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La Piedra Filosofal

Por Kitiara

Parte 2 (de 3)

Historia ambientada el el Mundodisco (© Terry Pratchett).


      Booom
      -Mierda.
      Brebajes Slid apartó un par de tablones ardiendo y salió a la superficie. Los alquimistas desarrollan en su aprendizaje la cualidad innata de sobrevivir a explosiones y derrumbamientos. Y de todas formas, los que no la desarrollan no viven demasiado.
      Se esforzó durante unos instantes en sacudirse la barba y limpiarse la carbonilla de la cara, y sin previo aviso fue arrollado por una centella embutida en una brillante armadura.
      -¡Cabrón! -gritó Brebajes, echándose a un lado.
      La centella derrapó en un intento por frenar y blandió bajo la nariz del alquimista una inmensa espada.
      -¿Brebajes Slid? ¡Quedas detenido! -exclamó Zanahoria, eufórico.
      -No puedes detenerme -dijo Brebajes con calma.
      -¿Porqué no? -inquirió el joven guardia, decepcionado.
      -Necesitas una Prueba para detenerme -explicó.
      -¿Una Prueba? ¿Qué es una Prueba?
      -Parecido a una Pista.
      -¡Oye! ¡Yo tengo una Pista! -recordó, iluminado su semblante por la alegría.
      -¿En serio? ¿Puedo verla?
      -No. Es confidencial -le dijo Zanahoria, repentinamente serio al recordar sus obligaciones-. Ahora tengo que detenerte. Se te acusa de asesinar a Abmuz Caldero Mugriento para robarle...
      -¡La Piedra Filosofal! -le interrumpió Brebajes, abriendo los ojos de par en par, mientras su cerebro trabajaba a toda velocidad para recordar dónde la había visto por última vez. Se dio un fuerte tirón en la barba. Pareció funcionar-. ¡Iba a descubrir como funcionaba! ¡Estaba haciéndola hervir dentro de ese juguito verde, y le eché una gota de aquello morado y...
      -Pum -terminó Zanahoria.
      Ambos se tiraron entre los escombros del derruido laboratorio de Brebajes Slid y sacaron piedras a puñados, decididos a desmontar todo el edificio si era preciso para hallar la piedra. Unos minutos más tarde, con la ambición brillando en los ojos, se les unió Nobby.

      La fuerza de la explosión propulsó la dorada piedra hacia el cielo. Reflejó todo el brillo del sol al alcanzar el punto máximo de su órbita e inexorablemente comenzó a caer...
 


 
      -Mierda -protestó Om. Lentamente, el dios sacó la cabeza del caparazón para buscar lo que le había golpeado. Había estado dormitando plácidamente a la sombra de una lechuga hasta que un impacto en la concha le despertó.
      Vio, a escasos centímetros de su nariz, una piedra dorada que parecía brillar con luz propia.
      Seas lo que seas, no me vas a volver a molestar, pensó el cerebro de tortuga del Gran Dios Om (cuernos sagrados). Estirando el pescuezo con esa impresionante flexibilidad que caracteriza a las tortugas, mordió el liso canto y lo introdujo en su caparazón. Luego metió la cabeza y se durmió de nuevo.
      Apenas un minuto después, Om sintió como era izado por los aires, y oyó el sonido de unas alas bastante más grandes que él al batirse en el aire.
      -Oh, diablof, ota vej no -rogó, asomando la cabeza de nuevo sin soltar la Piedra Filosofal que sostenía entre las mandíbulas. Sus peores sospechas se vieron confirmadas. Estaba siendo transportado por una inmensa águila hambrienta. Conocía la técnica para salvarse de esa situación, pero para hacerlo tenía que dejar caer su nuevo tesoro.
      Sin pensarlo dos veces, dejó que la roca se precipitase al vacío...

      -¡Os he, mmm, oído! -chilló el viejo Poons, blandiendo su bastón en todas direcciones-. ¡Vais a salir de la Universidad!
      -Maldito viejo, que bien oye cuando quiere -musitó el conferenciante de Runas Modernas.
      -Calla, Poons, o se enterará toda la Universidad -rogó el decano, al tiempo que empujaba la monstruosa silla de ruedas del viejo mago hasta donde los demás se hallaban reunidos.
      -¡Vais a salir! ¡Vais a salir! -continuó gritando Poons.
      El tesorero le plantó ante las narices el Certificado.
      -Tenemos permiso -le dijo.
      -¡Entonces yo también voy! -exclamó el anciano, describiendo un arco con el bastón que venía a significar que si alguien le negaba lo que exigía, probaría cuan afilada estaba la punta.
      -¿Quién va a ir a dónde? -preguntó un mago recién graduado. Al instante, media docena más de magos de la Sala No-Común volvieron la cabeza. Los interrogados intercambiaron miradas de preocupación.

