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En este cuarto número de la colección tenemos un breve descanso en la etapa de Brubaker al frente de la serie Batman. Son tres números escritos por Brian K. Vaughan, autor que poco a poco se va ganando la admiración de los lectores con cosas como Y, The Last Man, y después regresará Brubaker, para quedarse ya de forma definitiva. Estos números de Vaughan son, al menos para mí, algo contradictorios. Nos presenta una historia curiosa y sorprendente, incluso innovadora dentro de la mitología de Batman, pero a la vez fuerza que el propio Batman tenga un comportamiento que no termina de cuadrar con el personaje. Me explico. En ocasiones, Batman usa otra identidad para infiltrarse en el mundo criminal. Se trata de “Cerillas” Malone (“Fósforos” Malone para los nostálgicos de la etapa Zinco). En principio, era una identidad totalmente ficticia, creada por el propio Batman para facilitar su infiltración entre los criminales, como uno más de ellos, y Vaughan se centra en esa identidad con esta historia, mostrándonos cómo Batman llega a adoptarla. No quiero destripar nada de la historia, pero diré que lo que nos ofrece Vaughan es toda una novedad y una sorpresa. Personalmente, me parece una buena idea, que no tiene por qué chocar con la continuidad (aunque obviamente la cambia), y bien desarrollada, salvo por un par de detalles en lo concerniente al comportamiento de Batman, que no le pegan mucho al personaje. Y eso que al comienzo de la historia Vaughan realiza una buena descripción del Hombre Murciélago, al mostrar su “obsesión” particular frente al crimen, y su idea de cómo combatirlo. Pero más adelante, para que la historia que nos plantea tenga sentido, fuerza el comportamiento de Batman, haciendo que tome ciertas decisiones sorprendentes, y que las circunstancias que le rodean lleguen a superarlo (algo sorprendente también, teniendo en cuenta las diferentes tragedias por las que ya ha pasado el personaje). Primero, Batman comete un error impropio de él y que sorprende en una personalidad tan calculadora como la suya, por no decir que probablemente tampoco entraría dentro de su “ética”, y cuya explicación es que se debe a la juventud e inexperiencia del personaje en el momento en que ocurre el hecho. Y al final de la historia tenemos a un Batman obsesionado al límite y perdiendo su propia identidad, algo que, en mi opinión, queda bastante fuera de lugar. En fin, me queda un sabor agridulce con esta historia: una buena idea, con un buen desarrollo, pero que necesita forzar el comportamiento de Batman para ello. Esta historia dura tres números USA, y al final del tomo tenemos de nuevo un número de Ed Brubaker y, como ocurría en los tomos anteriores de Norma, una historia narrada en dos números USA queda dividida, incomprensiblemente, en dos tomos diferentes. Una muy mala manera de publicarla, en mi opinión, pues, aunque La Sombra del Murciélago sea una serie regular, sería deseable que cada tomo contuviera historias íntegras, y no partirlas de cualquier manera (obligando al lector a comprar material que no desee, o, dándole la vuelta, haciendo que se resientan las ventas). En cuanto a la historia en sí, Brubaker retoma al personaje de Zeiss y desarrolla las ideas que apenas insinuó en sus primeros números. Regresan a Gotham un viejo mafioso y un viejo amor de un Bruce Wayne preadolescente. Y también regresa a Gotham un viejo villano de Batman: Deadshot. Deadshot es un tirador consumado, derrotado en diferentes ocasiones por Batman, y que llegó a formar parte del Escuadrón Suicida, un grupo formado por criminales y que se encargaba de misiones secretas del gobierno. Brubaker va colocando a los personajes, cada uno en su puesto, como si fuera un tablero de ajedrez, para desarrollar posteriormente la historia. El dibujo corre a cargo de Scott McDaniel íntegramente, demostrando una regularidad poco habitual en los dibujantes de comic. Mantiene el nivel de los tomos anteriores, con un dibujo flojo en muchos momentos, aunque poco a poco se le va viendo algo más centrado. Igor Rodtem
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