La Concha de Gran A'Tuin -- Diversiones -- Gremio de Artesanos -- Relato

Episodio 0

El Principio del Inicio del Comienzo

Por Condesadedia.

Historia ambientada el el Mundodisco (© Terry Pratchett).


      En el castillo de la Reina Sinforosa de Murrage había 144237 escalones y 12667650 losetas de mármol. Blanquita lo sabía porque llevaba veinte años fregando unos y otras. Tam­bién se encargaba de quitar el polvo de los muebles, lavar la ropa, fregar los platos, dar de comer al perro de la Reina, lavar al gato del Mago de la Corte, hacer las camas, limpiar los cristales, abrillantar la plata, pelar las verduras y desplumar las aves para las comidas.
      Pero su destino iba a cambiar. En cuanto terminase de pelar aquel pollo.
 

      Blanquita no siempre había sido una fregona. Su padre había sido el rey de Murrage. En cumplimiento de su deber, se casó con una prima del entonces Rey de Lancre, y en el tiempo reglamentario, la Reina descubrió que estaba embarazada [1]. Como no tenía nada mejor que hacer, se dedicaba a mirar por la ventana. Un día de nevada, la Reina vio un cuervo picoteando un charco de sangre que había goteado de un ciervo que había matado el Cazador de la Corte para la cena de aquella noche.
      La Reina suspiró y dijo:
      -Me gustaría tener una niña de piel blanca como la sangre, labios rojos como el cuervo y pelo negro como la nieve.
      Pues siempre había tenido dificultad para distinguir unos colores de otros.
      El deseo de la Reina se cumplió, pero ella no vivió para verlo, y el Rey, tras derramar una cuantas lagrimitas, contrajo nuevo matrimonio[2], y, consecuente hasta el final con su función narrativa, se murió dejando a Blanquita en las garras de la Reina Sinforosa.
 


 
      Fijaos en Blanquita mientras pela el pollo. ¡Fijaos bien! ¡Que os fijéis, he dicho! Vale, eso está mejor. Ahí está Blanquita, sentada en un banco a la puerta de la cocina, mientras las plumas vuelan a su alrededor. Los harapos no pueden ocultar su belleza. Ni siquiera un vestido de oro con zapatitos de cristal a juego podrían ocultar su belleza. La triste realidad es que no hay belleza que ocultar. Su piel es del color de la tripa de una rana, su pelo se asemeja a una Nanas usada, y eso cuando tiene un buen día. Sus ojos parecen querer escapar de semejante cara, su nariz le quitaría todos los complejos a Cyrano de Bergerac. Pero al menos, era una chica muy culta. Solo había un libro en todo el castillo, pero ese libro era la Enciclopedia Espesa, y a falta de otra cosa la había leído un montón de veces antes de dormir.
      Una vez, en el Parlamento, el líder de un grupo minoritario presentó una moción protestando por el mal trato que recibía Blanquita. Fue ejecutado. Unos años después, una delegación de nobles se presentó en el castillo por el mismo motivo. Nunca se volvió a saber de ellos. Desde entonces, los nobles se dedican a practicar su Droit de Seigneur[3], y en el Parlamento se discute acaloradamente sobre las nuevas leyes de caza, pesca y apicultura, y sobre si sería conveniente o no servir esfumino entre sesiones.
 

