por Luis Capote |
“Sobre hombres y máquinas”
- Espero que el viaje merezca la pena, Stark. No me gusta perder ni el tiempo, ni el dinero, y mucho menos el del Tío Sam.
- No se preocupe, General Ross – respondió el aludido, mientras oteaba el horizonte con unos prismáticos dotados de visión nocturna – Llevamos muchos años trabajando con el gobierno y hasta ahora no he recibido especiales motivos de queja.
- Aún y así –gruñó el aludido, un hombre bien entrado en la madurez que vestía uniforme de general de cuatro estrellas- El proyecto que nos ha llevado hasta aquí pone a prueba la confianza que su padre se ganó durante cuarenta años para Stark Internacional…
- No les habría convocado a usted y a sus asesores si no tuviera la seguridad de que la prueba saldría como corresponde – atajó Stark, incapaz de ocultar cierta incomodidad por el hecho de que Ross mencionara a su padre. Para los veteranos como el general, parecía que hiciera lo que hiciera, S. I. siempre sería la empresa de Howard Stark – Y reconocerá que, a pesar de las reticencias de ciertos elementos del escalafón, mi empresa ha cumplido sobradamente todos los contratos firmados con el gobierno de los Estados Unidos. Yo no soy mi padre, general, pero si algo he conservado de su forma de hacer negocios es hacer valer la palabra dada.
Ross no contestó y dejó que Stark siguiera observando un cielo en el que faltaban varias horas para que saliera el sol. Lo miró con una mezcla de respeto y disgusto. El general había conocido íntimamente al padre de Tony, Howard. Les había unido una relación que combinaba la admiración y la amistad. Se entendían y eso no pasaba con su hijo y heredero. El actual presidente de S. I. era brillante y emprendedor, pero aunque – y eso tenía que reconocerlo – había que reconocer que cumplía todos los acuerdos, tenía una visión de la vida mucho más hedonista que su predecesor. Tal vez fuera un signo de los tiempos, tal vez él era el hombre adecuado para aquella época de cambios, pero había una diferencia fundamental entre entender esa realidad y aceptarla. Ross era demasiado conservador, demasiado chapado a la antigua. Quizá era ya hora de asumir esa verdad y retirarse. Cuando permitías que tus impresiones personales empezaran a inmiscuirse en tu buen juicio, era hora de colgar la guerrera.
Mientras, Tony fingía una observación ensimismada del horizonte, para evitar mirar al militar a la cara y que éste leyera en sus ojos el silencioso reproche. Su padre siempre su padre. Poco importaba que llevara muerto más de una década y que él hubiera acallado los vaticinios de ruina con unos resultados sobresalientes y una ampliación de la compañía al alza. La sombra de Howard Stark era alargada. Su relación se había vuelto complicada y en los últimos años había desembocado en una discusión continuada en la que Tony había tomado por costumbre decir “negro” cuando su progenitor planteaba “blanco”… ahora que ya no estaba, la situación era en cierta forma peor, porque se enfrentaba a un fantasma, a un mito que había asesorado a cuatro presidentes. Detestaba a aquellos viejos caballos de guerra como Ross, que habían madurado y envejecido junto a su padre y parecían decirle con la mirada que nunca estaría a su altura. Por fortuna, el objeto de su presencia en aquellas soledades del sudoeste de los Estados Unidos iba a evitar que siguiera refocilándose en aquellos pensamientos.
Una escuadrilla de la USAF hizo su aparición. Dos bombarderos stealth y dos F-14 Tomcat… la boca de Stark se torció en un gesto de disgusto. Los aparatos iban casi a velocidad de paseo y no eran modelos de última generación. Ross no le tomaba en serio. Se arrepentiría. Rebuscando en el bolsillo de su tres cuartos encontró su teléfono móvil y, sin sacarlo a la luz, pulsó una combinación de siete dígitos. A tres quilómetros de allí, la señal fue recibida.
