaje de Batman Vuelve (como, por ejemplo, que los villanos lograran acceder al interior de la mansión Wayne y de la Batcueva) o adaptando el plan que Tim Burton había ido desarrollando poco a poco (mientras rodaba la segunda película del Señor de la Noche, Burton había estructurado mentalmente los filmes como una trilogía en la que Batman conseguiría primero vengar la muerte de sus padres, después le embargarían las dudas sobre su misión y finalmente se redimiría abandonando su lucha contra el crimen en la tercera y última película que pondría el broche final a la franquicia).
A diferencia de sus antecesores en el puesto, Akiva Goldsman no se basó en ningún ‘comic-book’ del personaje para elaborar su guión, incluyendo únicamente algunos guiños muy básicos a los aficionados de un Bat-universo que, después de alcanzar las más altas cotas de calidad y brillantez en la segunda mitad de los años ochenta, había ido perdiendo fuerza y genialidad hasta convertirse en una serie de títulos poco atractivos y nada destacables. La serie de animación de Bruce Timm, Alan Burnett, Jean MacCurdy y Eric Radomski, Batman: The Animated Series, era la que en ese momento acaparaba la atención de los seguidores del Murciélago, en detrimento de unos cómics que se habían vuelto aburridos e insulsos, y que incluso tenían que recurrir a ella utilizando sus personajes (como, por ejemplo, la agente de policía Renee Montoya) para poder captar a un mayor número de lectores.
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La popularidad de la serie fue tal que, incluso, aprovechándose de la publicidad generada por Batman Vuelve y antes de que comenzara el rodaje de la tercera parte, Warner Bros decidió encargarle al equipo responsable de la misma la producción de un largometraje con el objetivo de distribuirlo en video. La cinta, titulada Batman: La Máscara del Fantasma (Batman: The Mask of the Phantasm), con Melniker, Uslan, Timm, Burnett y Radomski como productores y el equipo habitual de la serie de animación como guionistas, animadores y dobladores, fue estrenada finalmente en cine el 25 de diciembre de 1993, logrando obtener un gran éxito de crítica y recibiendo el aplauso unánime de los aficionados del Señor de la Noche, que se mostraron encantados ante lo que consideraron la adaptación cinematográfica más cercana al original de las realizadas hasta la fecha, a pesar de no estar protagonizada por actores reales sino por dibujos animados, ni contar con un espectacular presupuesto como lo habían hecho las demás.
Por su parte, DC continuó haciendo valer el tirón comercial de las películas lanzando nuevas series (Shadow of the Bat, con Alan Grant y Norm Breyfogle; Catwoman, con Jo Duffy y Jim Balent; Robin, con Chuck Dixon y Tom Grummet), dando libertad absoluta a los guionistas para, a pesar del abundante plantel de personajes ya existentes, crear nuevos héroes y villanos (como Spoiler o Mr. Zsasz) que actuaran como foco de atención, y preparando una macrosaga de gran trascendencia para el Bat-universo en la que Bruce Wayne sería derrotado por Bane, quien le dejaría paralítico y le obligaría a ceder el manto del Murciélago a un Jean Paul Valley (Azrael) que demostraría no ser merecedor de él, ahondando de paso en el concepto del personaje y en lo que Batman representa realmente. Sin embargo, la historia (que tuvo lugar en las colecciones de Batman, Detective Comics y, en menor medida, Shadow of the Bat, dividiéndose en los bloques “Kightfall”, “Knightquest” y “Knightsend”) se hizo demasiado extensa y perdió gran repercusión popular y mediática al coincidir en el tiempo con la saga de La muerte de Superman, que le robó gran parte de protagonismo y disminuyó su impacto en el público.
Mientras tanto, alejado por completo de las historias de los cómics, Joel Schumacher comenzó el ‘casting’ de intérpretes reuniéndose en primer lugar con un Michael Keaton que ya tenía apalabrada con la productora su intervención en la tercera película del Murciélago para dar de nuevo vida al millonario Bruce Wayne y a su ‘alter ego’ Batman. No obstante, pese al acuerdo tácito (algunos rumores apuntaban a que, en caso de aceptar protagonizar el filme, al actor podría haber llegado a cobrar una cifra cercana a los quince millones de dólares), Keaton rechazó el papel por la falta de entendimiento con el realizador. A diferencia de la sintonía que mantenía con Tim Burton (“si Burton hubiera seguido en la dirección, yo habría representado a Batman hasta que él hubiese querido”, declararía posteriormente Keaton), la visión del personaje y de la historia que tenía el nuevo director no le convencieron en absoluto, lo que supuso que la productora se quedara sin protagonista principal y en una situación especialmente delicada.
