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bATMAN: PRESA |
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Antecedentes
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De todos los superhéroes presentes en las plantillas de las dos grandes editoriales de EEUU que publican este género, quizá sea Batman el que exhibe un libro de estilo más abierto y flexible. Entre las causas que avalan este razonamiento figuran aquellas propias de su editorial, y las que se encuadran dentro de su particular idiosincrasia o individualidad. Esa versatilidad se ancla en factores tales como su antigüedad editorial (de 1939) su no condicionamiento a un cronoespacio rígido, o la tolerancia que caracteriza a su empresa propietaria, muy manifiesta en los últimos años, que no duda en someterlo a todo tipo de historias, en roles de protagonista, coprotagonista, o incluso como personaje secundario. Pero también su propia índole, ha colaborado para hacer de él un personaje tolerante. Un origen que no se acoge a lo estrambótico, y una personalidad en la que pueden alternar componentes trágicos, románticos, sicóticos, fanáticos e inclusive irónicos con capacidad de reírse de su propia estela.
Batman es pues un personaje sin pasado, y en consecuencia sin futuro. Es un camaleón multifacial cuyo desarrollo se debe a las ideas que numerosos autores deparen para él. Tal desarraigo argumental, lejos de condicionarle, le convierten en un cheque en blanco, al que multitud de artistas se acercan sin miedo, plasmando ideas sobre el género, y consecuentemente enriqueciéndolo. Ello genera la producción de un continuo “Batverso”, poblado por una multitud de secundarios, que como su protagonista, también presentan lo camaleónico como rasgo distintivo.
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Pese a todo, y en líneas generales, la encarnadura más homogénea que presenta el héroe creado por Bob Kane, hace referencia a su misterio, su nocturnidad, y en definitiva a su imponente presencia como un Caballero Oscuro. Esta visión de Batman tiene su aparición al final de la Edad de Plata, cuando su representación pictórica cayó en manos de Neal Adams, redefiniendo su imagen y psicología en tan solo veinte historias publicadas entre 1968 y 1972, en los tres comic books en los que aparecía; el genérico The Brave and the Bold, y las cabeceras específicas Batman y Detective Comics.
Sobre esta tendencia, ha versado una considerable cantidad de obras firmadas en años posteriores, que ha mantenido la franquicia en un crecimiento sostenido de calidad, cuyos momentos más sobresalientes se han expresado a finales de la década de los ochenta. El nombre de Batman va unido a una serie de importantes firmas, presentes en la mente de todos los aficionados, que decoran con letras de oro, no solo el mundo superheroico, sino el cómic como expresión narrativa universal.
Es a finales de los ochenta, y como consecuencia directa de la creación de las fascinantes historias de Frank Miller y Alan Moore, cuando su figura entra en máxima expansión. Expansión bendecida por los constantes éxitos editoriales (intensa labor de su editor Dennis O´Neill) y por la cualificación estética que imponen sus competentes autores. El editor crea en la franquicia un espacio propio, ajeno al Comics Code, integrado por historias independientes, con atinada alternancia autoral, que todavía dilata más la particular versatilidad del héroe. Ese espacio propio, puede venir perfectamente definido por los soportes editoriales que publican a Batman: El llamado prestigio, los números especiales, las miniseries, y finalmente el formato álbum franco belga, que los yanquis llaman graphic novel. Pero O´Neill todavía amplía más las ediciones, digamos adultas, con la aparición de una revista específica titulada Legends of Dark Knight, que engloba miniseries con independencia argumental y autoral, pero con dependencia numérica, de presentación y de criterio estético. La tercera leyenda del Murciélago, ocupa los números 11 (IX/1990) al 15 (II/1991) se titula “Presa” y los créditos vienen firmados por Doug Moench y Paul Gulacy.
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La firma conjunta Moench / Gulacy es una de las más prestigiosas en comic books, tanto en Marvel como en DC, y como tal son autores de un surtido de buenas historias, destacando de manera especial la incluida en la serie de Shang-Chi de Marvel, y alguna limitada DC (Slash Maraud). Casi todos sus trabajos son sinónimos de crédito y garantía de calidad, siempre amparado por los editores, gracias a su contrastado rendimiento económico, o por el ingreso en el difícilmente definible concepto de obra de culto.
El guión de Doug Moench.
