LA PASIÓN, según Jason Todd   2ª PARTE

POR BAT-FAN

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La decisión de Starlin de hacer de Jason un joven agresivo e irresponsable había provocado tal división de opiniones en el público que los lectores habían comenzado a posicionarse como defensores acérrimos o como firmes detractores del personaje. Los primeros estaban encantados de que Todd fuera la antítesis de Grayson, de poder ver representado dentro del Universo DC a un adolescente real, con personalidad, capaz de tener un criterio propio al margen de las enseñanzas del Señor de la Noche; los segundos lo rechazaban por no ser merecedor del mismo uniforme que Dick Grayson había portado con tanto respeto, por inmaduro, por haber sustituido de la forma en la que lo había hecho al primer Chico Maravilla. El debate sobre la figura de Jason llegaba incluso a la propia DC, dividiendo a los autores. Ya no sólo eran Collins y Starlin: muchos guionistas, ajenos a las series del Murciélago, expresaban su opinión.

O’neil, suavizando bastante ambas posturas, resumió la situación con estas palabras: “el Robin de Collins era dramático, tenía potencial, pero los lectores no lo aceptaron. No sé por qué, y probablemente nunca lo sabré. Jason fue aceptado mientras fue un clon de Dick Grayson, pero cuando adquirió una historia distinta y –o al menos Collins y yo seguimos creyéndolo así- más interesante, su afición se enfrió. Puede que hubiéramos debido haber trabajado más duramente para hacer a Jason agradable. O puede que, supongo, a nivel subconsciente nuestros lectores más leales sintiesen que Jason era un usurpador. Sea como sea, Jason no era el favorito del público que Dick había sido. No era odiado, pero tampoco era amado. ¿Debíamos sacarlo de la continuidad?”

En ese momento, para plantear el problema y su posible solución, O’neil decidió reunirse con el presidente de DC, Jenette Kahn. Sólo había dos opciones: o se reformaba el carácter de Jason, o se le apartaba del Bat-universo. Pero no estaba claro qué era lo más acertado, porque había dudas sobre qué bando era más numeroso.

La decisión final, por primera vez en la historia de los ‘comic-books’, iban a adoptarla los propios lectores.

La idea de hacer al público partícipe de la creación de las historias llevaba ya un tiempo rondando por la cabeza del editor, pero era algo que no debía ser desaprovechado con un tema intrascendente. Sin embargo, el futuro de Jason Todd sí parecía lo suficientemente importante como para arriesgarse a llevar a cabo el experimento.

El plan de O’neil comenzó a desarrollarse en el Batman #424 (octubre de 1988), de Starlin y Aparo. En ese número, Jason se presentaba ante Felipe Garzonas, el hijo de un embajador de Bogotá con inmunidad diplomática, responsable de traficar con droga y de haber abusado de una joven a la que había llevado finalmente al suicidio. El encuentro entre Garzonas y Robin se saldaba con la muerte del primero tras caer desde el balcón de su apartamento, lo que llevaba a Batman a interrogar a su discípulo sobre los hechos. ¿Habría violado el sagrado respeto a la vida que movía siempre a su mentor? Sin aguantarle la mirada, el Chico Maravilla respondía: “Supongo que lo asusté. Resbaló”. Pero la sombra del asesinato siempre estaría presente. Era sólo un paso más de Jason Todd en su cita con el destino.

Con fecha de portada de diciembre de 1988, pero publicado unos meses antes por el desfase entre el momento de impresión y el de distribución, se publicó el primer número de la saga “Una muerte en la familia”, que daría forma a la idea planteada por O’neil. En el Batman #426, el Señor de la Noche (tras contemplar, una vez más, cómo la ira incontenida  de su compañero se cebaba con unos delincuentes) sopesaba con Alfred qué hacer con Robin, pues su conducta rebelde e irresponsable suponía un peligro para su propia integridad. Tras una agria discusión entre Bruce y Jason, el primero obligó al segundo a tomarse un tiempo para reflexionar, sin vestir mientras tanto el uniforme del petirrojo.

