por Luis Capote |
Una panorámica
impresionante - pensó una vez más - es uno de los motivos por los que siempre
me gusta venir a Boston. Situado en el último piso de un imponente rascacielos
en el centro de la ciudad, el industrial Anthony Stark contemplaba desde su privilegiada
posición todo el barrio financiero. Aquella era una de tantas sucursales de su
empresa en todo el país, pero siempre se había sentido particularmente unido a
la ciudad, desde sus años en Harvard y en el MIT.
-Señor Stark - dijo una vez
a través del interfono - ha llamado el representante del Departamento de
Estado, para tratar la cuestión de los contratos de suministro para los próximos
cinco años.
-Concierte una cita con él, Ms.
Anderson -contestó el aludido, sin dejar de admirar el paisaje- Que los del
servicio jurídico envíen una copia de los contratos para echarles una última
hojeada. Los quiero al menos tres horas antes de la reunión...
-Sí, Señor Stark. Por cierto,
en su buzón tiene los informes que le ha remitido el encargado de negocios para
Europa Oriental. Si necesita algo más...
-No, gracias, Ms. Anderson - atajó
Stark - Ya la llamaré si fuere necesario - y apagó el intercomunicador.
Con aire distraído abrió su portátil
y descargó los mensajes pendientes, para revisarlos según el asunto. Pasó por
encima hasta encontrar uno que llamó su atención...
-Enlarge your penis - leyó
- Bueno, creo que ya la naturaleza me ha dotado de demasiados talentos
- y se dispuso a enviar un correo de respuesta. Siguiendo sus directrices, la
división de programación había diseñado un rastreador de correo que seguía las
cadenas de mensajes basura hasta la fuente, y una vez allí colapsaban los ordenadores.
Un mensaje que superaba las barreras de su servidor merecía un tratamiento especial.
En realidad no necesitaba hacerlo personalmente, pero le gustaba. Un buen símil
de la forma con la que Stark se encargaba del consorcio de empresas familiar.
El oferente de productos milagro vía red se encontraría esa tarde con un ordenador
bloqueado y una inspección del departamento de sanidad correspondiente.
Al fin llegó a los archivos que
buscaba. El representante del consorcio para Europa Oriental tenía un encargo
muy específico, y Stark confiaba en que se hubiera cumplido según sus directrices.
El procesador de texto se abrió y dejó paso a un documento titulado INFORME
GENERAL SOBRE LA SITUACIÓN EN HUNGRÍA Y SUS REPERCUSIONES EN LOS INTERESES DE
STARK INTERNACIONAL. Las páginas pasaron a golpe de cursor hasta llegar a la
parte relativa al nuevo dirigente del país, el regente barón Víctor Von Doom.
Hijo de un barón austriaco y una
condesa húngara, Víctor había crecido en el exilio, mientras sus padres huían
del nuevo orden establecido tras la II Guerra Mundial en el país. Stark había
conocido a Von Doom en el MIT, y no había olvidado la actitud distante y desdeñosa
con la que trataba a todo el mundo, como la de un señor para con sus vasallos.
Otros se habían reído de esa forma de ser, pero él no. Ya en aquel entonces
había ido cultivando cierta perspectiva en torno a los acontecimientos, y barruntaba
que aquel joven arrogante podía, con los recursos adecuados, volcar la situación
y recuperar el legado de sus padres. Von Doom no lo dijo nunca, pero Stark intuía
que una de sus mayores obsesiones era recuperar el lugar que su familia había
ostentado durante los gloriosos años de los Habsburgo, con los que estaba lejanamente
emparentado. Víctor era una especie de Arturo Pendragón, un monarca surgido
de algún oscuro rincón para impartir justicia entre el pueblo oprimido, pero
marcado por el rencor acumulado contra los dirigentes que le habían arrebatado
lo que por derecho de sangre le correspondía. En aquellos años, siempre le había
llenado de inquietud la posibilidad de que Von Doom llegara a alcanzar el poder,
y se preguntaba si la búsqueda constante de conocimientos de éste, que iba atesorando
títulos y menciones honoríficas en distintas universidades, no estaría encaminada
a tal fin. Ahora tenía la respuesta. Tras la caída del telón de acero, Von Doom
había regresado a Budapest y se había convertido en un personaje destacado de
la política. Su prestigio científico le dio un nombre, su fortuna personal los
medios para recuperar lo que quedaba del patrimonio familiar, y su incuestionable
carisma una incesante suma de partidarios. En 1992 ya lideraba el principal
partido de la oposición. En 1996, forzó una reforma de la constitución para
reinstaurar la monarquía y en el día de ayer había sido proclamado regente,
pasando a ostentar la principal magistratura del país.
