Un relato del Mundodisco (© Terry Pratchett).
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No importa lo que digan. Cuando te mueves sobre un enorme disco, sostenido por cuatro elefantes, que, a su vez, reposan sobre una tortuga de quince mil kilómetros, el equilibrio es lo primero. Todos los científicos, sin embargo, hablan de teorías absurdas sobre la atracción de los cuerpos, la cinética, la comparación entre el peso y la masa, la gravedad... Nunca sabrán como demostrarlo. La única verdad es que, si pierdes el equilibrio y te ves arrastrado por las Cataratas Periféricas que bordean el Mundodisco, ya te puedes despedir de cualquier método científico de análisis o de síntesis. Los que más conocen acerca de este hecho son aquellos que navegan por el mar, haciéndose sus dueños. Se trata de los temibles Piratas del Mar Circular, cuya fama no se ha extendido excesivamente porque la mayoría de sus víctimas no logran escapar con vida al primer abordaje. Dejémoslo en que son conocidos, sin más. Son como uno de esos tipos que conociste en el colegio o el instituto y apenas cruzaste cuatro palabras con él. Si te pregunta alguien "¿Quién era ese al que has saludado?", contestas, sin mucho interés, "Nadie, un conocido". Y vuelves la vista.
Los marineros no volvían la vista, simplemente el alcohol se la nublaba. Así, el abordaje era una fácil y sencilla formalidad administrativa en sus manos, que en unos instantes terminaban como buenos profesionales. Pero no se habían hecho ricos porque la suerte no les sonreía a menudo. Todo lo que conseguían abordar las más de las veces eran cargueros mercantes, sin mucho valor. Lo que conocían como Serie B. La Serie A, cruceros, cargamentos de objetos valiosos o barcos de esclavos, que se podían vender a buen precio, no se dejaban ver fácilmente. La gente adinerada siempre contrataba al menos uno o dos magos para que crear ilusiones que les permitiesen pasar desapercibidos, o varias montañas de músculos en su defecto, que salían mejor de precio. Para su desgracia, también existía la Serie C, navíos de guerra y barcos cargados de bárbaros con ansias de encontrar tesoros y cargarse unos cuantos piratas si llega el caso. Entonces ponían mar de por medio. En una de estas islas, conocida por las bandas de los alrededores como Baladora, en el pequeño archipiélago de Mazorca, un barco anclado reposa de mil contiendas mientras sus tripulantes están en una cabaña cercana discutiendo asuntos de negocios y algún que otro tema esotérico. Era el temible Pandemonium, el navío con más remiendos que existía en todo el archipiélago. Cuando era divisado por otro barco, el pavor inmovilizaba a sus ocupantes, que creían ver una aparición fantasmagórica, que resultaba ser consecuencia de una falta de presupuesto a la hora de arreglar los desperfectos sufridos en cada viaje. E n torno a una mesa de madera, maltratada al estilo pirata para darle más carácter, se veían las caras los dos principales responsables del Pandemonium: el capitán Wanchen Foren y el segundo oficial de abordo, Loquens Filigrana, más conocido como el "Sepia". -¡Batallitas las justas, Sepia! ¡Yo siempre me he guiado por lo racional en el mundo de la piratería! ¡Lo veo, lo robo! -exclamó el capitán. -No digo nada que no sea verdad, Foren... Deberías fiarte más de la experiencia de un viejo diablo del mar como yo –contestó Sepia. -Una cosa es divertirse un rato a costa de tus desvaríos, con esas historias tan raras que cuentas acerca de monstruos, magia y tonterías varias... Pero ponte serio por un momento y piensa con los pies... con tu pie... en el suelo –dijo Foren mirando la pierna de madera de Sepia. -Mira, de todos es sabido que nuestras fechorías no siguen reglas éticas aceptadas. Luego, convencionalmente, estamos obrando el mal. Varias caras sorprendidas del resto de la tripulación advirtieron al tullido de que su mensaje pasaba a través de ellos como un tren pasa por una decena de tuneles, entrando por un lado, y saliendo con igual facilidad por otro. Algunos como el tesorero [2], el mago renegado o una joven bucanera sí comprendieron lo que expresaba y lo tradujeron simultáneamente. -Quieres decir que somos los malos –dijo el tesorero. -Eeeeeeso es –señaló Sepia–. Ahí