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BATMAN: EL HIJO DE LOS SUEÑOS
Norma Editorial www.dccomics.com

 352 págs

 24 €
GUIÓN DIBUJO ENTINTADO PORTADA

Kia Asamiya y Max Allan Collins

Kia Asamiya Kia Asamiya Kia Asamiya

Batman: El hijo de los sueños es una de esas obras cuyo título original acaba perdiéndose al llegar al público, quien suele sustituirlo por otro (habitualmente, más sintético) que resume alguna de sus características principales. Conocida popularmente entre el ‘fandom’ como “el Batman manga”, esta historia se convirtió en un curioso experimento cuyo objetivo pasaba por trasladar a Japón al Señor de la Noche. Sin embargo, lejos de limitarse a crear un número de la colección Otros Mundos (Elseworlds) del personaje o a narrar una aventura cuya acción transcurriese en el país del Sol Naciente, la idea del proyecto consistía en importar uno de los mayores iconos populares de la mitología post-industrial estadounidense para darlo a conocer al público nipón. La pretensión, por tanto, no era simplemente lanzar en aquel país un cómic protagonizado por el Murciélago, sino que trataba de adaptar al personaje al formato asiático equivalente al ‘comic-book’ americano: el ‘manga’.

Publicado por primera vez en Japón en el año 2000, Batman: El hijo de los sueños vio la luz en el primer número de la revista de más de setecientas páginas de la editorial japonesa Kodansha Magazine Z, cuya misión era recopilar obras ‘manga’ de distintos autores. Inicialmente, la historia se publicó en entregas mensuales para, más tarde, gracias al éxito obtenido por aquéllas, ser editada como novela gráfica en dos volúmenes. Inmediatamente, la editorial americana DC (a cuyas oficinas se enviaron, antes de que fuera editada en su país de origen, tanto el guión original como los bocetos de la obra, para que la compañía que contaba con los derechos del personaje diera su aprobación) se planteó su publicación en Estados Unidos. Pero aquello que en principio no parecía suponer mayor complicación se convirtió en un cúmulo de dificultades por culpa de las diferencias culturales entre ambos países.

Al ser publicada en Japón, la obra mantuvo el tradicional sistema de lectura nipón, cuyo sentido es exactamente opuesto al occidental: de derecha a izquierda en lugar de a la inversa. Después de plantearse brevemente respetar ese formato, DC optó por adaptar la historia al modelo americano, para lo cual, trabajando con los fotolitos originales y realizando además de la previsible traducción una poco habitual labor de corrección artística, la editorial dedicó un tiempo considerable en “darle la vuelta” a cada una de las trescientas cincuenta páginas que la conformaban. Finalmente, en 2003, la obra fue publicada en Estados Unidos, surgiendo entonces la duda de cómo podría un personaje tan icónico como Batman adaptarse a un mundo tan antagónico del suyo como lo es el oriental. La curiosidad por conocer la respuesta a esa pregunta fue una de las claves del considerable éxito que obtuvo, en un momento en el que la popularidad del Murciélago crecía sensiblemente gracias a la repercusión popular de la saga Batman: Silencio (Batman: Hush, diciembre de 2002-noviembre de 2003) y a la calidad de algunas de las series del Bat-universo (especialmente, Catwoman y Gotham Central).

Batman: El hijo de los sueños (Batman: Child of Dreams) es una obra cuya autoría corresponde por completo a una sola persona: Kia Asamiya. Creador de reconocido prestigio en su país gracias a historias como Silent Möbius (1988), Dark Angel (1990-1997), Compiler (1991-1992) o Steam Detectives (2000), algunas de las cuales habían sido trasladadas al cine o la televisión, Asamiya había descubierto al Señor de la Noche, como la mayoría de sus compatriotas, a través de las adaptaciones cinematográficas de Tim Burton, lo que le llevó a seguirlo directamente en su medio original: los cómics. Convertido en aficionado al personaje, el autor se propuso mostrar el verdadero espíritu del mismo a todos los que le rodeaban, adaptándolo, para hacer más sencilla y atractiva su comprensión, a los cánones culturales japoneses.

