BATMAN (1989)

ARTÍCULO

POR THE BAT-FAN

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En 1989, la imagen que la mayor parte del público tenía de Batman era la del actor Adam West enfundado en un ridículo disfraz azul y gris, repartiendo a diestro y siniestro una combinación de vergonzantes golpes onomatopéyicos y horribles chistes de humor absurdo junto al Robin de Burt Ward. Para entonces, habían transcurrido ya más de dos décadas desde que se estrenaran la serie de televisión Batman y la película del mismo nombre, pero la figura de West y el colorido bat-universo que lo rodeaba permanecían grabados aún, inolvidables, en el imaginario colectivo debido a la falta de otra referencia posterior, a su imborrable estilo ‘camp’ y, para qué negarlo, a su enorme éxito popular, a pesar de la nula fidelidad de aquella recreación a la esencia del personaje del ‘comic-book’. La serie y la película marcaron el techo de popularidad del Señor de la Noche, pese a destrozar su auténtica personalidad y hacer de él algo más parecido a un desconcertante icono del ‘pop art’ que otra cosa.

Durante la década de los setenta, Batman comenzó a entrar en declive. Fue una época en la que atravesó una etapa de elevado nivel creativo y de sorprendente calidad (como ejemplos, baste citar los equipos artísticos formados por Dennis O’neil/Neal Adams o Steve Englehart/Marshall Rogers/Terry Austin, entre otros) en la que, sin embargo, no se logró mantener la fama que anteriormente se había alcanzado. Los autores consiguieron traer de vuelta la atmósfera oscura y gótica del bat-universo, retomaron las historias de misterio características de los primeros años, y dotaron de complejidad y profundidad unos personajes que habían llegado a convertirse en estereotipos. Pero las ventas no acompañaban como se esperaba...

 

En 1978, se estrenó la película Superman, dirigida por Richard Donner y protagonizada por Christopher Reeve. Su impresionante recaudación (casi 300 millones de dólares a nivel mundial) fue la clave para que los productores Benjamin Melniker y Michael E. Uslan se hicieran un año después con los derechos cinematográficos del Murciélago. El filme del Hombre de Acero parecía haber descubierto el secreto para alcanzar el éxito con una película de superhéroes: una gran superproducción que contara con una buena historia, un reparto plagado de estrellas (en Superman aparecían actores de la talla de Marlon Brando, Glenn Ford o Gene Hackman) y los mejores efectos especiales posibles.

Para repetir las cifras de taquilla de aquélla, el primer paso de Melniker y Uslan fue encargarle la redacción del argumento a Steve Englehart, guionista de la serie regular Detective Comics, quien intentó trasladar el espíritu de sus guiones a una historia para la gran pantalla. En ella, aparecían, además del propio Batman, el comisario James Gordon, el mafioso Rupert Thorne y la atractiva Silver St. Cloud, aunque a los pocos minutos de metraje se eliminaba al Chico Maravilla. “Quería que todos los críticos empezaran su artículo con un: ‘¡Esto no es la serie de televisión, han matado a Robin!’”, confesó el guionista. Ésa era la premisa más clara: devolverle al Señor de la Noche su propia personalidad, con una imagen nueva que dejara atrás antiguas versiones vistas en cine o televisión. Y para ello había que hacer los sacrificios que fueran necesarios.

Con el trabajo de Englehart como base, los productores contrataron para elaborar el guión a Tom Mankiewicz, asesor del director de Superman y guionista de las películas de James Bond Diamantes para la eternidad (Diamonds are forever, 1971) y Vive y deja morir (Live and let die, 1973). A los personajes ya citados en el borrador de Englehart, Mankiewicz añadió al Joker, al Pingüino y a Barbara Gordon, y optó por no matar a Robin, presentándolo justo antes de que se produjera el asesinato de sus padres. A pesar de sus referencias, el resultado (que podéis consultar aquí, en Batman –Guía Visual-) no convenció en exceso a los encargados del proyecto, que optaron por posponerlo el tiempo que hiciera falta. Batman The Movie parecía que nunca se materializaría...

