Let Me Go
by Raquel
Aquella última
noche sólo dio vueltas inquietas en el incómodo sofá. La almohada había
terminado en algún lugar del suelo –quizás él mismo la había lanzado, aunque no
lograba recordarlo con claridad- y la delgada sábana se había convertido con el
lento transcurrir de las horas en un amasijo de tela entre sus piernas.
Giró una
vez más, perdiendo todo rastro de paciencia. Estaba seguro que no podría
dormir, pero al menos le hubiese gustado descansar un poco. Sin embargo, era
evidente que no iba a lograrlo. En medio de un suspiro desesperado, Harry se
preguntó si algún día podría dormir de nuevo. Si la respuesta dependía de una
conciencia tranquila –y Harry sabía
que así era- no creía que fuera posible. Nunca más.
Podía
escuchar los jadeos temblorosos de Draco en la cama contigua al sofá. Era una
de esas camas alta, con armazón de hierro, que usaban en los hospitales. Harry
se vio en la necesidad de alquilarla cuando el rubio vio limitado sus
movimientos y ya no pudo levantarse por sus propios medios para comer. El colchón
era ortopédico y tenía una cubierta de plástico que protegía la capa inferior
de tela en aquellos casos cuando Draco ya no controlara sus esfínteres. Su
condición había alcanzado esa etapa hacía un mes, y desde entonces la enfermera
había comenzada a usar pañales desechables especiales para pacientes en estado
terminal. Durante aquellos días también habían llegado la máquina que
monitoreaba sus signos vitales y el suero. El suero que le mantenía con vida
ahora que ya no podía comer.
En medio
del silencio de esa madrugada, Harry se quedó escuchando el latir del corazón
de Draco a través de aquella máquina infernal. La sensación que le producía el
constante sonido artificial de sus palpitaciones no era agradable. Harry lo
odiaba. Deseaba regresar a los días en que simplemente se recostaba sobre aquel
pecho hermoso, sólo para escuchar los latidos de su corazón. Eran latidos tan
fuertes que se sentían claramente a través de su piel suave... Eran latidos tan
llenos de vida y salud…
Ya nada
quedaba de esos días.
Sólo
recuerdos.
Y Harry no
sabía si podría vivir con sus recuerdos después de ese día.
Su
habitación se había convertido en una imitación de hospital; su enorme cama con
doseles, sus muebles, todo se había ido, dejando aquella cama metálica y el sofá
que usaba para recostarse durante las noches con la intensión de estar cerca de
su pareja.
Su Draco también se había ido.
Lentamente,
quizás, pero lo había hecho. El cáncer le había robado pedazos de vida y salud,
sin que ningún médico o tratamiento pudiera impedirlo. Día a día, semana a
semana, mes a mes. La enfermedad le había quitado la alegría, su risa, su
hermoso cabello platinado, sus ganas de comer, sus ganas de vivir. Y Harry no había podido darle más
que su apoyo incondicional y su amor durante
todo aquel tiempo.
Mientras
le veía consumirse, desaparecer, perder kilos…
Draco ya
sólo pesaba cuarenta kilos, estaba calvo y su rostro se había convertido en
piel pálida y ojos vacíos y oscuros carentes de vida.
Harry se
puso en pie. Debía ser alrededor de las cuatro o cinco de la mañana, pues aun
no amanecía. En medio de la oscuridad y el silencio –sólo roto por el sonido de
la máquina- Harry se aproximó al que fue su pareja durante más de diez años.
Sus pies descalzos no advertían de su proximidad. El moreno se acercó
lentamente, con un sentimiento cercano al pánico recorriéndole las venas. Se
sentía tan frío…
No sabía
si iba a poder hacerlo.
Oh, Dios.
No sabía si iba a poder hacerlo…
Se dejó caer
en la silla a su lado, su cuerpo tembloroso ahora.
Su
respiración agitada.
Durante un
instante pensó en levantarse e ir corriendo a la cocina. Era tan temprano aun…
Había mucho tiempo. Hoy era el día libre de la enfermera y estaba seguro que
nadie les haría una visita. No era como si Draco tuviera muchos seres queridos
de todas formas; su padre estaba en prisión, su madre había muerto, y todos los
que se decían sus amigos le habían abandonado mucho tiempo atrás, cuando el
rubio comenzó a vivir con Harry. El único que quedaba era Severus, la única
familia que Draco tenía. Pero el hombre estaba de viaje en esos momentos y no
regresaría en un par de días. Su ausencia era una razón de peso para terminar
con todo ese día. Había muy pocas posibilidades de que alguien llegara a
impedirle cumplir con el pedido de Draco.
