UNA CONVERSACIÓN DE
CABALLEROS
Por: Leareth
Traducción: Yakin Wolfest
Por tercera vez en tres noches, Tatsumi
se encontró recorriendo los corredores oscurecidos de Meifu, el grito mental de
ayuda de Hisoka resonando silenciosamente en su mente. Los pasillos eran tan
cambiantes como los de cualquier laberinto, y aquellos que no tuviesen la
cuerda de Ariadne estarían realmente perdidos. Pero Tatsumi conocía esos
pasillos, y sabía que aún le faltaba un largo trecho.
::Tatsumi-san, ¡apresúrese!::
¿Por qué, oh por qué, había tenido
Watari que poner el hospital temporal del otro lado del edificio?
::Ya voy, Kurosaki-kun, intente
ayudarlo::
::No tiene caso, Tsuzuki está – :
::INTÉNTELO!!::
Ahí – una luz al final de las
escaleras. No era luz natural o eléctrica; sino que danzaba de forma extraña
como si fuese algún tipo de fuego químico que estuviese encendido dentro del
cuarto. Tatsumi se forzó a correr más rápido, el recuerdo de la destrucción
causada por Suzaku y Touda todavía fresco en su memoria.
Por favor, Tsuzuki-san, no otra vez,
por favor no de nuevo...
Sin aliento, pero sin atreverse a
disminuir el paso, Tatsumi entró a lo que había sido un pequeño comedor antes
de que Tsuzuki hubiese destruido el hospital, y tuvo que detenerse un momento
para dejar que sus ojos se ajustaran. Sombras eran proyectadas en las paredes
en formas grotescas por una inflamada luz rojo-violeta. La fuente de luz era
aparente; Tsuzuki, el único ocupante del hospital, destellaba. Parecía estar
encendido en fuego, y la imagen no ayudó a la paz mental de Tatsumi, al se
darse cuenta de que su amigo estaba moviéndose inconscientemente en manos de
una pesadilla. Quizás el único motivo por el cual aún no había llamado a sus
poderosos shikigami era que Hisoka y Watari hacían lo mejor que podían para
restringirlo. Estaban batallando –el terror, parecía, le daba a Tsuzuki una
fuerza superior a sus límites.
“¡¿No puede hacer algo?!” Tatsumi le
gritó a Watari mientras corría para tomar control de los hombros desnudos de
Tsuzuki.
El cabello rubio miel de Watari cayó
sobre su rostro al tratar de contener a Tsuzuki. “¡No lo sé!” gritó. “Está
demasiado asustado y estresado como para darle un sedante –” El científico dejó
de hablar en cuanto Tsuzuki comenzó a convulsionarse de nuevo.
“¡Tsuzuki-san!” Tatsumi se inclinó
sobre el shinigami, tratando de llamar a su amigo de regreso a la cordura.
Vaciló un poco cuando vio los ojos de Tsuzuki; estaban completamente abiertos
sin conciencia, y aterrorizados. La mente de Tatsumi fue asaltada por olas de
miedo y dolor emanadas por Tsuzuki – apenas podía imaginarse cómo se sentía
Hisoka, con sus habilidades empáticas.
Hablando del empata – “Kurosaki-kun,
¿no puede sacarlo de esto?” demandó Tatsumi.
Los ojos verdes de Hisoka reflejaban su
miedo. “Ya lo intenté”, contestó, agarrando desesperadamente la mano de
Tsuzuki. “Es peor esta vez, está demasiado sumergido...” La voz del muchacho
fue cortada en cuanto Tsuzuki comenzó a sollozar; sus ojos se llenaron de
lágrimas bajo el peso de sus emociones y las de su compañero. “Está sufriendo,
Tatsumi-san, realmente está sufriendo, ¡y no puedo ayudarlo!”
Tatsumi compartía la desesperación del
shinigami más joven. Tsuzuki temblaba incontrolablemente– puso una mano sobre
la boca de Tsuzuki al darse cuenta de que estaba tratando inconscientemente de
hacer un hechizo. Si no podían sacar a Tsuzuki de esto, si Tsuzuki llamase a
sus shikigami sin ningún control, si perdieran a su amigo por quien tanto
habían luchado ya...
Se escuchó un grito, y Tatsumi miró a
Hisoka salir volando. El shinigami en el cuerpo de 16 años era demasiado ligero
y de ninguna manera lo suficientemente fuerte para contener a Tsuzuki. Escuchó
a Watari preguntar frenético si Hisoka estaba bien, escuchó al muchacho
responder vacilante algo vago, sintió a Tsuzuki sollozar bajo sus manos...
“Tsuzuki-san, despierte,” dijo Tatsumi,
urgente. El halo de luz alrededor de su amigo se estaba volviendo más
brillante, ¿era eso la llamada de un fénix lo que Tatsumi escuchaba resonando
en la lejanía? “Por favor.” La desesperación comenzó a mostrarse en la voz de
Tatsumi. “Despierte, Tsuzuki-san, está seguro, está en casa, está bien, todo va
a estar bien ahora...”
