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Batman: Arkham Asylum es un cuento de terror. Su guión e ilustraciones de novela gráfica lo sitúan muy lejos del resto de ‘comic-books’ del Señor de la Noche, pues no contiene ninguno de los elementos característicos de las historias habituales de Batman. No sólo es muy difícil encajarlo en un momento concreto de la continuidad del Murciélago, ya que carece de referencias temporales, sino que además su estructura narrativa no responde al clásico “orden-desorden-regreso al orden inicial” de la mayoría de los cómics de superhéroes. En palabras de su guionista, Grant Morrison: “Arkham Asylum no se conecta realmente con ninguna continuidad en particular. Ni siquiera es una historia de Batman, es sólo una historia acerca de la psicología humana donde utilizamos a estos personajes como símbolos”. Publicado por primera vez en ‘hardcover’ en octubre de 1989 y reeditado en numerosas ocasiones, Arkham Asylum fue número uno en ventas, gracias también en parte a la imparable batmanía desatada en la segunda mitad de los años ochenta. Los éxitos de El regreso del Señor de la Noche (The Dark Knight Returns, 1986), Año Uno (Year One, 1987) y La broma asesina (The Killing Joke, 1988), la repercusión de la historia Una muerte en la familia (A Death in the Family, 1988) y el estreno cinematográfico del Batman de Tim Burton contribuyeron indirectamente a aupar esta obra a lo más alto de la lista de ejemplares vendidos. A pesar de su escasa comercialidad, llegó a vender 200.000 unidades en sus primeros tres meses. Inicialmente, Arkham Asylum iba a ser un número especial de 64 páginas, centrado en los villanos, “pero al final se convirtió en un viaje a la oscuridad del alma humana de 120 páginas”, según reconocería el propio Morrison. “Comenzó a crecer hacia una exploración de la mente de Batman a través de los otros personajes, como si cada uno representase algo de su disfraz psicológico”. En aquella época, tras varios años de aridez creativa, Grant Morrison se había asentado en DC como guionista de las series regulares Doom Patrol y Animal Man, tras colaborar en la revista británica 2000 AD. Desde las páginas de Animal Man, dedicaría varios números (Animal Man #23-24) a convertir Arkham Asylum (el manicomio de Gotham City en donde se encuentran confinados los villanos de Batman) en el centro del renacido multiverso DC surgido tras la saga Crisis en Tierras Infinitas. Pero, para entonces, el centro psiquiátrico más famoso de los cómics ya habría lanzado a Morrison a la fama. Por su parte, Dave McKean era conocido por sus portadas para la serie The Sandman (enero de 1989-marzo de 1996) y por haber ilustrado Violent Cases (ganador de tres premios Eagle y Mekon) y Black Orchid (nominada para los premios Eisner y Harvey), todas con guiones del genial Neil Gaiman. Los particulares estilos de guionista y dibujante prometían un interesante trabajo como equipo artístico. Y Arkham Asylum no defraudó las expectativas. Publicada en algunas ocasiones en lengua española con la incorrecta traducción de “Asilo Arkham”, la novela gráfica tiene como protagonista absoluto al manicomio del título. En él se desarrollan, en distintos momentos temporales, las dos historias que la obra narra paralelamente. Por una parte, se recogen en ella los últimos años del doctor Amadeus Arkham y sus esfuerzos por convertir su residencia familiar de Gotham en el Manicomio Elizabeth Arkham para Criminales Mentalmente Perturbados. Por otra, el descenso a los infiernos que el Señor de la Noche es obligado a realizar cuando un motín de los dementes que en él residen pone en peligro la seguridad de los trabajadores de la institución psiquiátrica. La conexión entre ambas historias es la pérdida de la racionalidad, la muerte de la cordura. Mientras Amadeus Arkham se ve envuelto en una espiral de locura de la que no puede escapar su propia familia, el Murciélago recorre un laberinto por el que desfilan varios de sus más enconados enemigos, obligándole a enfrentarse a sus miedos más profundos. “Todos los personajes representan diversas funciones y características psicológicas, obsesiones. Batman era usado de un modo puramente simbólico. Lo que Dave y yo queríamos hacer con Arkham Asylum era usar a Batman de una forma por completo simbólica, para decir que no era un hombre, sino casi un conjunto de ideas”, sentenciaría el guionista. La duda sobre si alguno de los dos personajes conseguirá escapar a su trágico destino no desparece en ningún momento de la historia. Para algunos, el desesperante guión de Morrison parece más el fruto de alguno de esos pacientes de Arkham que el de un autor que llevaba ya por aquel entonces una década trabajando en el medio. Su “fuente de inspiración” tal vez sirva para explicar su tono febril y paranoico: “Realmente, me identifiqué con todas esas cosas terribles para intentar aproximarme a la locura tanto como pudiera. Trabajaba a las cuatro de la mañana, tomaba drogas, miraba toda clase de films y leía montones de libros. Trataba de introducirme lo más posible”. De hecho, el guión original que presentó por primera vez en la editorial era tan descaradamente trasgresor (especialmente, en materia sexual), que DC llegó a censurarlo y obligó al autor a rescribirlo en varias ocasiones. Pedante, incoherente, cargado de pretenciosidad y atiborrado de incomprensible simbología para unos, es por el contrario una obra maestra, brillante e iluminada, para otros. Aunque es innegable que puede pecar de excesiva truculencia y de emplear algunos recursos demasiado simples de psicología superficial, la obra encierra mucho más que eso, y se hace tan profunda como el lector esté dispuesto a adentrarse en