Sí,
probablemente tenía tiempo de sobra para ir a la cocina y prepararse algún
bocadillo. Un café también sería genial. Ellos tenían mucho tiempo para llevar
a cabo eso. No es como si unos minutos
más –un hora máximo- pudiera estropearlo todo, ¿cierto?
¿Cierto?
No
importaba que no tuviera hambre –no había comido regularmente por días- y que
probablemente terminaría vomitando el café. Había caído en un estado de pánico
que le estaba resultando imposible controlar.
Iba a
ponerse nuevamente en pie cuando la mano de Draco comenzó a levantarse. Todo
movimiento y pensamiento del moreno quedó petrificado cuando observó aquello.
Hacía mucho que no le veía moverse, y pensó rápidamente en cómo sería posible
que lo hiciera. Su cuerpo había perdido todo rastro de energía.
Entonces
Draco abrió sus ojos.
Harry
jadeó en sorpresa cuando su mirada se clavó en la suya.
Sus irises
aun eran grises y conservaban algún rastro de vida.
Había un
dejo de reproche en su mirada y mortificación.
Pero
también había amor.
Y dolor.
Las dosis
de morfina habían subido hasta casi ser letales. Casi. Sin embargo, ya no eran capaces de combatir el dolor que le atormentaba
constantemente. Un dolor sordo y permanente, que le hacía jadear y llorar
muchas veces. Ya no quedaba mucho del muchacho orgulloso que antaño sabía muy
bien cómo esconder sus emociones.
Harry
comprendió el mensaje en su mirada y se apresuró a tomar su mano.
A pensar
de su extrema debilidad, el rubio logró entrelazar sus dedos.
- Harry…
- Estoy
aquí, cariño.
- Lo
prometiste.
- Lo sé.
El moreno
se aferró con fuerza a esa mano delgada y temblorosa. Iba a vomitar, estaba
seguro que tendría que huir al baño en cualquier momento. No iba a soportar esa
situación mucho más.
- Harry…
lo prometiste…
- ¡Lo sé,
maldita sea!
Harry se
levantó con fuerza, sintiendo a la silla caer a su espalda; el sonido metálico
que produjo retumbó en la habitación repentinamente en silencio. Draco ya no
tenía fuerza para muchas cosas, mucho menos para entablar una discusión con el
moreno.
Harry
sabía lo que tenía que hacer.
Lo sabía.
Draco no
tenía corazón para pedirle tal cosa de nuevo.
El dolor estaba
presente todo el tiempo ahora. No se detenía ni por un instante, no le daba
respiros, no le permitía descansar ni reponer fuerzas... Le desgarraba por
dentro con una fuerza que jamás pensó un ser humano podría soportar… No al
menos sin volverse loco o morir. El sólo hecho de levantar su mano había
agotado el último gramo de energía que su cuerpo moribundo había tenido.
Y cuando
Harry le dio la espalda para retirarse a aquel rincón oscuro de la habitación
que habían compartido durante todo su vida de pareja, quiso con todas sus
fuerzas echarse a llorar, a gritar, a suplicarle que volviera y le abrazara. El
dolor de no tenerle a su lado estaba resultando ser más intenso al del mismo
cáncer.
Pero
comprendió en seguida que no iba a poder hacerlo.
Su cuerpo
se negó a moverse; su mano cayó inerte a uno de sus costados.
El dolor
arremetió con más fuerzas, mientras una lágrima solitaria se deslizaba por su
pálida mejilla. Y si hubiera podido, probablemente habría gritado de agonía.
Harry
estaba a punto de derrumbarse. Él, que siempre había sido un hombre admirado
por su valentía y coraje, estaba a punto de caer de rodillas y comenzar a
llorar como nunca lo hizo cuando era un niño.
Y eso era
decir mucho, considerando el horror de infancia que le había tocado vivir.
Secó el
sudor de su frente con el dorso de su mano, tratando de contener un sollozo
lleno de dolor y desesperación. Llorar era un consuelo que no le estaba
permitido tomar. Estaba siendo un bastardo con Draco, un maldito egoísta. Sabía
cuánto estaba sufriendo el rubio, y cuánto le había costado pedirle que pusiera
fin a ese sufrimiento. A él, la persona en quien confiaba más en el mundo. La
persona que más amaba.
Pero Harry
no podía hacerlo.
No podía
dejarle ir.
Sin
importar cuánto sufriera, no podía renunciar a él.