Tranquilizadoras, las palabras fluyeron
de su boca. Se fijó lejanamente de que Hisoka se había levantado y sangre
corría por su mejilla proveniente de un rasguño sobre su ojo – debía haberse
golpeado contra algo. El muchacho ignoró su herida, sin siquiera darse cuenta
de que estaba sangrando, y tomó la mano de Tsuzuki de nuevo. “¡Tsuzuki!”
Un rastro de vida apareció en los ojos
violetas, y Tatsumi sintió una oleada de esperanza. “Sigua llamándolo!” ordenó.
Hisoka le lanzó una mirada, y a Tatsumi
le dio la impresión de que Hisoka estaba determinado a seguir llamando a su
amigo con orden o sin ella. “¡Tsuzuki!”
“¡Tsuzuki!” Watari agregó su voz a la de Hisoka.
“¡Tsuzuki, despierta!”
“¡Tsuzuki!”
Tatsumi se inclinó sobre su amigo.
“Tsuzuki-san, está bien,” susurró, y fue recompensado cuando los ojos violetas
de Tsuzuki parecieron enfocarse en él por un segundo. “Todos estamos aquí, estamos
bien, aquí, con usted...”
“¡TSUZUKI!”
“...Kurosaki-kun está aquí, Watari-san
está aquí, yo estoy aquí... por favor, Tsuzuki-san, es seguro regresar...”
Lentamente, la luz comenzó a
desvanecerse. Tsuzuki se calmó, sus convulsiones se volvieron menos intensas,
pero aún no era suficiente. El
sufrimiento que irrumpía en la mente de Tatsumi no había disminuido
significativamente, cortando su interior tan agudamente que quería gritar.
Hisoka lloraba, pero seguía llamando a Tsuzuki, lo único que hasta ahora
parecía tener algún efecto. Watari, gracias al cielo, tenía poca habilidad
reikan, y así se salvaba –
Tatsumi parpadeó al darse cuenta de que
había un cuchillo centellante en las manos de Watari. “¡¿Watari-san?!”
El científico rubio ignoró el reclamo
de Tatsumi, tomó la mano derecha de Tsuzuki, y atravesó la palma con el
escalpelo.
Tsuzuki se quedó quieto. Sus ojos eran
salvajes mientras miraba alrededor del cuarto. Cuando vio a sus amigos, hubo un
instante de reconocimiento.
Entonces Tsuzuki, agotado, se colapsó.
La luz roja-violeta desapareció.
Watari dejó escapar un largo suspiro
mientras sacaba el escalpelo de la mano de Tsuzuki. Sangre goteó en las
sábanas, escarlata sobre blanco. Los ojos verdes de Hisoka estaban a punto de
caérsele. “¡¿Por qué fue eso?!” demandó.
Watari puso el escalpelo de la bandeja
de donde lo había tomado, y luego usó las sábanas para limpiar la sangre de la
herida antes de que ésta sanara. “Está bien, Hisoka-kun.” Dijo
tranquilizadoramente, aunque su sonrisa era un poco insegura aún. “Tsuzuki
necesitaba un despertador drástico, y eso fue lo que le di.”
“¡Pero no tenía que hacer eso!”
“¿Qué, preferías que el despertador
fuese Suzaku?”
Tatsumi le puso poca atención a la
discusión. Tsuzuki estaba temblando y su piel estaba húmeda por el sudor.
“Deténganse, los dos,” dijo secamente, tapando amablemente a Tsuzuki y
frotándolo con una toalla. “Watari-san, traiga más cobijas. Kurosaki-kun,
ayúdeme a cambiar a Tsuzuki a la otra cama antes de que entre en shock.”
Tatsumi estaba acostumbrado a dar
órdenes; Watari y Hisoka estaban acostumbrados a obedecerlo. Obedientemente,
Watari fue al armario de blancos y sacó un cobertor grueso mientras Hisoka
deshacía la cama más cercana y tomaba almohadas extras. Tatsumi levantó a
Tsuzuki y lo llevó, acostándolo en las sábanas limpias. En el momento en que el
shinigami comatoso fue colocado, Hisoka inmediatamente tomó una silla y se
sentó, tomando la mano de Tsuzuki entre las suyas. Tatsumi sonrió al gesto, y
luego tomó una silla para sí mismo mientras Watari regresaba y tapaba a Tsuzuki
con el cobertor.
“Entonces, ¿qué fue lo que sucedió esta
vez?” Tatsumi preguntó fatigado, ajustando sus lentes. El cuarto parecía muy
oscuro ahora, después de la luz de Tsuzuki; demasiado cansado para molestarse
en pararse, Tatsumi hizo que una sombra prendiera la luz de noche. El tibio
brillo se difundió por el cuarto, y si no fuera por la sangre, Tatsumi casi
podía sentirse tentado a creer que la batalla desesperada de hacía unos
momentos no había sucedido.