Precisamente por eso había encargado
Stark a uno de sus hombres de confianza de la división europea de la empresa
aquel informe. Von Doom había iniciado una línea política bastante agresiva,
basada en la reivindicación de un pasado más glorioso, y había conseguido que
Eslovaquia y Croacia, antiguos dominios magiares, se acercaran a la órbita de
Budapest. Las tropas húngaras, equipadas con los diseños de Von Doom, habían
destrozado a las tropas serbias y las habían desalojado hasta Bosnia, durante
la guerra de Yugoslavia, y sólo la presión internacional había impedido que
avanzaran hasta Belgrado. Los países del entorno veían la actitud del nuevo
regente con una mezcla de admiración y temor, pero eso a Stark no le importaba.
Le interesaba más saber si las fábricas estacionadas en Eslovaquia iban a verse
afectadas. Allí se desarrollaban aplicaciones militares a bajo coste y fuera
de la vigilancia de según que colectivos. La regencia de Von Doom precipitó
una decisión. Volvió al programa correo para redactar un mensaje:
De: STARK
Para: RHODES
ASUNTO: HO YIN SEN
MENSAJE: Recibido informe acerca
de la situación en Hungría. Toma las medidas necesarias para que el Profesor
Yin Sen sea trasladado a los Estados Unidos con todo su equipaje.
Envió el mensaje y recordó las circunstancias
en las que había conocido a Ho Yin Sen. Era un profesor vietnamita al que la
situación en Indochina había forzado a emigrar a Europa del Este. Durante un
tiempo trabajó para el KGB soviético, y sus aportaciones habían sido fundamentales
para la creación de operativos blindados individuales como el Hombre de Titanio
o la Dinamo Carmesí. Cuando Gorbachov cayó para dejar paso a Yeltsin, Yin Sen
se vio en la miseria, y Stark, que había seguido con interés y admiración el
trabajo del profesor, lo contrató para que siguiera desarrollando aquel trabajo.
Cuando los rusos, estancados en el conflicto chechenio, cayeron en la cuenta
de lo que habían perdido, era ya tarde. Los nuevos diseños de Yin Sen, revisados,
corregidos y mejorados por el propio Stark, llevarían la insignia de S. I. Razón
de más para que el profesor estuviera en Estados Unidos, y que su equipaje,
esto es, los planos, diseños y prototipos preliminares, vinieran con él. Las
fábricas eslovacas serían reconvertidas y, si en último extremo los húngaros
lograban un control más directo sobre el país, las trasladaría a cualquier otro
país donde hubiera mano de obra barata y leyes laborales de escasa o nula efectividad.
Además, el Departamento de Defensa se había enterado de lo que él estaba creando
en aquel país centroeuropeo, y había dejado caer la advertencia de lo que pasaría
si el "tío Sam" no era el destinatario exclusivo y excluyente de aquellas unidades
individuales blindadas. Así pues, poco importaba que el resto del proyecto se
desarrollara en América y después de todo, Stark tenía la seguridad de que estaba
por delante, muy por delante de los demás. Distraídamente ejecutó otro de los
programas instalados en el ordenador. Tecleó unos cuantos comandos y cerró todas
las aplicaciones. Abrió uno de los cajones del escritorio y sacó una abultada
carpeta, repleta de papel amarillento, que depositó encima de la mesa. Volvió
su mirada hacia el exterior y a los pocos segundos, un objeto cruzó a toda velocidad
y se paró en seco al otro lado del ventanal. Tenía todo el aspecto de un androide,
aunque destacaban los rasgos artificiales de su rostro, apenas dos aberturas
a la altura de los ojos y otra donde debería haber una boca. De un color negro
mate que no reflejaba la luz solar, pasó momentáneamente a lucir otro dorado
que lo hizo brillar como una pequeña estrella por unos instantes. Stark lo observó
sin expresar emoción alguna, y cuando el androide se marchó a toda velocidad
por donde había venido, sonrió y pensó de nuevo: Una panorámica impresionante.
A su espalda, sobre el escritorio, la recuperada carpeta indicaba en grandes
letras mayúsculas:
PROYECTO DESPERTAR.