"Mezclados con la humanidad y los hijos del átomo, existen desde los albores de la Tierra fuerzas extraordinarias y sobrenaturales. Ángeles y demonios, asesinos y protectores por igual. The Worlds presenta..."

WEREWOLF BY NIGHT

por Thenemi

Envuelto en la oscuridad, Jack Russell era un hombre feliz. Su moto rugía suavemente, tan satisfecha como su dueño, atravesando la legendaria Ruta 66 sin más luz que la de su faro y la escasa que le concedían las estrellas. Era una noche de luna nueva, fría como el acero, cortando las mejillas mal afeitadas de Jack. No había obstáculos ni vehículos ante él, así que se había librado de la incomodidad del casco y dejaba a su melena pelirroja agitarse libremente. Era un demonio sobre ruedas, un jinete vestido de cuero libre de preocupaciones. Ese era su elemento, el asfalto caliente que retenía el calor abrasador del sol del día bajo sus ruedas, y el viento azotándole todo el cuerpo, que erguía temerariamente, abriendo los brazos para sentir la noche.

La embestida llegó totalmente inesperada desde su izquierda, inesperada y mortal. Había soltado el manillar, y salió despedido de la moto durante unos instantes que parecieron infinitos. Muy lentamente, sus piernas quedaron por encima de su cabeza y giró en el espacio hasta que su columna vertebral llegó al suelo con un crujido repugnante que le dió náuseas. Despues llegó la paz.

Despertó una eternidad más tarde, helado y enfermo. El cuerpo no le respondía, ciego de dolor como estaba. No sabía si debía moverse despues de ese impacto en la espalda, pero era poco probable que nadie le encontrara en días o semanas. "Morir por morir, al menos lo habré intentado.", pensó. Con los dientes apretados, clavó los codos en el suelo y logró incorporar el torso. Se sorprendió llorando, al darse cuenta de que había creído realmente que podía estar paralítico y que, por pura suerte, no era así. Encogió las piernas, heridas pero no rotas, y se sintió aun más aliviado. El dolor desaparecía poco a poco de su cuerpo. El suelo estaba húmedo y espeso, manchado de su sangre: debía tener alguna herida abierta, aunque no la sentía.

Pudo ponerse de pie al segundo intento, sumido en la oscuridad total. Buscó la moto a tientas, hasta tropezar con una rueda y ponerla de pie. De su pequeña mochila extrajo una linterna de emergencia y examinó el vehículo. Lo que fuera que le había golpeado había logrado abollar un poco el chasis de acero. No obstante, su moto estaba igual que él: magullada pero entera. Jack no pudo sino sonreír. Dió un paso atrás, para comprobar que no hubieran más desperfectos, y su talón chocó con un cuerpo blando y frío.

Se giró y trató de atisbar en la noche. En la sombra, creyó distinguir que era el cadáver de un animal, quizá un coyote grande o algo así.

-Tú eres el cabrón que me ha derribado, ¿no? Te mereces lo que tienes -comentó, antes de apuntarle con la linterna.

El haz de luz mostró el cuerpo de un hombre, herido y semidesnudo, al que el golpe parecía haber arrancado las vísceras. Mientras Russell vomitaba sobre el muerto, sin poder controlarse, algo en su cabeza razonó que no debía haber sido así, que el golpe no bastaba para hacer eso. El hacha plateada embadurnada de rojo y pardo que había junto a él debía habérsele clavado y abrirle en canal el abdomen. Sin saber qué hacer, llevado por el miedo, Jack se arrojó sobre la moto y huyó.

Detrás de él, andando con los pies descalzos por el desierto, un joven que vestía una toga blanca se acercó al cadáver sin prisa. Alargó su mano izquierda, toda ella de plata, y tomó el hacha. La sacudió para liberarla de la sangre que la cubría, y el arma se disolvió, absorbida de nuevo por su amo. Se arrodilló despues delante del hombre muerto para tocarlo con su siniestra, y el cuerpo se vió consumido por llamas blancas. Pronto desaparecieron, sin dejar rastro alguno del hombre. Despues, echando las manos a su cuello, el muchacho se quitó el colgante dorado que llevaba: un ankh, símbolo egipcio de la vida y el bien. Lo mantuvo alejado de sí, colgado de la cadena, y se alzó por sí mismo en la dirección que Jack había tomado.