Más tarde, mientras el comisario Gordon informaba al Murciélago de que el Joker se había fugado de Arkham Asylum dejando un reguero de muertes, Todd llegaba paseando hasta su antiguo hogar. Allí, una vecina le hacía entrega de algunas viejas pertenencias de sus padres: fotos, libretas de direcciones, su acta de nacimiento…Gracias a esta última, Jason comprobó que el nombre de su madre tenía como inicial la letra “S” (el resto era ilegible), a pesar de que la mujer a la que él siempre había tenido como tal respondía por Catherine.

Pensando que su verdadera madre pudiera estar viva y que Catherine Todd hubiera sido sólo su madre adoptiva, Jason emprendió su búsqueda, valiéndose de la antigua agenda de su padre y de los ordenadores de la bat-cueva. Tres mujeres, Sharmin Rosen, Shiva Woosan y Sheila Haywood, centraron su atención.

Por su parte, tras descubrir los planes del Joker de vender un misil nuclear a terroristas árabes, Alfred comunicaba a su amo que Jason había abandonado la Mansión Wayne. Sus destinos, no obstante, no tardarían en cruzarse, lejos esta vez de Gotham City.

En el Batman #427, el Señor de la Noche y Robin volvían a encontrarse en las costas del Líbano, gracias a que Sharmin Rose trabajaba para el servicio secreto israelí que Batman estaba investigando en su persecución del Joker. Sin embargo, no era ella la persona que Jason estaba buscando.

La mercenaria Shiva Woosan (“lady Shiva”) fue la segunda mujer en ser investigada, con resultado también negativo. Las posibilidades se estrechaban en torno a Sheila Haywood, quien se encontraba trabajando en Etiopía (adonde conducían las pistas que llevaban al Joker).

Al verlo y escuchar su apellido, la doctora Haywood reconoció inmediatamente a Jason como su hijo, y ambos comenzaron a charlar sobre la decisión que ella había tomado después de haber dado a luz. A partir de ahí, la acción se disparaba y (como, en general, en toda la historia) se sucedían numerosos hechos en un lapso de tiempo muy breve. El Joker aparecía en escena para chantajear a la madre de Todd, mientras el Chico Maravilla se percataba del peligro que corría su progenitora y el Murciélago seguía el rastro del misil nuclear.

Jason avisaba entonces a Bruce, quien le instaba a no hacer nada antes de que él llegara, poco antes de que Robin, haciendo caso omiso de las palabras de su tutor, le confesara a su madre su identidad superheroica para convencerla de que aceptara su ayuda contra el Joker. Tratando de aprovechar esta confidencia en su propio beneficio, la doctora Sheila Haywood traicionaba a su hijo vendiéndolo al Príncipe Payaso del Crimen, quien propinaba a Jason una paliza brutal, armado con una palanca de hierro. La escena, dibujada por Aparo desde la perspectiva del propio Chico Maravilla, era escalofriante, cruda y muy violenta, y finalizaba con Jason gravemente herido en el suelo de un hangar.

El número concluía con el villano alejándose del lugar después de haber atado también a la madre de Robin y de haber activado una bomba con un temporizador, mientras Batman trataba desesperadamente de llegar hasta allí para evitar la tragedia. Todo quedaba así preparado para el gran final: “Robin morirá porque el Joker desea venganza. Pero tú puedes evitarlo con una llamada de teléfono”. El anuncio de la contraportada del Batman #427 daba la oportunidad a los lectores de EE.UU. y Canadá de decidir, durante los días 15 y 16 de septiembre, el futuro de Jason Todd.

“La mecánica era simple: metemos a Jason en una explosión y le damos a los lectores dos números de teléfono a los que pueden llamar. El primero para votar que Robin sobreviva al estallido, el segundo para que no lo haga”. Ésa era la solución que O’neil había planteado. Sólo quedaba ya esperar.

A las 9 de la mañana del día 15, los teléfonos comenzaron a sonar. Dan Raspler, editor adjunto de la editorial, era el encargado de ir comprobando los resultados. Dennis O’neil aguardaba impaciente en su despacho, observando el final de la historia dibujado por Jim Aparo para la versión en la que Jason lograba sobrevivir. En ella, un exultante Señor de la Noche sostenía el cuerpo magullado e inconsciente de Robin, mientras alzaba la vista al cielo y exclamaba, sonriente: “¡Está vivo! ¡Gracias a Dios!”.