A principios de los años ochenta, el número de ejemplares vendidos de las series regulares del Murciélago (Detective Comics y Batman) comenzó a reflejar cifras verdaderamente pobres. La calidad de las historias no era mala en sí misma, pero estaba claro que algo no funcionaba. Y Dick Giordano, editor jefe de DC, no lo ocultaba: “Es cierto, las ventas de Batman son bajas. Pero mira qué ocurre cuando alguien hace una de esas encuestas en los fanzines. Batman es el personaje favorito de todo el mundo. Ha llegado el momento de preparar un relanzamiento a gran escala del viejo caballo de batalla”. Y fue en ese preciso instante cuando todo cambió.

En los siguientes años, en un lapso de tiempo muy breve, el Murciélago vivió una de sus mejores épocas y protagonizó historias brillantes con un éxito comercial arrollador. El punto de inflexión fue la obra maestra Batman: El regreso del Señor de la Noche (Batman: The Dark Knight <<Selección del documento>>Returns, 1986), de Frank Miller. Pero ése fue sólo el comienzo: Año Uno (Year One, 1987), de Miller y Mazzucchelli, la memorable etapa de Mike W. Barr y Alan Davis al frente de Detective Comics (1987), la no menos recordada de Jim Starlin y Jim Aparo en Batman, la obra The Cult (The Cult, 1988), de Jim Starlin y Bernie Wrighston, La broma asesina (The Killing Joke, 1988), de Alan Moore y Brian Bolland, la etapa de John Wagner, Alan Grant y Norm Breyfogle en Detective Comics, el impactante desenlace de Una muerte en la familia (A Death in the Family, 1988), de Starlin y Aparo...La popularidad del personaje volvía a estar por las nubes. Era el momento preciso para retomar la idea de llevarlo al cine. Perder esa oportunidad hubiera sido cometer un error imperdonable, y los productores eran conscientes de ello.

1989 suponía, además, el cincuenta aniversario del Señor de la Noche: medio siglo de publicación ininterrumpida desde que en mayo de 1939 viera la luz el mítico Detective Comics #27. No había, por tanto, tiempo que perder. Y, como era evidente, lo primero era encontrar un director. Los productores John Peters y Peter Guber (Melniker y Uslan habían pasado ya a ser meros productores ejecutivos) tantearon a Ivan Reitman, responsable de Los incorregibles albóndigas (Meatballs, 1979), El pelotón chiflado (Stripes, 1981) y Los Cazafantasmas (Ghostbusters, 1984), y a Joe Dante, director de Hollywood Boulevard (Hollywood Boulevard, 1976), Piraña (Piranha, 1978), Aullidos (The Howling, 1981) y Gremlins (Gremlins, 1984). Pero ambos declinaron la oferta.

El éxito de la sorprendente y original La gran aventura de Pee-Wee (Pee-Wee’s Big Adventure, 1985), de escasa difusión en Europa, les llevó hasta el joven y prometedor cineasta Tim Burton. Pero éste rechazó el guión de Mankiewicz por no captar la esencia del Murciélago: “El primer tratamiento de Batman era básicamente Superman. Sólo se habían cambiado los nombres”. Burton no era un aficionado del personaje, pero, obviamente, sabía de qué hablaba: “La historia no admitía el fondo monstruoso del personaje ni el hecho de que es un hombre que se camufla tras un disfraz. Se limitaba a explicarlo con tono jocoso, como si fuera algo que se hace, sin más. No se puede hacer eso. Ese guión me hizo ver que no se puede tratar a Batman como a Superman o como en la serie de televisión”.

Además, resultaba demasiado patente que Mankiewicz se había dedicado a escribir guiones para el agente 007, porque había trasladado al bat-universo varios elementos característicos de las películas de James Bond que no encajaban en una historia de Batman.

