Una suave lluvia repiqueteaba insistentemente contra el adoquinado de la calle de los Alquimistas. Allí se había concentrado una notable masa de gente alrededor de los restos del laboratorio de Brebajes Slid. Algunos retiraban piedra con la mano, buscando frenéticamente la Piedra Filosofal.
Otros, simplemente, miraban y esperaban.
Entre ellos, un mago inepto y un simio que masticaba pipas a puñados.
-¿Crees que la encontrarán?
-Ook.
-Muy cierto -Rincewind se rascó la barba con preocupación-. Yo opino que si estuviera aquí ya la habría encontrado. Debe estar en Paradero Desconocido.
-¿Oook?
-No, no es una ciudad. Es lo que se dice cuando no sabes dónde está algo.
-Ack.
HOLA DE NUEVO.
-¡¡Aaaaahhhhh!! -gritó el mago, girando velozmente sobre los talones. Como esperaba, allí se hallaba la siniestra y gélida silueta de la Muerte. Estaba seguro de que nunca conseguiría acostumbrarse. Es como pedirle a un pingüino que se acostumbre al desierto-. ¡Te he dicho que no hagas eso!
Varios rostros se volvieron hacia él. Por si hablar con un simio no fuese suficiente, aquel individuo disfrazado de mago hablaba solo. Por suerte, la atención de los presentes fue atraída de nuevo por la búsqueda de la Piedra Filosofal.
¿EL QUÉ?
-Llegar por sorpresa.
YO SIEMPRE LLEGO POR SORPRESA. AHORA, SI ME DISCULPAS...
Rincewind se apartó para dejar paso a la Muerte. Ella sacó un reloj de arena y alzó la vista hasta la superpoblada pila de escombros.
En ese punto, un hombre alzó los brazos victorioso con una piedra dorada en la mano.
-¡He encontrado la Piedra Filosofal!
Al instante, un puñal surcó el aire y su hoja se clavó en el pecho del hombre, a la par que una guadaña invisible le sesgaba la vida.
-¡Es mía! -aulló Brebajes, lanzándose sobre el cadáver reciente y arrancándole la Piedra de las manos. La contempló con codicia y... rugió enfurecido.
-¡Esto es oro! ¡No la Piedra de la vida eterna! ¡Es sólo oro! -repitió, arrojando el valioso mineral a la multitud que se apartó del oro como si estuviese maldito.
MORTALES RECHAZANDO ORO - reflexionó la Muerte, tras haber metido al asesinado en su fantasmal carruaje y mandado a casa a Binky. Rincewind habría asegurado que ribeteaba la gélida voz algo parecido al asombro. Pero claro, eso era imposible.
-Sí. Es por la Piedra Filosofal.- explicó Rincewind.
OH.
-Oye, ¿es posible vivir eternamente?
¿GRACIAS A UN PEDRUSCO? NO. NO LO CREO.
-Vaya.
Entonces, una robusta figura se abrió paso a bruscos empujones entre la multitud. En otras condiciones, la gente no se habría apartado. Pero la figura llevaba una espada.
La Muerte se desvaneció.
-Hola, capitán Vimes -le saludó efusivamente Escurridizo-. ¿Quiere una salchicha? Con panecillo y salsa.
-Desaparece, Ruina, o te denunciaré a la Asociación de Consumidores Dañados por Comida en Mal Estado.
-Claro, capitán. Estaré por aquí si cambias de idea -Escurridizo optó por desaparecer.
-¡Cabo Nobbs, Zanahoria! -gritó el capitán.
Zanahoria se puso firme como si tuviese un resorte, pero Nobbs adoptó la expresión del niño encontrado con la cara y manos rebozadas en chocolate.
-¿Acaso no habéis visto lo que acaba de ocurrir? -preguntó iracundo.
-¡Sí, señor! -respondió Zanahoria con entusiasmo.
-¡Dos asesinatos cometidos por el mismo hombre en el mismo día!
-¡Sí, señor!
Brebajes Slid levantó la cabeza, dándose por aludido. Lentamente, tratando de pasar inadvertido, se deslizó bajando por los pedruscos.
-¡Maldita sea, atrapadle!- aulló Vimes.