En el aire, los pilotos mantenían una conversación distraída. No les habían explicado demasiado bien en qué consistían aquellas maniobras, pero ninguno de sus superiores les había manifestado excesiva preocupación.
- Águila 1 a Águila 2 ¿me recibes?
- Alto y claro, Águila 2. ¿Todo bien por tu lado?
- Sin novedad en el frente. Casi me siento en uno de esos desfiles de coches antiguos, sacando a pasear a este atrezzo de “Top Gun”.
- ¡Ey! – Dijo el piloto de uno de los stealth- ¡No te metas con “Top Gun”!
- Cuervo 1, aquí Águila 1. No te mosquees…
- ¡No conocéis a Murdock, Águilas!- dijo el piloto del otro stealth- Gracias a esa peli nos hace compañía…
- ¿Se hizo piloto por esa mariconada? – Preguntó incrédulo el piloto del Águila 2 - ¡Hay que joderse! Lo único salvable de ese bodrio es Kelly McGillis. Yo… Ey, un momento. Detecto algo en el radar… es una señal que se dirige a nosotros a toda velocidad.
- Yo también la veo, Águila 2. Va a MACH 2 Creo que tengo contacto visual. ¡Atención!
A toda velocidad, una estela atravesó el escuadrón. Las primeras luces del alba parecieron arrancarle unos apagados reflejos dorados mientras pasaba de largo.
- ¿Qué infiernos era eso, Águila 1?
- No lo sé, Cuervo 1. Iba muy deprisa, pero aún la tengo en el radar. Se ha parado casi en seco y vuelve hacia acá… ¡Qué demonios!
El aparato volvió a por el escuadrón y, superándolos en velocidad, se situó con suma facilidad delante de ellos. Entonces lo vieron y, por un instante, se quedaron sin palabras. La señal de sus radares era una figura humanoide, una especie de ser mecánico que parecía mirarles y sonreírles a través de las tres hendiduras que formaban sus ojos y su boca. Su color dorado y su aspecto externo contribuían a darle la apariencia de un caballero de cuento de hadas. Los propulsores de sus botas le permitían desafiar a la gravedad. Como si esperara una reacción de la escuadrilla, se cruzó de brazos.
En el suelo, Ross observó la escena. Sus binoculares electrónicos y la distancia permitían una visión bastante buena de la situación. Normalmente, aquel tipo de pruebas se analizaban desde un búnker, en compañía de unos cuantos subalternos y asesores de la empresa, pero Ross y el viejo Stark habían tomado la costumbre de situarse en otra posición, alejada aunque segura, y la tradición se había mantenido con Anthony, aunque sin las confidencias y las demás cuestiones vinculadas a la amistad.
Mientras, el escuadrón se dividió en dos y pasó a los lados de su teórico adversario. Los bombarderos continuaron la ruta trazada, en tanto que los cazas viraron en dirección al humanoide, que seguía suspendido sin moverse.
- Águila 2, ¿Qué demonios crees que es eso?
- No lo sé, Águila 1. Parece un hombre de metal.
- De hierro o de acero, lo detecta el radar. Veamos qué tal se defiende.
El Águila 1 fijó el blanco disparó una pareja de misiles que fueron directos hacia la figura volante, que siguió sin moverse, mientras los proyectiles se acercaban cada vez más, pero cuando se encontraban a pocos metros, desviaron su rumbo lo suficiente como para pasar a ambos lados. Unos cien metros más adelante, describieron sendas curvas que los llevaron en dirección a los bombarderos.
- ¡¿Qué demonios…?! Águila 2. Voy a situarme en una trayectoria de interceptación. Tú ocúpate del hombre de lata. Cuervos, vigilad vuestros traseros.
