Historia ambientada el el Mundodisco (© Terry Pratchett).
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Habíamos dejado a Rincewind meditando en sus habitaciones, pero como ya ha pasado bastante rato, lo más probable es que lo encontremos con uno de sus pocos amigos: el Bibliotecario. Así es, mientras el velludo antropoide se dedicaba a dormitar (nos referimos a Rincewind), el Bibliotecario vigilaba que los estudiantes de la Universidad Invisible no dañasen sus amados libros. Las risas contenidas de un grupo de estudiantes que hojeaban un ejemplar de Las Deliciosas Aventuras de una Concubina Traviesa camuflado entre las tapas del Negromorcillón, Edición de Luxe alertaron al Bibliotecario, que con un prodigioso salto se plantó tras los estudiantes. Agarrando con cada brazo a uno de ellos y haciendo caso omiso de sus protestas, les expulsó de la sala. Los libros aplaudieron desde sus estanterías, agradecidos por el espectáculo. -¿Qué? ¿Cómo? -preguntó Rincewind sobresaltado- ¡Ah! Eres tú. Intenta no hacer tanto ruido, estoy concentrándome en unos poderosos conjuros. -Oook. -Menos ironías, ¿eh? Unos golpes en la puerta interrumpieron su conversación. El mon... perdón, el simio se acercó furibundo esperando encontrar de nuevo a los estudiantes, pero en su lugar se encontró con uno de los nuevos miembros del Servicio Postal del Borrico Express. -Buenas, un paquete para... perdone, pero usted es un mono, ¿no? Desde que el Bibliotecario se convirtió en un orangután, todo habían sido ventajas: es tres veces más fuerte de lo que era, sus dedos prensiles en los pies suponen un par de manos extra y se ahorra un montón de dinero en túnicas. Solo hay una cosa que verdaderamente le fastidie y es que le llamen mono. Primate, antropoide, incluso simio, pero mono es una palabra que lo saca de quicio. ¿Habéis visto acercarse alguna vez un orangután de ciento veinte kilos, completamente furioso, que os enseña los afilados dientes con los que va a desgarrar vuestra yugular mientras os arranca los miembros con sus poderosos brazos? Yo no. Y el cartero preferiría no haberlo visto. Conociendo de qué era capaz su amigo el Bibliotecario, Rincewind avanzó rápidamente y cogiendo el paquete de las manos del atemorizado cartero dijo: -Ah, bien, muchas gracias, lo estaba esperando. Adiós. Y le cerró la puerta en las narices antes de que el Bibliotecario lograra cumplir sus objetivos. -¿A ver qué es esto? - dijo Rincewind mientras abría el paquete. En su interior encontró un pergamino enrollado que fue leyendo en voz alta. -Estimado Colega. Tengo el placer de comunicarle que ha sido elegido Ilustrísimo Portavoz del Más Acá. Es requerida su presencia mañana a las diez de la noche en nuestro local de la calle Segunda Venida número 88 en la fiesta de disfraces que se celebrará para entregarle su premio: ¡un auténtico Mesías en exclusiva para usted y su congregación! Recuerde venir disfrazado, y si lo desea traiga a su esposa, amante, concubina o monaguillo. Un saludo. -Oook, oook. -¡Ni hablar! ¿Quién va a invitarte a una fiesta? Seguro que la invitación es para mí. Lo del portavoz y el mesías no acabo de entenderlo, pero no hay duda. ¿Ves? "Estimado colega" -dijo, resaltando la primera palabra-. Sin duda debe tratarse de alguno de los viejos magos, que ya empiezan a reconocer mi valía. -¡Oook! -Bueno, no eres lo que yo consideraría una concubina, pero si prometes comportarte puedes venir. -Eeek. -De nada, hombre. Quiero decir, primate. Al día siguiente, Rincewind se encontró con el Bibliotecario a las puertas de la Universidad. -Hola. Bonita corbata -saludó el mago-. Qué, disfrazado de humano, ¿no? -Oook. -Yo voy de archicanciller, por eso me he cambiado el sombrero. -Oook, oook. -Ya, pero no se me ocurría nada mejor y como solo tengo una túnica... En ese momento apareció detrás del mago una visión completamente