-¡Sí, señor!
Ágilmente, el muchacho derribó al alquimista y literalmente le aplastó contra el suelo. Emocionado, retorció los brazos tras la espalda para atárselos.
-Zanahoria, escolta a éste hombre al calabozo -ordenó Vimes, ya más calmado.
-¡A la orden, señor!
Sin caber en sí de alegría, el aprendiz de guardia desenvainó el arma, hinchó el pecho de orgullo y se llevó a Brebajes.
-¡Cabo Nobbs!
Nobby dio un respingo. Había estado a punto de librarse de la reprimenda.
-Presente, señor -musitó, bajando la vista a la punta de las botas.
-Ya lo veo, cabo Nobbs -dijo el capitán con acritud-. Dispersa a esta multitud y regresa a la Casa de la Guardia.
-Señor, ¿disperso también al mago y al simio? -señaló Nobby a Rincewind, que hablaba entre murmullos con el Bibliotecario.
-No. Que se queden si quieren -era bien sabido por todos que los magos siempre hacían lo que querían, y el simio... al fin y al cabo era un simio.
En unos minutos sólo quedaba en la calle de los Alquimistas el capitán Vimes frente a la antigua casa de Brebajes; y Rincewind y el Bibliotecario mirándole expectantes.
"Quince dólares", pensó Vimes. El pensamiento se repitió en su cerebro como el eco. Despacio, el guardia se arrodilló ante las ruinas. "Quince dólares". Quince dólares. Levantó una piedra y la examinó. No tenía pinta nada mágica. La apartó y cogió otra.
-Vaya. ¿Qué crees que va a pasar ahora? -inquirió el mago.
-Ook.
-No lo creo. Las piedras no caen del cielo, ¿sabes?
-¡JODIDA ESCOBAAAAAAAAAAA!
La vieja escoba de Yaya Ceravieja empezó a caer en picado. Su dueña hizo lo posible por mantener el palo en horizontal. El aparato volador se encabritó y trazó una espiral que puso a Yaya boca abajo durante un instante.
La Piedra filosofal cayó de su bolsillo.
-¿Estás bien, Esme?
-¡Se me ha caído la Piedra! ¡Allí! ¡En los escombros!
Las tres brujas inclinaron sus escobas hacia abajo, y comenzaron a descender en acompasadas elipses.
-Argh.
El capitán Vimes recibió el impacto del pedrusco en la cabeza y se desplomó.
-Ook.
-Es verdad, lo admito. Siempre acabas teniendo razón -Rincewind se acuclilló y recogió la Piedra Filosofal-. Mejor que nos vayamos antes de que el capitán vuelva en sí.
-Aack.
-¡QUIETO, MAGO MISERABLE! -bramó una voz terriblemente enfurecida sobre sus cabezas-. ¡SUELTA LA PIEDRA AHORA MISMO!
Rincewind no era un de esas personas que destacan por su coraje. Lanzó un chillido de ratón, dejó caer el pedrusco y se cobijó tras una enorme roca. El Bibliotecario, sin embargo, no perdió la compostura. Alzó la vista y vio salir de una nube a las tres brujas que se dirigían hasta allí endemoniadamente rápido. Recuperó la Piedra Filosofal en una de sus enormes manazas y esperó. Los orangutanes son muy pacientes.
-¡PASOOOOOOOOOO!- chilló una voz desesperada.
-¡MEEEEEEEEEC!- tronó una bocina.
Luego se oyó un espeluznante matraqueo que aumentó de intensidad a medida que la silla de ruedas del viejo Poons se acercaba al laboratorio de Brebajes Slid. Era un de esos sonidos que solo oyes una vez en la vida, porque después estás muerto.
El Bibliotecario se dio la vuelta, pero no tuvo tiempo para reaccionar antes de que el inmenso cachivache rodante, cargado con cuatro magos, le arrollase.
-¿CÓMO SE FRENA ESTOOOOOOO? -aulló el decano, asiéndose a la túnica del tesorero para no salir despedido.
-¡NO LO SÉ! -respondió Poons-. ¡YUPIYUPIJEI!