Sigue las pautas argumentales mantenidas por Frank Miller / David Mazzuchelli en “Batman Año Uno” (Batman números 403 a 407 de febrero a mayo de 1987) y similares a las expuestas por Dennis O´Neill / Ed Hannigan en “Shaman”, la primera leyenda Batman (Números 1 al 5 de noviembre de 1989 a marzo de 1990). Esto es, nos retrata a un héroe primigenio, que tras un entrenamiento tan críptico como variable (depende de autores) se acaba de liberar de la personalidad de Bruce Wayne. Si Batman tuviese una historia, los acontecimientos narrados en “Presa”, bien podrían constituir una especie de “Año Dos” (título ya ocupado en la revista Detective Comics 575 a 578 de junio a septiembre de 1987) o un “Año Tres” (Batman 436 a 439 de agosto y septiembre de 1989). Para complicar todavía más el Batverso, un posible Año Dos y Año Tres, bien podrían estar ocupadas por los magníficos limitadas de Jeph Loeb y Tim Sale, “El largo Halloween” y “Dark Victory”. Pero ya ha quedado claro, que Batman no tributa en un cronoespacio como si de un personaje Marvel se tratara, por lo que construirle un pasado es tarea vana.
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El Batman de Moench es un superhéroe novato, en pleno aprendizaje de su trabajo de justiciero, en el que por no tener, no tiene ni Robin, ni batmóvil, ni la florida presencia de psicópatas arlequinescos que configuran la nutrida colección de villanos, con la que lleva y llevará peleando varias decenas de años.
Todas las historias de esta época, aparte de sombrías y sobrecargadas, acarrean el cuidado de presentarlo como la única personalidad del binomio que ha compartido con Bruce Wayne. Este fue un niño cuyo espíritu murió en el Callejón del Crimen, en el mismo momento en que lo hicieron sus padres. Batman es la usurpación de esa personalidad, que no comparte con nadie. Sin su manto de Murciélago es una carcasa vacía, una coartada administrativa, que nutre de medios y dinero a la personalidad enmascarada. Su disfraz, o su careta, lejos de ser vestidos, representan su condición verdadera. Para evitar la inmensa superficialidad del aserto (eres, lo que vas vestido) las telas se convierten en una circunstancia, tal y como decía Ortega y Gasset (yo soy yo, y mi circunstancia). La filosofía del ínclito pensador, queda en este caso bastante apurada, pero O´Neill y su equipo de guionistas la sujetan con relativa eficacia. Buena parte de las historias del renacimiento del personaje, convencen a los lectores, de que la imponencia de Batman, su efectividad como justiciero, e incluso su más íntima razón de ser estriba en su manto. Su sentido de realización necesita forzosamente de un escenario que le justifique, y de una presencia de villanos que incumplan sus cerradas y virtuosas normas.
“Presa”, como cualquier historia de superhéroes, con fuertes tributaciones al género negro, necesita para su solvencia la creación de un malvado creíble. El elegido es el poco conspicuo Dr. Hugo Strange, cuya primera aparición en los años cuarenta (Batman # 1 de 1940) lo equiparaba como un calco del Dr. Frankestein, con creación de terroríficas criaturas incluidas. En los números 471 y 472 de Detective Comics (septiembre y octubre de 1977) Engleheart y Rogers le asignan su rol definitivo de psicoanalista enfermo e inteligente, con capacidad para descubrir los aspectos vulnerables de Batman. Moench lo hace crecer, hasta el punto de anclar buena parte de la bondad de la obra en la descripción de su personalidad alterada.
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Multidimensional, pervertido, vanidoso e inmaduro, apoya la teoría que O´Neill mantiene para Batman: La máscara hace al hombre. El mundo es una charada en el que todos sus integrantes se mueven siguiendo las pautas que el embozo elegido les impone. Es un magnífico oponente capaz de descubrir cual es el origen de Batman, profesándole al mismo tiempo una mezcla de envidia y admiración. En cierta medida parece una fase avanzada de lo que son y serán los villanos multicolores que insisten en la teoría de la (des)uniformidad.
Es una historia de caza, y por lo tanto de aproximación. La ruta que hará converger a Batman con Strange está balizada con todo tipo de secundarios, que la habilidad de Moench retrata en profundidad, no solo por su aspecto, sino por lo que dicen, hacen e incluso callan. Su contrastada capacidad de síntesis, se sublima en breves y atinados retratos de gángsteres, fulanas, fauna noctívaga e instituciones corrompidas, como la policía, la alcaldía o la televisión amarilla cercana al concepto de basura mediática y manipuladora. La población de Gotham queda reducida a un esperpento de la humanidad, y en consecuencia la forman inhumanidades.
