(Artículo publicado originalmente en
Zona
Negativa (Enero 2006)
BREACH
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Breach, una apuesta muy interesante |
En
1983 Tim Zanetti es un alto mando del
ejercito americano, casado y con un hijo de
5 años. Participando en un experimento
militar sobre portales dimensionales, es
absorbido a través de una brecha
interdimensional, resultando transformado en
un ser de energía pura incapaz de contacto
humano que permanecerá en coma durante 22
años.
Despertará obligado a permanecer en un traje
de contención, deseado tanto por el ejercito
de los Estados Unidos – al que siente que se
debe – como por los entes “del otro lado”.
Zanetti se ha convertido en un ser de
esencia bastarda con un poder que supera al
del mismísimo Superman. Pero todo gran poder
conlleva… ¿grandes sacrificios? Muchos son
los que deberá asumir. Entre ellos, la
pérdida progresiva de sus recuerdos y de su
identidad a medida que va haciendo uso de
sus poderes en beneficio de otra gente.
Gente pequeña, gente humilde. Gente sin
importancia para los poderes fácticos que
suelen considerar su pérdida como simples
“daños colaterales”.
Llegados al número 11 de Breach, DC ha
decidido dar por concluida la serie. Me da
la impresión a mí que, debido a las bajas
ventas, un número antes de lo previsto.
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Empezando por el final |
La
primera entrega, publicada en enero del
2005, se abría con un flash-forward que nos
transportaba hasta el 7 de diciembre del
mismo año. Doce meses en adelante, fecha que
recientemente hemos dejado atrás. En cuatro
breves páginas, en un alarde narrativo,
tanto visual como a nivel de diálogos,
Harras y Martín conseguían presentarnos a
los personajes principales, mostrar qué
relaciones había establecidas entre ellos,
lograr que el conjunto nos intrigase y
presentar de manera colateral una gran
amenaza vinculada directamente al personaje
protagonista pero que, por la fecha, hacía
pensar sin remedio en Infinite Crisis.
Desde
ahí la historia daba un salto hacia atrás
con un flashback que, desde 1983, cuando
todo se inició, iba progresando hasta el
presente al final de ese primer número.
Hasta ese Enero del 2005, mes en el que la
colección aparecía en los puestos de venta
por primera vez.
De
entonces a ahora se han ido sucediendo las
entregas de la serie y han ido
transcurriendo los meses también en la
trama, al mismo ritmo que en nuestro
calendario. El número 11, pues, concluye en
Diciembre. Pero no conseguimos llegar hasta
ese aparentemente significativo día 7, sino
que la historia se detiene a fecha de 3 de
Diciembre. Cuatro días antes de lo que
aparentaba ser el advenimiento de una
batalla total.
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Amenazas interdimensionales pondrán
en jaque a Tim Zanetti |
La
historia queda, por lo tanto, coja. Coja,
simple y llanamente, porque concluye sin
mención alguna a lo que en ese flash-forward
se nos prometía. Por eso no podemos hablar
de una obra redonda. Por eso digo que le
falta un número. Esclavitudes de los
artículos de compra-venta.
Tendremos que esperar a Infinite Crisis para
saber en qué queda todo. Ya nos lo avisa el
texto de despedida que nos brinda el editor:
“Y
así termina la serie, a pesar de que no
todas las preguntas han quedado respondidas.
¿Saldrá a la luz toda la verdad algún día?
¡Eso depende de vosotros, los lectores!
Gracias por darnos una oportunidad y
aseguraos de regalaros una última dosis de
Breach dentro de las páginas de Infinite
Crisis.”
Se
supone, entonces, que serán Geoff Johns y
Phil Jiménez quienes nos cuenten el final de
esta odisea argumental, con bastante menos
arte, a buen seguro, del que han hecho gala
durante toda la colección Bob Harras y
Marcos Martín… con alguna ayudita de Javier
Pulido.
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Un poder que rivaliza con la
mismísima JLA |
Bob
Harras, poco prodigado como guionista a
pesar de que sus obras se recuerdan con
cariño, nos brinda una historia repleta de
detalles, contención y dramatismo.
Personajes retratados con pericia se ven
arrastrados por una trama que bebe
sobremanera de las tragedias griegas,
prefijado el destino fatídico de ese
flashforward. Un humanismo shakespeareano
asoma en muchos gestos de los protagonistas
y lo doloroso de su peripecia mantiene en
vilo al lector. Es ésta una historia de
heroísmo, sacrificio, renuncias y ternura.
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¿Conoceremos el destino final de
Breach? |
Humana,
honda, real. Quizás por eso no ha movido
pasiones a su alrededor. Pero muy por encima
en cuanto a calidad, lo digo bien alto, que
Nick Furia vs. Shield o sus recientes
números en la JLA. Lo cual no quiere decir
que esos otros guiones sean malos, sino que
éste es soberbio.
Marcos
Martín, por su parte, ofrece su mejor
trabajo hasta la fecha. Recogiendo sus
aciertos en Batgirl Year One para llevarlos
mucho más lejos. Ofreciendo un mucho de la
magia que aquellos diseños suyos para
Houdini, cuando la Línea Laberinto,
demostraban. Dejando bien claro que nos
hallábamos ante un artista tremendamente
prometedor. En Breach, Martín se sale.
Personajes perfectamente diseñados y
reconocibles. Cada uno en su estilo, cada
uno con su personalidad, cada uno diferente.
Seres de otras dimensiones que de veras
parecen serlo. Amenazadores y estilizados,
inhumanos, que provocan verdadero
desasosiego. Y una narrativa visual
apabullante, magistral, de las mejores que
he visto en el mainstream últimamente. Por
desgracia su opción estilística, sin sombras
y algo cartoon, ha echado para atrás a más
de un lector incapaz de acoger un mundo de
líneas claras.
O sea
que Breach acaba. En falso. Pero con estilo.
Con un final que, aunque abierto, ejerce de
final a la perfección. Funciona. Es
coherente con el tono de la serie. Está
cargado de poesía. Unas palabras luminosas
escritas por el personaje protagonista que,
probablemente, podrían suscribir también Bob
Harras y Marcos Martín en relación a los
logros artísticos y al destino comercial de
la colección. Unas palabras que ojalá todos
pudiéramos hacer nuestras cuando nos llegue
el final
“No
me arrepiento de nada”.
Toni Boix