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La primera opción de Warner Bros. para sustituirle pasó entonces por el renombrado Tom Hanks, cuya popularidad iba en aumento después de haber protagonizado Un, dos, tres...Splash! (Splash!, 1984), Despedida de soltero (Bachelor Party, 1984), El hombre con un zapato rojo (The Man with One Red Shoe, 1985), Esta casa es una ruina (The Money Pit, 1986), Big (por la que fue nominado al Oscar al mejor actor en 1988), La hoguera de las vanidades (The Bonfire of the Vanities, 1990) y Algo para recordar (Sleepless in Seattle, 1993), y cuyo caché no pararía de crecer gracias a los dos Oscar y los dos Globos de Oro consecutivos obtenidos por sus respectivos trabajos en Philadelphia (1993) y Forrest Gump (1994), lo que obligó a la productora a fijarse en otro actor. El elegido fue un Alec Baldwin cuyo nombre ya había sonado en las apuestas para hacerse con el papel en la primera cinta del Señor de la Noche. Cuando el acuerdo estaba ya a punto de cerrarse, Schumacher propuso al actor Val Kilmer, cuya interpretación del tísico Doc Holliday en Tombstone, la leyenda de Wyatt Earp (Tombstone, 1993) había llamado la atención del director. Kilmer había protagonizado ya numerosas películas, combinando comedia con acción y aventuras en una filmografía que comprendía obras como Top Secret! (1984), Top Gun (1986), La muerte golpea dos veces (Kill Me Again, 1990), Willow (1988), The Doors (1991), Extremadamente Peligrosa (The Real McCoy, 1993) y Amor a quemarropa (True Romance, 1993). Pese a que su capacidad interpretativa no fuera excesivamente reseñable, el aspecto físico del actor y su visión del personaje fue lo que finalmente convenció a Schumacher.
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En una anecdótica casualidad que gustaba de comentar, el intérprete conoció y aceptó la oferta de convertirse en el nuevo Batman (sin haberse leído siquiera el guión) cuando se encontraba de excursión en una cueva plagada de murciélagos en un país africano. Baldwin, por tanto, no llegó a firmar el contrato y tuvo que contentarse con protagonizar otra cinta de superhéroes, La Sombra (The Shadow, 1994), encarnando, casualmente, a un personaje cuya influencia sobre el guionista Bill Finger fue fundamental en la creación del propio Murciélago.
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La marcha de Keaton y la elección de Kilmer repercutieron indirectamente en el personaje femenino del largometraje, la doctora Chase Meridian (cuyo nombre se debe al juego de palabras que, en el original, hace referencia a la “caza” de Batman que realiza la psiquiatra en el filme), a la que iba a dar vida la actriz Rene Russo. La diferencia de edad entre ésta y el actor que finalmente portaría el manto del Señor de la Noche llevó a la productora a desechar esa idea, optando en su lugar, después de barajarse momentáneamente el nombre de Sandra Bullock, por la joven Nicole Kidman, que había participado en películas como Los bicivoladores (BMX Bandits, 1983), Calma Total (Dead Calm, 1989), Flirting, la primera experiencia (Flirting, 1991), Mi Vida (My Life, 1993), Malicia (Malice, 1993) y Todo por un sueño (To Die For, 1995).