ella. En algunos momentos es verdad que reina el desconcierto y la confusión, que no parece claro hacia dónde nos conduce la historia, que las extrañas referencias de Morrison se hacen ininteligibles. Pero ése es el deseo del guionista: que el público, al sumergirse en el argumento, esté tan desconcertado, tan perplejo y asustado como lo están los propios Batman y Amadeus Arkham. El lector debe realizar el mismo viaje hacia la locura que recorren los protagonistas. La combinación de ‘flashbacks’, imágenes oníricas, citas literarias, alegorías, juegos de palabras y recuerdos convierten la narración en un sueño en el que las palabras de Morrison rozan por momentos la poesía. Y, al final, tras toda esa niebla con la que el guionista había cubierto el manicomio, se esconde una puerta que da paso a una explicación que, además de interrelacionar ambas historias, ofrece un desenlace que hace que al caer el telón se escuche una gran ovación. Eso sí: tras unos segundos de incredulidad y confusión en el lector, como si saliera de un inexplicable y pesado trance. Los personajes que, como fantasmas, se pasean por el centro psiquiátrico tienen diálogos efímeros, pero punzantes e inteligentes, destacando el Joker como un perfecto maestro de ceremonias en medio de “la fiesta de los locos”. Su burlona y perturbadora maldad lo llena todo, restando protagonismo al resto de personajes cuando él entra en escena. Es un filósofo burlón, un psicópata travieso, un enfermo demoníaco…En definitiva: es el Joker. Y, sin embargo, hay que decir que, aunque la historia necesite de un Señor de la Noche aturdido y temeroso, durante buena parte del relato es muy difícil reconocer, por sus respuestas y su comportamiento, a Batman. Y no sólo cuando la locura le acecha entre las paredes del manicomio: ya antes de entrar en Arkham, el Murciélago actúa como si no fuera él. A Grant Morrison aún le faltaba para llegar a pillarle el punto al personaje como lo haría posteriormente escribiendo JLA. En el apartado gráfico, las ilustraciones de McKean permiten que lo que Morrison sólo plasmó en papel cobre vida. Monstruosa vida. Pensar qué hubiera podido ser de esta obra si el guión hubiera caído en manos de un dibujante de cómics al uso tradicional (incluso de uno de los mejores) obliga a echarse a temblar. Porque McKean no sólo da profundidad a las ideas del guionista, consiguiendo inundarlo todo con la espesa y enrarecida atmósfera que la historia necesita, y realizando un trabajo que logra tapar algunos de los defectos de su compañero de equipo. Hace, además, manteniéndose fiel a su estilo, una apuesta conceptual arriesgada, sin miedo a romper convencionalismos (aunque siguiendo en parte los pasos que otros dieran antes que él) al emplear para sus ilustraciones todo lo que el artista consideró útil para expresarse. Cambios en las texturas, en el formato, en la composición de página…Todo ayuda a aumentar las sensaciones que Morrison sólo insinuaba, aunque también las ilustraciones de McKean insinúan más que muestran, dejando volar la imaginación del lector. La hábil mezcla de ilustraciones con fotos y dibujos que conforman un impresionante collage, los símbolos que asoman por detrás de las imágenes en primer plano, los excelentes retratos que convierten cada viñeta en una obra pictórica, cargados de expresividad, hacen que Arkham Asylum te atrape entre sus garras para hacerte sentir parte de la historia. Cada página es una magnífica lámina plagada de detalles que rezuman maldad, locura y dolor. El ambiente opresivo, claustrofóbico y de pesadilla que se respira al abrir la novela se mantiene, cubierto de sangre y oscuridad, hasta el último momento. Y la caracterización de personajes (en este caso, visualmente, Batman sí es Batman) es tan buena que, todos y cada uno de ellos (especialmente, otra vez, el Joker) consiguen transmitir algo además de sus palabras. Pocas veces el Murciélago (reflejado aquí como una sombra que se mueve en las tinieblas –“Dave lo pintó en un estilo fantasmal, como un fuerza casi espiritual”-) se ha mostrado en los cómics tan fuerte y a la vez tan vulnerable, pocas veces la presencia del Príncipe Payaso del Crimen ha resultado más inquietante. Pero, ¿y Arkham, el manicomio? Más terrorífico que nunca. Homenajeando a Lovecraft y a los cuentos góticos de la editorial Arkham House de la que tomó su nombre, Arkham deja de ser un centro médico para convertirse en una casa encantada. Está viva, y sus pacientes son almas en pena que atemorizan a los extraños que la visitan. Para los críticos con el guión de Morrison, el trabajo de McKean magnifica los errores de aquél, haciendo aún más lenta y tortuosa la lectura. Pero es que esto no es un ‘comic-book’ para pasar el rato, no pretende sólo entretener, no narra una aventura de “buenos y malos” fácilmente olvidable. Su lectura requiere calma y atención para fijarse en los detalles, y una concentración que necesita reposo una vez acabada la obra. E incluso varias relecturas posteriores que ayuden a asentar todas esas impresiones y sensaciones. En cuanto al tomo en sí, Norma Editorial publicó esta obra en mayo de 2004, en una cuidadísima edición en tapa dura con sobrecubierta, que respeta escrupulosamente el diseño de maquetación de McKean no sólo en lo que respecta a la historia, sino también a los brillantes prólogo y epílogo que enmarcan el relato. Tal vez, más que seguro, Arkham Asylum no sea una obra maestra como Dark Knight o Watchmen, pero es difícil compararla con ellas porque Arkham Asylum no es un ‘comic-book’. Ni siquiera una novela gráfica. Es otra cosa, es un cuento de terror. Un magnífico cuento de terror. The Bat-Fan
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