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Moench es además un escritor de tendencia telúrica, que necesita dotar de escenario los lances épicos que narra. En todas las historias de Batman de esta época, Gotham aparece desenmascarada, adoptando una realidad física como lugar en el que trascurren los hechos. Pero es en este relato cuando la podrida realidad de la urbe se muestra en toda su crudeza. El guionista persuade a los lectores, que ninguna megápolis del mundo sería capaz de soportar una fauna tan abstrusa, que permita a policías, delincuentes, psiquiatras y medios televisivos, medrar y lucir palmitos tan insanos, del mismo modo que crear y mantener a una figura como Batman sin parecer ridícula.
Pero el guión de Moench hace aguas en dos aspectos concretos. Por un lado cae en la indefinición de dos personajes, como el comisario Gordon, y la ambigua Catwoman, que en sendas miniseries anteriores habían lucido sus apariencias en roles de protagonista. (“Año Uno” y “Catwoman”, de febrero a mayo de 1989, dentro de un estilo similar al que luce “Presa”). Esas historias, pueden aportar algo de cronología a la biografía de Batman, dicho sea con las debidas precauciones ya expuestas sobre este aspecto y descritas en párrafos precedentes. Por otro lado, Moench tras un planteamiento y desarrollo del guión pleno de aciertos, precipita bruscamente su desenlace, quedando el final, algo escaso. Probablemente, la historia, hubiera necesitado algunas páginas más, bien en forma de otro ejemplar, o bien como uno doble.
Los aciertos narrativos del guionista se encuadran en su concepción de relato, siguiendo las reglas básicas que lo determinan, a modo de ingredientes perfectamente engranados. Una creación de personajes bien definidos que superan los conceptos arquetípicos, dándoles un mayor calado. Un escenario recreado a partir de la ciudad de Gotham, ominoso y nocturno, que justifica y da coartada a la historia que encierra. Hay un evidente paso de tiempo que matiza y hace evolucionar a buena parte de los personajes, y los dirige convincentemente hacia un final, que desgraciadamente se precipita. La técnica literaria del autor resulta además de lo más convincente, al sustituir los pesados textos de apoyo, por relato en primera persona, muy utilizado en el género negro, y poner en boca de los personajes ágiles y secos diálogos, cargados de aforismos, que ponen distancia a los cerrados esquemas de un género que siempre demanda renovación. La aprobación editorial, viene entre otras causas, por la elusión de técnicas deconstructivas o crepusculares, muy utilizadas por Miller, para salvar conceptos a cambio de cerrar líneas argumentales. La historia de Moench es abierta, primigenia, respetuosa con el icono, además de mantener expeditos los caminos de maduración del personaje, que posteriores autores utilizarán para hacerlo crecer. Sin renunciar a las pautas editoriales de O´Neill, logra tejer una historia personal, sin demasiados miedos a la censura.
Los dibujos de Paul Gulacy.
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Son el valor al alza de la calidad de la obra, y como un aceite pesado lubrica todos los rincones del guión que teje Moench. Manifiesta toda la admiración, traducida en influencias, hacia el personalísimo talento de Steranko, si bien la composición tan arriesgada que presenta este último no se hace tan patente. Pero también es cierto, que su técnica, pese a lo académica que resulta, está plena de innovaciones, dotando su estilo como único. Los dibujos de Gulacy, ejercen sobre Moench, un efecto potenciador o sinérgico, de manera parecida al beneficio que experimenta Loeb, cuando la fabulosa técnica de Sale ilustra sus guiones. Los aciertos de Moench, encuentran el tono justo en los dibujos de Gulacy.