Por su parte, para que la obra pudiera llegar a las librerías estadounidenses, el corrector de arte Dan Nakrosis sustituyó las onomatopeyas originales por otras en inglés, y el guionista Max Allan Collins se encargó de adaptar el guión. Collins, a quien los fans del Murciélago ya conocían por haber sido el escriba que le había dado un nuevo origen post-“Crisis” a Jason Todd, el segundo Robin (Batman #408 a 411, junio-septiembre de 1989), era el responsable de varias novelas históricas premiadas en los Private Eye Writers of American Shamus, como True Detective (1983) o Stolen Away (1991), además de haber escrito y dirigido algunas películas desde 1995, haber redactado numerosos relatos cortos y decenas de novelizaciones de obras cinematográficas y haber guionizado durante un tiempo (de 1977 a 1993) los cómics del popular detective Dick Tracy. Sin embargo, su obra más famosa probablemente fuera la novela gráfica Camino de Perdición (Road to Perdition, 1998), al constituir la base del excelente filme Camino a la Perdición (Road to Perdition, 2002), dirigido por Sam Mendes y protagonizado por Tom Hanks.

Centrándonos en la obra que nos ocupa, la historia narra los intentos de la joven periodista japonesa Yuko Yagi y sus compañeros de la cadena de televisión donde trabaja para entrevistar al misterioso justiciero enmascarado que combate el crimen en la americana ciudad de Gotham. Haciendo uso de un desarrollo lineal que simplifica la narración para hacerla más fácil de seguir, aunque también, a su vez, más pobre, la historia se divide en dos partes, correspondientes cada una de ellas a un lugar geográfico distinto (Gotham y Tokio). Igualmente del eje principal brota una ramificación a través de los enfrentamientos entre el Señor de la Noche y algunos de sus más populares enemigos, con la inquietante presencia por medio de una droga de diseño conocida como “Fanático”. El guión dosifica acertadamente el misterio por saber cuál es la solución a las dos incógnitas interrelacionadas que plantea (quién se esconde detrás de todo el malvado plan y cuál es el papel de la reportera en él), combinando más o menos hábilmente llamativas escenas de acción con diálogos intimistas.

Narrada casi en su totalidad en primera persona por la periodista, el guión se toma inicialmente su tiempo en presentar a los distintos protagonistas, recurriendo sin embargo a un abusivo uso de tópicos para definir a los ya conocidos por los lectores del Bat-universo. Aunque el desconocimiento que el público nipón pudiera tener de personajes tan famosos como Batman, Bruce Wayne, el comisario Gordon, Dos Caras, el Joker o Catwoman justifica en parte el empleo de ciertos clichés, en realidad lo que éstos logran es rebajar la calidad narrativa y convertir a los personajes en simples estereotipos a los que un par de superficiales características parecen bastar para definirlos. Así, mientras el fondo de la historia cuenta con un interesante y atractivo eje argumental, aderezado con algunas ideas bastante acertadas (la duda de si los villanos que aparecen son en realidad ellos mismos o se trata de meros clones, el empleo de la droga como un inteligente método de presentar a una multitud de villanos de forma convincente o la propia personalidad del villano principal, por ejemplo) y otras carentes por completo de imaginación (como la previsible relación romántica que parece surgir entre el millonario ‘playboy’ y la periodista, o el fácil recurso de emplear a ésta como medio de exploración del héroe), la forma empleada para desarrollarla es francamente pobre, torpe y falta de originalidad. A la burda caracterización y profundización en las personalidades de los protagonistas se suman unos diálogos planos e insulsos, y un ridículo empleo de redundantes textos de apoyo (continuamente, los personajes piensan o dicen lo mismo que ya se está expresando visualmente) que llega a rozar el absurdo.

Pese a todos estos errores, y alguno más bastante sorprendente ya a nivel conceptual (como, por ejemplo, que en un momento determinado de la historia, Bruce Wayne se presente a sí mismo como una suerte de Peter Parker que actúa como confidente del héroe), el argumento no llega nunca a perder su interés, salvando los obstáculos formales que el propio autor se encarga de interponer en su camino. Los combates con los diferentes rivales (alguno de los cuales se aleja sensiblemente del original hasta hacerse prácticamente imposible de identificar a nivel de guión –lo que podría disculparse por la incertidumbre que se pretende crear en torno al hecho de si el personaje es o no quien dice ser-) y la trama de misterio mantienen el suspense, y narrativamente, el relato avanza lenta pero acertadamente hasta un desenlace muy previsible pero, al mismo tiempo, bastante logrado (precisamente porque, cerca del final, es cuando el autor parece poner más interés en ahondar en las motivaciones de los personajes principales, a los que, hasta ese momento, había descuidado).