Watari suspiró y se dejó caer en otra
silla. “No lo sé,” contestó. “Tsuzuki comenzó a quejarse como si estuviese
teniendo una pesadilla. Tomé su temperatura y estaba ardiendo en fiebre, así
que quité algunas de las cobijas y solté un poco su ropa, pero cuando traté de tocarlo
se puso tenso por un momento y comenzó a mirarme completamente aterrorizado. Y
luego se puso así.” El científico pasó una mano por su cabello. Un rasguño
comenzó a hacerse notar en su mejilla. “Uno habría pensado que después de
sacarlo de las manos de Muraki todo mejoraría.”
Los ojos de Hisoka se inflamaron con la
mención del nombre de Muraki. “No es así de sencillo, Watari-san. Muraki puede
hacer... cosas, que se quedan contigo por meses. Años, incluso. Dejan una marca
en ti como una cicatriz; toma mucho tiempo sanar, si es que sana, y mientras
está ahí es fea... horrible...” El muchacho tembló, memorias de lo que prefería
olvidar vivas en su mente, y Tatsumi le dirigió una mirada llena de simpatía.
La sangre del rasguño se estaba secando, haciendo parecer que las marcas del
hechizo que había en su cuerpo se habían extendido a su rostro. “No es...
tan... sencillo...” repitió, su voz tirante.
Silenció siguió a las palabras de
Hisoka. Watari se mordió el labio. “De verdad crees que Muraki pudo haberle hecho...
eso... a Tsuzuki?” preguntó suavemente.
Hisoka asintió muy lentamente, parecía
que estaba a punto de llorar. Tatsumi apretó los brazos de su silla con ira
impotente. No le sorprendía que Tsuzuki hubiese perdido el control cuando
Watari lo había tocado. Tsuzuki-san, oh dios, mi pobre Tsuzuki-san...
“Hisoka-chan, estás sangrando,” dijo
Watari de pronto.
Hisoka se hundió de hombros, y la
acción lo hizo hacer una mueca de dolor. “Ya ha sanado,” contestó.
Tatsumi le echó una mirada.
“Kurosaki-kun, sus ojos no están enfocando apropiadamente. Debió haberse
golpeado la cabeza más fuerte de lo que pensó.”
“En realidad estoy bien,” insistió el
muchacho.
Watari negó con la cabeza. “Noh oh.
Mejor echarle un vistazo antes de que te desmayes y te caigas por las escaleras
y te abras la cabeza. Vamos.” Se levantó e hizo una seña hacia la puerta. “Tiempo de revisión
con el Doctor Watari.”
Hisoka negó con la cabeza de nuevo, lo
que lo hizo sentirse mareado. “Pero quiero quedarme-”
Watari lo miró, recriminador. “No vas a
ser de mucha ayuda si tienes una contusión. No te preocupes, Tsuzuki no va a ir
a ningún lado, y Tatsumi todavía esta aquí para mantenerlo vigilado. Vamos.”
Reclutante, Hisoka se levantó, e
inmediatamente llevó una mano a su cabeza, la otra buscando soporte. Watari, en
su favor, no se molestó en decir ‘Te lo dije’, pero tomó el brazo de Hisoka y
lo llevó fuera del cuarto. Tatsumi no los miró salir. Estaba ahí sentado en
silencio, escuchando el sonido de las pisadas alejarse cada vez más. Entonces,
la puerta se cerró.
Tatsumi dejó escapar un largo suspiro y
escondió su rostro entre sus manos.
Tsuzuki-san...
Habían estado tan contentos de
recuperar a su amigo después de que Muraki lo hubiese raptado, ninguno de ellos
había siquiera pensado que, aunque Tsuzuki estaba seguro ahora, sus problemas
aún no habían terminado. Tsuzuki dormía seguro durante el día; era por la noche
que las cosas comenzaban a ponerse mal. La noche siguiente a su regreso Tsuzuki
había caminado dormido fuera de la cama y Watari lo había encontrado agazapado
en la esquina más lejana, temblando. Hisoka y Tatsumi habían tratado de
convencerlo, como si fuese un animal asustado, de que volviese a su cama a
dormir. Hicieron vigías después de eso, pero aún así, la siguiente noche
Tsuzuki se había quejado y movido constantemente, e incluso después de que
Hisoka hubiese quedado exhausto tratando de calmarlo, Watari no había tenido
otra opción más que darle un sedante.
Esta noche había sido la peor. Pudieron
haber perdido a Tsuzuki. De nuevo. Tatsumi deseó fervientemente que después de
esto, nada más sucediera.
Tsuzuki estaba durmiendo tranquilamente
ahora; Tatsumi se inclinó y quitó el cabello empapado en sudor de su rostro. Al
contacto, Tsuzuki se encogió inconscientemente, y Tatsumi acarició su cabello
amablemente hasta que el shinigami se hubo calmado de nuevo.
Está bien, Tsuzuki-san, sigo aquí, no
lo he dejado...