Para las representaciones humanas, tan concisamente descritas por la fabulación del guionista, da a su trazo pesadez volumétrica y expresionista, por lo que es capaz de definir en una sola aparición el alma de los personajes. Los dibujos cargados dan cierto lastre a la historia, enlenteciendo el relato, pese al evidente ahorro de palabras. Gulacy derrocha fisicidad, tanto en las fisionomías de personajes grotescos, como en la de los agradables, incluidas las mujeres guapas, que de puro naturalismo resultan carnales, cercanas a tierra, y en definitiva poco idealizadas. Los locos tienen caras de lo que son, con sus pelos sucios y caries que se muestran sin pudorosos maquillajes. Las mujeres en ropa interior, van realmente en bragas, con costuras y encajes propios de la prenda, y sostenes que nada tienen que ver con los bikinis. El vestuario y los objetos aparecen precisos, apreciándose los dibujos de los neumáticos, los bordes cortantes de las botellas rotas, y los ceniceros llenos de colillas. Gulacy expresa con minucioso cuidado la diferenciación de los escenarios, que preocupa al guionista, y rara vez difumina los fondos por alejados que estén del encuadre principal. Es pues un autor que tiende a la ilustración, pero sin renunciar al ritmo del relato, pues cuida sobremanera el manejo de todo tipo de planos. Al elegirlo como ilustrador de historias telúricas con fuerte componente expresionista, consigue que la ciudad de Gotham tenga un aire de realidad física que nunca hasta el momento había manifestado. Gotham pasa de ser una descripción de algo oculto a una realidad tangible, nocturna no difuminada, así como corrompida, hedionda y muy roja de color.
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Gulacy fuerza la pesadez al huir de composiciones hiperdinámicas que convierten las peleas en coreografías. Los golpes llevan intencionalidad, y traen como consecuencia que las narices y las costillas se rompan. Por utilizar un símil cinematográfico, digamos que sus peleas están cerca de las filmadas por Martin Scorsesse, y completamente alejadas de las aparecidas en una película de James Bond protagonizada por Roger Moore. Por esa misma licencia la figura de Batman tiene poca imponencia fantasmal. No lo dibuja hipermusculado, ni con capas de pliegues imposibles. Su aspecto es más rígido, como su careta, quizá por aquiescencia a su imagen fílmica. Es más humano- comete errores- y vulnerable, y en muchos momentos ha dejado de ser el cazador para convertirse en la presa. Strange es calvo, miope con gafas de culo de vaso, egocéntrico, pervertido y consciente de todo ello. Es animosamente inteligente, se gusta, y pese a que a cierta dama le causa repugnancia, esta nimiedad lejos de alterarle, le hace crecerse, por lo que la rapta y viola. La enorme fisicidad de Gulacy apunta hacia lo extremo, tanto en la violencia física como en las clarísimas alusiones sexuales, y a pesar de ser una publicación ajena al Comics Code, sobrepasa con creces los confines que el cómic yanqui establece como de “buen gusto”. Si el guionista se ha metido en un tema comprometido, el dibujante le ha dado una forma demasiado clara.
En líneas precedentes, se ha mencionado la importancia del escenario, y el ascenso a personaje que detenta la ciudad de los mil pecados. Queda plasmada en grandes viñetas panorámicas de encuadres y angulaciones que se hacen imposibles por el barroquismo. Callejones, muelles, rascacielos y gárgolas ponen una identificación sensorial, que Mazzuchelli en “Año uno” con su dibujo impresionista, tan solo insinuaba. Gulacy, no solo no accede a la difuminación, sino que sustituye sombras por líneas geométricas, y lo que es más extremo, realidades por perspectivas. Esos paneles con tal profundidad de campo, no son más que alteraciones del sentido realista de la ciudad, por lo que esta se incrementa en lo fantasmagórico y en lo ominoso.
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Nadie mejor que el equipo Moench / Gulacy para terminar de fijar al Batman diferente, el nuevo concepto que su editor tenía en mente, y que acababa de salir de la renovación cosmética que la película de Tim Burton le había dado. El Batman restituido no es dual en su personalidad, y además convierte su ropa y su disfraz, lo superficial, en su razón de ser, tal y como Frank Miller en sus dos obras ya había avanzado. Su personalidad tan solo tiene sentido en Gotham, por lo que era perentorio darle realidad al escenario, una realidad tan extrema, que se convierte en irreal. Una ciudad capaz de albergar la más extraordinaria colección de sinsentidos, en el que Batman hace el número uno. Una policía corrupta, unos comportamientos extremos en sus políticos y la televisión local más amarilla y manipuladora que la mente de los guionistas pueda concebir. Una ciudad que pese a ser imposible, debía parecer real. Una excusa para formar el “Batverso”, y finalmente identificarse en él.
“Presa” es el punto de inflexión entre las grandes versiones de Frank Miller, y Alan Moore, y las últimas exquisiteces firmadas por Loeb y Sale. Constituye pues una de las grandes historias que han calificado a Batman como lectura para todos los públicos, además del infantil.