Por su parte, el dibujo, chocante en primera instancia por no ajustarse a los habituales parámetros occidentales propios del personaje, destaca muy positivamente dentro de la obra. Sin seguir tampoco estrictamente los patrones del ‘manga’, los efectistas lápices de Asamiya cumplen tanto en las secuencias de diálogos como, sobre todo, en las de acción, alcanzando en algunos momentos altas cotas gracias a su dinamismo y su más que correcta narrativa. La falta de color provoca algo de confusión en algunas escenas (especialmente, por culpa de un trazo y unas tintas en ocasiones algo recargadas para expresar movimiento), pero el blanco y negro logra darle un ambiente apropiado a la historia y aportarle un enfoque más serio y convincente, empleando además con mucho acierto una escala de grises que suple con maestría la falta de otros tonos.

Sin llegar a destacar tampoco como una maravilla visual, el apartado gráfico de la historia presenta un buen acabado, capaz de transmitir mejor la violencia y la espectacularidad de las escenas de lucha que los sentimientos y la calma de los momentos más pausados, pero logrando siempre que el interés del lector no llegue a decaer. El excelente trabajo de Nakrosis y la curiosidad que despierta comprobar cuál es el aspecto de los archiconocidos personajes al ser ‘manganizados’ ayudan también, en este sentido, a que la obra compense a nivel de dibujo algunas de las carencias que presenta el guión, haciendo que en conjunto el resultado supere el simple aprobado.

La edición de Norma que vio la luz a finales de 2004 presenta la historia recopilada en un único tomo, incomprensiblemente en tapa blanda con sobrecubiertas. A diferencia de otras obras del Murciélago, como Batman: El largo Halloween o Batman: Dark Victory, con un número de páginas similar, para El hijo de los sueños se optó desacertadamente por el modelo ‘softcover’, de menor calidad, pero manteniendo el mismo precio que en aquéllas, incorporándole (tal vez para compensar ese defecto) unas sobrecubiertas. Además de una breve entrevista de tres páginas con Kia Asamiya, la obra recoge también seis páginas con ilustraciones del propio autor y un artículo de dos páginas, titulado “De Japón a América”, que muestra los bocetos nipones originales y explica brevemente el proceso de conversión del ‘manga’ al formato ‘comic-book’ (y que permite comprobar, por ejemplo, cómo el personaje de Dos Caras presentaba, correctamente, el lado izquierdo de su rostro dañado en la versión japonesa, mientras que en la occidental la imagen impresa es la inversa de la que dibujó el autor). Todos estos extras ya estaban presentes en el recopilatorio norteamericano.

Por último, es necesario destacar que el tomo publicado por Norma Editorial contiene no uno sino decenas de errores de edición, más achacables a los encargados de la rotulación y la supervisión de la misma que al responsable de la traducción (el propio editor Carles M. Miralles), que van desde lapsus ortográficos en letras o tildes hasta errores gramaticales, pasando por la repetición de textos o el intercambio de los bocadillos correspondientes a los personajes que mantienen un diálogo, lo que dificulta notablemente la lectura hasta llegar a hacerla, en algunos pasajes, poco menos que ininteligible. A ellos se les suma una deficiente impresión de la tinta (cuya graduación varía de una página a otra), sin poder, además, estar justificados todos estos fallos por una publicación acelerada, ya que la obra llegó a las librerías varios meses después de la fecha en la que había sido anunciada. Todo ello resta considerables puntos a una edición que ya de por sí presenta una discutible relación calidad-precio, habida cuenta de la excesiva cifra fijada para un tomo publicado en tapa blanda y con ilustraciones en blanco y negro.

Batman: El hijo de los sueños no es, ni de lejos, una de las mejores historias protagonizadas por el Señor de la Noche, pero cumple con su función principal de entretener, enganchar al lector y presentar al público que no lo conociera un personaje cuya fama, como esta obra se encarga de demostrar, ha superado las fronteras culturales hasta hacerlo internacional. El hábil estilo de dibujo, un interesante hilo argumental y la curiosidad que despierta saber cómo Batman es adaptado al diseño japonés son las mayores bazas de una historia que flojea a nivel de guión y que se queda bastante por debajo de lo que podría haber logrado. Aun así, a todos aquellos aficionados al Murciélago que estén enamorados del ‘manga’, o simplemente a todos aquellos que quieran leer una historia atractiva y amena, sin excesivas pretensiones y con un bonito dibujo, Batman: El hijo de los sueños no les defraudará.

The Bat-Fan

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