Sin embargo, O’neil pensaba que Starlin tal vez hubiera hecho del personaje un ser demasiado insoportable, y temía que los lectores acabaran sacrificándolo. Como él mismo reconocía, sus obligaciones editoriales serían “mucho más sencillas si se mantenía el ‘status quo’ con un Robin balanceándose por Gotham al lado de Batman”.

Dick Giordano, por su parte, estaba convencido de que con Crisis en Tierras Infinitas se había cubierto el cupo de muertes que la gente estaba dispuesta a soportar, y que el público no mataría a Todd.

A las 10:30 del jueves 15 de septiembre de 1988, ya había 243 llamadas a favor de que Jason sobreviviera y 199 en contra. El margen de diferencia parecía presentarse muy estrecho desde un primer momento.

La noticia comenzó a extenderse, y publicaciones del nivel de USA Today y The Wall Street Journal llegaron a hacerse eco del evento. La cobertura mediática se expandía por momentos. Todo el mundo estaba pendiente del futuro de Jason.

20:00 horas de ese mismo día. 2195 votos pedían la desaparición de Robin, 2104 su continuidad. Empezó a suscitarse un gran escándalo. La mayoría de la gente pensaba que estaba en juego la vida de Dick Grayson, del mejor ‘sidekick’ de los cómics, del personaje que Burt Ward había encarnado en cine y televisión, de todo un icono popular. El propio departamento de publicidad de DC tuvo que explicar públicamente de qué trataba todo aquello. La tensión iba creciendo.

Octubre de 1989. Se publicaba el Batman #428, tercer capítulo de “Una muerte en la familia”. La estremecedora portada de Mike Mignola hacía temerse lo peor. En aquella cubierta, que poco tardaría en pasar a la historia del ‘comic-book’, el rostro ensangrentado y con la mirada en blanco de Jason Todd yacía entre un montón de escombros, con la boca pareciendo exhalar un último suspiro y la vista perdida en el infinito.

A las 19:30 del día 16 de septiembre, el Chico Maravilla tenía en su contra 5148 votos, y 5081 a su favor. La diferencia era mínima.

Muy poco antes de que la bomba colocada por el Joker hiciera explosión, Robin conseguía ponerse en pie y liberar a su madre, tratando de huir. Pero la puerta de la caseta estaba bloqueada y no tenían tiempo para abrirla. La explosión era inminente.

“Qué extraño es todo esto”, pensaba Denny O’neil mientras esperaba el resultado en las oficinas de la editorial. “Jason Todd no es real. Pero nos estamos comportando como si fuéramos la familia de las víctimas de un accidente y estuviéramos en la sala de espera”.

El Señor de la noche, cerca ya del lugar donde se concentraban las miradas de miles de lectores, escuchaba el estallido y corría asustado en busca de su joven amigo y compañero. Entre los cascotes encontraba primero a una moribunda Sheila Haywood que, antes de morir, conseguía a duras penas explicar lo ocurrido y confesar que su hijo, en un intento desesperado por salvarla, se había arrojado sobre la bomba para recibir todo el impacto.

Angustiado, Batman comenzaba entonces a buscar al Chico Maravilla, apartando los restos de la deflagración.

A las 19:45, 5259 llamadas pedían que Robin no sobreviviera y 5221 deseaban lo contrario. Faltaban 45 minutos para cerrar los teléfonos y sólo 38 votos separaban ambos finales.

Entre los escombros, tendido sobre la tierra, con el rostro abotargado y cubierto de polvo y sangre, aparecía finalmente Jason Todd. El Murciélago, abatido y desesperanzado, tomaba la muñeca del joven entre sus dedos para comprobar su pulso. “Nada. Lo he perdido”. Abrazándolo contra su pecho, Bruce Wayne volvía a sentir que la muerte, injusta y cruel, le arrebataba de su lado a un ser querido. “Se ha ido”.

Apesadumbrado, roto por el dolor, se ponía en pie y tomaba entre sus brazos el cuerpo inerte de Jason, con el uniforme de Robin hecho jirones y regueros de sangre recorriendo su cadáver.

Viernes, 16 de septiembre de 1988. 20:00 horas. 5271 clamaban por la salvación del Chico Maravilla. 5343 por su muerte. En medio de un alocado revuelo, pero solo, por fin, junto a su madre, Jason Todd fallecía. Así lo habían decidido los lectores.