      Bien, como iba diciendo tres disgresiones atrás, el destino de Blanquita estaba a punto de cambiar. Estaba arrancando un puñado de plumas de pollo de cerca del cuello cuando una sombra le tapó la luz. Un momento antes había oído acercarse un caballo, pero no le había dado mayor importancia. Estaba Blanquita a punto de pedirle al intruso que se apartase cuando oyó una melodiosa voz que le decía:
      -Buenos días, hermosa doncella. Disculpad que os moleste, pero creo que me he perdido. ¿Es este el camino del Castillo de Irás y no Volverás?
      Blanquita levantó la mirada. El príncipe era alto (o al menos lo parecía montado a caballo), rubio y de ojos azules. Por desgracia para él, en cada uno de sus lindos ojos azules había siete dioptrías, un millón de espinillas en cada mejilla, y su nariz era indigna de recibir un nombre tan largo. Fiel hasta el final a su tópico, vestía de azul, desde las plumas de su sombrero hasta las suelas de sus botas. El caballo era blanco, y tenía tal cara de resignación que inspiraba más lástima que otra cosa.
      Por si Blanquita no le había oído, el Príncipe (al que llamaremos Azul para salvaguardar su verdadera identidad) repitió la pregunta.
      Blanquita abrió la boca, sorprendida. Era la primera vez que alguien la llamaba "hermosa doncella"[4]. Lo más amable que había oído hasta entonces había sido: "Quítate de enmedio, foca".
      -Al final del bosque a la izquierda -logró contestar cuando se recuperó de la impresión.
      -¡Gracias, oh, hermosa dama! -dijo el príncipe haciendo tal reverencia que casi cayó del caballo.
      Y luego arreó al animalito en dirección contraria.
      Blanquita no estaba en condiciones de sacarle de su error. Sin soltar el pollo, salió corriendo hacia la habitación donde la Reina Sinforosa guardaba el espejo mágico, se plantó ante él y dijo, jadeante aún por haber subido setenta y siete escalones a la carrera:
      -Espejito, espejito, áquién es la más hermosa del Reino?
      -¡SOCORROOOO! -gritó el espejo antes de romperse en mil pedazos.
      -¿Quién será esa? -se preguntó Blanquita.
 

      Cuando el destrozo llegó a sus oídos, la Reina se enfadó mucho. El espejo mágico le había costado mucho dinero, había tenido que importarlo de Ankh-Morpork, y aún no había terminado de leerse el manual de instrucciones. ¡De modo que aquella imbécil de Blanquita le había roto el espejo! Ya estaba harta.
      Llamó al Cazador y le ordenó que se llevase a Blanquita al Bosque y la matara, advirtiéndole que no la mirase a la cara, pues si cometía semejante error, las consecuencias podían ser terribles.
      El Cazador era un poco chuleta[5], y burlándose de las advertencias de la Reina, miró a la cara a Blanquita. Por primera vez en su vida, se desmayó del susto. Blanquita huyó y se internó en el bosque hasta llegar a un claro donde se quedó llorando y gimiendo como si se hubiera perdido en un Valle de Lágrimas.
      Llegado este punto, el guión exige que los animalitos del Bosque se dediquen a animar a la protagonista con alegres gorjeos, a lo que ella contesta con no menos alegres gorgoritos y los bichos terminan enseñándole la cabaña de los siete enanitos. Pero en este bosque los animalitos eran muy sensatos, y ni se les pasó por la cabeza acercarse a la gimoteante princesita. Blanquita tuvo que encontrar el camino de la cabaña de los Siete Enanitos ella sola[6].
      Cuando regresaron de la mina, cantando alegremente su canción preferida [7], los enanitos descubrieron a Blanquita durmiendo en sus camas. Cuando ella les contó su triste historia, su alma proletaria se conmovió, y solidarizados con la joven, permitieron que se quedase con ellos.
      Blanquita limpiaba la casa, que no tenía más que siete escalones, preparaba zumos para que los enanos cenaran sano, y hablaba con ellos de derecho laboral y metafísica kantiana. Era muy feliz, pero ellos no: tenían hambre y les dolía la cabeza.
      Pero la felicidad no dura para siempre, ni siquiera en los cuentos.
 


 
      El cazador, abrumado por los remordimientos, había confesado a la Reina Sinforosa que Blanquita aún vivía, y la pérfida reina se compró una bola de cristal para localizarla. Tuvo que empeñar todas sus joyas, despedir al Mago y liquidar al perro y al gato.
      Un aciago día, los enanos se habían encerrado en la mina para pedir una revisión de su convenio colectivo. La malvada madrastra, disfrazada de vendedora de cosméticos, visitó la cabaña.
      Blanquita, inocente ella (por no llamarla directamente tonta), la recibió encantada y le compró una crema anticelulítica que iba a hacer milagros con sus muslos. Pero al probar la susodicha crema, engordó tanto que no cupo en la cabaña, y se murió del disgusto.
      Los enanos la encontraron así al volver de la mina con el convenio colectivo recién firmado, y pensaron que cavar una fosa tan grande era demasiado trabajo, así que la taparon con un mosquitero.
 

