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Era una bonita mañana de verano, de esas que hacen a un hombre feliz de estar vivo. Y, probablemente, este hombre posiblemente hubiera sido más feliz de estar vivo. En realidad estaba muerto. Sería difícil estar más muerto sin someterse a entrenamiento especial. –Bueno –dijo el sargento Colon (Guardia de la Ciudad de Ankh–Morpork, turno de noche) mientras consultaba su libreta–, hasta el momento tenemos como causas de la muerte: (a) ser golpeado con al menos un instrumento romo, (b) ser estrangulado con una ristra de longanizas, y (c) ser brutalmente abierto en canal por al menos dos animales con los dientes grandes y afilados. ¿Qué hacemos ahora, Nobby? –Arrestar al sospechoso, sargento –dijo el cabo Nobbs, haciendo un elegante saludo marcial. –¿Sospechoso, Nobby? –Él –dijo Nobby, dando un golpecito con la bota al cadáver–. A mí me parece pero que muy sospechoso estar muerto de esa manera. Además, ha bebido. Podríamos empapelarlo por estar muerto y desorden público. Colon se rascó la cabeza. Desde luego, arrestar al cadáver ofrecía ciertas ventajas, pero... –Me parece a mí –dijo lentamente– que el capitán Vimes va a querer que esto se resuelva. Mejor llévatelo a la Casa de la Guardia, Nobby. –¿Y luego nos podemos comer las longanizas, sargento? –preguntó el cabo Nobbs. No era fácil ser el jefe de la Guardia de Ankh–Morpork, la más grande de las ciudades del Mundodisco [*].Probablemente existan mundos, meditaba el capitán Vimes en sus momentos más sombríos, donde no hay magos (para los que cualquier habitación es un misterio a puerta cerrada) ni zombis (los casos de asesinato son extraños de verdad si la víctima puede ser el principal testigo), y donde puede confiarse en que los perros no hagan nada por la noche ni vayan por ahí charlando con la gente. El capitán Vimes creía en la lógica de la misma forma en que un hombre del desierto cree en el hielo: era algo que de verdad le hacía falta, pero, simplemente, éste no era el mundo apropiado. Aunque sólo fuera una vez, pensó, estaría bien resolver algo. Miró el cuerpo de la camilla, cuya cara se estaba poniendo azulada, y sintió una diminuta ráfaga de emoción. ¡Había pistas! Nunca antes había visto pistas como deben de ser. –No puede haber sido un robo, capitán –dijo el sargento Colon– porque sus bolsillos están llenos de dinero. Once dólares. –Yo no diría que eso es estar llenos –respondió el capitán Vimes. –Está todo en peniques y medios peniques, señor. Ya es raro que los pantalones soportaran la tensión. Y he detectado astutamente que nuestro se dedicaba al espectáculo, señor. Tenía algunas tarjetas en el bolsillo, señor. "Chas Modorra, Espectáculos Para Niños". –Supongo que nadie vio nada, ¿verdad? –dijo Vimes. –Bueno, señor –respondió el sargento Colon con ánimo–, le he dicho al agente Zanahoria que encontrara algún testigo. ¿Le has dicho al agente Zanahoria que investigara un asesinato? ¿Él solo? –dijo Vimes. El sargento se rascó la cabeza. –Y él me ha preguntado: ¿Conoces a alguien muy viejo y gravemente enfermo? Y en el mágico Mundodisco, siempre hay un testigo garantizado en cualquier homicidio. Su trabajo es ese. El agente Zanahoria, el miembro más joven de la Guardia, a menudo parecía simple a la gente. Y lo era. Era increíblemente simple, pero de la misma forma en que una espada es simple, o que una emboscada es simple. También disponía del que posiblemente fuera el pensamiento más lineal de la historia del universo. Había pasado un tiempo esperando junto a la cama de un anciano, que había agradecido bastante la compañía. Y ahora llegaba el momento de sacar la libreta. –Bien, señor. Sé que ha visto algo –dijo–. Usted estaba allí. BUENO, SÍ –dijo la Muerte–. TENGO QUE ESTAR, YA SABES. PERO ESTO ES MUY IRREGULAR. –Verá, señor –dijo el agente Zanahoria–, tal como yo entiendo la ley, usted es un Cómplice Del Hecho. O posiblemente un Colaborador del Hecho. JOVEN, YO SOY EL HECHO. –Y yo soy un agente de la Ley –contestó Zanahoria–. Ha de haber una ley, ya sabe. Y QUIERES QUE... ¿CÓMO ERA?... ¿QUE ME CUBRA DE HIERBA? ¿QUE COJA LA CABRA POR LOS CUERNOS?... AH, SÍ. ¿QUIERES QUE CANTE COMO UN PAJARITO? NO. NADIE MATÓ AL SEÑOR MODORRA. NO PUEDO AYUDARTE EN ESTO. –Bueno, no sabría decirle, señor –dijo Zanahoria–. Creo que ya lo ha hecho. MIERDA.