Splosh. Clonk.

      Splosh fue el ruido de la Piedra Filosofal al caer en el agua, y clonk el de dicha roca al chocar contra el fondo del caldero lleno de agua.
      -¿Qué demonios ha sido eso? -preguntó Magrat Ajostiernos, secándose con la manga unas gotas de agua que habían salpicado su cara enjuta y paliducha.
      -Espero que demonios no. Esme, ¿estamos invocando demonios?
      -No, Gytha -respondió Yaya Ceravieja, moviendo el inmenso cucharón de madera con el fin de pescar el objeto que había caído en el caldero-. Estábamos preparando té -dijo, cuando finalmente logró sacar la chorreante Piedra Filosofal. El cascote brilló bajo la luz de la luna. En las Montañas del Carnero era aún de noche.
      -Déjame verlo -pidió Tata Ogg, tendiendo la mano regordeta y volteando la Piedra para verla desde todos los ángulos-. Es de Ankh-Morpork.
      -¿Cómo lo has adivinado? -inquirió Magrat, con sincera admiración-. ¿Con magia, adivinación o...
      -Lo pone aquí abajo -respondió la anciana bruja, mostrando a sus dos compañeras la base del objeto-. "Made in Ankh-Morpork".
      -¿Meidin Ankh-Morpork? ¿Y qué se supone que significa eso? -Yaya se irritó consigo misma por no saberlo, y reprendió a Tata con una mirada severa que ella no advirtió.
      -¡Oh, parece que no sabéis nada del extranjero! -exclamó Tata-. Uno de mis hijos... ¿o fue un nieto? ¿Tal vez la pequeña Emily...? Da igual. El caso es que fue al Extranjero y me trajo una figurita. En la base ponía "Made in Klatch", lo que significa "Hecho en Klatch" -se interrumpió al sentir las miradas asombradas de Magrat y Yaya. Trató de explicarse con mayor claridad-. Al parecer, esto es una Costumbre en el Extranjero.
      -Pero, Tata, Ankh-Morpork no es el Extranjero -dijo Magrat, tratando de recordar todo lo que había oído decir a su vieja maestra sobre el Extranjero.
      -Ankh-Morpork es... ¡Ankh-Morpork! -concluyó Yaya con firmeza.
      -Tal vez sea una Costumbre Contagiosa -caviló la bruja más anciana.
      -Qué horror -se escandalizó Magrat. Luego miró la Piedra con recelo-. ¿Cómo puede haber llegado hasta aquí?
      -Si viene de Ankh-Morpork, seguro que los magos tienen algo que ver -dijo Yaya, asumiendo la expresión más seria que fue capaz de sacar de su repertorio de expresiones serias.
      -¿Y para qué pueden usar los magos una piedra dorada? -preguntó Tata, mientras sacaba el cucharón del metálico recipiente y sorbía un poco de té.
      -Vamos a averiguarlo, Gytha -concluyó Yaya, sacando unos polvos blancos de algún bolsillo.
      -¿Qué es eso? -se interesó Magrat, al tiempo que sacaba una velita de colores de su bolso.
      -Sal -la bruja la vertió en el té, provocando el consecuente enfado de Tata, que se disponía a probar un poco más.
      -¿Por qué has hecho eso? De verdad que no te comprendo, Esme. Encuentras un peñasco y ya empiezas a pensar cosas raras.
      -Magrat: solo una -advirtió Yaya, haciendo caso omiso del comentario de Tata y señalando las dos velas que la joven bruja había colocado en el suelo.
      -De acuerdo. Lo siento, Yaya; no me había dado cuenta -se disculpó la muchacha, guardando a regañadientes una de las velas. Tata miraba apenada lo que había sido su té favorito, el de menta.
      -Ahora hay que echar... chocolate. ¡Sí! ¡Eso es! Chocolate -murmuró para sí Yaya, añadiendo a la poción los polvos marrones del cacao-. ¿Quién guardó el Ojo de Ciego la última vez? -preguntó, mientras removía con ganas el caldo burbujeante.
      -Yo, Yaya -solícitamente, la joven bruja sacó del bolso una lente circular rodeada por un arito metálico, y lo echó al recipiente.
      Dentro de unos años, algún afortunado miope encontraría el Ojo de Ciego y lo denominaría monóculo. De momento, aquel nombre habría desatado todo tipo de comentarios obscenos por parte de Tata Ogg.
      -¡Ya está! -celebró Tata.
      Segundos después, el té de menta se había convertido en una crema vixcosa marrón, uniforme y pestilente.
 