En muy pocas ocasiones en su existencia
se había sentido Tatsumi desesperado. Ésta era una de ellas, aunque nunca lo
fuese a admitir. Aún así, siguió acariciando el cabello de Tsuzuki.
No deseo nada más que hacerlo feliz,
cualquiera que sea el precio. Estaba incluso dispuesto a dejarlo morir si eso
era lo que quería, sin importar que eso me fuese a destruir. Sus dedos continuaron con la caricia, entrelazándose en los
oscuros mechones. Algún día debería agradecer a Kurosaki-kun por negarse a dejarlo ir... porque
verdaderamente, yo tampoco quiero dejarlo ir, Tsuzuki-san.
Pero a pesar de que ha regresado a
nosotros, aún siente dolor...
Tsuzuki había estado llorando, Tatsumi
podía ver lo que quedaba de las lagrimas en sus ojos, y la visión de ellas le
dolió aún más. Antes de que se diera cuenta de lo que estaba haciendo, las
estaba limpiado de su rostro. Brillaban en sus dedos a la luz antes de morir,
pero, silenciosamente, brotaban más para tomar su lugar. Tatsumi apretó los
puños.
Ni siquiera puedo secar sus lágrimas.
Odiaba ver a Tsuzuki llorar. Por muchos años había hecho lo que podía
para asegurarse de que su amigo no tuviese que llorar jamás. Tatsumi nunca
pidió una recompensa –la sonrisa desafectada de Tsuzuki era suficiente. Y
aún... secaba el rostro sin mayor éxito que antes.
Aún está llorando, Tsuzuki-san.
Todo por culpa de él....
Las sombras se movieron nerviosamente en respuesta al enojo de Tatsumi.
Al darse cuenta de lo que estaba sucediendo, Tatsumi inmediatamente se forzó a
controlarse. Nunca antes había perdido el control sobre sus poderes – sólo
ahora, mirando a Tsuzuki de esta manera sin poder ofrecer ningún tipo de
consuelo. Otro signo de cuánto quería arrancarle la cabeza a Muraki.
Incluso eso sería demasiado amable para lo que le hizo a Tsuzuki-san.
Tatsumi podía tener muchas oportunidades de dar a Muraki una muerte
dolorosa. Después de todo, el hombre seguía con vida.
Eso quería decir que Muraki podía volver y lastimar a Tsuzuki de nuevo.
Tatsumi no podía permitirlo.
Pasos de nuevo; no necesitaba habilidad reikan para saber que Hisoka y
Watari estaban regresando. Podían tomar su lugar cuidando a Tsuzuki. Silenciosa
y ligeramente, Tatsumi apartó el cabello de Tsuzuki de su frente y lo besó ahí,
y después se levantó para irse.
“¿A dónde vas?” preguntó Watari, mientras Hisoka tomaba el asiento de
Tatsumi junto a la cama de Tsuzuki.
Tatsumi no se molestó en mirarlo. “Fuera,” contestó secamente.
Antes de que Watari pudiese preguntar nada más, Tatsumi se fue.
Nunca perdono a quien lastima a Tsuzuki-san.
Muraki.
* * * * * * *
Había docenas de reportes de todos los sectores que pasaban a JuOhCho
todos los días. Muertes seriales, asesinatos, accidentes, cualquier deceso no
natural era reportado a la División Shokan, y como el secretario, Tatsumi veía
de todo: desde lo mundano hasta lo exótico. Un reporte, corto y poco curioso,
había atrapado su atención. Una joven se había quedado atrapada en un extraño
desliz de piedra en las montañas. Había estado intentado encontrar un ángel
blanco que había dicho ver en los bosques dos días antes. Tatsumi sonrió sin
humor para sí mismo mientras volaba hacia allá. Los ángeles suponían ser los
guías de los muertos.
Los shinigamis no son ángeles.
Era tarde por la noche cuando finalmente aterrizó en tierra firme.
Árboles se apretaban alrededor de él, el viento susurrando secretos casi
audibles a través de sus ramas. Era el único sonido que había. Ni pájaros, ni
animales, ni siquiera el usual cantar de las cigarras. Era como si el bosque
entero se estuviese escondiendo de una solitaria luz amarilla que temblaba en
las sombras.
Tatsumi avanzó hacia la luz que venía de tras las puertas de una pequeña
casa tradicional. Mientras Tatsumi observaba desde las sombras, una alta figura
apareció dibujada en la pantalla de la puerta, la sombra se puso una bata,
moviéndose lentamente como si tuviese adolorida o apenas se hubiese despertado
de un profundo sueño. Los ojos azules de Tatsumi se endurecieron. No había
error en quién era esta persona.
Repentinamente, la figura se detuvo. La luz desapareció. Pasos sobre el
suelo de tatami, y luego la pantalla se deslizó para abrirse.
Muraki se detuvo en la veranda.