- Roger, Águila 1 – El segundo caza fijó en el blanco a su adversario, que se giró para encararle. El piloto no se atrevió a repetir la experiencia de los misiles, así que echó mano de fuego convencional y lanzó una larga ráfaga que el ser metálico esquivó situándose alternativamente encima, debajo y a ambos lados de la línea de tiro. Casi parecía que estaba jugando con ellos.
El primer caza logró situarse casi en medio de los misiles y los bombarderos, pero antes que pudiera lanzar las contramedidas, ambos proyectiles estallaron muy cerca de él. Dado que se trataba de un ejercicio, las armas llevaban una carga mínima, pero el piloto no pudo evitar unos cuantos reniegos cuando el cuadro de mandos de su aparato le indicó que acababa de quedar fuera del juego.
- Uno menos. Quedan tres, general. Espero que esté disfrutando del espectáculo.
- Ahórreme el sarcasmo, muchacho
– dijo Ross, consciente de que el apelativo molestaba bastante a Stark
– La partida aún no ha terminado.
Mientras los bombarderos apretaban el paso, el caza superviviente seguía
intentando hacer blanco sobre su esquivo adversario, al tiempo que le impedía
que persiguiera al resto de la escuadrilla. Stark había garantizado que
su prototipo dejaría fuera de combate a cualquier enemigo que surcara
los cielos, lo que implicaba que sólo superaría la prueba si derribaba
a los cuatro aparatos. En un momento del combate, la creación de S. I.
se situó a mayor altura que el caza, y en un instante los instrumentos
de la cabina de éste parecieron volverse locos. Una señal luminosa
indicó al piloto que había quedado fuera de combate. Sin embargo,
los stealth se habían perdido en el horizonte.
- Un cincuenta por ciento no es mal tanteo para ser un prototipo, Anthony – dijo el general, en un tono más conciliador.
- Como usted dijo antes, general, la partida no ha terminado – le atajó secamente Stark, mientras pulsaba otra secuencia de números en su teléfono móvil.
El prototipo se elevó en
el cielo hasta perderse de vista. Ross llamó al centro de seguimiento
de la prueba, donde le indicaron que los dos aviones supervivientes continuaban
con la ruta prefijada, en tanto que confirmaron la ausencia de rastro de la
figura humanoide que, al igual que al general, tanto les había sorprendido.
El militar pensó que todo había terminado, pero entonces se fijó
en la expresión de Stark. Miraba hacia el cielo, esbozando una sonrisa.
La mente de Ross se iluminó y, rápidamente, pidió al oficial
responsable del centro que intentara enlazar con alguno de los satélites
militares.
- General Ross ¿Me escucha, señor?
- ¿Mayor Talbot? Sí, le escucho perfectamente. ¿Ha conseguido información de alguno de nuestros satélites?
- No hemos tenido tiempo, señor. Los cuervos acaban de informarnos por radio de que el prototipo de Stark apareció delante de ellos como por arte de magia y los neutralizó. La prueba ha terminado, señor. Enviaremos a recogerles.
- Iremos caminando hasta la carretera, Talbot. Ross fuera. Supongo que se impone una felicitación, Anthony.
Stark no contestó, limitándose a recoger el maletín que había traído consigo. Ambos caminaron en silencio hasta que, a pocos metros de la carretera, oyeron un ruido que provenía del cielo. El prototipo aterrizó justo delante de ellos y, para su sorpresa, avanzó hacia ellos con gesto amenazador. Ross no retrocedió, pese a ir desarmado, aunque tanto hubiera dado que llevara su pistola reglamentaria, después de la exhibición a la que había asistido. El humanoide dorado alzó los brazos con las palmas hacia delante, que empezaron a brillar. Con toda calma, Stark sacó su teléfono móvil y apuntó con él a su creación. Pulsando otra secuencia de números, el ser metálico quedó inmóvil.
- ¿Qué ha pasado aquí? – inquirió Ross, volviéndose hacia su acompañante - ¿Se ha vuelto loco su empleado, Stark?
