-¡No soy pequeña! -le aullaba al teléfono Rachel Palmer. Discutía con su padre por quinta vez esta semana. -¡A ver si dejas de ser tan sobre protector, Papá! ¡Me marché de casa por eso! Sí... ¡Qué sí! Te llamo el lunes, ¿vale? Besos a Mamá. Adiós. -colgó el auricular aun bastante molesta, se deshizo la coleta y se preparó para ducharse.
Media hora después, Rachel salía del gimnasio vestida con unos tejanos desgastados y una camiseta blanca, amplia y algo escotada que ponía "Fresh!" en un vibrante rojo. Con la bolsa de deporte colgando detrás suyo, saltó sobre su moto; una Yamaha con cuatro años de carretera, cincuenta y dos reparaciones y arreglos y una cantidad increíble de multas en su historial. Metiendo la cola de caballo dentro del casco, Rachel se introdujo en el tráfico de Washington hacia los Laboratorios Newman.
Veinte minutos después, aparcó -casi aterrizó- la moto en el amplio aparcamiento. No quedaba casi nadie, eran cerca de las nueve y media de la noche. Aun así, los labios de la muchacha morena se fruncieron al ver el elegante Mercedes situado allí.
-Janet, otra vez. No se rendirá, no... y encima Paul no hace más que darle cancha. Cualquier día... -mascullaba Rachel entrando en el edificio.- Cualquier día le voy a dejar el capó más rayado que los discos de los Beatles de Papá.-
Cerca de la puerta del Labo 15, se detuvo. Se había reflejado en el cristal de otra puerta, y no le gustaba demasiado lo que vio. Entró en un lavabo rápidamente, se soltó el pelo y se cepilló la melena hasta que por fin se sintió satisfecha. En el espejo la contemplaba metro sesenta y cinco de radiante belleza juvenil, y su cabellera castaña tenía ahora volumen y brillo.
-Porque yo lo valgo- se dijo, guardando el cepillo en la bolsa de nuevo. Cruzó el pasillo y abrió la puerta del departamento.
-Ray, cariño, ¿cómo estás? ¿Qué tal el fitness hoy? -dijo Paul Evans, levantando la mirada del microscopio electrónico para dedicarle una sonrisa tierna. También Janet Lee le sonrió, con esa sonrisa tan característica de ella y del tiburón blanco cuando está hambriento. A continuación siguió graduando el contador Geiger que tenía en la mano.
-Muy bien, Paul... a ambas preguntas. Hola, Janet, querida.
-Ahora no, Palmer, discúlpame, -respondió ésta, con el
tono de cordialidad mínimo indispensable- Pues Paul y yo tenemos algo
importante y no puedo perder la señal que busco.-
Las manos de Rachel se crisparon un segundo, mientras se planteaba seriamente si ser una zorra arrogante era un atenuante para el homicidio.
-No seas tan cerrada, Jan. Si te abrieras un poco más al mundo, serías más feliz, créeme. -dijo Paul, observando el microscopio de nuevo.- Veamos, bombardeo de neutrones de grado 4 y atracción de electrones de 6. ¿Reacción?-
-Negativo, no hay presencia de radiación.-
-Lástima... -Evans se alejó del instrumento de precisión
y se acercó a Rachel- Preciosa, voy a tener que pedirte perdón;
no puedo llevarte a cenar hoy tampoco.-
-¿Otra vez?-
-Lo siento, Ray. Esto es importante, estamos a punto de demostrar que hay
una frecuencia de radiación gamma capaz de transformar un átomo
de hidrógeno en otro igual, pero del tamaño de un quark.-
-¿No decías que la radiación gamma lo que podía
hacer era triplicar el tamaño de los átomos y teñirlos
de verde? -protestó
-No sé de donde saqué esa absurda idea, la verdad. Todas las
pruebas me dicen que es imposible, pero me daba la impresión que...
-se interrumpió cuando Janet se le acercó mimosa y le pasó
la mano por el pelo.