Estaba quizás un poco más delgado que lo que Tatsumi recordaba de su
encuentro en Kyoto, pero podía ser sólo el efecto de la luz de luna y las
sombras en el yukata gris que vestía. Aún utilizaba sus lentes, aún caía esa
cascada de cabello plateado sobre su ojo derecho. El único signo de heridas
eran los vendajes que Tatsumi podía ver en el cuello abierto del yukata. No
hacían nada para disminuir la belleza sensual que siempre parecía dejar a
Tsuzuki desarmado.
Muraki observó las sombras por un largo momento, su ojo prostético
brillando en la luz de luna, antes de hablar con fuerza.
“Sé que alguien está ahí. Salga a donde pueda verlo.”
Tatsumi se permitió sentirse sorprendido. Lo que fuese que Muraki
hubiese sufrido en Kyoto, no parecía haber afectado mucho a sus habilidades
mágicas. Se adelantó al claro.
“Buenas noches, Muraki-sensei.”
Pudo ver al doctor envararse. Hubo una mueca de sorpresa en el rostro de
Muraki, pero fue rapidamente ocultada. La manera en que su posición cambió
sutilmente a una defensiva no fue menos obvia. Sin embargo, Muraki retuvo su
culta civilidad.
“Tatsumi-san. Qué inesperado placer.”
El shinigami le mostró una sonrisa poco amigable. “Por supuesto que lo
es.”
Silencio. Los dos hombres se miraron cautelosamente mientras la noche se
volvía más fría. Muraki miró de regreso hacia las puertas de la casa. “Le
ofrecería al maestro de las sombras de JuOhCho mi hospitalidad, excepto que no
tengo el hábito de entretener visitantes aquí,” dijo al final.
Tatsumi asintió levemente. “Por favor, no se preocupe por mí.”
“¿Supongo que sería tonto preguntar el propósito de su visita?” Muraki
preguntó con una ceja levantada.
Tatsumi ajustó sus lentes. “Sabíamos que aún estaba vivo, así que he
venido para preguntar por su salud,” contestó. “Si lo encontrase mal después de
ese infierno, me sentiría satisfecho. Habiendo descubierto que está lo
opuesto...” El maestro de las sombras se encogió en hombros. “Supongo que
tendré que remediar eso.”
“Comprensible. Sin embargo, no estoy tan bien, como puede ver.” Muraki hizo un gesto hacia sus ventajes.
“Su shinigami de ojos violetas me dio un buen golpe.”
El maestro de las sombras le dirigió una sonrisa oscura. “No dudo que lo
haya merecido.”
“Y yo no dudo que siente placer de escucharlo. Así que,” Muraki continuó
casualmente, “¿cómo está mi Tsuzuki-san?”
Los ojos de Tatsumi eran fríos. “Recuperándose.”
Muraki rió suavemente. “Me alegro de oír eso. Espero que le hayan
estado dando muchos dulces –en verdad que los ama. Aunque, se ve tan lindo
cuando pide más.” El doctor dirigió una mirada significativa al shinigami.
“Supongo que usted es una autoridad tan buena en el asunto como yo.”
Los ojos de Tatsumi ardieron. “Difícilmente. Yo no soy como usted.”
Una fina ceja plateada se levantó levemente. “¿Está seguro?”
El shinigami lo miró con un una paciencia apenas mantenida. “Ni siquiera
piense que puede jugar conmigo como lo hace con Tsuzuki-san” dijo suavemente,
haciéndose camino por las escaleras hacia la veranda para enfrentar a su
enemigo. “No ganará, se lo aseguro. Y yo no soy una persona amable.”
Muraki no se movió mientras Tatsumi avanzaba hacia él. “Tampoco yo,”
contestó. “Quizás esa es una de las razones por la cual nos sentimos ambos tan
atraídos hacia nuestro hermoso shinigami.”
En un segundo, Tatsumi tomó el frente del yukata de Muraki y lo aventó
contra el muro. “No me compare con usted,” dijo fríamente. El yukata, parte del
cual había visto bajo la luz de la luna, estaba bordado con oscuros patrones de
bambú. Muraki rió, de ninguna forma asustado por la mirada de hielo azul
escudriñando su rostro.
“Vaya, vaya, es bastante violento sobre ese asunto.” La sonrisa del
doctor cambió a una mueca conocedora. “Usted también lo desea, ¿no es así?”
dijo burlonamente.
Lentamente, la otra mano de Tatsumi subió para tomar la tela gris. “Deseo
que esté libre de usted.”
“¿Es eso cierto?” Muraki ladeó su cabeza, su mirada buscando más allá de
los lentes de Tatsumi. Su voz se volvió sedosa. “¿Y qué me daría como
consuelo?” Lánguidamente comenzó a recorrer un dedo sobre la mano enredada en
su bata. “...Tatsumi-san.”
Tatsumi levantó una ceja al contacto. Miró hacia sus manos, luego a la sonrisa
del doctor. “Es usted muy obvio, Muraki-sensei.”