- Esto es una pequeña post data a la prueba. Mi empleado, como usted lo llama, no se ha vuelto loco, ni mucho menos – y dando fuerza a su afirmación, pulsó otro código que hizo que su creación se desmontara en una serie de piezas que cayeron al suelo. Era una armadura vacía.
- ¿Qué clase de broma es esta, muchacho?
- Nada de bromas, general. Esto es la garantía de que un ejército de estos juguetes jamás se volverá contra su gobierno. Más aún, ni siquiera necesita de ocupantes.
- ¿Pretende decirme que ese cachivache suyo ha derrotado a un escuadrón de las Fuerzas Aéreas él solito?
- No, general. Mi creación no piensa por sí misma, pero con los comandos básicos adecuados, es capaz de establecer una estrategia que le permita enfrentarse con garantías a cualquier adversario. Usted y mi padre jugaban mucho al ajedrez ¿No recuerda la competición que enfrentó a Gary Kasparov con una computadora llamada Deep Blue? El ordenador no era capaz de pensar, pero sí podía almacenar y analizar a gran velocidad múltiples partidas. Este caballero volador puede hacer lo mismo.
- Recuerdo ese circo, pero también me acuerdo de que la computadora era periódicamente actualizada con el asesoramiento de un equipo de ajedrecistas expertos. Además, no ha sido más que una prueba con cuatro aparatos que, francamente, no están entre los más avanzados de nuestras fuerzas.
- Ya que tiene tan buena memoria, general, debería recordar que le pedí expresamente para esta prueba una fuerza compuesta por, al menos, el doble de los aparatos que hemos visto, y que fueran todos ellos últimos modelos. No presente como excusa su propia falta de fe. La próxima vez, espero que me tome en serio cuando le hablo.
- No habrá próxima vez, muchacho –respondió Ross, con expresión cansada- No para mí. Quizá tengas razón. Quizá no sea capaz de verte como otra cosa que el hijo de un buen amigo. La próxima vez que ofrezcas una función al Pentágono, no estaré para verla.
Stark no contestó, y tampoco pudo evitar que en su rostro se dibujara una expresión de sorpresa. Siempre había deseado librarse de la presencia de Ross, pero nunca había creído posible que fuera el propio general el que tomara la decisión. Resultaba contradictorio en alguien que había puesto su deber por encima de todas las cosas.
- ¿Se retira, general? – fue todo lo que acertó a contestar el empresario.
- No rehuyo de mis obligaciones, si es eso lo que crees, muchacho. Simplemente, no me apetece ver cómo la empresa de Howard se convierte en un circo. Sí, eres un gran ingeniero, lo reconozco. Tan bueno como tu padre. Quizá más. Pero él nunca necesitó hacer patochadas como ésta para convencer a sus clientes. Él sabía lo que valían sus diseños, porque sabía quién los había diseñado. Tú, Anthony, no sabes quien eres, ni lo que quieres realmente. ¿Crees que no sé lo que piensas de mí? Me detestas porque te recuerdo a él, como si eso fuera motivo de disgusto. Nadie estaba más orgulloso de ti que él, muchacho; nadie depositó más fe en su heredero que él en ti. Por eso nunca me he callado, por mucho que te desagradara. Por eso, a la vista del caso que has hecho, prefiero no ver cómo recorres el camino que has decidido seguir.
El General siguió caminando, sin esperar respuesta, mientras Stark trocaba su sorpresa en una contenida ira, perceptible en el rechinar de sus dientes. ¿Cómo se atrevía aquel viejo chocho a darle aquella charla? No era su padre, y desde luego, tampoco se la hubiera permitido a él. Aquella mañana había superado al viejo y poderoso Howard Stark, y lo único que sentía Ross era envidia. Sí, envidia. Con esos pensamientos furibundos, el industrial introdujo en su maletín la desmontada armadura y siguió al soldado con paso firme. A su llegada, el Mayor Talbot les estaba esperando. Glenn Talbot era un oficial de unos treinta y pocos años que, empero, recordaba con su peinado y bigote a su superior, les estaba esperando. Había sido adjunto de Ross durante varios años, y le admiraba sinceramente, pero también admiraba sobremanera a Stark, quizá por pertenecer a una misma generación. Cuando el General se hubo retirado para ultimar los detalles de su traslado, se acercó a felicitar a Anthony por su éxito.