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Inicialmente, siguiendo las ideas que Tim Burton había concebido para el rodaje de un previsible Batman 3, el Acertijo sería el único villano que aparecería en el filme. No obstante, al abandonar aquél la dirección y asumirla Joel Schumacher, éste propuso que se incluyera también al siempre pospuesto Harvey Dent, convertido ya en Dos Caras. Aunque hubo algunos rumores que apuntaron a la posible reaparición de Jack Nicholson para dar vida al personaje (algo que el productor ejecutivo Michael Uslan se encargó de desmentir en una conferencia en la Universidad de Indiana... aprovechando la ocasión, eso sí, para sorprender a los asistentes con la afirmación de que Nicholson volvería a aparecer en otra entrega de la saga), el papel del villano parecía adjudicado ya al actor Billy Dee Williams, quien había interpretado al fiscal del distrito en el primer Batman con la mente puesta en representar al criminal en una futura secuela. Las diferencias con el estudio le llevaron a no intervenir en Batman Vuelve, recayendo su papel (aunque con el nombre de otro personaje) en el actor Christopher Walken. Sin embargo, pese a no actuar en la secuela, Williams consiguió obtener entonces un pre-acuerdo con la productora para volver a representar a Dent en otra película de la serie, donde aparecería con el lado izquierdo de su rostro desfigurado, transformado en uno de los villanos más famosos del Bat-universo. A pesar de lo cual, como si de una maldición se tratara, Williams fue reemplazado finalmente también en la tercera, por decisión expresa de Joel Schumacher: “No lo consideré para el papel porque creo que él es un héroe”. Además de infravalorar la capacidad del actor para adaptarse al personaje, con estas declaraciones el director estaba olvidando por completo que, precisamente, uno de los papeles que mayor popularidad le habían dado al intérprete había sido el de Lando Calrissian tanto en El Imperio Contraataca (The Empire Strikes Back, 1980) como en El retorno del Jedi (Return of the Jedi, 1983), donde Williams encarnaba a un personaje que, como el propio Harvey Dent, se mostraba primero como un aliado de los héroes para más tarde revelarse como un cómplice de los villanos.
Schumacher le ofreció el puesto a Tommy Lee Jones, con quien ya había trabajado en El cliente y cuyo repertorio cinematográfico incluía obras como Los ojos de Laura Mars (Eyes of Laura Mars, 1978), Pájaros de fuego (Fire Birds, 1990), JFK: Caso abierto (JFK, por la que fue nominado al Oscar como mejor actor secundario en 1991), Alerta Máxima (Under Siege, 1992), El fugitivo (The Fugitive, cinta que le hizo ganador del Oscar y del Globo de Oro al mejor actor secundario en 1993), Las cosas que nunca mueren (Blue Sky, 1994), Asesinos natos (Natural Born Killers, 1994) y Cobb (1994). Jones, actor veterano y de numerosos recursos, aceptó la oferta y pasó a engrosar así una lista de villanos a los que a punto estuvo de sumarse un cameo del doctor Jonathan Crane (El Espantapájaros), que fue finalmente desechado por considerarse que serían demasiados enemigos para el protagonista.
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Por último, se acordó que en este filme sí que tendría lugar, definitivamente, la aparición en la gran pantalla del personaje de Robin. Y sería Marlon Wayans (cuya elección había causado en su momento cierta polémica a causa del color de su piel) el encargado de darle vida, después de haberse caído del equipo de rodaje de Batman Vuelve en el último momento, tras haber llegado incluso a vestir el uniforme del petirrojo. Sin embargo, pese a tener un acuerdo con la productora que garantizaba su presencia en Batman 3, de nuevo Joel Schumacher intervino para rechazar al actor previamente seleccionado, pidiendo que fuera sustituido. Wayans trató por todos los medios de que se cumpliera el contrato que había firmado con Warner Bros., a pesar de que la decisión del cineasta parecía firme e inamovible. A la productora no le quedó entonces más remedio que pagarle al actor (lo mismo que ocurrió con Billy Dee Williams) la cantidad que habían estipulado por un trabajo que finalmente no llegaría a realizar. De esa forma, se inició un ‘casting’ para elegir al Chico Maravilla en el que un Charlie Sheen con más de veintiséis años le suplicó a Michael Uslan que le diera el papel con el que él siempre había soñado. Más razonable y consecuentemente, Scott Speedman trató de hacerse con el personaje, pero la decisión acabó centrándose en los nombres de Leonardo DiCaprio y Chris O’Donnell. Ninguno de los dos era excesivamente conocido por aquel entonces, aunque DiCaprio había intervenido, además de en algunas series de televisión muy populares, en Critters 3 (1991), ¿A quién ama Gilbert Grape? (What’s Eating Gilbert Grape?, 1993) y Vida de este chico (This Boy’s Life, 1993), y O’Donnell había aparecido en Los hombres no abandonan (Men Don’t Leave, 1990), Tomates Verdes Fritos (Fried Green Tomatoes, 1991), Esencia de mujer (Scent of a Woman, 1992), School Ties (1992) y Los tres mosqueteros (The Three Musketeers, 1993). Al sentirse incapaces de elegir a uno de ellos, los productores decidieron acudir a una Comic Con (convención de aficionados del ‘comic-book’) y encuestar a varios chavales de unos once años (quienes formaban el segmento del público que el estudio consideraba como potencial audiencia mayoritaria), preguntándoles quién de los dos actores ganaría, en su opinión, una hipotética pelea. La respuesta fue contundente: prácticamente ninguno de los interrogados dio como vencedor del combate a DiCaprio, lo que hizo que el papel, a pesar de que este último ya había llegado a hacer pruebas de imagen con el uniforme de Robin, recayera finalmente en Chris O’Donnell.