"Queremos saber
que tienen que ver
esas magos vejestorios
y qué quieren hacer
teniendo este pedrusco
en su poder."
 
      ...canturreó Yaya sin mucho entusiasmo.
      La imagen comenzó a surgir de las profundidades del caldero a medida que las brujas iban repitiendo el cántico. Al principio no eran más que burdas imágenes talladas en chocolate, pero luego fueron adquiriendo forma y color.
      La forma y color de cuatro magos y una silla de ruedas...

      -¿Adónde vais a ir? -insistió Ponder Stibbons.
      -¡A...la Biblioteca! A por un libro -afirmó el decano, chillando para asegurarse de que Poons le oía. Por suerte fue así, y también el tesorero y el profesor le siguieron la corriente. En realidad no estaba mintiendo, pues para llevar a cabo su plan de hurto de la Piedra Filosofal necesitaban un libro llamado "Alquimia para torpes". Se felicitó mentalmente por su magnífica idea y recibió telepáticamente las felicitaciones de sus compañeros.
      -Genial. Entonces os acompaño -dijo Ponder-. Tengo que devolver este grimorio antes de que caduque el plazo.
      -Claro. Genial -dijo el tesorero de la Universidad Invisible, haciendo lo posible por disimular el sarcasmo.
      Sin muchas ganas, el conferenciante de Runas Modernas empujó la silla de ruedas del viejo Poons hasta la salida de la Sala No-Común. El resto le siguió.
      -¿Significa esto, mmm, que no vamos a salir? -preguntó el anciano, alicaído.
      -No, abuelo. Vamos a la biblioteca.
      -¿Cómo dices? ¡Exijo saber, mmm, lo que está pasando! -gruñó Poons, realizando una compleja maniobra para golpear la cabeza del conferenciante con el bastón.
      -Es parte del plan -murmuró el tesorero, inclinando la cabeza hasta introducir los labios en la trompetilla que servía de amplificador para el sordo mago. Era el único método fiable para que el viejo entendiese algo, y aún así, a veces fallaba. Pero el caso es que el viejo se calló.
      Un pasillo, dos, giro a la derecha, pasillo, vuelta atrás (pasillo recién fregado), giro al bies en la segunda esquina y la puerta de la Biblioteca apareció ante la comitiva.
      Al acercarse, los magos detectaron una sombra extraña frente a la puerta. La sombra chasqueó la tapa amenazadoramente. Era un baúl de viaje con patas.
      -Diablos -musitó el profesor, frenando en seco la silla de Poons y haciendo que éste, debido a la molesta ley de la inercia, estuviese a punto de romperse el cráneo contra el suelo.
      -Sí -corroboró Ponder-. Diablos de peral sabio. ¿Qué es eso que tiene ahí? -señaló el mago a un trozo de papel pegado a la tapa del Equipaje, que éste mantenía abierta.
      -Parece una nota -proclamó el decano, acercándose cautelosamente al baúl. La inmensa caja no hizo amago de moverse-. Yo no pienso meter la mano allí dentro.
      -Yo tampoco -secundó el tesorero.
      -¿Qué está, mmm, pasando aquí? ¡Soy el mago, mmm, más viejo del Disco! ¡Exigo saber, mmm, lo que está pasando! -rugió Poons, golpeando rodillas y espaldas de los magos que le impedían la visión.
      -Esa cosa nos obstruye la entrada a la Biblioteca -explicó pacientemente el tesorero.
      -¿Cómo? -el viejo mago se ajustó la trompetilla al oído.
      -¡Qué esa cosa no nos deja pasar! -chilló el mago, haciendo altavoz con las manos.
      El sonido retumbó en la trompetilla y rebotó en los tímpanos de Poons, creando un eco sobrenatural en el pasillo.
      -No es necesario que grites así -protestó el anciano mago-. Me estropearás el oído.
      -¡Tengo una idea! -exclamó el conferenciante de Runas Modernas-. ¡Podemos usar el bastón de Poons para impedir que la tapa se cierre, y entonces sacar la nota!
      -¡Ni hablar! -el anciano esgrimió el puntiagudo bastón a modo de florete-. ¡Nadie toca mi bastón sin mi permiso!
      -¿Nos das tu permiso? -inquirió Ponder. El viejo Poons suspiró resignado.
      -Todo sea por una buena causa -dijo, tendiendo el bastón por el mango hacia Ponder.
      Con sumo cuidado los magos se las arreglaron para colocar el pomo en el fondo del Equipaje y la punta contra la tapa.
      -Un movimiento en falso, condenado artilugio y te clavarás el bastón hasta... ¡hasta muy dentro! -dijo victorioso el decano.
      -Ahora hay que coger el papel.
      -Sí.
      -Ya.
      Tres miradas penetrantes confluyeron sobre Ponder, el mago de menor edad. Poons dormitaba.
      -Joven Stibbons, si haces el favor... -pidió el conferenciante con la autoridad que le conferían sesenta años de dar clase a ineptos aprendices de mago.
      El aludido tragó saliva con dificultad. El profesor había empleado el mismo tono de voz que Ponder recordaba de las clases de Runas Modernas. Ese timbre de todos los maestros cuando encuentran a un alumno distraído y le dicen: "¿Estás de acuerdo con lo que ha dicho tu compañero, Stibbons?"
      El joven mago se estremeció y dirigió una mano temblorosa hacia el Equipaje. El trasto con patas no se movió un ápice.
      De un rápido movimiento, arrancó el papel y retiró el bastón de Poons. Una vez libre, la caja de peral sabio cerró la tapa perezosamente y pasó por ella lo que podría ser una lengua.
      -No albergaba muchas esperanzas con respecto a mi plan -reconoció el conferenciante-. He visto muchas veces a ese trasto devorar de un bocado a varios demonios fugados de otra dimensión en los accidentes mágicos de la Biblioteca.
      Ponder miró al profesor con espanto y luego se miró la mano. No cabía duda, seguía en su sitio. Suspiró aliviado.
      -¡Vamos joven, léela! -urgió Poons, azuzando al mago con la punta del recién recuperado bastón. Luego se volvió a dormir.