Siempre
había creído en la eutanasia. Siempre y cuando no se tratara de Draco.
No podía
pensar en una vida sin Draco.
Aun cuando
había visto a Draco preparar todos los detalles de su muerte: Que había
actualizado su testamento, que había puesto en orden sus empresas, e incluso
había pagado su cremación y había decidido que quería que sus cenizas fueran
esparcidas en el mar, sentía que aquellos días no habían sido más que un mal
sueño.
Aun cuando
recordaba perfectamente al rubio abriendo su corazón para pedirle a Harry ese
último deseo…
Que fuera
Harry – y sólo Harry- quien acabara
su sufrimiento.
Sin
compañía. Sin testigos.
Y nada de hospitales.
Draco
quería vivir ese último día en la intimidad de su hogar y en la compañía de
Harry. Su confidente, amigo y amante.
Y luego de
días plagados de discusiones y noches llenas de soledad y tristeza, Harry había
finalmente accedido a sus ruegos, más con el ferviente deseo de cambiar de tema
que por la convicción de realmente acabar con su vida.
Ahora ese
día había llegado.
Harry
simplemente no podía soportarlo.
Jamás
habría podido prepararse para dejarle ir.
- Draco…
no puedo hacer esto, Draco… no quiero que me dejes nunca…
Entonces
pasó. Como un dique sobrepasado por el agua, sus ojos finalmente se
desbordaron. Harry lloró todo aquel dolor. Lloró por la pérdida. Porque, de
alguna forma, Draco ya no estaba ni estaría a su lado. Lloró porque aquello era
tan injusto…
Y cuando
finalmente pudo calmarse un poco, tomó una profunda respiración.
Entrecerrando
sus ojos, regresó a Draco.
Draco,
quien aun conciente, esperaba su regreso.
Ya no pudo
moverse o hablar, pero no fue necesario.
Sus ojos le
dijeron todo lo que necesitaba saber: quería tanto pedirle perdón, deseaba
tanto decirle cuán egoísta era al pedirle tal cosa… Lo amaba tanto… Tenía tanto
miedo…
Harry
asintió y trató de sonreírle en respuesta. No intentó hablar tampoco; sabía que
no podría hacerlo aunque quisiera. Necesitaba enfocar su fuerza ahora en llevar
a cabo aquella importante tarea.
El moreno
había aprendida a inyectar cuando Draco enfermó. Quería ocuparse de las
necesidades del rubio durante los días libres de su enfermera. Y durante mucho
tiempo desempeñó muy bien ese papel.
Abrió el
cajón y extrajo una jeringuilla nueva y un frasco con la morfina. Tomando una
nueva bocanada de aire, introdujo la aguja en el frasco hasta alcanzar el
líquido transparente.
Sabía bien
la dosis que el rubio consumía actualmente.
Era tan
alta que unos cuantos mililitros de más serían suficientes.
El dolor
se iría mientras Draco entraba en su sueño profundo y tranquilo.
Un sueño
del que no iba a despertar nuevamente.
Harry
hubiera deseado hacerle el amor una última vez, caminar tomados de la mano,
invitarle a cenar. Darle una despedida que valiera la pena. Sonaba ridículo en
esos instantes, pero no podía evitar sentirse de esa forma.
En vez de
aquello, se aproximó para darle un débil beso en los labios. Un beso quizás
carente de pasión, pero lleno de aquel amor trágico interrumpido por los azares
de la vida.
Draco
respondió el beso, y luego, cuando el moreno se retiró brevemente, lanzó un
suspiro lleno de alivio.
- Lo
siento… - dijo Harry- Te amo…
Una mano
sostuvo la jeringuilla mientras la otra cerró suavemente los párpados de Draco.
No quería que la última imagen que se llevara consigo fuera el verle ponerle la
inyección.
- Cierra
los ojos.
Draco
obedeció.
Harry
cumplió su deber.
Luego echó
la jeringuilla usada en el cesto de la basura y se levantó brevemente para
apagar el equipo que monitoreaba sus signos vitales; el silencio entre latidos
alargándose con el transcurrir de los segundos hacia lo inevitable… Pensó en
sentarse nuevamente y tomar su mano hasta que Draco llegara al punto
culminante, pero en vez de eso se recostó a su lado.
Harry
colocó la cabeza sobre el pecho del rubio, sintiendo la calidez del cuerpo
amado, y los latidos de su corazón cada vez más débiles.
Y se quedó
allí mucho tiempo.
Mucho
tiempo después que el corazón de Draco finalmente se detuvo.
Terminado el 19 de mayo de 2007