La Muerte vio marcharse a Zanahoria, agachando la cabeza para poder bajar las estrechas escaleras del cuchitril. El agente Zanahoria paseaba con calma por la ciudad. Tenía una Teoría. Había leído un libro sobre Teorías: se sumaban todas las pistas y se obtenía una Teoría. Todo tenía que encajar. Había longanizas. Alguien tenía que haber comprado las longanizas. Y también había peniques. Por lo general, sólo un subgrupo de la raza humana pagaba las cosas en peniques. Entró en la tienda de un vendedor de longanizas. Encontró un grupo de niños, y charló con ellos un rato. Después paseó de vuelta a la escena del crimen, donde el cabo Nobbs había dibujado con tiza la silueta del cadáver en el suelo. (Después lo había coloreado y le había añadido una pipa, un bastón y algunos árboles y arbustos como fondo; su casco ya contenía siete peniques que había dejado caer la gente.) Zanahoria prestó atención a la pila de escombros del fondo y, a continuación, se sentó encima de un barril quebrado. –Muy bien, ya podéis ir saliendo –dijo al mundo en general–. No sabía que aún quedaran gnomos en el Disco. Los escombros se movieron. Salieron todos: el hombrecillo del sombrero rojo, la joroba y la nariz picuda, la mujercilla con sombrero de volantes llevando al minúsculo bebé, el pequeño policía, el perro con el collar en el cuello, y el diminuto cocodrilo. [**] El cabo Zanahoria se sentó y escuchó. –Él nos obligó a hacerlo –dijo el hombrecillo. Tenia la voz sorprendentemente profunda–. Solía pegarnos. Incluso al cocodrilo. Era lo único que entendía, golpear las cosas con palos. Y normalmente cogía todo el dinero que recolectaba el perro Toby y lo usaba para emborracharse. Y entonces nosotros huimos y él nos capturó y empezó con Judy y el bebé, y tropezó y cayó y... –¿Quién le dio el primer golpe? –preguntó Zanahoria. –¡Todos nosotros! –Pero no fue muy fuerte –dijo Zanahoria–. Sois demasiado pequeños. Vosotros no lo habéis matado. Tengo un testimonio muy convincente al respecto. Así que me he acercado para darle otro vistazo. Murió por asfixia. ¿Qué es esto? Sostuvo en alto un pequeño disco de cuero. Se llama lengüeta –dijo el pequeño policía–. Se lo metía en la boca para hacer las voces. Decía que las nuestras no eran bastante divertidas. –¡Así hay que hacer las cosas! –dijo la llamada Judy. Estaba en su garganta –dijo Zanahoria–. Os sugiero que huyáis. Tan lejos como seáis capaces. –Habíamos pensado en organizar una cooperativa –dijo el jefe gnomo–. Ya sabe, drama experimental, teatro callejero, ese tipo de cosas. Nada de pegarnos unos a otros con palos... –¿Hacíais eso para entretener a los niños? –se sorprendió Zanahoria. –Él decía que era una nueva forma de entretenimiento. Que se pondría de moda. Zanahoria se puso de pie y tiró el disco de cuero al montón de escombros. –A la gente nunca le gustará –dijo–. Así no hay que hacer las cosas. |
| NOTAS A PIE DE PÁGINA:
[*] Que es plano y viaja por el espacio a lomos de una enorme tortuga, ¿por qué no iba a hacerlo? Volver |
| Teatro de Crueldad se escribió originalmente para la revista Bookcase, de W.H. Smith. La presente versión expandida se publicó más adelante en el programa de la 15ª convención OryCon. Esta versión está disponible en Internet con el amable permiso de su autor, Terry Pratchett, que se reserva los derechos de reproducción y cualesquiera otros. En sus propias palabras: "No quiero ver la historia en distribución impresa por ningún lado, pero no me importa que la gente la descargue para su uso personal".
Aún así, por si acaso, en 1997 escribí un e-mail a Terry Pratchett por si no le hacía gracia que se fueran traduciendo sus cosas por ahí. La respuesta es la siguiente: |
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