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EL
GUIÓN
Pese a que Santuario podrá ser cualquier cosa menos una
historia facilona, resulta relativamente fácil de seguir. Huyendo
de elitismos narrativos, Okamura ha conseguido escribir
un guión al alcance de cualquier intelecto, sencillez en la que
pone parte importante el maestro Ikegami, con una viñetación
clara y eficaz. Pese a lo cual, es una lectura que merece repetirse
de vez en cuando, puesto que esconde multitud de pequeños detalles
en los que no habremos reparado en una primera pasada. La acción
se desarrolla a partes iguales en dos mundos aparentemente separados,
como la política y la yakuza, difuminándose progresivamente la
frontera a medida que avanza la obra. El modo en que el autor
realiza las transiciones entre los dos ambientes es digno de elogio,
no dando jamás más relevancia a uno sobre el otro (a pesar de
que, en principio, la "parte yakuza" tendría todas las cartas
para atraer la atención del lector). La construcción de los personajes
huye del arquetípico "buenos y malos". Estamos pues ante seres
humanos, ni más ni menos. Destaca la pareja protagonista, Asami
y Hojo, dotados de una inteligencia y un carisma extremos
(quizá demasiado), pero el resto del elenco no desmerece en absoluto.
Individualmente podrían encabezar el reparto de un manga por sí
solos, y es fácil identificarse con todos y cada uno de ellos.
Curiosa es la manera en que se resuelven los enfrentamientos:
casi siempre de forma dialéctica, donde uno de los dos protagonistas
(generalmente) va desarticulando poco a poco los inicialmente
razonables argumentos de su oponente, acabando con una frase lapidaria
que lo acaba por desarmar por completo. Acción esta última que
suele ocupar una página entera y servir de conclusión a cada capítulo.
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Y
una de las características más sorprendentes del guión es su adicción.
Resulta increíble como la trama va ganando en emoción tomo a tomo,
y a la vez en imprevisibilidad. A lo largo de la lectura me he
sorprendido varias veces gritando "¡¡Ooooohhhh!!" al dar la vuelta
a la página y encontrarme con algo absolutamente inesperado (lo
he ha contribuido a acentuar la condición de "raro" que tengo
entre mi familia, más aún de la que se me asume como lector de
tebeos, a mi edad).
EL
DIBUJO
Poco se puede decir de Ryoichi Ikegami que no se haya dicho,
su calidad como dibujante de cómic es de sobras conocida. Su trabajo
en Santuario es simplemente apabullante.
Sí bien se puede afirmar que el diseño de personajes es un tanto
repetitivo, no lo es más que en la mayoría de los mangas. Y tiene
más mérito en tanto que el estilo de Ikegami es decididamente
realista, y aún más cuando consigue extraer de ellos una dosis
de expresividad increíble, sin exagerar en absoluto sus facciones.
Como dibujante amateur, puedo dar fe de lo complicado que es esto.
Como ya se ha mencionado, la distribución de viñetas es práctica
y sencilla, contribuyendo a dar claridad a una historia que lo
requiere. Ikegami hace uso de toda clase de enfoques de
cámara y de perspectivas, así como de técnicas de "cosecha propia"
como su característico zoom, recursos todos ellos que confieren
a la obra una sensación cinematográfica que hace muy fluida su
lectura. Aquí el esfuerzo recae en el dibujante, no en el lector,
como en otros mangas de diseño gráfico tan vanguardista como cargante
y confuso.
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El
uso de las tramas mecánicas se reduce a lo meramente imprescindible,
prefiriendo el autor sombrear con rayados, en una costumbre que
recuerda más a artistas occidentales. No en vano, Ikegami
fue el encargado de realizar una versión japonesa de Spiderman.
Y de vez en cuando, nos regala unas magníficas páginas con aguadas,
que supongo debían estar originalmente en color (digo supongo,
porque ni en la versión americana de Viz, y consecuentemente tampoco
en la de Planeta, podemos disfrutar de dicho colorido).
Mención especial para los backgrounds (fondos), algunos de ellos
basados en fotografías, pero que no dejan de maravillar por su
detallismo, y que sirven en muchos casos de excelente puente para
pasar de una escena a otra.
EL
SENTIMIENTO
Al leer el encabezado, alguno de vosotros pensará "¿Qué va a hacer
este tío? ¿Hacerme pasar Santuario por un un shojo manga?".
No me malinterpretéis. Estoy hablando de sentimiento, no de sentimentalismo
(con todos mis respetos hacia el shojo). Y de esto, Santuario
tiene a raudales. Al centrar gran parte del peso de la historia
en los distintos personajes, sus emociones cobran gran importancia.
Desde el amor que obliga a un agente de la Ley a elegir entre
su profesión y su corazón, hasta el orgullo que ciega las mentes
de los yakuza, pasando por la decepción de los políticos que han
llegado alto a costa de olvidar su verdadera misión como tales,
y la ilusión renovada al recuperar los ideales de su juventud.
También hay espacio en Santuario para el humor, en gran
parte procedente de uno de los personajes masculinos más encantadores
con los que me he encontrado: Mr. Tokai. Sí, encantador,
a pesar de ser un yakuza violador y asesino.

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