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La vida de Vance Astrovik ya no es como la de los demás chavales de diecisiete años. Antes vivía en Forest Hill con sus padres y su hermano. Estudiaba en el Instituto Midtown y era el capitán del equipo de lucha, con un gran futuro por delante. Pero todo esto cambió cuando, hace unos meses, se descubrió que era un mutante. Fue durante un campeonato, cuando un luchador de otro instituto, que estaba a punto de vencerle, salió disparado fuera del ring, como por arte de magia. Poco después, se descubrió que el chico había desarrollado telekinesia, la habilidad de mover objetos utilizando la mente. Él era el primer sorprendido. Y a partir de entonces, su vida cambió para siempre, y no precisamente para mejor.
El primer problema fue el tener que dejar el equipo,
algo comprensible y que él mismo acató sin rechistar, y es que,
otra cosa no, pero éste era un chico responsable. Además, casi
había salido ganando con el cambio, ya que luchadores hay mil, pero los
telekinéticos no abundan tanto.
El segundo fue la prensa. Cada vez que aparece un nuevo mutante, la prensa centra
en él toda su atención como si se tratara del nuevo ligue de Tom
Cruise. Salió en la televisión, en los periódicos, en la
radio, en la última película de Michael Moore. Se hizo más
famoso que los Beatles. Famoso, sí, pero no popular. Eso es lo que tiene
una sociedad plural y tolerante como la estadounidense, que odian a los que
son diferentes. Y así, sus amigos le dieron la espalda, la chica con
la que había estado flirteando últimamente, le daba esquinazo
y su padre le daba de palos.
Y es que su padre era su mayor problema. Era un hombre patriota, republicano y temeroso de Dios, que veía en su hijo como una aberración de la naturaleza, como una especie de herejía, una oveja descarriada que se aleja del sendero de Dios. Así que, en poco tiempo, pasó de la estrictez a los malos tratos.
Pero Vance era un muchacho optimista, que había sido educado para poner la otra mejilla. Así que, cuando los padres de sus compañeros presionaron al director para que lo expulsara, en lugar de deprimirse, encontró algo que hacer con su tiempo libre. Decidió ser un superhéroe, como su adorado Capitán América, el héroe de la Segunda Guerra Mundial, y, con un traje rojo, blanco y azul, salió a la ciudad a desfacer entuertos, bajo el nombre de Marvel Boy, el Chico Maravilla. Y se hizo famoso otra vez. Conan O’Brien lo usaba en sus chistes; Jonah Jameson escribió editoriales sobre él, también KJ Klayton. Luchó junto a otros grandes héroes como Omega o el Águila. Hasta que un día un tipo grande vestido de oso le partió la cara y se hizo pública su identidad.
Nadie le visitó durante su estancia en el hospital, sólo los dichosos reporteros de los periódicos y telediarios que tanto le crucificaban. Tan sólo recibió alguna llamada de su madre y su hermano, obviamente a espaldas de su padre. A su vuelta a casa, su padre lo recibió con los brazos abiertos y la camisa arremangada. Recibió tal paliza que casi tuvo que volver al hospital. La moral del chico, como es comprensible, se había evaporado por completo a esas alturas. Todo el mundo le evitaba y cuchicheaban sobre él, ningún instituto lo aceptaba como alumno, ningún empresario como empleado. Y las palizas de su padre eran casi diarias.
Tras recuperarse de las heridas, el Chico Maravilla entró de nuevo en acción. Esto provocó el enfrentamiento decisivo con su padre, que acabó como no podía ser de otra forma. El chico contraatacó, con resultados fatales, pues tras cada embestida telekinética, su padre, envalentonado por el alcohol, volvía a por más. Hasta que salió disparado por la ventana. La ambulancia no llegó a tiempo y murió antes de llegar al hospital.
El muchacho, asustado por lo que había hecho, huyó. Una primera reacción comprensible. Pero un par de días después se entregó, algo que dice mucho de él. Fue juzgado y, pese a su cooperación y a la involuntariedad del homicidio, fue declarado culpable de asesinato y enviado a la cárcel. Con diecisiete años, cadena perpetua. Ni siquiera tiene la edad legal para ingresar en una prisión, y ya deberá pasar allí el resto de su vida. En una cárcel de máxima seguridad, ni más ni menos. Y es que ya lo decía el senador Kelly: “Quiero a los mutantes fuera de las calles, fuera del alcance de mi mujer y mis hijos, porque, aunque es posible que no todos sean malos, sus poderes sin duda los hacen potencialmente peligrosos”. Sin embargo, habría que preguntarle al senador si el joven Vance fue peligroso para su padre y sus compañeros de clase o si fue al revés.
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Sala de visitas de la prisión de la isla Ryker. Un hombre y una mujer encorbatados, con trajes de dos mil dólares y con pinta de buitres (deben ser abogados) esperan a un preso al que han venido a ver.
-¿Has visto este artículo sobre nuestro chico en el Daily Press, Ann?
-Si. Conmovedor.
-Nos puede venir bien un poco de propaganda.
-Para cuando todo esté listo, la gente ya no se acordará de él.
En ese momento, un guardia abre la puerta y Vance Astrovik entra con él. Lleva unas esposas tan pesadas que apenas puede tirar de ellas.
Sus ojeras muestran que últimamente no ha dormido demasiado, y sus moratones que no se lleva muy bien con los otros reclusos.
-¿Quiénes son ustedes?
-Somos tus nuevos abogados. Te vamos a sacar de aquí.
-¿Qué pasa con Artie?
-Artie es una mierda de abogado. Olvídate de él. Nosotros te tendremos fuera de aquí en una semana.
-Eso es imposible. El caso está cerrado. Artie me dijo que recurriría, pero que sería casi imposible sacar algo mejor. En el último juicio, todo el jurado votó en mi contra.
-Pero esta vez no lo hará. Nosotros nos encargaremos de ellos - Ann hace con la mano un gesto inequívoco de que el dinero jugará una parte importante en el proceso.
-¿Les van a sobornar?
-Soborno es la típica palabra que evita e ignora un abogado en esta situación.
-¿Por qué van a hacer eso? ¿Quién les ha contratado?
-Nos hemos contratado nosotros mismos. Nuestra empresa tiene puestas muchas esperanzas en ti, y está dispuesta a hacerte este inmenso favor.
-¿A cambio de qué?
-No te preocupes por eso, ya te informaremos detenidamente.
-Sólo tienes que tener en cuenta que la otra alternativa es pasarse ochenta años a la sombra. No puede ser peor.
-Tengo que pensármelo.
-Necesitamos una respuesta ahora.
-Está bien- dice Vance tras una breve vacilación. -¿Qué tengo que hacer?
- No tienes que hacer casi nada. Déjanos
el trabajo duro a nosotros.