A VUELTAS DE GRANADA

El caso que yo lo veo como título bonito para una sevillana. A vueltas de granada, a vueltas de granada, a vueltas de granada -ya saben que las sevillanas tiene la fea costumbre de repetirlo todo-, te fuiste anteayer y no trajiste nada. O algo así, que tampoco tengo que ponerme en plan Lauren Postigo. Ir a Granada, digo, no ha de ser sólo por comer piononos, esos dulces típicos tan dulces y tan típicos (a 85 la pieza y a 1.000 la caja con una docena, oigan). También puedes pasar por allí a visitar el Salón Internacional del Comic.

Al lector despistado, que siempre ha de haber uno, le sonará lo dicho a chiste. "¿Salón? ¿Internacional? ¡Usted se confunde con Barcelona, amigo!". No. Servidor yerra más que el hombre del tiempo, pero el lector (el despistado) patina. Si a mediados de Marzo se hubiese llegado al Paseo del Salón, nombre que identifica el producto a definir, hubiérase encontrado con una carpa la-a-arga. Dentro de la carpa, con tenderetes (stands, si somos cosmopolitas) de venta, promoción y uno donde había un tipo calvo y barbudo que pintaba cicatrices en la carne humana y soltaba llamaradas a base de mechero y cola-cao. Un poco más allá, con un espacio dedicado a conferencias, charlas y presentaciones. Y ya, tirando para el fondo norte, con otro dedicado a exposiciones. Hasta ahí lo que era el Salón.

Lo de Internacional... ¡válgame Dios! Miraras donde miraras, ora sí, ora también, veías autores de relevancia universal, de la talla de Charles Burns, Kevin J. Taylor, Charles Burns, Kevin J. Taylor, Charles Burns o Kevin J. Taylor. Eso es lo que te hacía pensar que podías estar en Barcelona, pero ca! Aquí pedías una cerveza y te servían una tapa.

Yo estuve allí.

El año pasado, también.

De la noche a la mañana, o de un año para otro, me encuentro con un evento calcado donde hay más espacio (más dinero, por ende) y las mismas ideas. El tebeo no ha de estar reñido con la diversión, antes bien al contrario. Así que veo bien la juerga que rodea el chiringuito hasta cierto punto. Cuando la parranda se excede, el Salón se convierte en verdulería. Establecimiento muy digno pero donde poco o nada pintan los tebeos. Si los actos están mal programados o fallan más que una escopeta de feria, no ha lugar a mucho jolgorio, digo yo, sino a reflexión y deseos de mejora. Pero, olé la grasia y el salero, y que viva Granada y que viva el mundo entero. Venga de reír y de reír y venga de fallar y de fallar. Las dos ediciones visitadas del Salón granadino son de lo más alegre que he visto en mi vida. Y, si me lo permiten, también de lo más infructuoso. La chicha del asunto se encontraba fuera la carpa. Si conocías a un autor, editor o aficionado amigo (y mira que encontré) lo preceptivo era salir fuera a tomar el sol o la luna, y la tranquilidad. Dentro era imposible. O te encontrabas con Charles Burns (que pone la piel de gallina, amiguitos, con esa cara de degollador que tiene) o el calvo de el cola-cao te incendiaba la vestimenta o la megafonía te destrozaba el tímpano o te llenabas de tierra o te tiraban una cerveza encima o tropezabas con el batracio amarillo o...

Claro, alguno dirá: usted es un resabiado que siempre critica lo que ve. Posiblemente. Soy así de jodío. Pero me doy tan buena maña para encontrar cosas criticables que casi parece que lo haga de buena fe.

Hace poco más de un año, la primera vez que acudía al Salón de Granada cuando, casualmente, asisitió Kevin J. Taylor... ¿dónde he visto yo a este tío?, me pregunté en voz alta sobre la bonanza de esta actividad, encomiable, sin duda, pero malograda en su fundamento. Ironizaba sobre las prioridades de la organización: o trabajo o cerveza.

Este año de 2.000 ha habido más trabajo.

Pero también más cerveza.

Total, un Salón con vocación de pub.

Grego Lorente