O’neil archivaba la versión que él hubiera deseado imprimir. Max Allan Collins veía morir a su personaje. Jim Starlin cumplía su deseo de ver solo al Señor de la Noche, sin un compañero a su lado. Frank Miller había acertado. Y la locura estaba a punto de desatarse.

La saga “Una muerte en la familia” continuaba. Bruce Wayne enterraba en Gotham los cuerpos sin vida de Jason Todd y Sheila Haywood mientras el Joker obtenía inmunidad diplomática para poder llevar a cabo un nuevo y desquiciado plan para asesinar a varios dirigentes internacionales en una reunión de la ONU. Superman lograba impedirlo y, en la última escena de la historia, Batman luchaba contra el villano en un helicóptero que perdía el control poco antes de estallar. El Murciélago era rescatado por el Hombre de Acero, y el Joker desaparecía, siendo dado por muerto. Como un destrozado Señor de la Noche acababa reconociendo, todo terminaba sin resolverse.

Pero poco importaba ya todo esto. Jason Todd había muerto. Y el seguimiento de la historia había sido tal, que su final había conmocionado al público.

El trazo limpio y amable de Jim Aparo no lograba ocultar la tragedia. Las dramáticas ilustraciones, descarnadas, realistas y duras, de Bruce Wayne sosteniendo entre sus brazos el cuerpo muerto de Jason Todd, como si de una Piedad se tratara, se clavaron como agujas en las retinas de los impactados lectores. Jason Todd no había muerto, como muchos otros personajes de cómic, para resucitar unos pocos números después. Había muerto para no volver. Y su muerte no era irreal, ni lejana. No se había producido por culpa de un rayo láser, ni había desaparecido en una galaxia remota, ni había sido enviado al pasado. Su muerte había sido horriblemente creíble. Tras recibir una salvaje paliza de un macabro asesino, Jason había sido víctima de una explosión. Así no morían los superhéroes: así morían los hombres. Muchos lectores sintieron profundamente aquella historia como algo real. Y eso empeoró la situación.

Desde el mismo instante en que el Batman #428 veía la luz, los rumores de fraude comenzaron a salpicar a DC. La supuesta existencia de un lector que había manipulado su ordenador para marcar cada pocos segundos el número de teléfono que pedía la muerte de Robin se entremezclaban con las acusaciones de un sector de la prensa que acusaba a la editorial de haber elaborado una farsa para darse publicidad gratuita a costa de hacer creer al público que la decisión final dependería de su voluntad cuando en realidad estaba todo decidido de antemano. O’neil, que se arrepentía de haber tomado la decisión de haber dejado en manos de los lectores la vida de un personaje, trataba de defenderse como podía: “tuvo éxito, sí. Esperábamos generar interés, pero no tanto como el que resultó. Tuvimos muchas felicitaciones. Pero entonces llegó la reacción, horrible y, al menos para mí, totalmente inesperada. Se nos llamó cínicos, apestosos, deshonestos. Pero un momento: Jason Todd es sólo un fantasma, un segmento de varias imaginaciones. No ha muerto ningún chico. Nadie real. Sólo es una historia”.

Jason, que había generado en vida una gran polémica, suscitaba una aún mayor con su muerte. 

El escaso margen de diferencia en el resultado, la delgada línea que separa realidad y ficción, la amplia cobertura mediática y la crudeza y el sadismo del desenlace de la historia provocaron que la reacción popular fuera desproporcionada. Pero aunque O’neil se escudara en que “nadie real había muerto”, él mismo admitiría posteriormente que la noche del 16 de septiembre, terminado el recuento, estaba tan sobrecogido que había decidido volver a casa paseando con su mujer en lugar de tomar el metro. Era sólo una prueba de que algo más había muerto aquel día además de un personaje de ficción. Una extraña sensación lo había inundado todo.