- Felicidades, Sr. Stark –la prueba ha sido un éxito- dijo sonriendo.
- Sí, así es, Mayor Talbot –respondió Tony devolviéndole el gesto- Aunque me hubiera gustado que el Pentágono hubiera accedido a la solicitud del proyecto, amigo mío.
- Tony… - respondió el Mayor, que tenía cierto grado de confianza con el industrial- Tú sabes bien que la cúpula del Estado Mayor está compuesta por oficiales de alta graduación, a la cual no se llega sino después de largos años de servicio. Los militares tenemos la cabeza un poco cuadriculada, eso es cierto, y mucho me temo que con los años, eso se acentúa –dijo sonriendo ampliamente- pero tienes que reconocer que, sin haberlo visto, lo que nos ofrecías era difícil de creer.
- ¿Y por eso el Tío Sam me hizo saber que quería la exclusiva de este juguetito? Más que cabezas cuadradas, diría que los militares son, y no te ofendas, Glenn, contradicciones con patas vestidas de caqui.
- Quizá, amigo mío, pero en el Pentágono es un secreto a voces que te hiciste con los servicios de Ho Yin Sen, y que tenía a su disposición unas instalaciones investigadoras con un presupuesto virtualmente ilimitado en tu sucursal de Bratislava. Al principio, creyeron que era otra de tus veleidades, pero Ross impuso su criterio y decidió darte un voto de confianza. Como hemos podido comprobar todos, no estaba equivocado. Además, ahora que Von Doom ha sido proclamado regente de Hungría, temen que Eslovaquia caiga dentro de su esfera de influencia. Un arma como esta en sus manos…
- Me hago a la idea –dijo Stark, intentando olvidar la idea de que el viejo Ross le había ayudado ante el Estado Mayor- Sólo espero que a partir de ahora, esto haya servido para que me tomen en serio de una maldita vez… Una cosa. El General me ha dicho que no continuará como enlace entre S. I. y el Pentágono. ¿Quién lo sustituirá?
- Oficialmente, no se sabe. En los pasillos, suena un nombre con mucha fuerza. Un civil llamado Jasper Sitwell. Quizá le conozcas.
- Vagamente. Pero ten por seguro que antes de esta noche lo conoceré muchísimo mejor.
Mientras, en una avenida de Washington, el mentado Sitwell hacía un poco de ejercicio. Era un hombre rubio, con una incipiente miopía que ocultaba mediante el uso de lentillas, bien parecido y de edad apenas unos años superior a la de Talbot y Stark. Mientras corría, hablaba a través del manos libres de su celular.
- En unos días será oficial, Sitwell. Serás el nuevo enlace entre el Pentágono y Stark Internacional.
- Celebro oír eso, señor. Como ingeniero, tengo mucho interés en trabajar con Anthony Stark.
- Él también lo tendrá, cuando vea tu currículo. Pero no será ésa tu única misión. Debes andarte con ojo. Si ese nene mimado descubre que eres un espía, no volveríamos ni a oler sus patentes.
- Descuide, señor. Pero no entiendo por qué no se le requiere la información directamente.
- Porque es algo de la época de cuando su viejo empezaba. No creo que tenga la más mínima idea de lo que se trata, pero si descubriera que nos interesa, sabría cómo aprovecharlo en su beneficio. Además, no quiero pagar dos veces por el mismo juguete.
- Descuide, señor. Si en S. I. queda algún rastro del Proyecto: Despertar, lo encontraré.
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