-¡CUIDADO! ¡UN SIMIO EN LA CARRETERA! -señaló el conferenciante de Runas Modernas.
Como un solo hombre, los cuatro magos echaron su peso a la izquierda para intentar desviar el infernal aparato, mientras el viento y la arreciante lluvia jugaban a zarandear el desbocado artilugio y hacer resbalar sus ruedas. Se les daba muy bien.
No cabe duda de que lograron no matar al Bibliotecario, pero el orangután se llevó un buen batacazo. Soltó la Piedra Filosofal con un fuerte impulso. El pedrusco rebotó en un muro y salió disparado hacia las alturas...
-¡Mía! -proclamó Yaya, atrapando en el aire la roca dorada y mostrándola, victoriosa.
-¡Buena captura, Esme! -felicitó Tata Ogg, chillando para hacerse oír por encima del viento.
-¡Rápido! -urgió Magrat, tratando de gesticular sin soltar la escoba-. ¿Dónde está el río Ankh?
-¡Seguid el olor! -indicó Yaya, que ya había variado el rumbo. Magrat y Tata la siguieron.
La silla de ruedas frenó de puro espanto. Allí, plantado en medio de la calzada, se alzaba el imponente archicanciller Ridcully el Marrón.
-¡No sabía, mmm, que el archicanciller también venía! -dijo Poons, sacudiéndose el agua de las barbas-. ¡Debimos esperarle para venir!
-Tesorero, exijo una explicación -dijo Ridcully, con la calma forzada del que está a punto de explotar.
-Claro, archicanciller, verás...
-¿Veré? -Ridcully perdió la paciencia-. ¡Estoy viendo como tres jodidas brujas se llevan mi Piedra de la vida eterna hacia el río Ankh! ¡Lanzad una bola de fuego! -ordenó, señalando a los tres puntitos negros que se perdían en la lejanía.
-Pero señor, eso las quemaría -explicó el decano.
-¡No me digas!
-Sí, señor -corroboró el conferenciante, sin hacer caso del sarcasmo-. Y no está bien quemar una bruja.
-¿No? -preguntó sorprendido el archicanciller.
-No, señor.
-¡Está bien! -cedió Ridcully-. ¡Entonces levitaremos!
-¿Levitar, señor? -se horrorizó el tesorero, quien, personalmente, prefería los números a la magia.
-A no ser que sepas volar en escoba, tesorero -le provocó el archicanciller de la Universidad Invisible.
Al instante siguiente, decano, tesorero, conferenciante y Ridcully se elevaron por arte de magia.
-¡Eh, mmm, hatajo de imbéciles! ¡Ni se os ocurra pensar que, mmm, me vais a dejar aquí! ¡Yo también quiero, mmm, vida eterna! -bramó Poons, golpeando el aire con el bastón.
-¡Aguardad, yo también voy! -exclamó Rincewind, saliendo de su escondrijo y montando en la silla con Poons.
-¡Y yo! -secundó el capitán Vimes, que había salido de su aturdimiento para escuchar la conversación entre los magos. Vimes saltó sobre la silla, que se estremeció.
-¡Ook! -terció el Bibliotecario, izándose con tanto impulso al artefacto que éste se puso en movimiento cuesta abajo.
-¡YUPIYUPIJEI!
-¡Mirad! ¡Es eso de ahí! -señaló Yaya a una serpenteante mancha de cieno.
-¿Cómo lo sabes? -quiso saber Magrat, sujetándose el sombrero con una mano y dirigiendo la escoba voladora con la otra.
-¡Porque tiene un puente! ¡Los ríos tienen puentes!
-¡Vale!
-¡Estarás en posición de lanzamiento en cinco segundos, Esme! -informó Tata-. ¡Cuatro... Tres... Dos... Uno... YA!
Yaya dejó caer la Piedra justo cuando sobrevolaba el río Ankh.
Una centella envuelta en una túnica gris pasó bajo la escoba, creando una ráfaga que desestabilizó el aparato, que ya se desestabilizaba bastante bien sin ayuda.
La mágica roca brilló en la mano de Ridcully.
-¡Cabrón! -bufó Yaya Ceravieja, acelerando cuanto le era posible en persecución del archicanciller de la Universidad Invisible.
