extraño

CAPÍTULO 2: En vuelo

por Tonyjazz


Es ese tipo de certeza que no se puede compartir.

Eso es lo que le digo a Clea cuando hablamos sobre el viaje que estoy a punto de emprender.
Me mira, me besa y, como siempre, consigue que sienta que, fuera de mí, hay alguien que me comprende.

Sigo sintiéndola ahí fuera mientras me abrocho el cinturón y me preparo para el despegue.

Papá quería un vuelo privado pero le dije que no era necesario.
Los Strange no viajan en clase turista, Stephen.
Papá y su elitismo consiguen sacarme de quicio. Al final compró un billete de primera clase.

Utiliza todos los medios que el universo pone a tu alcance para conseguir tus fines.
Eso dijo el tipo de los sueños, el tipo al otro lado del espejo. El mismo mamón que llevo viendo casi todas las noches desde que tengo uso de razón.

Así que eso hago, usar los medios a mi alcance. Señoras, señores, señoría; mi padre es rico y uso su dinero para financiar ideas de expedición perpetradas bajo los efectos algún alucinógeno mejicano. Culpable de todos los cargos. Papá pagará la fianza.

Hay algo que no me gusta en mi padre. Demasiado indefinido para señalarlo. Es posible que tenga miedo de acabar siendo como él. El caso es que no me costó convencerle para estas pequeñas vacaciones. Para coger fuerzas y emprender el nuevo curso de medicina con energía renovada, dije.

Stephen Strange, cuando te lo propones eres un embustero de primera línea.

No sé qué estoy buscando, pero si lo pienso bien debo de estar bastante desesperado porque estoy subido a un avión camino del culo del mundo dispuesto a emprender la búsqueda de un anciano de cuya existencia no puedo estar seguro. Desde lo del espejo no dejo de pensarlo. Es como si todo estuviese fuera de lugar y necesitase cuadrarlo. Todas esas impresiones extrañas que recibo de los demás, las luces, todos los secretos, todos esos sueños; necesito cuadrarlo. Si no consigo encontrarle algún sentido acabaré en manos de algún psiquiatra, atiborrándome a base de Dios sabe qué y vegetando hasta el fin de mis días. Eso te pasa por tener visiones, tarado.
Menudo futuro médico.

Estoy seguro de que en este viaje algo encajará, no sé explicarlo.
Es ese tipo de certeza que no se puede compartir.

Dan el aviso y el avión despega.

Me gusta la sensación, es como si algo se interrumpiera, algún tipo de conexión con la tierra y quedases en suspenso.
Los aviones, los trenes, los barcos, todas las estaciones del mundo; lugares entre lugares, puntos de paso.
El viaje de iniciación ha desaparecido en tiempos modernos. Todo es demasiado rápido. Las únicas personas que pueden permitirse viajes a la antigua usanza han vendido su alma al diablo a cambio de dinero con el que poder pagárselos, así que tampoco les sirve de mucho.

Los Señores han acelerado el mundo para que nada pueda operar cambios sobre las almas. La comunicación cada vez es más rápida, todo está a un clic de distancia, vuelos Express, trenes de alta velocidad, imposible centrarse en uno mismo, imposible retener casi nada.
Todo acelerado para que no podamos cogerlo.
Mamones.

Si existe ese anciano va a tener que contestarme un montón de preguntas.

Empiezo a tener sueño. Mis tripas me dicen que algo no va bien. Intento moverme y no puedo. Una parte de mí quiere hundirse en este sueño repentino y otra está gritando, como una sirena a lo lejos.

A lo lejos.

El cachorro Strange, dice, camino de alguna parte, ¿Dónde vas muchacho?

Tiene los ojos verdes, su bigote es espeso, negro, está calvo, lleva un traje de corte diplomático y, lo más importante, no recuerdo que estuviese sentado a mi lado.

Sabe mi nombre. Mi primer instinto es preguntarle cómo lo sabe pero algo dentro de mí sigue aullando. Corre, huye, apártate todo lo posible. No dejes que te toque. Eso dice sin palabras algo que no acabo de localizar, dentro de mi cabeza. Como un sonido viniendo de todas partes.

Echo un vistazo al marcador de altitud y me doy cuenta de lo ridículo que resulta pensar en huir.

El hombre extiende su mano para saludarme y la deja frente a mí. No había sentido un escalofrío así desde aquel día, en aquel semáforo, cuando sin motivo aparente eché a correr hasta perder el aliento. Es pánico. Aún no entiendo por qué no estoy gritando.