-<Vuelves a huir, legado de Anubis.> -las palabras, como el joven, eran anacrónicas, una herencia del Antiguo Egipto fuera de lugar aquí- <Mi misión es destruírte en el nombre de Khonshu el Sanador. Juro purificar tu alma, hijo del Chacal, y devolverte a tu hacedor. ¡Esto lo promete Ab-Khaibit!>

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Quizá fuera el viento helado. Quizá la adrenalina. O quizá fuera un efecto secundario de la conmoción cerebral que seguro tenía. El caso es que las heridas apenas dolían, más bien escocían. La espalda le daba una sensación sorda y molesta, con alguna punzada puntual, pero nada serio. Dos horas despues, en un cercano motel de carretera bastante modesto, Jack registraba su cuerpo ante un espejo en busca de señales del accidente. Sin éxito. Los cardenales y marcas habían desaparecido, y tampoco había ninguna fractura. Ni siquiera un tobillo torcido, nada en absoluto. Se sentía fuerte, de hecho, confiado y seguro. Así, achacó todo a la buena suerte.

Quedaba el tema del atropellado. Casi desnudo, excepto por los jirones de unos pantalones, corriendo en medio de la nada, con el hacha... un loco, sin duda, un accidente del que no tenía culpa alguna. "Mañana llamaré a la policía y se lo explicaré todo. Hoy no estoy para más malos rollos.", pensó antes de echarse en la cama.

Quizá hasta le hubiera dado a alguien la misma oportunidad que tuvo él, cuando la muerte de sus padres le reportó una jugosa herencia e indemnización. Despues de delegar la empresa familiar en un pariente cercano, empezó a recorrer el mundo con plena libertad. Llevaba dos años de viaje interminable por toda América y Europa. Algún día iría a conocer el lugar del que emigró su abuelo, Jacob Russoff: la legendaria Transilvania.

Dos horas despues, Jack respiraba lenta y pesadamente, profundamente dormido. Y soñó. Oyó en sueños la puerta de su habitación abrirse, para dejar paso al dueño del motel, un tipo gordo y recio de mediana edad, que ya acusaba canas y calva. En una mano llevaba un pequeño revólver, poco eficaz a corta distancia pero letal de cerca y de sólo cinco tiros. Apuntando al inconsciente joven por si despertaba, empezó a examinar la mochila con los pocos efectos personales de su huesped. Halló la bien provista billetera y sacó más de la mitad del dinero; despues tomó la cadenita de oro que Russell había dejado sobre la mesita de noche. Antes había abierto la ventana desde fuera, bastaba dejarla así. Su motel no permitía reclamaciones en caso de robo ajeno, y ninguno de sus visitantes había emprendido jamás acción alguna contra él, ni legal ni personal.

El tenue olor de la pólvora o el metal recientemente engrasado era imperceptible para el hombre armado, así como su propio sudor y agitación. Tampoco Jack se dió cuenta de la amenaza ni del hurto. Pero el lobo sí sintió peligro. No sabía lo que era un robo, pero olía miedo y hostilidad. Debía despertar.

El movimiento en la cama fue breve, y el dueño del local no advirtió lo que ocurría. Lo tomó por un gesto en sueños, y tras un momento de atención, volvió a su labor un momento antes de que las sábanas estallaran y algo horrible y semihumano cayera sobre él. Su fétido aliento le ahogaba tan efectivamente como el peso de la criatura lobo sobre su pecho al derribarlo. El pánico acentuó sus sentidos unos instantes: vió el denso pelaje que cubría al monstruo, sus músculos esbeltos y fibrados como los de un atleta, su rostro canino de fauces abiertas, asesinas, y con ojos llenos de inteligencia animal y odio mientras los colmillos le perforaban el cuello y empezaban a morder, arrancar, devorar.

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Cuando hubo saciado su hambre, el lobo miró los despojos de carne que habían quedado. Debía esconderlos o sería perseguido y cazado. No recordaba cuando había aprendido eso, pero decidió que no era importante pensarlo. Miró la ventana y despues de husmearla lanzó los pedazos del hombre a la arena del exterior para despues saltar él mismo. Cayó desde una altura de más de tres metros y aterrizo a cuatro patas sin dificultad. Comenzó a cavar allí mismo, enterrando la carne fría. Al acabar, le llegó un olor nuevo y vagamente familiar. Miró tras de sí y le vió. El hombre de la mano de plata. No sabía su nombre ni le interesaba. Todo el que llevara plata era peligroso, y había que matarlo o huir.