      Cuando el Príncipe Azul pasó por allí, aún buscando el Castillo de Irás y No Volverás, tropezó con el cuerpo de la pobre Blanquita. Al caer encima, reconoció a la hermosa doncella del castillo, y sin pensar ni por un momento en su integridad personal, apartó el mosquitero y la besó. Blanquita abrió los ojos y el príncipe le preguntó si quería casarse con él. Y ella dijo que sí, que casarse era lo único que había querido hacer toda su vida.
      Los siete enanos se alegraron mucho al ver que Blanquita se había ido y por fin dejarían de cenar zumo de piña todas las noches.
      La Reina Sinforosa siguió en el trono hasta que una revolución proclamó la república, tuvo que exiliarse y murió a los noventa años en un paraíso fiscal de las Islas Marrones[8].
      Blanquita y el príncipe fueron felices hasta que a él le pusieron gafas, vio el error que había cometido y se alistó en la Legión Extranjera Klachtiana. Se dice que llegó a General[9].
      Por su parte, Blanquita, muy deprimida por los acontecimientos, regresó a la cabaña en el bosque. Pero en ella sólo encontró una nota que decía: "Nos hemos ido con el Bombero Torero. No vendremos a cenar", que habían dejado los enanos cinco años antes por si ella regresaba[10].
      La chica estaba más sola que una huna cuando pasó por allí una bruja.
      Blanquita miró a la Bruja. La bruja miró a Blanquita y vio que la chica tenía Posibilidades. Si besaba a suficientes sapos, las verrugas podían ser espectaculares. Sobre todo en aquella nariz.
      -Buenosss díasss, essstoy bussscando una aprendis, ¿te interessaría el puessto?
      -¿Hay que fregar escaleras?
      -No. Sssolo hay que echar maldisionesss, ayudar en losss partosss, resetar hierbasss medisinalesss y acudir a los aquelarresss todosss los sssábados por la noche.
      -Entonces sí que me interesa.
      -Puesss levántate y sssígueme. ¿Cómo te llamasss, niña?
      Blanquita se lo pensó. Su nombre le parecía ridículo para una bruja. Por otra parte, siempre había querido llamarse...
      -Alice.
      -Aliss. Bonito nombre.
      Aliss se limpió los ojos, se sonó los mocos, se levantó y siguió a la bruja por el bosque. La niebla las envolvió como una manta. La paleta que acababan de dejar atrás decía: "A la Casita de Chocolate".
      -Creo que una de las dos debería decir algo.
      -¿Esste es el principio de una hermossa amisstad?
      -No. "Que Ío el Ciego les pille confesados".
      -Bonita frassse -se rió la bruja. Los árboles temblaron.
 


 
      Con el tiempo, Aliss aprendió muchas cosas: envenenar manzanas, bizquear, hechizar ruecas y convertir príncipes en cisnes o en sapos (estos eran sus hechizos preferidos). Se ganó un apodo (con uñas y dientes, todo hay que decirlo), y, hasta su desgraciado final (gratinada en su propio horno), fue la bruja más poderosa del Disco.
 

      Bueno, ¿de qué os quejáis? Podría haber empezado peor.
 

Fin

 
Notas al pie:

1: Para gran sorpresa suya, ya que ella creía que eran gases. La comadrona se vio en grandes apuros para explicarle cómo había ocurrido. Se rumorea que sus palabras exactas fueron: "Majestad, ¿recordáis aquella semillita que plantó vuestro esposo? Pues de ella saldrá un hermoso repollo donde la cigüeña va a dejaros un paquetito de París". Volver.
2: Sospechosamente, las enfermedades también se "contraen". ¿Casualidad? Volver.
3: Los que saben qué es eso. Volver.
4: Sólo la mitad de la expresión era cierta, y Blanquita lo lamentaba profundamente. Volver.
5: De jabalí, concretamente. Volver.
6: No fue nada difícil, el bosque estaba lleno de señales que indicaban el camino (entre otros) a los siguientes lugares imaginarios: "Cabaña de los Tres Cerditos", "Templo Maldito" y "Accesos al Puerto de Castellón". Volver.
7: "Oro, oro, oro, oro..." Volver.
8: Le cayó un coco en la cabeza. Volver.
9: También se dicen cosas menos agradables, relacionadas con un nochemante robado, un sargento aficionado a los látigos y un entierro ejeño, pero seguro que son burdos rumores. Volver.
10: Los enanos mentían cual verracos. En realidad habían emigrado a Ankh-Morpork, donde montaron una tienda de artículos de regalo para hombre. Volver.

 

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