-¡Tuya, decano! -al verse alcanzado, Ridcully tiró la piedra hacia uno de sus compañeros.
-¡Ya la tengo! -mientras el decano trataba de evitar que el viento le levantase la túnica, flotó con la torpeza de la falta de práctica y atrapó el proyectil.
-¡Que te crees tú eso! -Tata atacó al decano por sorpresa y le arrancó la Piedra Filosofal de las manos-. ¡Cógela, Magrat!
La joven bruja alzó las manos... y el tesorero se interpuso en la trayectoria de la piedra. Por desgracia para él, la interceptó con la frente.
Yaya pasó por debajo de él y recogió el pedrusco, aunque se apartó para dejar caer al inconsciente tesorero.
-¡YUPIYUPIJEI!
-¿Cómo vamos? -preguntó Vimes, haciendo lo posible por mantenerse erguido en el reposabrazos de la silla infernal.
-¡Brujas uno, magos cero! -respondió Rincewind, más cómodamente sentado, siguiendo la escena con interés.
-¡Oooook! -chilló el Bibliotecario, señalando al cielo. Como decía el orangután, uno de los puntitos que volaban entre las nubes se estaba haciendo alarmantemente grande, señal inequívoca de que se acercaba irremisiblemente al suelo.
-¡Es el tesorero! -informó Rincewind.
-Ook.
-¿Cómo que "calma y tranquilidad" ? ¡Nos va a caer encima!
Pausadamente, con parsimonia, el Bibliotecario elevó un brazo y atrapó al tesorero por la túnica, colgándole boca abajo como un besugo.
-¡Bien hecho, monito! -le felicitó Poons vitoreando a los magos que seguían alternándose con las brujas la posesión de la Piedra Filosofal.
Silencio tenso.
El Bibliotecario dejó con cuidado al tesorero colgado del respaldo de la silla y le dio dos golpecitos en el hombro al anciano mago.
-Ok.
-Claro, mmm, discúlpame. Simio.
-No sé si os habéis dado cuenta, pero nos acercamos al río a toda velocidad -expuso Vimes, con aparente calma.
El mago negado y el orangután alzaron la cabeza.
Los hipopótamos de piedra que constituían las bases del puente del río Ankh se aproximaban hacia ellos en movimiento rectilíneo uniformemente jodido...
-¡Tuya, archicanciller! -avisó el conferenciante de Runas Modernas.
Ridcully la cogió con facilidad, sin advertir que por detrás Yaya Ceravieja se dirigía hacia él con serena determinación. La bruja se encasquetó el sombrero con fuerza para que no se lo llevase el viento y se ajustó las gafas de vuelo.
Zouf.
Con un veloz planeo, Yaya asió las barbas del mago y dio un tirón tan fuerte que arrastró a Ridcully varios metros. El archicanciller soltó la Piedra en un desesperado intento por salvar sus barbas.
-¡Magrat, Gytha!
No fueron necesarias más indicaciones. Las dos brujas descendieron en picado guiándose por los ocasionales brillos de la dorada roca. Tras ellas, el decano y el profesor.
Manteniéndose a la misma altura, Yaya Ceravieja y Ridcully el Marrón se clavaron sus respectivas miradas, evaluándose mutuamente. Ridcully hizo un noble y notable intento de sostener la mirada de la bruja, pero aquellos ojos le traspasaron el cerebro hasta la nuca, con una imagen que atormentaría a Ridcully en sus peores pesadillas.
El archicanciller parpadeó.
Cuando abrió los ojos, Yaya estaba una decena de metros más abajo, descendiendo impulsada solo por la fuerza de la gravedad (impulsada hacia abajo, se deduce). Ridcully decidió imitarla, y anuló el hechizo que le mantenía en el aire para alcanzar la máxima velocidad en caída libre. Tendría tiempo de rehacer el conjuro cuando recuperase la Piedra.
Como un inmenso saco de arena con puntiagudo sombrero, el archicanciller cayó, y cayó.
Demasiado tarde, se dio cuenta de su error. Estaba cayendo muy rápido. Mucho más de lo que había calculado. El decano, el conferenciante, Magrat y Tata quedaron atrás enseguida. Y Yaya estaba cada vez más cerca.