"A todos los magos de la Universidad Invisible:
El Bibliotecario y sub-Bibliotecario han salido a hacer algo muy importante. Lamentamos las molestias que les pueda ocasionar el vice-sub-Bibliotecario que queda al cargo de impedir la entrada para evitar accidentes mágicos. Podrán devolver los libros mañana.
Atentamente: El Bibliotecario."
      -¿Todo eso pone? -preguntó el decano, estudiando la diminuta nota que Ponder sostenía en las sudorosas y aún temblequeantes manos.
      -Sí. No. -respondió el mago-. En realidad pone "Ook, chee, ick. Ok."
      -Entiendo -afirmó el decano.
      -Bien, Ponder. Gracias por su ayuda -dijo el profesor, palmeando el hombro de su ex-alumno-. Retírese, muchacho.
      -Sí, señor -sin esperar un instante, el joven mago trotó pasillo arriba, feliz de conservar su mano. El tesorero aguardó a que Ponder doblase la esquina antes de hablar.
      -Bien, señores. Si no contamos con la ayuda del libro sobre alquimia, tendremos que buscar otro modo de hacernos con la Piedra Filosofal.
 
 
      -¡La Piedra Filosofal! -Magrat abrió mucho los ojos, hasta que pareció que se le iban a salir de las cuencas y los fijó en la brillante Piedra.
      -Al parecer la han perdido -musitó Yaya, estudiando el canto con renacido interés. Lo sopesó distraídamente-. Tenemos que deshacernos de ella.
      -¿Por qué? -dijo Magrat, poniendo los brazos en jarras-. ¡Es el mejor descubrimiento desde... las imágenes en acción!
      -¿Lo quieres tú, Magrat Ajostiernos? -le preguntó Yaya en tono glacial-. ¿Quieres vivir eternamente? -le ofreció la piedra poniéndosela ante las narices. Magrat palideció, tragó saliva y dio un paso atrás. Bajó la cabeza avergonzada y negó.
      Yaya sonrió con satisfacción y guardó la roca en un bolsillo.
      -¿Y cómo nos desharemos de ella? -preguntó Tata, que había juzgado prudente no inmiscuirse en la conversación hasta aquel momento-. Seguro que es Mágica, ya me entendéis. Seguro que no arde, es irrompible, si la tiramos por un barranco alguien la recogerá y si la tiramos a un río saldrá a flote.
      -Yo sé un río del que no saldrá a flote -proclamó Yaya, mientras comenzaba a recoger las cosas.
      -Oh, Esme, ¿no lo dirás en serio?
      -Sí, Gytha. Traed vuestras escobas aquí en media hora. Nos vamos a Ankh-Morpork.
 
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