El propio Tim Burton y su por entonces novia Julie Hickson se encargaron de escribir un boceto de guión de unas 30 páginas que fue revisado nuevamente por completo por el guionista Sam Hamm, lector confeso de los cómics del Señor de la Noche y ferviente admirador de la etapa de Bob Kane y Bill Finger, quien elaboró la versión definitiva. La productora arriesgaba al máximo, pues Hamm apenas era conocido por haber firmado el guión de Los lobos no lloran (Never Cry Wolf, 1983). “La idea que tenía todo el mundo era que estábamos ante el último intento de salvar un proyecto condenado”, admitió el guionista. 

Tras comprobar el éxito de Bitelchús (Beetlejuice, 1988), la última película de Tim Burton, Warner Bros. dio luz verde al director para que comenzara a filmar. Pero fue entonces cuando de verdad todo pareció venirse abajo...

En el ‘casting’, se decidió que Pat Hingle, veterano actor especializado en representar policías, sería el encargado de dar vida al comisario James Gordon en lugar de William Holden; Michael Gough representaría al mayordomo Alfred Pennyworth, robándole el papel al conocido David Niven; Billy Dee Williams sería el fiscal del distrito Harvey Dent; Jack Palance arrebataría el puesto a Martin Landau para encarnar al mafioso Carl Grissom (versión renovada y cinematográfica del inicial Rupert Thorne); Robert Wuhl sería el periodista Alexander Knox...La mayoría de ellos eran muy conocidos por sus actuaciones en numerosas películas, y su nivel interpretativo quedaba fuera de toda duda. Con esos secundarios, las expectativas no hacían sino crecer y presagiar grandes e importantes nombres para los papeles principales.

Vicky Vale, que sustituía a Silver St. Cloud como protagonista femenina, sería interpretada por la actriz Sean Young, quien había trabajado en El pelotón chiflado (Stripes, 1981), Dune (Dune, 1984), No hay salida (No way out, 1987) y Wall Street (Wall Street, 1987), pero que había alcanzado la fama por su papel en el clásico moderno de la ciencia-ficción Blade Runner (Blade Runner, 1982), de Ridley Scott. Young parecía idónea para interpretar a la periodista que en más ocasiones había aparecido en los cómics como novia de Bruce Wayne y cuyo debut se remontaba nada menos que a 1948.

Por su parte, el Joker recaería en el actor Jack Nicholson, quien para entonces ya era considerado una brillante estrella de Hollywood. Desde su primer trabajo en La pequeña tienda de los horrores (Little Shop of Horrors, 1960), el actor había cosechado éxito y reconocimiento (incluidas seis nominaciones y dos Oscars de la Academia) a partes iguales. De su extensísima filmografía cabría destacar Easy Rider (Easy Rider, 1969), Chinatown (Chinatown, 1974), Alguien voló sobre el nido del cuco (One flew over the cuckoo’s nest, 1975, que le valió su primer Oscar como mejor actor), El resplandor (The Shining, 1980), Rojos (Reds, 1981), El cartero siempre llama dos veces (The postman always rings twice, 1981), La fuerza del cariño (Terms of Endearment, 1983, interpretación que le reportó el Oscar como mejor actor secundario), El honor de los Prizzi (Prizzi’s Honor, 1985) y Las brujas de Eastwick (The witches of Eastwick, 1987). Nicholson (quien exigió una suma millonaria y los derechos a cobrar un porcentaje del ‘merchandising’) había sido propuesto para el papel por el propio Bob Kane, desbancando a Robin Williams, Steve Martin, Tim Curry o Peter O’Toole. Su representación del psicópata Jack Torrance en El resplandor y del perturbado Randle Patrick McMurphy en Alguien voló sobre el nido del cuco parecían confirmar lo acertado de la decisión.