Rincewind no estaba preocupado. Al menos, no cesaba de decirse a sí mismo que no estaba preocupado; a la vez que apretaba los dientes para impedir que sus desaforados gritos le contradijesen. De todas formas, Él no estaba allí. Y si Él no estaba allí, nadie iba a morir, ¿no?
HOLA.
Entonces Rincewind sí se preocupó. Al parecer, era el único que se había apercibido de que la Muerte conducía su carroza a toda velocidad hasta ponerse a la misma altura que la silla maldita. Eso era mala señal.
¿OS IMPORTARÍA APARTAROS UN POCO? -pidió la Muerte.
Rincewind puso tanto empeño en torcer la silla hacia la izquierda que casi la vuelca.
-¡Bien hecho, mago! -exclamó Vimes. Rincewind les había apartado de la ruta que les llevaba a un fuerte choque contra el trasero de un hipopótamo de piedra. Ahora estaban a punto de pasar sobre el puente del río Ankh, cubierto de espesa niebla. Al parecer, la Muerte pensaba hacer lo mismo.
¡VAMOS, BINKY! ESTA VEZ CASI LLEGAMOS TARDE -dijo el esquelético conductor, azuzando al caballo con un látigo. Para alivio del inepto mago, el carruaje les adelantó.
-¡Oook!
-¡Sí! ¡Hay alguien, mmm, ahí delante! -señaló el viejo Poons.
De entre la niebla, sobre el puente, apareció una figura tambaleante con una botella en la mano.
-¡MEEEEEEEEEEC! -tronó de nuevo la bocina incorporada a la silla.
El borrachín se detuvo. Lanzó una mirada furtiva alternativamente a la silla y al líquido viscoso que dedicaba todos sus esfuerzos a tratar de fluir, del que se componía el Ankh. Desde luego, una inmensa silla de ruedas traqueteante, endemoniadamente ruidosa, cargada de tres magos barbudos, un fornido guardia y un orangután que se dirigía hacia él a un ritmo infernal era una visión aterradora.
Volvió a mirar el Ankh.
Decir que en sus aguas no te podías ahogar sería cierto solo en parte. Sería más apropiado decir que solo puedes asfixiarte en aquel maremágnum de porquería ligeramente húmeda. Existían muy pocos modos de morir peores que ése.
La Muerte refrenó el caballo justo al lado del indeciso borracho. Bajó del pescante con calma. Recogió la guadaña de un asiento trasero y la blandió con destreza.
Cirios Malditos alzó la vista. No había nada en el puente ante él. Se dio la vuelta. El artefacto rodante comenzaba a desaparecer en la niebla. Una mano huesuda se posó en su hombro.
VAMOS.
-Tú debes ser la Muerte.
SÍ.
-Si estoy muerto, ¿dónde está mi cuerpo? -preguntó Cirios, incrédulo. Un hueso blanco a modo de dedo señaló al Ankh.
-¿Elegí el Ankh? -incluso después de muerto, el aficionado a tabernas baratas sintió una arcada al pensar en la pestilencia del río de Ankh-Morpork.
NO. ELLOS TE EMPUJARON.
-Que asco. ¿Me dolió mucho?
NO. ESTABAS INCONSCIENTE.
-Menos mal.
AHORA, SI ME ACOMPAÑAS...
El aire silbaba en los oídos de Ridcully.
Su sombrero salió volando.
El suelo se acercaba muy rápido.
El conjuro para volar precisaba mucho tiempo.
Mucho más tiempo del que disponía el archicanciller.
-¡MALDITAS BRUJAAAAAAAAS! -el grito se prolongó durante buena parte de la caída.
Yaya Ceravieja atrapó la Piedra Filosofal. Descendió unos metros más y la dejó caer sobre el cieno. El brillante pedrusco rebotó sobre la repugnante superficie. Luego quedó un segundo sobre la inmundicia.
Gloups.
Dijo el río al tragarse finalmente la Piedra. Yaya sonrió triunfalmente y remontó el vuelo. Entonces vio al enorme Ridcully cayendo sin frenos, agitando los brazos desesperadamente mientras la túnica ondeaba en torno a su rechoncho cuerpo.