Ab-Khaibit abrió su mano izquierda, y la plata se extendió de ella para tomar la forma del hacha. La aferró con mano experta y se acercó despacio a su enemigo. El lobo no quería ser presa. Era cazador. Corrió contra el joven de cabeza afeitada, que esperaba su embestida. Giró sobre sus pies como un torero, dejando pasar al hombre lobo y asestando un hachazo contra su espalda. El fuego de la plata le recorrió cuerpo y espíritu, un dolor incomparable. Lejos de asustarse, el lobo se enfureció aun más. Se volvió a una velocidad endiablada para golpear al egipcio, desgarrando profundamente su antebrazo izquierdo aun extendido. El arma cayó al suelo.

La bestia se giró, babeando rabia. Ls herida de la espalda no se cerraba como las normales y ardía. La plata era veneno para ella. Ab-Khaibit saltó hacia atrás para alejarse mientras tres dardos, sólidas y afiladas hojas de plata, se materializaban en su zurda. Con un gesto que le llenó de agonía, lanzó sus armas contra el hombre lobo con su brazo maltrecho. Una alcanzó su objetivo, atravesando su hombro limpiamente; las otras dos sólo le rozaron. Para su horror, el egipcio vió que no había alcanzado ningún órgano vital y que la criatura corría hacia él, aullando su sufrimiento a la noche sin luna. Le arrolló, con todo su peso, huyendo imparable hacia el desnudo desierto. El estigio se puso en pie con dificultad, notando que dos de sus costillas estaban fisuradas. Tocó su torso, y su mano empezó a brillar con su luz pálida. Minutos despues, el dolor permanecía pero la ruptura estaba curada. Sin embargo, el lobo había desaparecido en la noche. Él mismo estaba débil. La persecución debía cesar por ahora.

A gran distancia, empleando sus largos brazos para correr a cuatro patas, el ser que era Russell trotaba lleno de furia. Su mente animal entendía muy bien que su enemigo le había hecho huir. Cuando volviera a encontrarlo, lo acecharía y le rompería el cuello sin que pudiera dañarle con plata. Volvía a tener hambre. Al final, quiso descansar, excavó un hoyo para refugiarse del viento y se metió en la arena hecho un ovillo. Pronto amanecería.

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El sol de la mañana despertó a Jack. Se desperezó, sintiéndose en una postura incómoda, y abrió los ojos del todo para encontrarse medio enterrado en el desierto.

-¿Pero qué mierda es esta? -gritó, poniéndose en pie. A lo lejos, hacia el sur, podía ver la pequeña silueta del motel, a unos dos kilómetros. De no ser todo terreno descampado, ni llegaría a verlo. Echó a andar pensando en qué debía haberle ocurrido, sin más ropa que sus rasgados tejanos.

"No me digas que eres sonámbulo, Jack. Tengo veintidos años y jamás me ha pasado nada así, que yo sepa. Y descartado que me hayan drogado allí para robarme lo poco que llevo encima, porque no comí ni bebí nada. Y encima tengo los pantalones hechos trizas y un dolor de cabeza mortal." Su pensamiento daba vueltas buscando pistas de lo sucedido, hasta alcanzar los vagos restos de la pesadilla que aun recordaba haber tenido esa noche. "¿Será eso? Recuerdo que había un monstruo, un perrazo o un lobo enorme que me perseguía, o que corría conmigo, y un tipo como salido de un mural del museo egipcio. Yo no salía, o no era yo, no lo sé, pero era fuerte. Eso sí lo recuerdo claramente, estaba lleno de fuerza y me sentía capaz de todo. Igual huí en sueños o algo por el estilo."

Tardó tres cuartos de hora en alcanzar el edificio, y en la puerta encontró aparcados un coche patrulla, con las luces encendidas aún. Un agente fumaba en la puerta y se le acercó al verle.

-¿Está usted alojado aquí? -preguntó. Jack asintió. -Pase dentro, le haremos unas preguntas.