Con la conclusión de “Una muerte en la familia” se abría un nuevo horizonte dentro de las páginas de los cómics. Pero las consecuencias no sólo se producirían en las series del Murciélago, donde Bruce Wayne volvería a convertirse en un personaje oscuro, sombrío, vengativo y solitario, reacio a aceptar la ayuda o la compañía de nadie. También se extenderían a todo el Universo DC, dejándose notar especialmente en un Dick Grayson profundamente afectado, que se veía obligado a apartar al joven Danny Chase de los Titanes para evitar que su destino fuera similar al de Jason (The New Titans #55, junio de 1989). En ese mismo número, se produciría también la ruptura definitiva del otrora dúo dinámico, tras una violenta discusión entre Batman y Nightwing. El mundo que rodeaba al Murciélago no dejaba de desmoronarse.

Jason Todd había dejado de existir, pero su presencia tardaría mucho tiempo en desaparecer. Para empezar, su asesinato transformaría a Bruce, haciéndolo más huraño y descuidado, pasando a no importarle ni su seguridad ni su propia vida cada vez que se enfundaba el uniforme para luchar contra el crimen. A la muerte de sus padres añadía ahora la carga de la de su discípulo, con el agravante de ser el responsable directo del adolescente.

El cambio fue tan brutal que, a pesar del resultado de la votación, los lectores comenzaron a pedir el regreso de Robin. Y cada vez con más insistencia. Tal vez a muchos no les gustara Jason Todd, pero aún les gustaba menos ese Batman. A pesar de haber logrado su propósito, Jim Starlin parecía haberse equivocado: quizás, el Señor de la Noche no pudiera estar completamente solo. Ya no.

“Cuando comenzamos a oír aquello de que Batman sin Robin ya no era el mismo Batman, no me sorprendió. Yo tampoco estaba particularmente en desacuerdo”, admitió O’neil. “Habíamos prometido no echar marcha atrás, y lo haríamos. Pero, a los pocos días, se hizo evidente que teníamos que comenzar a crear otro Robin. Así pues, nuestro problema se convirtió en: ¿cómo crear a Robin III sin generar la hostilidad que había acompañado a Jason? Dick Grayson fue la respuesta”.

El miedo a repetir el error atenazaba DC, que decidió arriesgar lo mínimo posible a la hora de crear al tercer Chico Maravilla en la historia “Un lugar solitario para morir”. La sombra de Jason Todd se cernía sobre su sustituto Tim Drake, convirtiéndolo inicialmente en poco más que una copia en cuanto a carácter del Robin original, del que, por si fuera poco, recibía incluso su bendición (Batman #440-442 y The New Titans #60-61, noviembre-diciembre de 1989).

Con el paso de los años, a pesar de la fragilidad de la memoria y del dinamismo de los cómics, la figura del segundo compañero del Murciélago no llegaría a borrarse por completo. Su muerte seguía siendo objeto de análisis (Batman #450 y 451, julio de 1990), su fantasma salía continuamente de su tumba para atormentar a Bruce Wayne (Detective Comics #606, octubre de 1989) y su asesinato intimidaba al tercer Robin (Robin #10, septiembre de 1994). Daba la sensación de que Jason nunca desaparecería.

Casi quince años después de aquella historia que conmocionó al mundo, el personaje seguía dando tanto juego como para que DC pudiera continuar explotando su nombre para generar una gran expectación. Así lo demostraron Jeph Loeb y Jim Lee en la saga “Hush” (“Silencio”), entre diciembre de 2002 y noviembre de 2003 (Batman #608-619), cuando desenterraron a Jason Todd para convertirlo en sospechoso de ser el villano de la trama.

Y aunque “Una muerte en la familia” y todas las historias en las que Jason participó en vida queden lógicamente cada vez más lejanas en el tiempo, pocos personajes podrán presumir de haber permanecido tan vivos en la memoria de los lectores, y de haber logrado emocionar y sobrecoger al público como lo hizo él. Sacudiendo, de paso, los cimientos del Bat-universo, haciendo que, de verdad, nada volviera a ser igual que como lo había sido antes.

Para los aficionados a las series del Murciélago, Jason siempre sería aquel joven indisciplinado y atrevido capaz de plantarle cara a su mentor a pesar de respetarlo. En definitiva, un personaje polémico que había dejado un puñado de buenas historias durante su breve existencia. Y eso era lo importante.

Para el Señor de la Noche, aunque su guerra prosiguiera, siempre habría un espacio para recordar a aquél que, en verdad, había sido “un buen soldado".