"Gloups", pensó el archicanciller. "¿Cómo sonará al tragarse una persona?" Tuvo la aterradora certeza de que lo iba a descubrir muy pronto.
Sintió como sus pies impactaban en el río. Se hundió hasta la cintura en un segundo y cerró los ojos.
Oyó un repugnante sonido parecido al de una ventosa, y el archicanciller sintió que alguien le sacaba de la porquería. "Así que esto es la muerte. Ha sido rápido. Supongo que ahora iré al Paraíso, o algo así". En ese momento, se arrepintió de haberle gritado tanto al tesorero, y de no haberle firmado todos aquellos papeles.
-¡Mago estúpido, como no colabores un poco te vuelvo a soltar!
"La voz de la Muerte se parece mucho a la de esa bruja delgaducha", se dijo Ridcully. Abrió un ojo. Miró hacia abajo y se arrepintió de haberlo hecho. El Ankh estaba a muy pocos pasos bajo él. Miró arriba. Dos brujas le sujetaban por las mangas de la túnica. Una tercera volaba justo debajo de él.
-¡Prepárate, Magrat! ¡Le soltamos! -advirtió Tata. Magrat alzó un pulgar.
Yaya y Tata dejaron caer al mago sobre la escoba de la bruja más joven. Ridcully se agarró a la muchacha como si le fuera la vida en ello. No, de hecho, sí le iba la vida en ello.
-¡Manos fuera! -bramó Magrat, atizando al mago un bofetón de revés-. ¡Sujétate al palo!
Las tres brujas regresaron a la orilla, donde el decano y el conferenciante de Runas Modernas habían observado fascinados las complejas maniobras de salvamento. A regañadientes, aplaudieron a las tres mujeres cuando dejaron al archicanciller sano y salvo en tierra firme.
-Se acabó -dijo él, mirando con fijeza un punto indeterminado en las "aguas" del río Ankh.
-Créeme, mago, algún día nos lo agradecerás -afirmó Yaya, dándose unas palmadas en el sombrero para sacudirle el agua. Sin más, las brujas trataron de arrancar las escobas. Produjeron un sonido chirriante, y quedaron inmóviles.
-Demonios -maldijo Tata Ogg-. Cerdas mojadas. No podremos irnos hasta que se sequen.
-Vayamos a tomar algo, señoras -ofreció el profesor cortésmente-. Yo invito. En el fondo, no creo que fuese tan buena idea lo de la vida eterna.
-Desde luego -aceptó Yaya en nombre de sus compañeras. Brujas y magos comenzaron a andar calle arriba.
-¿Y Poons y el tesorero? -inquirió el decano, repentinamente preocupado.
-Oh, sin duda hallarán un modo de frenar.
-Sin duda -corroboró Ridcully-. Nunca he visto nadie más difícil de matar que el viejo Poons. Al fin y al cabo, es el mago más viejo del Disco.
Abrió la puerta del Tambor Remendado y quince caras y algunos hocicos se volvieron hacia ellos. Muchos de los parroquianos juzgaron aquel momento el adecuado para dejar de beber. ¡Magos fuera de la Universidad Invisible! ¡Y no solo eso! ¡En compañía de brujas!
-¡Vaya, vaya! ¡Mirad quien, mmm, está aquí! -exclamó Poons, señalando la entrada con el bastón-. ¡Venid, venid!
El capitán Vimes se apresuró a acercar otra mesa y el Bibliotecario puso unas cuantas sillas alrededor. El tesorero se atragantó al ver a Ridcully, pero el archicanciller ni siquiera le dedicó una mirada. Pasó junto a él y se sentó.
Rincewind alzó un brazo para atraer la atención del posadero, que era feliz como unas pascuas. Aquella tarde el Tambor Remendado estaba más lleno que en el día de la Vigilia del Puerco.
Las jarras corrieron, llenas de cerveza y vino especiado. Entrechocaron los platos con cacahuetes y otros aperitivos.
-Señoras -dijo el archicanciller, alzando la copa en un brindis-, éste puede ser el principio de una bella amistad.
FIN
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