Me siento bien. Soy muy, muy feliz. Tengo 25 y llevo dos trabajando como gerente en un empresa muy productiva en Madrid. No pagan demasiado, pero valoran mi trabajo y me impulsa a levantarme todas las mañanas.

Julia es mi prometida, llevamos cinco años de novios y dentro de dos meses nos casaremos, pero de momento vivimos juntos. Ella está embarazada de dos meses y comentábamos ilusionados a la hora del desayuno una tontería cualquiera como, no se, de que color le íbamos a pintar la habitación a nuestro hijo.
Nos besamos y nos despedimos mirándonos con el cariño y ternura aun vigente desde que nos conocimos.
Por motivos de familia debo vivir en Cuenca, pero no tengo ningún problema en tomar el tren hasta Madrid y pasar el día allí para volver por la noche. Mi tren debería llegar sobre las 7:30 de la mañana a las estación de Atocha, como todos los días. Iba muy animado porque, tras haber hecho unas horas extras, pensaba regalarle algo por su cumpleaños, que era en un día próximo.
Yo iba ordenando papeles en el tren, empezando a centrarme en el trabajo del día cuando, por pura distracción, veo a un hombre de mediana edad, un aspecto normal pero intrigante con un mochila. Lo ignoré la mayor parte del viaje, hasta que se bajo en la estación anterior y se dejo la mochila en el asiento. Eso pasa todos los días en Madrid, así que él ya llevará más cuidado la próxima vez. Recuerdo también mirarle a los ojos...daba miedo, era algo tenebroso.
Hay problemas en la estación y estamos aún dentro del tren sobre las 7:35 cuando, la mochila que hace un rato me intrigaba despide una gran luz, un luz  cegadora.

...

Todo es blanco al principio, y no hay sonido. Después es negro...y entonces, entre medias, logro abrir los ojos.
Creo que estoy apoyado sobre un amasijo de hierros, incluso diría que tengo un atravesándome el hombro. ¿Conocen la sensación de que te echen ácido sulfúrico? Pues justo esa sensación sentía en mi cara, básicamente en todo mi cuerpo. Empiezo a pensar en mi mujer y mi hijo. Oigo un murmullo de sirenas, voces hablando y chillando cosas sin sentido. No entiendo. Pienso en todas las cosas bonitas que probablemente pierda en la vida de mi hijo; enseñarle a amar la literatura, el cine, aprender juntos... Hago por levantarme, pero no tengo fuerzas ningunas; aunque, ¿de que serviría? Puede ver mis piernas descoyuntadas a unos metros de mi cuerpo, además en llamas.
Ahora viene el rojo, solo veo en rojo. Sangre, mas sangre. Solo veo sangre. Mas sirenas, chillidos, sangre mezclada con lagrimas, hierro, muerte...esa mirada...
...

 Ahora viene el blanco, un blanco cegador.
 

******

Llego tarde. He tardado en disimular bastante mi mochila como para que no se note todo el material explosivo que llevo a cuestas. Mis compañeros supongo que ya deberán estar ocupando sus posiciones, preparándose para que pasemos a la historia.
Salí de la ciudad Sin Nombre, rumbo a Madrid para bajarme una o dos estaciones antes de llegar a Atocha, donde dejaría la mochila mágica.
Entro en el tren y procuro parecer otro pasajero más. No conviene sobresaltar, si, pero estoy nervioso.
Entré en esta organización hace año y medio y me ha costado trabajarme un puesto, pero aun no tengo rango para mandar, así que obedezco.
Un tipo sale de la cafetería, se sienta y pone a ver unos papeles. Es algo mecánico y lo observo por aburrimiento. De repente, alza la vista y se fija en mi mochila y en mí. Sostuvimos la mirada unos instantes; casi pensé que llegaba a sospechar de mi.
Que curioso resulta ser un terrorista asesino de masas. Estoy en el tren, viendo las caras de todos y cada uno de los que van a morir en mis manos. Al principio te da un poco de palo, pero sabes que es por una buena causa para ti y los tuyos y lo aguantaras todo. Piensas también en lo malvado que te sientes. Aquel señor esta leyendo el ultimo libro de su vida. Esa chica esta teniendo la ultima conversación por teléfono. Que pena que sea un discusión. Esa azafata morirá trabajando. Recuérdalo, es una buena causa.
Mi parada. Mi estación. Aún lejos del lugar y la mochila va preparada. Antes de la parada voy al aseo y ya bajo del tren, dejando la mochila ahí y saliendo por patas.
Son las 10 de la mañana. La mayoría de los artefactos instalados por mi grupo ya han hecho sus efectos.
Puedo notar, con una gran satisfacción he de decir, como una a una las vidas contra las que pensábamos atentar se van apagando y apagando...
¿Cuál es mi organización?¿cuál es nuestro objetivo? Eso no importa, da igual. Pasamos a la historia por reivindicar nuestro derechos por nuestros cojones. Nuestra herramienta, el terror, nos ha vuelto a ser fiel Nos han negado lo que pedimos y ahora lo van a pagar. Joder que si.
Nos hemos reunido todos con unas botellas de champán. Festejamos nuestro triunfo, un antes y un después que hemos marcado. Estamos contentos. Somos muy, muy felices.
Y las luces se apagan...más y..

Luis Warlock

 

Volver a la página principal