Pero la elección del actor que se encargaría de portar el manto del Murciélago sería la que desencadenara una agria polémica. Warner Bros. trató de calmar a los aficionados proponiendo los nombres de Mel Gibson, Alec Baldwin, Charlie Sheen o Pierce Brosnan (que, más o menos, encajaban físicamente con la descripción arquetípica del héroe) después de que se filtrase que una de las opciones para dar vida a Bruce Wayne/Batman pasaba por el cómico Bill Murray y se rumorease, incluso, que el mismísimo Adam West, ya sexagenario, deseaba hacerse con el papel.

Tim Burton, quien pareció tenerlo claro desde el principio, rechazó todos aquellos nombres y propuso a Michael Keaton, el actor que había protagonizado Bitelchús bajo sus órdenes. Keaton, que era un actor de comedia entre cuyas películas destacaban Johnny Peligroso (Johnny Dangerously, 1984), Pisa a fondo (Gung Ho, 1986), Dale y vete (Touch and go, 1986), Los tramposos de la loto (The Squeeze, 1987) o La aventura del matrimonio (She’s having a baby, 1988), generó una inmediata y unánime reacción de rechazo en todos los fans del personaje, hasta el punto de que, en poco tiempo, Warner Bros. llegó a acumular más de 50.000 cartas de protesta. Bob Kane no dudó en criticar la falta de parecido físico entre el actor y el personaje de ficción: “Mientras mi héroe medía 1’90 y tenía la mandíbula de piedra, Keaton no pasaba del 1’75 y tenía complexión ligera, sin rasgos pronunciados. Estaba muy lejos de la imagen clásica del guapo y gallardo propia de un joven Cary Grant que yo había imaginado para Bruce Wayne”. Y los medios avivaron aún más la polémica dándoles a los indignados seguidores la posibilidad de manifestar su opinión. Así, Los Angeles Times llegó a publicar que “al elegir a un payaso, la Warner y Burton han defecado en la historia de Batman”. La reacción fue tan desproporcionada que incluso se relacionó la bajada de los valores bursátiles de la compañía con la decisión de contratar a Keaton para el papel principal de la película.

Pese a todo, el director no cambió su postura y afirmó que “no hay nada más que decir salvo que me siento muy cómodo con la colaboración de Michael. La reacción de los fans es una respuesta superficial”. Preguntado por la apariencia física del actor, en gran medida la culpable de la polémica, Burton respondió: “(Michael Keaton) es de esos tipos que puedes ver vestido con un bat-traje. Lo hace porque lo necesita, porque no es un macho gigantesco y fornido”.

Por su parte, Keaton pensaba que su elección se debía a un intento del director por repetir el estilo humorístico de la serie de 1966. Sin embargo, “después de leer el guión y de que Burton me pasara el Dark Knight comencé a comprender que iba a darle otra imagen al personaje. Me hice una idea muy clara de lo que era Batman. Pero lo que parece que nadie entienda es que la clave no está en Batman. Está en Bruce Wayne”.

Superficial o no la respuesta del público, como la había descrito el director, la verdad es que la presión era tan grande que obligó a Burton a rodar fuera de EE. UU. Concretamente, en los estudios Pinewood de Londres, donde se construyó un inmenso decorado para recrear la ciudad de Gotham, ideado por el diseñador de producción Anton Furst. Para erigir uno de los mayores decorados exteriores de la historia del cine fueron necesarias más de doscientas personas, trabajando doce horas al días, seis días a la semana. Furst, famoso por haber colaborado en los decorados de Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979), En compañía de lobos (The Company of Wolves, 1984) y La Chaqueta Metálica (Full Metal Jacket, 1987), se inspiró en distintos estilos arquitectónicos para recrear un ambiente sórdido y oscuro, en ocasiones cercano al de una pesadilla. Él mismo se encargó también de diseñar tanto la bat-cueva como los espectaculares vehículos del héroe: el batmóvil (un impresionante bólido de carreras negro, blindado, de unos seis metros de largo y más de tonelada y media de peso, equipado con garfios, ametralladoras, un morro semejante al motor de un avión a reacción y unos aerodinámicos alerones traseros colocados en posición vertical) y el batplano (una preciosa y oscura nave espacial autopropulsada, cuya forma representa la silueta esquematizada de un murciélago, con una cabina parecida a la de un caza de combate, armada de ametralladoras, misiles y una curiosa cuchilla gigante, y con los mismos alerones traseros que el batmóvil).