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Como ya sucediera con el personaje femenino principal, la edad de Kilmer afectó también de forma indirecta a la relación existente entre Dick Grayson (‘alter ego’ del Chico Maravilla) y su mentor Bruce Wayne, tal y como apuntó el propio O’Donnell en una entrevista: “En un principio, con Michael Keaton en la película, iba a ser más del estilo padre e hijo, pero (con Kilmer) se convirtió en una relación hermano mayor-hermano menor”. Para mayor desgracia de los aficionados, los cambios con respecto a lo plasmado en los cómics no se quedarían sólo en eso...
El ‘casting’ lo cerraron Pat Hingle (quien de nuevo repetiría su papel del comisario James Gordon), Michael Gough (que volvería a dar vida al mayordomo Alfred Pennyworth), Drew Barrymore (quien encarnaría a Sugar, una de las dos novias cinematográficas de Harvey Dent) y Debi Mazar (que interpretaría a Spice, la otra compañera de Dos Caras).
Comenzó entonces una grabación en la que, pese a no contar con la presencia de Tim Burton en la dirección ni tener que sufrir una sustitución de la actriz principal como parecía exigir la “costumbre”, los desastres y los imprevistos característicos de los dos filmes anteriores volvieron a sucederse desde el inicio hasta el final del rodaje. Para empezar porque, pese a haber sido elegido por el propio realizador desbancando incluso a otros actores, Val Kilmer y Joel Schumacher se enfrentaron en varias ocasiones en el set de rodaje, provocando numerosas disputas e incluso llegando a enzarzarse en una ocasión a empujones que estuvieron cerca de pasar a mayores. Al crispado ambiente hubo que sumar además los accidentes provocados por Chris O’Donnell cuando insistió en pilotar él mismo el Batmóvil (que acabó estrellando contra un bordillo, abollando su parachoques) y por Jim Carrey mientras aprendía a manejar una grúa (lo que finalizó con la base de más de una decena de aparatos estropeada y parte del decorado completamente destruido).
Por si esto fuera poco, la compañía de restaurantes de comida rápida McDonald’s, uno de los mayores patrocinadores de la cinta, no cejó en su empeño de aparecer en la película de una u otra manera (en Batman Vuelve, tras muchas presiones, había logrado que el nombre de la empresa apareciera en el guión definitivo y que Danny DeVito lo pronunciara en mitad de un diálogo). Así, después de numerosas insistencias, la cadena consiguió que, en pleno decorado de la imaginaria ciudad de Gotham, apareciera uno de sus locales en la secuencia en la que Chris O’Donnell conducía el Batmóvil, pese a no lograr, por decisión del director Joel Schumacher, que esa imagen se mostrara en primer plano, como era su deseo.