No deja de mirarme a los ojos.
Los dos miramos su mano y entonces sonríe y la retira.

Entiendo, dice, el cachorro tiene miedo.
Elijo, digo, no dejar que me toques.

Su expresión cambia y todo parece oscurecer. Sus ojos son más verdes y durante un segundo que se me hace eterno pienso que va a despedazarme allí mismo.
Vuelve a sentarse bien y mira al frente. Sonríe y se me revuelven las tripas.
Así que el cachorro, dice sin mirarme, ha estado haciendo excursiones nocturnas y ha aprendido un par de cosas.

Elijo no dejar que me toques, lo dice con mi voz.
Este tío acaba de hablar con mi voz.
Sigo sin saber por qué no estoy gritando.

Voy a decirte algo, cachorro, las personas son personas y, a veces, algo más. Descubrir qué eres implica tomar conciencia de tus funciones y ejercerlas a voluntad. Buscar al Anciano sólo va a traerte problemas. Déjalo.

Vuelve a girarse y el sonido de su ropa hace que mis dientes rechinen. Como todas las tizas que te hicieron taparte los oídos en la infancia juntas.

No podemos permitir ciertas cosas, no ahora. Ya lo tenemos casi todo y nadie va a impedir que eso siga siendo así, ¿Entiendes? No vas a asumir tu función, no te vas a activar porque no podemos consentirlo. Tu capacidad de ver hilos no te da poder para moverlos ni para alterar el juego de tensiones, y no vamos a consentir que ese Santón Intocable te active e interfieras. Tienes dos opciones, o coges el primer vuelo hacia casa y olvidas todo el asunto o varios trombos juguetones se formarán en tus piernas y viajarán hacia arriba.

Sus ojos se quedan clavados en los míos.

Entonces escucho mi voz y, al notar la vibración, me doy cuenta de que soy yo el que habla. Por lo demás soy un mero espectador, porque no sé qué voy a decir.
Entiendo la amenaza, y vuestra necesidad de hacerla. El problema está en que no puedes cumplirla. Lo que soy todavía no se ha manifestado en el plano físico. Pero no estamos en el plano físico. ¿Verdad?

Su ceño se frunce y ladea un poco la cabeza, alejándose un par de centímetros, como si tratase de encuadrarme mejor.
No sé por qué estoy sonriendo.

Casi no puedo prestar atención. El miedo ha sido sustituido por un calor en el estómago. Sube por la espalda y me hace cosquillas detrás de las orejas.
Se retuerce en su asiento y todo parece vibrar. Su nariz sangra. Extiende su mano derecha, como si intentase parar algo, sus dedos vibran, su meñique se parte hacia atrás. Hay sangre en sus uñas, en sus oídos, en sus encías.

Entonces lo veo.
Sus ojos.
Brillando, dos pequeñas luces verdes donde antes había pupilas.

Mi espalda está tensa, mi estómago está encogido, estoy haciendo tanta fuerza que por un momento pienso que me voy a romper algo. Puedo escuchar el ruido del aire al pasar por mi garganta. La congestión en mi cuello. Justo en ese momento hay un golpe sordo y un temblor que lo desenfoca todo.

Justo en ese momento entiendo que soy yo el que está atacándole.
Y, justo en ese momento, abro los ojos y veo a la azafata viniendo hacia mí.

No pasa nada, son sólo turbulencias.

Me quedo mirando con cara de idiota. Estoy despierto pero aún no reacciono.
Trago saliva y vuelvo a dejar la boca abierta.

La azafata me sonríe y se agacha un poco, para hacerme una confidencia, de un modo un tanto teatral.
La última ha sido grande, pero no se preocupe, nada impedirá que llegue a su destino.
Dice esto, me guiña un ojo y sigue pasillo arriba.

Me quedo mirando sus zapatos con cara de idiota, tratando de entender qué demonios ha pasado.
Entonces lo veo.

Sale del baño. Sólo que no es él. No hay furia, ni destellos verdes en sus ojos, ni sensación de amenaza. Sólo un hombre que parece algo desorientado mientras comprueba su nariz una y otra vez.
Su mirada y la mía se cruzan mientras busca a la azafata. Parece mareado, enfermo.

En el papel que sostiene en la mano hay sangre.

Me quedo mirando como desaparece tras la cortina, ayudado por la azafata, y pienso que, si esto es sólo el principio, las cosas van a ponerse muy raras por aquí.

El resto del viaje lo paso despierto, mirando por la ventanilla y preguntándome por qué todas las nubes que miro parecen montañas.

Y en qué estoy metido.