Mientras tanto, tratando de calmar a los aficionados, Warner Bros. contrató a Bob Kane como asesor, pensando que unas declaraciones tranquilizadoras del creador del personaje modificarían la actitud negativa de los fans. Gracias a una cantidad de dinero bastante importante que incluía un tanto por ciento de los ingresos por ‘merchandising’ de la franquicia, Kane rectificó su opinión y manifestó que le gustaba mucho la forma en la que el estudio estaba trabajando. Incluso se pensó en facilitarle un cameo, que no pudo llevarse finalmente a cabo por culpa de una inoportuna gripe. En su lugar, se le dedicó un pequeño homenaje, al incluir un dibujo con su firma en una escena de la película.

Otro rumor (cuya veracidad se encargó de desmentir el involucrado, con evidente malestar por el hecho de que no fuera real) apuntaba a un cameo del propio Adam West, a quien en teoría se le había ofrecido el papel del doctor Thomas Wayne, y cuya participación en el filme se habría rechazado ante su negativa respuesta.

Con todo preparado, comenzó por fin un rodaje plagado de contratiempos. El mayor de ellos fue el accidente padecido por la actriz Sean Young en una escena finalmente suprimida del guión, al caerse de un caballo y sufrir una fractura en una clavícula. Su proceso de recuperación iba a prolongarse tanto que tuvo que ser sustituida por Kim Basinger, quien había alcanzado la fama, después de posar desnuda en 1983 para la revista Playboy, gracias al filme del agente 007 Nunca digas nunca jamás (Never say never again, 1983). Atrapados sin salida (No Mercy, 1986), Cita a ciegas (Blind date, 1987) y Mi novia es una extraterrestre (My stepmother is an alien, 1988) le dieron mayor popularidad, pero sin duda fue Nueve semanas y media (Nine ½ Weeks, 1986) la cinta que la lanzó al estrellato, al convertirla en todo un mito erótico. Aunque se temía que no tuviera la capacidad interpretativa de su predecesora, se confiaba en Basinger para representar a Vicky Vale de forma convincente.

A ello hubo que añadir el estado febril y somnoliento en el que se encontró Tim Burton durante buena parte del rodaje a causa de un resfriado, y la intromisión de la productora, quien encargó a Warren Skaaren (co-autor del guión de Bitelchús) y a Charles McKeown revisar el de Batman para ajustarlo a su particular visión del personaje y hacerlo más comercial. Lo cual demoró la grabación e incomodó, comprensiblemente, al director: “Lo peor de Batman fue que se produjo una auténtica presión por mejorar el guión...cuando ya estábamos rodando”. 

A pesar de todos los obstáculos, y gracias a la buena voluntad de todos los participantes, el rodaje concluyó más o menos en la fecha prevista, después de sólo 12 semanas, llegándole entonces el turno al editor Ray Lovejoy, responsable de 2001: Una Odisea en el Espacio (2001: A Space Odyssey, 1968), El resplandor (The Shining, 1980) y Aliens, el regreso (Aliens, 1986). Lovejoy fue el encargado de montar la cinta mientras Danny Elfman era contactado por Tim Burton para componer la música del filme (ambos habían trabajado juntos tanto en La gran aventura de Pee-Wee como en Bitelchús), a pesar de que la productora prefería al célebre John Williams, y la Warner hacía lo propio con el popular cantante Prince (inicialmente se pensó en Michael Jackson, pero sus compromisos contractuales hicieron desechar esa posibilidad) para grabar las canciones comerciales del disco de la película.

La campaña de promoción fue especialmente llamativa. Los anuncios del filme mostraban únicamente el logotipo en negro del murciélago, encerrado en un óvalo amarillo, y la fecha del estreno. Sólo eso. Lo cual despertó mayor interés aún.