estamos encasillados, ahí estamos clasificados, de ahí no nos mueven ni con una grúa. -¡Somos bandidos! –gritó el tripulante enano Amebo Estreptococo. -¡Robamos y matamos! –dijo con gran festejo el troll Cascote. -¡Y robamos! –siguió el repugnante gnoll Bilis. -¡Eso ya lo he dicho yo! –recalcó Cascote, y hundió a Bilis en el suelo de un porrazo. -¡Concentración! –gritó afónico Sepia. -Continúa -dijo Foren, que se temía que todo acabase entre puñetazos y patadas como de costumbre. Sepia tomó un trago de agua para aclararse la voz, puesto que no disponían de alcohol en ese momento. Motivo, por cierto, que justifica esta reunión de crisis. Deseando volver a paladear algún licor, el viejo dio un pequeño repaso visual a toda la tripulación, lo cual le ayudó a comprender su penosa situación un poco mejor. Sentado en un barril vacío, destacaba el mago más obeso del Mundodisco. Fue expulsado de la Universidad Invisible porque no encontraban nada de su talla, aunque pareciese mentira en un lugar donde el colesterol se sentía como en casa, y por vaciar compulsivamente las despensas. Todos le llamaban Gandulfo el Grasiento. En la pared que miraba en dirección Eje se apoyaban los mencionados Estreptococo el enano, Cascote el troll, Bilis el gnoll y Tiburcio el idiota, principales encargados de ocuparse de los remos. Y en la otra pared, cuyos boquetes estaban mal reparados, con tablones y clavos que sobresalían, permanecían Rufo Sacolleno, el timonel; Ciriaco Kongoja, el vigía; Deonard Kliché, el tesorero; un muchacho con los labios amoratados llamado Escorbuto y la única mujer a bordo, Rémora. El Capitán Foren tomó asiento para seguir escuchando a Sepia. No era el tipo de persona que aguanta las historias de maldiciones, brujerías o encantamientos y mucho menos a sus protagonistas, pero ya había dado la mañana por pérdida y se encontraba bastante desesperado. Foren debía el éxito de su carrera al pragmatismo y a la sobriedad de los cuales hacía gala, cualidades que nadie esperaría encontrar en un pirata. En su juventud inició estudios en la Academia de Comercio de Ciudad Barroca [3] y al final se decantó por unirse al mundo de la piratería y adquirió su propio barco. La justificación que dio a sus padres, unos empresarios del lugar, fue que el gremio de los piratas era un campo inexplorado económicamente, con muchas posibilidades, y que pronto crearía franquicias en cada puerto. De haber sabido lo que le esperaba, habría montado un circo. Por el contrario, Sepia era un pirata nato, con tres generaciones que le precedían y todos los rasgos físicos y psicológicos más tópicos de la profesión. Conocía a la perfección todos los trucos, artimañas, lugares, islas, tabernas, burdeles, ferreterías y carpinterías existentes y un gran número de historietas, de las cuales, un 95% eran aborrecidas por el capitán, que las tildaba de infantiles y predecibles. Aunque sean ateos, los piratas son muy supersticiosos y, en aquel momento, el viejo Loquens Filigrana captaba toda la atención de la tripulación sin haber expresado gran cosa. Lo bueno estaba por venir. En este caso lo bueno era lo malo. -Como iba diciendo -continuó Sepia–, nosotros somos una de las encarnaciones de lo malo en este mundo. -Y presumimos de ello –añadió Sacolleno. -Queda claro, pues. Así que nos encontraríamos situados en la "Zona del Mal". Por lo que, al otro lado, debería existir la "Zona del Bien". Y aquí empieza mi historia. -No, por favor, otra de tus historias no... -dijo Foren llevándose una mano a la cabeza–. Van de lo soso a lo lamentable. Son demasiado predecibles. -¡Precisamente! –saltó Sepia. -¿Precisamente? ¿Encima te recreas en ello? ¡Menudo cinismo! -¡No! Me refiero a que, precisamente, de eso va la historia...
Una leyenda no escrita dice que cuanto más intensamente ilumine la luz, más crecerá a su alrededor la oscuridad. Luz y Oscuridad, símbolos del Bien y el Mal, son fuerzas que viven en constante lucha, a veces violenta, a veces imperceptible. Ninguna es superior a la otra, ninguna es inferior a la otra. No son entidades materiales, son espectros inmateriales que se transmiten en el tiempo y el espacio de diversas formas tan cuestionables que no se pueden controlar. No se pueden equilibrar.