terrorífica: un baúl de viaje, cubierto de tallas, que trotaba alegremente sobre cientos de pies descalzos1. El orangután dirigió una mirada interrogativa al mago, que se encogió de hombros. -No he podido evitarlo -se excusó-, insistió en venir y ya sabes que cuando se le mete algo en la cabeza (donde sea que la tenga) no hay manera de hacerlo cambiar de idea. ¿Vamos? Y emprendieron el camino hacia la fiesta, seguidos por el Equipaje. No tardaron en llegar a su destino ya que, aunque las calles estaban atestadas, un misterioso sendero se habría a su paso tan pronto como los demás transeúntes veían al Equipaje trotando sobre sus piececillos. -Es aquí -dijo Rincewind al llegar al número 88. Tras golpear la puerta con fuerza y esperar unos minutos, se abrió una portezuela en la puerta y una voz preguntó: -¿Quién es? -Si, bien -respondió Rincewind-, venía por lo de la fiesta. -¡Ah, sí! Pase, pase -la puerta se abrió mostrando a una mujer bajita vestida con una túnica morada que les indicó que la siguieran. Tras subir unas escaleras llegaron a una amplia habitación. Las paredes tenían un aspecto más bien viscoso, como si estuvieran en el interior del aparato digestivo de algo. Varios bancos destartalados estaban apoyados junto a las paredes, rodeando el bonito dibujo del suelo. Al fondo, una gran mesa de piedra con varias figuras talladas hacía las veces de mueble-bar. Varias guirnaldas y farolillos (por su aspecto, de segunda mano) adornaban el techo intentando dar un poco de colorido y alegría sin conseguirlo. Una mujer alta y atractiva, vestida con una túnica morada, se acerco hacia ellos, con una sonrisa deslumbrante. -El invitado de honor, ¿no? Pasad, pasad y divertíos. -Uh..., er... -balbuceó Rincewind. -Bonito disfraz -continuó la mujer-. De hechicero, si no me equivoco. Muy original. Mi nombre es Diana pero podéis llamarme Di. -En realidad el disfraz es de archimago -consiguió articular-, pero no importa. -¡Y vuestra acompañante, que original! Un disfraz de mo... -¡De modelo exclusivo! -terminó Rincewind antes de que el Bibliotecario se diera cuenta. -¿Os apetece beber algo? Servíos vosotros mismos, como si estuviéseis en vuestra casa. Aún faltan un par de invitados -añadió con un guiño- pero no tardarán en llegar. Rincewind y el Bibliotecario (seguidos por el Equipaje) se acercaron al bar. Mientras tomaban un cáliz, Rincewind comentó: -Es curiosa esta fiesta, ¿eh? No hay mucho ambiente pero hay disfraces muy buenos. Ese zombi de ahí, por ejemplo. Casi puedo olerlo desde aquí. En realidad, puedo olerlo. -Oook, oook. -Y que lo digas. O como las entrañas de un camello puestas a secar en una habitación cerrada. O como los calcetines de mi abuelo. O como el viento cuando sopla desde el Ankh. O como... -Oook. -Vale, vale, me callo. Guardaron silencio un minuto, saboreando sus bebidas. No está mal esta fiesta, pensó Rincewind mientras apuraba el vaso. A ver cuándo reparten los premios. Miró a su alrededor, fijándose en los detalles del disfraz del zombi. ¿Se podrá cambiar el Mesías exclusivo por otra cosa?. Viendo que tenía el vaso vacío, se acercó a la barra a por más. ¡Ala! ¿Y ese otro zombi? ¡Vaya disfraz! Hasta el maquillaje parece de verdad. Mira, ahí hay otro grupo de zombis. Y otro. -¿Te has jifado en la cantidad de disfraces de zombi que hay? -comentó con voz pastosa, un poco mareado-. Beden... quiero decir, deben ser de una comparsa. ¡Ics! En ese momento Diana llamó la atención desde el centro de la sala. -A ver, un poco de silencio, por favor -al hacer una señal, un grupo de zombis empezó a arrastrar una enorme tinaja rebosante de cerveza. -Eshtupendo, ¡ics! chervecha -hipó Rincewind. -Estimado colega -Diana se situó en el borde del dibujo del suelo-, ha llegado la hora de la entrega de premios - y levantando los brazos, invocó:- Can-Cerbecero, Guardian de los Muertos, Perro