-Todos los genios son algo excéntricos, ¿no? Podía haber
salido bien, Paul. Y si no, saldrá bien esto otro.
-¿Qué haces, Jan? Me haces cosquillas -reía el científico.
-Pues lo que tú me decías, ser más abierta... ¿no
te gusta? -¿Atenuante? ¡Ningún jurado la condenaría
por hacerle tragar ahora mismo sus implantes de silicona!
Rachel se apartó, de morros, con los brazos cruzados. Se suponía que ELLA era la que le gustaba a Paul, y Janet y él ya habían cortado hace un mes y medio. Seguían trabajando juntos, porque como él decía, "es la física cuántica más avanzada que he conocido jamás, aunque sea tonta de la cabeza y la encarnación viviente del snob".
Vale, quizá no fue esa la descripción exacta.
Sumida en estos pensamientos, Rachel no se percató de donde estaba apoyada hasta que notó la quemazón.
-¡Auuu! -la joven se apartó de un brinco del pequeño
generador, frotándose las nalgas, que ahora le dolían mucho.
-¿Estás bien, Ray? -Paul se acercó rápidamente,
preocupado.- Déjame ver eso.
-¡Y una mierda!
-Que no es eso, mujer, es solo por si tienes una quemadura.
-¡Aparta tus manos de mi culo! -"Nunca creí que tendría
que decirle eso a Paul", pensaba.
Janet, mientras, buscaba un comentario sarcástico que terminara de humillar a Rachel cuando un pitido atrajo su atención. Se giró y miró el aparato que había dejado sobre su escritorio.
-Positivo. ¡Paul! ¡Positivo! -gritó.
Paul la miró, forcejeando aun con la chica morena. Por un momento no entendió a qué se refería; después se lanzó sobre el microscopio electrónico.
-¡No hay nada! ¡Las partículas anteriores se han disgregado!
-Pues aún recibo radiación, y... mierda, ha desaparecido. -la física dejó el contador Geiger y bufó.- Hemos estado tan cerca...
Rachel se sentía mal. Mareada. Salió del laboratorio sin que los científicos, con su atención absorta en el problema, se dieran cuenta, y se dirigió al despacho de Paul, donde había un sofá mullido en el que reposar un momento.
Por el camino, uno de sus zapatos se le salió del pie. Pensó dejarlo ahí mismo y recogerlo luego, justo antes de que el otro hiciera lo mismo. Los empujó con una patada al rincón del pasillo y siguió adelante.
El mareo empeoraba, porque le parecía que el pomo de la puerta estaba casi a la altura de su cara y no dejaba de tropezar con sus pantalones. Llegó al sofá y se derrumbó en él, agradecida como alguien casi ahogado por la primera bocanada de aire. Cerró los ojos un momento para disfrutar de la sensación.
Cuando volvió a abrirlos, tuvo la sensación de haber dormido horas. Al menos se sentía a tope: descansada, relajada y fuerte. Se movió, envuelta en una gran sábana. ¿Se la había puesto Paul?
- Ese adorable cretino... si al menos se diera cuenta de lo que hace esa Lee con él... –
Apartó el borde de la sábana blanca, que llevaba un estampado rojo raro. Parecía una gran "F" vista del revés. De pronto, saliendo de su suave sopor, Rachel se dio cuenta de que estaba completamente desnuda. Enrojeció furiosamente.
- ¿Pero qué me ha hecho ese degenerado mientras dormía? Cuando le coja... -miró furiosa en la penumbra, buscando su ropa. No la vio, al principio. No hasta que vio los largos tirantes de la "sábana", y el inmenso escritorio que se alzaba como una casa de cuatro pisos con ático, entresuelo y principal a su derecha. Su ropa parecía medir ahora más de cincuenta metros, plana sobre el sofá.
Rachel Palmer medía ahora cinco centímetros de altura.
Y fue al darse cuenta de esto cuando Paul abrió la puerta del despacho, miró su caída camiseta y la vio.