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Y aunque para el diseño de producción creado por Barbara Ling (responsable del de Tomates Verdes Fritos) se lograran aprovechar los decorados exteriores, creados por Bo Welch para Batman Vuelve, empleados en la secuencia en que Max Shreck (el personaje al que daba vida Christopher Walken) desaparecía, transformándolos en Batman 3 en el refugio de Dos Caras, y para la mansión Wayne sólo tuviera que modificarse el escudo que decoraba la entrada principal del Instituto de Arquitectura Naval de Long Island (Nueva York), la directora de producción tampoco iba a conseguir librarse de los problemas que acompañaron al resto del equipo durante el rodaje, haciendo reaparecer con ello viejas polémicas. Y es que las primeras imágenes de los nuevos uniformes de Batman y Robin causaron un prácticamente unánime malestar entre el público y, especialmente, en los aficionados, al serles incorporados unos extraños y llamativos pezones a los trajes de neopreno que Val Kilmer y Chris O’Donnell lucirían en el filme. Los fans del Señor de la Noche, como ya hicieran con la elección de Michael Keaton en Batman y de Marlon Wayans en Batman Vuelve, volvieron a inundar las oficinas de la productora de protestas por la ridícula y gratuita falta de respeto que esos diseños suponían a la imagen del personaje. Sin embargo, Schumacher no cedió ante las críticas y mantuvo las creaciones de Ingrid Ferrin y Linda Booher-Ciarimboli, al haber sido él mismo quien había propuesto que los disfraces de los héroes tuvieran una apariencia más “anatómica”.
Y prácticamente lo mismo ocurrió con el más que controvertido pendiente que se decidió que Chris O’Donnell llevara en la película para dar una imagen de “modernidad”, lo que le valió los reproches, además de los aficionados, de Bob Kane, uno de los creadores del personaje. El “No te preocupes, lo llevo en la oreja izquierda” con el que el actor que iba a interpretar a Dick Grayson le respondió irritó aún más a un Kane que se daba cuenta de que su papel en la franquicia se había reducido a la más mínima expresión, habiendo pasado de ser asesor en la primera cinta a ser olvidado por Tim Burton en la secuela (donde perdió la oportunidad de hacer el añorado cameo que tanto deseaba y que una inoportuna gripe le había impedido realizar en Batman), para ser marginado por completo en una tercera película que parecía iba a distanciarse excesiva y trágicamente del concepto original ideado por él y Bill Finger hacía ya más de cincuenta años.
Para colmo de males, a todos esos problemas, Schumacher tuvo que sumar la renuncia, por falta de tiempo y presupuesto, a rodar una de las escenas de acción más impactantes y espectaculares del filme, en la que el Batmóvil recorrería los tejados de la ciudad en una persecución en la que también participarían los sicarios de Dos Caras.
Antes de terminar la grabación, el director (un gran aficionado de la música moderna) le propuso al cantante del grupo musical U2 participar en la película interpretando a Macphisto, el personaje que el líder de la banda había creado para la gira del ZOOTV. Bono rechazó la oferta, pero en su lugar se llegó a un acuerdo para que una de las canciones del grupo formara parte del ‘soundtrack’ del filme.
Cuando por fin terminó el rodaje, y mientras Dennis Virkler se encargaba del montaje de la cinta, la productora contactó con Elliot Goldenthal para que él fuera el encargado de crear la música que acompañara a las imágenes. Goldenthal era un compositor muy conocido en el mundo del cine, de entre cuyos trabajos destacaban Drugstore Cowboy (1989), El cementerio viviente (Pet Cementery, 1989), Aliens 3 (1992), Demolition Man (1993), Golden Gate (1994), Cobb (1994), Entrevista con el vampiro (Interview with the Vampire, por la que fue nominado al Globo de Oro a la mejor banda sonora en 1994) y Michael Collins (cuyo trabajo le valió la nominación al Oscar a la mejor banda sonora en 1996). Aunque el ‘score’ firmado por Danny Elfman en Batman y, sobre todo, en Batman Vuelve presentaba una calidad magnífica, Schumacher y Peter MacGregor-Scott (el productor de Batman 3 que había relegado de nuevo a Melniker y Uslan a los puestos de productores ejecutivos) decidieron que el cambio con respecto a las dos cintas anteriores debía ser total y que debía incluir todos los apartados, tanto técnicos como interpretativos.