El doctor se encogió en hombros, sus dedos pasando de los nudillos de
Tatsumi hacia su muñeca. “Nunca he sido alguien sutil. Además, no podría ser
sutil con Tsuzuki-san.” El hombre rió mientras las manos empuñando su yukata se
apretaron involuntariamente. “Debería saber que la sutileza le pasa de largo.”
Muraki le dirigió una mirada al shinigami. “Él no sabe sobre usted, ¿no es
cierto?”
“No sé de qué esté hablando,” Tatsumi ladró.
Muraki rió suavemente. “No tiene que decir ni una palabra, pues sus ojos
lo dicen todo.” Repentinamente sus dedos estaban sobre el rostro de Tatsumi,
delineando su mejilla. “Esos ojos tan hermosos, como el océano. En realidad, Tatsumi-san, ha conocido a
Tsuzuki-san por cuántas décadas y ¿aún no se lo ha dicho? Pensé que era más
valiente que eso. ¿O es por que teme lastimarlo?”
El shinigami ignoró los dedos en su rostro, sus nudillos blancos bajo la
tensión. “Nunca lastimaría a Tsuzuki-san.”
“Pero desea hacerlo, ¿no es así?” Muraki le miró de soslayo. “No puede
ser tan violento sin disfrutarlo. O quizás no sabe cómo amarlo como yo lo
hago.” Se rió de la cara que puso Tatsumi. “Vamos, Tatsumi-san, caballero a
caballero. No me diga que nunca ha contemplado tomar a Tsuzuki-san para usted.
Puedo prometerle que no quedará insatisfecho por el encuentro.”
Los largos dedos de Tatsumi apresaron el cuello de Muraki. “No se atreva
a decir otra palabra de él de esa forma,” silbó.
Muraki sonrió. “¿Estoy disparando demasiado cerca del
blanco? Quizás deba advertirle, Tsuzuki-san tiene una tendencia a llorar, así
que debe ser amable con él. Pero, sus ojos son tan hermosos cuando están llenos
de lágrimas–”
Hubo un sonido seco al golpear Tatsumi a Muraki con el dorso de la mano
en el rostro, mandando sus lentes a volar. Sin arrepentirse, el doctor cayó al
suelo, el yukata abriéndose ligeramente. Quitó el mechón plateado de su rostro
y sonrió.
“Oh vaya, creo que alguien está celoso.” Se levantó un poco, el ojo
brillante bajo la luz de la luna. “¿Está enojado porque yo tuve a Tsuzuki-san
antes de que usted pudiera?” Las sombras alrededor de él comenzaron a moverse,
lo que hizo a Muraki ampliar su sonrisa. “Lastima a cualquiera que se vuelve
demasiado posesivo sobre su querido shinigami. Mientras Tsuzuki-san no
estuviese con nadie, usted estaba contento. Pero ahora...” La sonrisa del
doctor se volvió despreciativa. “Ahora soy yo quien conoce a Tsuzuki-san más íntimamente...
y no le gusta para nada, ¿no es así?”
Eso fue suficiente. Los ojos de Tatsumi se encendieron y dejó que las
sombras hablaran por su rabia. Se levantaron del suelo en olas, siluetas de
árboles golpeando a Muraki como látigos barbados. Aún débil por sus heridas en
Kyoto, era poco lo que podía hacer el doctor para defenderse aparte de
esquivar, pero la luna había desaparecido y la noche era oscura, así que no
había ningún lugar donde esconderse. En poco tiempo Muraki estaba sangrando, el
escarlata distintivamente brillante en el yukata gris. Eso hizo sonreír a
Tatsumi. Sin embargo, deliberadamente mantenía los golpes en una intensidad
menor a la mortal. Era mucho más placentero ver a Muraki sufrir.
Finalmente, Tatsumi se calmó. Muraki estaba medio agazapado, obviamente
con dolor, en el suelo, su rostro escondido tras su cabello. Tosió un poco,
escupiendo sangre. Sus lentes brillaron a un lado. Muraki comenzó a
alcanzarlos, pero fue detenido abruptamente cuando Tatsumi le pisó la mano.
“No baje lo que Tsuzuki-san y yo tenemos a su nivel,” dijo Tatsumi, muy
suavemente, amenazante, apretando los huesos de la mano de Muraki debajo de su
zapato inmaculado para enfatizar sus palabras. Muraki silbó en agonía, y el
shinigami sonrió, presionando con un poco más de fuerza. Pero entonces el
sonido se convirtió en algo diferente. Tatsumi arrugó la frente y miró
cautelosamente a su enemigo caído. El sonido era risa. Era oscura, al borde de
la cordura. De alguna manera, Muraki se dobló para ver a Tatsumi, una sonrisa
triunfante en su rostro lleno de sangre.