En el interior había otro policía, más bajo y grueso, interrogando a los otros dos clientes que habían hecho noche allí, sentados en el recibidor. Tirada en el suelo estaba su ropa, al lado de su mochila, ahora vacía. Al entrar, el agente que hablaba se interrumpió y le miró con expresión severa.

-Jack Russell, supongo.

-Yo mismo. -respondió Jack-¿Ocurre algo? -Con deliberada lentitud, el hombre se levantó y camino hacia Jack, poniéndose unos centímetros más cerca de lo que se considera educado.

-Sí, caballero, ocurre algo. Ocurre que han matado a un tipo en su cuarto esta noche, y ocurre que usted sale de la nada. Ocurre que luego debieron tirarlo por la ventana, a juzgar por los restos de sangre, y que no encontramos el cadáver, pero sí tres litros de plasma sanguíneo desparramados por su cuarto. Y ocurre que usted está detenido de modo preventivo si no tiene una explicación que me satisfaga, y soy difícil de satisfacer. -Russell dió medio paso atrás para apartarse de la cara sudorosa que le acosaba.

-¿Puedo vestirme al menos, antes de que me lleven a la silla eléctrica? -preguntó, molesto por las acusaciones.

-Sí, ya hemos registrado la ropa y no hay armas. -mientras Russell se ponía la camiseta, añadió: - Por cierto, puede que le interese saber que había una pistola en su cuarto.

-¡Yo no tengo ninguna pistola! -gritó Jack. -¿Qué están haciendo, poner pruebas incriminatorias o qué? -El puño enguantado le impactó en el pómulo. No le dolió apenas, pero acabó de enfurecerle. Los otros dos clientes no se movieron ni miraron hacia ellos.

-Sigue así, cara bonita, y llegarás al calabozo con las piernas rotas. Puedo pegarte hasta que te desmayes y colocarte la pistola en la mano si me da la gana, y nadie aquí protestará si sabe lo que le conviene. -rió con una sonrisa torva. -Y como el caso este parece complicado, hacer eso me facilitará mucho las cosas.

Jack actuó sin pensar, en aquel momento, movido sólo por la frustración y la rabia. Devolvió el puñetazo y golpeó la mandíbula de aquel tipejo, más deprisa de lo que el otro pudo reaccionar. El golpe le dió de lleno y lo levantó del suelo, mandándolo por el aire al otro extremo de la habitación. Antes de caer, todos pudieron ver cómo de girada tenia el policía la cabeza. El cuello estaba, evidentemente, roto.

Esta vez, Jack estaba consciente. Pudo ver el vello extenderse por su piel, a plena luz del día, por sus brazos y manos, y sintió como su musculatura crecía levemente y adquiría la densidad del acero macizo. En su rostro brotó también, pero se esforzó en luchar contra el cambio. Las uñas se extendieron, pero las manos no se volvieron garras. También aparecieron los colmillos, pero no tomó la forma del lobo. Así transformado, sin saber qué ocurría pero impulsado por instintos de defensa, abrió la puerta de entrada y atacó al sorprendido guardia. Esta vez tuvo más tino con sus nuevas fuerzas, y sólo lo dejo inconsciente con un par de puñetazos.

Sintiéndose libre de peligro, por el momento, vió que el cambio empezaba a revertir y que pensaba de nuevo con más claridad. Con el poder que le quedaba, tomó la pistola del agente caído y entró para recoger rápidamente sus cosas. Para entonces, los otros huéspedes ya habían huído por la puerta trasera. Salió de nuevo, saltó sobre su moto y se alejó.

Los recuerdos de la noche anterior volvieron parcialmente. La ilusión de la pesadilla se había venido abajo, insostenible, y Jack tomó conciencia de lo ocurrido. Recordó a la bestia que debía estar moribunda por la plata y a la que había rematado él, que se había vuelto humana despues de muerta. Sintió el escozor que tenía aún en la espalda y palpó la cicatriz que le habían hecho. Se dió cuenta de que la furia era la fuente del cambio.

"Hace doce horas, era lo más feliz que un hombre pueda ser en este mundo de mierda", pensó. " Ahora me persigue la policía. He matado a un hombre. Voy a tener que salir de aquí como una bala. Oh, y soy un hombre lobo." La situación era tan absurda que sonrió. Desnudando los dientes. Como un lobo.