Al finalizar el proceso de edición, la productora, ante el temor de que el público pudiera no responder en taquilla como una producción de 100 millones de dólares merecía, puso en marcha una apabullante campaña publicitaria que inundó todos los medios de comunicación visual con imágenes de los actores caracterizados como sus respectivos personajes acompañados de la fecha en la que iba a tener lugar el estreno. A la lógica incertidumbre que la enorme inversión realizada generaba se unió en este caso la aprensión que los espectadores de las otras dos películas pudieran tener por el cambio de director o por las noticias y fotografías que el estudio había ido poco a poco desvelando durante la fase de producción del filme.
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Finalmente, el 16 de junio de 1995, la tercera parte de la saga cinematográfica del Murciélago, titulada Batman Forever, fue estrenada en Estados Unidos. La curiosidad por conocer el enfoque del nuevo equipo de grabación y la impresionante labor de promoción de la productora hicieron que el público volviera, como ya ocurriera con el primer Batman, a acudir en masa a las salas de cine. Los más de 180 millones de dólares que recaudó en su país de origen y los más de 330 a nivel mundial fueron recibidos por la Warner con tremenda satisfacción, al convertirse en una de las cintas que mejor taquilla había logrado en toda la historia del cine. La película fue, además, nominada a tres Oscar (a la mejor fotografía, el mejor sonido y los mejores efectos de sonido), mientras el tema principal de U2, Hold Me, Thrill Me, Kiss Me, recibió la nominación a la mejor canción original en los Globos de Oro y en los MTV Movie Awards (y también, curiosamente, en los premios Razzie a la peor canción). La banda sonora original, que incluía temas de Eddi Reader, The Offspring, PJ Harvey, Massive Attack y Nick Cave, entre otros, siguió la línea del disco compuesto por Prince con motivo de la primera película del Murciélago y obtuvo grandes ventas. Y la pasión por los productos de ‘merchandising’ volvió a desatarse, incontrolada y brutal, tanto en los que habían sido espectadores del filme como en los que no.
DC aprovechó para lanzar no sólo el ya tradicional volumen de Las Mejores Historias de Batman Jamás Contadas dedicado a los villanos de la película (Batman featuring Two-Face and the Riddler), sino también las nuevas series Azrael (con Dennis O’Neil y Barry Kitson) y The Batman Chronicles (con historias cortas firmadas por distintos autores), además de las miniseries Nightwing y Batman: Black & White, e incorporó a los cómics el nuevo diseño de Arkham Asylum que podía verse en Batman Forever.
Sin embargo, pese a todos estos hechos y datos tan positivos, la tercera entrega del Señor de la Noche no cosechó únicamente éxitos, al ser tachada por la crítica como un mero producto de entretenimiento carente de calidad, con unos actores muy por debajo de sus capacidades y una estética horrible, alejada por completo del trabajo que habían realizado Tim Burton y sus dos equipos en las obras anteriores. Muchos aficionados renegaron por completo de la cinta, considerándola poco menos que un insulto a la auténtica esencia del personaje de los cómics, y Michael Keaton se unió a todos ellos declarando que “ahora la gente entenderá por qué decidí no hacer Batman Forever”.
Pero, lejos de tener esas quejas en cuenta o estar preocupada por los comentarios negativos, la productora no podía estar más satisfecha con el resultado. La cinta no sólo no había generado unos ingresos peores que los de su predecesora, como el pánico les había hecho temer, sino que había logrado rebasar con mucho las cifras de aquélla y volver a despertar el interés del público por el personaje. La franquicia estaba otra vez a salvo y la siguiente película no debía hacerse esperar. De nuevo, la apuesta había sido arriesgada pero, nuevamente, los productores habían ganado. Joel Schumacher era el nuevo e indiscutible depositario de toda su confianza. Como el guionista Akiva Goldsman confesó, había gente que le había ayudado, “pero fue Schumacher quien revivió a Batman”. Él era el máximo responsable. Warner Bros. sabía que lo mismo habían pensado de Tim Burton después del tremendo éxito de Batman y los resultados de la siguiente cinta no habían sido los que habían esperado, pero en esa ocasión, de cara ya a la cuarta película del personaje, no tendrían que preocuparse por darle excesiva libertad o rebajar la presión sobre él a un realizador cuyo comercial sello personal era precisamente la antítesis del de aquél. Esta vez no habría excesiva complejidad, ni lobreguez, ni falta de espectacularidad y acción. Con Joel Schumacher en la dirección, ¿qué podría salir mal?