“No estoy bajando nada, Tatsumi-san. Simplemente estoy mencionando lo
que aún no reconoce o aún no se da cuenta.” Repentinamente la mano libre de
Muraki tomó el tobillo de Tatsumi. Con una fuerza sorprendente, el doctor jaló
al shinigami hacia el suelo. Lo inesperado de la acción y el dolor al golpear
el suelo atontó a Tatsumi por un segundo, permitiendo a Muraki poner una fuerte
mano en su pecho para clavarlo al suelo. “Así que dígame, Tatsumi-san,” dijo
Muraki en tono de conversación. “¿Qué tan lejos iría para proteger a su
precioso Tsuzuki?”
Tatsumi lo miró lleno de odio, su cabello castaño claro desarreglado. “A
menos de que esté buscando perder un miembro, le recomiendo que remueva su mano
inmediatamente.”
Muraki no se movió, ignorando la amenaza. “Haría cualquier cosa, ¿no es
cierto?” Arrugó la frente, como tratando de comprender el concepto. “Robaría,
torturaría, mataría, se destruiría a sí mismo...” De repente Muraki se inclinó
hacia él, su voz suave y dulcificada. “Si le prometiera nunca ver, tocar o
lastimar a Tsuzuki-san de nuevo con la condición de que se quedara usted aquí
esta noche, ¿lo haría?”
La mirada asesina de Tatsumi fue respuesta suficiente. Muraki lo observó
por un largo momento, sus ojos desconcertantes a la luz de la luna, y Tatsumi
tuvo un repentino sentimiento de cómo debía sentirse Tsuzuki en la presencia de
ese hombre. El yukata gris estaba abierto en el cuello, revelando una V de
pálida piel que parecía brillar en la luz nocturna. Había una gota de sangre
bajando sobre esa piel. Comenzaba en la nuca del doctor hasta que se absorbía
en los ya manchados vendajes que envolvían su pecho, rojo y blanco. Tatsumi lo
miró por varios minutos, perturbado. La sangre de Tsuzuki había sido así de roja.
Había estado así de tibio, también. Alrededor de los dos hombres, el bosque
estaba muy, muy quieto. Tenso.
Finalmente, Muraki se movió. Tatsumi se sentó de inmediato, su rostro
imposible de leer. Muraki no le prestó atención, mirando hacia el oscuro bosque
con un suspiro melodramático.
“Quizás estaba equivocado.”
Sin advertencia Tatsumi se arrojó hacia delante, una mano alrededor del
cuello de Muraki, y lo tiró al suelo de manera que sus posiciones se habían
revertido. Muraki parpadeo sorprendido. El maestro de las sombras le sonrió
lleno de maldad.
“¿Cuáles son las probabilidades de que mantenga su promesa?”
Un interesante arreglo de expresiones cruzó el rostro de Muraki mientras
estaba tendido en el suelo, como si estuviese probándose cada una para ver la
medida. Primero hubo asombro, luego sospecha, y después su cara se volvió casi
sedienta de sangre al devolverle la sonrisa a Tatsumi. “Similares a las que hay
de que usted me deje vivo.”
Tatsumi sonrió, su mano derecha aún alrededor del cuello de Muraki.
“Mientras nos entendamos.”
“Oh, lo hacemos,” contestó Muraki. “Ambos haríamos cualquier cosa para
alcanzar nuestras metas, sin importar qué tan despiadados debamos ser.” Los
orbes plateados del doctor subieron para encontrarse con los azules de Tatsumi.
“Y por supuesto, ninguno de nosotros puede resistirse a ojos amatista.”
Con un solo movimiento calculado Tatsumi golpeó a Muraki con su otra
mano, el encuentro de hueso con hueso perturbador y satisfactorio. El doctor
recibió la golpiza sin protestar, la sangre goteando de una cortada sobre su
ceja. “Si sabe lo que es bueno para usted, dejará a Tsuzuki-san fuera de esto,”
dijo Tatsumi entre dientes.
Los ojos de Muraki brillaron maliciosamente. “Pero no puedo. Usted
tampoco puede. Como yo, no puede dejar de pensar en él. Desearlo.” El escarlata
de la sangre parecía lavarse en la luz de luna mientras se absorbía en su
cabello, dándole a su ojo prostético un tinte de un matiz purpúreo. Una de las
manos del doctor subió a jugar con la corbata del shinigami. “¿Qué está
pensando?” susurró, pasando sus dedos por la seda. “¿Está imaginando a alguien
más en mi lugar? Puedo fingir ser Tsuzuki-san para usted si lo desea...
Tatsumi.”
Tatsumi agarró la mano exploradora de Muraki y la golpeó contra el
suelo. La fuerza del impacto hizo que sus lentes se deslizaran, y cayeron de su
rostro con un sonido de cristal que fue ignorado. “No se atreva a decir
mi nombre de esa manera,” silbó Tatsumi.
Muraki lo miró sin afectarse. “Pero, ¿no es eso lo que desea? ¿Poder
tocar a Tsuzuki sin tener que preocuparse sobre las consecuencias? ¿Que Tsuzuki
lo ame de regreso...” De pronto tomó la corbata de Tatsumi y jaló al shinigami
hacia sí. Los ojos de Tatsumi se abrieron de sorpresa al rozar los labios de
Muraki su oreja. “...así?”