Las primeras imágenes de Michael Keaton caracterizado como Batman sorprendieron positivamente a muchos aficionados que antes habían puesto el grito en el cielo, y la editorial DC aprovechó la enorme publicidad que el inminente estreno cinematográfico le estaba reportando al personaje para publicar todas las obras posibles del mismo, algunas de ellas verdaderamente interesantes. A las continuas reediciones de las exitosas historias de los últimos años se sumaron el Especial Conmemorativo del 50º Aniversario (que incluía el origen del Murciélago), el tomo recopilatorio Las Mejores Historias de Batman Jamás Contadas (The Greatest Batman Stories Ever Told) y la novela gráfica Arkham Asylum, de Grant Morrison y Dave McKean, que llegó a vender nada más y nada menos que 200.000 ejemplares en sus primeros tres meses a la venta, convirtiéndose en un auténtico ‘best-seller’. La tensión aumentaba conforme se acercaba la fecha del estreno.

Y por fin llegó el 23 de junio de 1989, que desató la mayor fiebre de batmanía de la historia. Cualquier previsión, por optimista que fuera, fue superada por completo.

La película pasó inmediatamente a los anales de la historia del cine al convertirse en la cinta que mayor recaudación alcanzó en sus primeros 10 días de exhibición (lo que da una idea bastante aproximada de las ganas con las que los aficionados la esperaban y recibieron). Con un presupuesto de menos de 40 millones de dólares, la cinta recaudó más de 250 millones sólo en EE.UU. y más de 400 a nivel mundial, sin contar los ingresos de un ‘merchandising’ absolutamente incontrolado, que llevó a estampar el nombre y el logotipo del personaje en cualquier producto susceptible de ser vendido (desde los típicos muñecos y camisetas a cereales y chocolatinas, pasando por llaveros y ropa interior). Batman se convirtió en la película más taquillera de Warner Bros. y transformó, de nuevo, al Murciélago en un icono popular cuya dimensión superaba las minoritarias páginas de los ‘comic-books’ para inundarlo todo. Absolutamente todo.

Las ventas de los cómics del Señor de la Noche se dispararon, incluida, por supuesto, la estupenda adaptación de la película, que contó con guión de Dennis O’neil basándose en el original de Sam Hamm, un excelente dibujo de Jerry Ordway y un impresionante color a cargo de Steve Oliffe.

Las cifras de taquilla hicieron pensar rápidamente a la productora en la posibilidad de rodar una secuela, mientras el tema Batdance de Prince conseguía vender un gran número de copias.

La acogida por parte de la crítica fue, en general, muy positiva, ensalzando el trabajo de todos los que habían formado parte del proyecto, empezando por Tim Burton, y reconociendo el esfuerzo de los que habían desarrollado aspectos técnicos que habitualmente suelen pasar más desapercibidos o recibir menor atención, como, por ejemplo, los responsables de vestuario o maquillaje. Anton Furst ganó el Oscar de la Academia al mejor diseño de producción, Jack Nicholson fue nominado como mejor actor en los Globos de Oro y como mejor actor secundario por la Academia Británica, la película fue nominada a la mejor representación dramática en los premios Hugo, Danny Elfman consiguió el Grammy al mejor compositor, y el diseño de vestuario, el maquillaje, el diseño de producción, el sonido y los efectos especiales fueron nominados en los premios de la Academia Británica.

En definitiva, Batman fue un éxito absoluto. Y logró, además, que en 1989, la gente no tuviera ya que hacer memoria para pensar en un Batman de carne y hueso que, en realidad, poco tenía que ver con el personaje original. Gracias a todos los que hicieron posible que Batman The Movie no fuera sólo un utópico sueño en la mente de miles de ilusionados lectores, bastaba con acercarse a la sala de cines más cercana para ver, por fin, de verdad, al Señor de la Noche.