del Infierno, Sabueso del Hades, yo te reclamo. Una impresionante nube de azufre surgió del centro del circulo, oscureciendo las luces. De ella surgió una sombra. ¿Un hipopótamo? ¡No! ¡El perro más gordo y más feo del Mundodisco! Tres cabezas babeantes los miraron con ojos malévolos. Un gran tonel de cerveza atado al cuello de la bestia y una gran cola de reptil le daban un aire incoherente, como de cruce entre un sanbernardo alcohólico y un cocodrilo. -¡Joder! ¡Vaya peste! -se quejó Izquierda. -Y que lo digas, tío -secundó Derecha. Central no dijo nada, pues le tocaba beber del barril. -¿Qué narices queréis, malditos mortales? -preguntó Derecha apañándoselas para babear a Diana. -Eso, ¿os habéis cansado de vuestras miserables vidas? -dijo Izquierda mientras mostraba sus dientes afilados. -Os he invocado para hacer un trato, oh Cánido Diabólico -explicó Diana-. Quiero que devolváis a la vida durante dos horas a mis sesenta y cuatro acólitos muertos. -¡Ja! Que te crees tu eso, tía. Ni borracho -respondió Derecha- ¡Eh, tú, Central! ¡Que me toca beber a mí! -y se enzarzó en una pelea por el barril con la otra cabeza. -Has hablado de un trato -preguntó Izquierda- ¿Qué nos das a cambio? -Sacrificaré en vuestro nombre a Sanbenito, Sumo Sacerdote de Ácaro el Dios Pulga, ahogándolo en cerveza -dijo, señalando hacia Rincewind y el bibliotecario que contemplaban la escena alarmados. -¿Esos? -preguntó Izquierda-. Ése no es Sanbenito, gilipollas. Es un patético intento de mago. Y si crees que matar a un mono apestoso lleno de pulgas en mi nombre es un honor, es que tendrías que haber recibido Educación Especial. El bibliotecario montó en cólera. Lanzó un poderoso aullido de desafío, se golpeó el pecho con furia y con un poderoso salto se plantó en el borde del circulo. -¡No! -gritó Diana- ¡Detenedlos! ¡Que no escapen! ¡Matadlos a todos! Un grupo de zombis rodeó a Rincewind y empezó a avanzar hacia él, tambaleándose y gimiendo. "Mataaaarrrrr" gritaban con sus voces guturales de cantante de trash. Rincewind retrocedió varios pasos, hasta chocar con el altar-bar. ¡Estaba rodeado y sin escapatoria! En ese momento se produjo un tumulto entre el grupo de zombis que se aproximaban ¡El equipaje! El baúl avanzaba entre los zombis aterrorizados, haciendo sonar su tapa con un crujido amenazador que ponía los pelos de punta, mientras que con sus centenares de pies aplastaba a los zombis que tenía delante, dejando un rastro sanguinolento y una especie de papilla carnosa a su paso. Un zombi más lento que los demás desapareció en el interior de las fauces del Equipaje que, con un eructo, prosiguió su sendero de destrucción. Rincewind aprovechó la confusión creada por el baúl para escapar. Se arremangó la túnica (dejando al descubierto unas horribles babuchas doradas con pompones rosados) y salió huyendo por la brecha abierta por el Equipaje. Mientras tanto, el bibliotecario, furioso por el insulto, golpeaba con sus manos a Izquierda, mientras intentaba estrangular con los pies a Central. Derecha yacía inconsciente, víctima de la primera arremetida del orangután. El instinto de supervivencia de Rincewind (que había vuelto súbitamente de sus vacaciones) se impuso a su heroísmo sin mucha dificultad e intentó escapar. Al fin y al cabo, se dijo, alguien debería salir vivo de esto para que se escribiese una canción, un verso o algo. Sin embargo, un grupo de zombis protegía la salida. Bloqueada la única vía de escape, buscó un sitio donde esconderse. |
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Notas a pie de página:
1: Se trata del Equipaje. Es un baúl de madera de Peral Sabio, aparte de un loco homicida que va siguiendo a su dueño para sembrar el terror entre los que le rodean. Actualmente ha adoptado a Rincewind y va con él a todas partes. Como un ángel de la guarda en versión Samsonite. Volver. |