Silencio. Tatsumi estaba muy, muy quieto. Sólo sus
manos lo traicionaron. Muraki lo alejó
y lo observó.
“Tatsumi-san. Está temblando.”
Tatsumi no podía responder. Miró al otro hombre, el azul del verano de
sus ojos lleno de nubes. Muraki sonrió.
“Ha estado evadiendo este tema por un largo tiempo, ¿no es verdad?”
dijo. Su voz era suave y baja. Condescendiente, como un padre a un hijo. “Como
shinigami, puede esconderse por décadas. Centurias, incluso. Pero no voy a
permitirle más hacer eso.”
Lentamente, muy lentamente, Muraki levantó su mano libre, apartando el
cabello de Tatsumi de su rostro. El shinigami se envaró mientras el doctor
gentilmente le cerró los ojos. “Se controla a sí mismo tan bien, ¿sabe alguien
lo que está ocultando? ¿Cuánto le importa, cuánto le duele...?” Sus dedos
viajaron hacia abajo para recorrer el cuello de la camisa del shinigami, “...
¿se conoce a sí mismo?”
Tatsumi no respondió. Sus ojos permanecieron cerrados. No podía ver la
sonrisa en el rostro de Muraki cuando éste comenzó a deshacer el nudo de su
corbata. “No se preocupe,” dijo Muraki, su voz tan suave que era virtualmente
irreconocible. La franja de seda fue liberada, y las orillas permanecieron en
el aire entre ellos. Los botones de la camisa del shinigami brillaban bajo la
luz de luna. Muraki jugó con el primero por un momento antes de abrirlo. “Lo
dijo usted mismo, nunca lo lastimaría. Siempre ha confiando en sus instintos,
así que no hay razón para no hacerlo ahora, ¿o la hay... Tatsumi?”
Tatsumi no podía responder. Con sus ojos cerrados y su cuerpo
congelado, no había nada sino esa voz
insidiosamente tocando esas cosas en las que trataba de no pensar. Podía sentir
otro botón abrirse, y otro, pero no podía hacerse detenerlo. Y así seguía esa voz
de lengua de plata hablando.
“Déjese llevar. Está bien. Pruébese qué tan lejos llegaría para
proteger a quien más quiere.” Un cuarto botón. Tatsumi fue recorrido por un
escalofrió. Una mano se deslizó entre su cabello para acunar la parte de atrás
de su cabeza. Gentilmente, fue jalado hacia abajo. “Si, así. Así de simple.”
De alguna manera, el shinigami pudo hacer la más suave de las protestas.
“Shh, no hay nada que temer,” la voz susurró tranquilizadora. “Duele, pero el
dolor en esto no es dolor en realidad.” Una tibia exhalación en su mejilla,
como una risa. Tatsumi podía sentir una oscura sonrisa contra sus labios.
“Y, a diferencia de Tsuzuki-san, yo no lloro.”
Tatsumi abrió sus ojos. Con un grito de rabia se echó hacia atrás,
aventando al doctor lejos de si y levantándose. Muraki sonrió, el yukata
cayendo alrededor de sus piernas.
“¿Perdió las agallas?”
La respiración de Tatsumi se reanudó entrecortadamente. “¡Cállese!”
Carcajadas hicieron eco en la noche como campanas. “Qué lástima. Estoy casi decepcionado.” Muraki miró a
Tatsumi, una ceja plateada levantada. “No soy tan mal substituto de
Tsuzuki-san, ¿o sí?”
Los ojos de Tatsumi se encendieron. A su voluntad, las sombras se
levantaron del suelo y se echaron sobre el doctor. Por un latido Muraki se
perdió de vista mientras las sombras se encogían y doblaban en respuesta de la
furia de su maestro, golpeándolo sin clemencia. De pronto hubo una luz
brillante y las sombras se retiraron. Tatsumi cerró sus puños mientras Muraki
se levantaba, sangrando profusamente, un perro infernal que había podido
conjurar de alguna forma esclavizado a su lado. Corrió hacia el shinigami para
morir rápidamente al romperle el cuello las sombras de Tatsumi, pero su
propósito como distracción fue cumplido mientras Muraki abría la puerta y se
aventuraba hacia la esquina más lejana y oscura. Su camisa aún medio abierta,
Tatsumi envió una sombra por el suelo hacia el oscurecido cuarto. Desapareció.
Lo intentó de nuevo con el mismo resultado.
“No puede lastimarme más de esa manera, maestro de las sombras.” Si Tatsumi se esforzaba, podía ver apenas la figura blanco plateada que era el doctor. “No hay nada en este cuarto sino oscuridad. No puede haber sombras sin luz; de tal manera que sus poderes no tienen ningún efecto aquí.” Algo brilló en la oscuridad cuando Muraki extendió una mano, y Tatsumi pudo imaginar la sonrisa del otro. “Tengo sus lentes conmigo si desea recupe