Historia ambientada el el Mundodisco (© Terry Pratchett).
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Una pareja de zombis, viendo que no eran rivales para el Equipaje, buscaron un blanco más fácil y empezaron a bambolearse hacia Rincewind con los brazos extendidos. Al darse cuenta del peligro en que se encontraba, el hechicero saltó hacia lo más parecido a un agujero oscuro en el que ocultarse: el tonel de cerveza. Con un prodigioso salto (fruto del pánico), se introdujo en el barril y esperó inmóvil a que pasase el peligro. Mientras tanto Diana, viendo que las cosas pintaban mal, agarró los restos de uno de los bancos y empezó a golpear al Equipaje. -¡Basta! ¡Suéltalos! -gritaba desesperada- ¡Deja de zamparte a mis zombis, monstruo! ¡Les necesito! Las cosas no pintaban mejor para el orangután. Con Derecha otra vez consciente, se veía sobrepasado por las tres cabezas que atacaban a la vez. Mientras sujetaba a Central con los pies, con cada mano intentaba mantenerse fuera del alcance de las dos cabezas restantes, pero las dentelladas que daban se aproximaban peligrosamente. En una maniobra desesperada, soltó uno de los pies que ahogaban a Central y empezó a deshacer el nudo que mantenía el barril de cerveza atado al cuello de Can-Cerbecero. Cuando el perro infernal se dio cuenta, un grito de angustia escapó de sus fauces. Las cabezas dejaron de intentar arrancarle los miembros al Bibliotecario y se lanzaron a impedir que les quitase su preciado barril, pero era demasiado tarde. Con un grito de triunfo, el orangután se hizo con el tonel y saltando lejos del enorme perro, lo aplastó contra el suelo. -¡Noooooo! -gritaron las tres cabezas de Can-Cerbecero al unísono. El monstruoso perro fue achicándose1, eliminada su fuente de energía, hasta alcanzar el tamaño de un chihuahua. Con una voz extremadamente aguda exclamó: -Esta vez habéis ganado, pero no siempre será así. ¡Algún día me vengaré!. Y desapareció con una impresionante nube, y un no tan impresionante "plop". Diana, viendo que todos sus planes se habían ido al traste, cayó de rodillas, sollozando. Se hizo el silencio en la sala, excepto por los ruidos que hacía equipaje al engullir al último zombi. De pronto, sintió una mano amorosa en su hombro. Era una mano fuerte, cálida y velluda, que le infundió una sensación de seguridad que nunca había sentido hasta entonces. Levantando la vista contempló el rostro franco y la mirada inteligente del Bibliotecario. Éste la ayudó a levantarse. -Oook. -Oook -gruñó Diana-. ¡He sido una estúpida! ¿Cómo he podido creer todo este tiempo que las mujeres eran superiores a los hombres? ¿Cómo pude pensar que el macho era una raza inferior que debía ser eliminada? ¡Necia! Debería haberme dado cuenta que la raza superior era el simio. ¡Ése es el descendiente evolutivo de la humanidad! ¡La mejora de la especie! A partir de ahora adoraré a Chee-tah, el Primate, y buscaré una isla desierta cerca del Borde en la que fundaré una colonia con todas las especies de simios (chimpancés, orangutanes, gorilas,..) y crearemos una nueva cultura y una nueva civilización! Y la llamaremos... la llamaremos... -Oook, oook -sugirió el Bibliotecario. -Eso. ¡El Planeta de los Simios! Al día siguiente Rincewind se despertó con la peor resaca de su vida. ¿Porque está todo tan oscuro?, pensó. ¿Y que hago durmiendo en el suelo?, añadió su cuello dolorido. En lo que debería haber sido el techo de su habitación, una tenue luz difuminaba las sombras. Se levantó cuidadosamente, para descubrir que estaba en algún tipo de recipiente circular. Agarrándose al extremo de las paredes, asomó con cautela la cabeza por el borde. Al no ver a nadie en la habitación, salió como pudo. Alisándose la túnica, miró alrededor. Menuda fiestecita, se dijo. Pues si esperan que yo limpie todo esto van daos, y, silbando alegremente (flojito, claro, por la resaca), se unió al gentío que llenaba las calles de Ankh-Morpork.
Fin. |
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Notas a pie de página:
1: En realidad fue todo el resto del universo el que se agrandó en un interesante efecto cuántico conocido como Regimen de Adelgazamiento Inverso de Plang. Volver. |