-¿Qué busquemos una balanza? ¡Ni que fuésemos verduleros! –gritó Kliché indignado.
El nivel de racionalidad de los pensamientos del capitán había descendido los últimos días, junto a su efectivo. Si no hacía alguna locura de este tipo podía morir de hambre o de asco. No podría soportar las tendencias salvajes y escasamente higiénicas de la tripulación. En aquel momento pensó que entre lo racional y lo irracional hay un pequeño y estrecho pasillo, y que él había llegado allí por equivocarse de puerta. Sin más opiniones en contra, la banda de piratas, de forma unánime, decidió planear el viaje. Para tranquilizar a Escorbuto, Gandulfo le prometió buscar un cargamento de cítricos antes de embarcar. Aunque el enfermizo joven no entendió muy bien a quién había que criticar para necesitar todo un cargamento, aceptó confiando en el mago. Foren acercó la silla a la mesa donde estaban Gandulfo y Sepia. Miró con indiferencia al mapa del Disco que estaban manejando y cayó en la cuenta de algo que su depresión matinal había pasado por alto. -Pero, ¿cómo vamos a encontrar algo que no sabemos dónde está? Lo primero que deberíamos hacer es buscar información acerca de ese objeto en particular. No podemos viajar sin rumbo. -Capitán, tranquilo. Ya le he dicho que alguien que lo debe estar usando para equilibrar la balanza del Disco hacia el Bien -sostuvo Sepia. - Y por lo del rumbo y...la información... no se preocupe... Sé el lugar donde... sin lugar...a dudas... encontraremos todo lo que... necesitamos saber... acerca de la balanza... y su paradero –tranquilizó el mago señalando un punto en el mapa-. ¡Ankh-Morpork! Foren sonrió por primera vez en toda la mañana, viendo algo concreto hacia lo que podía dirigirse. La mayor ciudad del Mundodisco era el lugar perfecto para hallar información. Mil bárbaros de paso, buscando tesoros y perdiendo todo lo que tienen en trifulcas y juegos de azar, eran el requisito principal para hallar la balanza. En su mente no había nada más real [4] que esa ciudad. Empezó a descubrir desde entonces que ser pirata no significaba sólo cuadrar operaciones comerciales ilegales sino que era un estilo de vida diferente que él no conocía todavía. Así realizó su apuesta definitiva: un viaje a por todo o a la nada. Por la tarde comenzaron los preparativos para la odisea hacia Ankh-Morpork y después hacia nadie sabía donde. Pero se encontraban demasiado fatigados tras haber mantenido una conversación tan larga y profunda, lo dejaron para el día siguiente y se tumbaron en sus respectivos lechos o desechos. El día siguiente amaneció lleno de nubes y Sepia lo tradujo como un mal presagio. No obstante, no había tiempo que perder y comenzaron a reparar el casco del Pandemonium, a cambiar las velas y a barnizar la cubierta. Tras el titánico trabajo de restauración, descansaron y dieron por concluida la jornada. Sepia respiró tranquilo porque las nubes se alejaron por la tarde. El tercer día cargaron con todo lo que creyeron necesario (todo lo que tenían) y subieron al barco con un optimismo que sólo rompían el capitán y el saco donde estaba encerrado Kliché. Soplaba viento dextro y las velas zurcidas ya lo marcaban con majestuosidad remendada. Kongoja, el vigía, subió hasta su puesto; Sacolleno agarró la rueda del timón con garras de águila; Escorbuto y Rémora se encargaron de soltar amarras; Gandulfo revisó las bodegas y, de paso, se preparó un aperitivo; por último, todos los remeros comprobaron que los remos seguían en su sitio y no hicieron nada más, ¿qué más iban a hacer? Sepia subió el último, apoyado en su muleta, y sonrió al capitán, quién empezaba a arrepentirse de ser el capitán. Comenzó el viaje. Volvieron las nubes inesperadamente.
Mientras tanto, y como, de momento, no les ocurrió nada que mereciese la pena contar, nos trasladamos por vía narrativa a su destino.
El guardia que se estaba escondiendo tras una caja comprobó con todos sus sentidos, incluyendo olfato y gusto, que el peligro había desaparecido y salió para mofarse del final que había tenido la disputa. No contentó con las carcajadas, se dispuso a patearles con gran emoción. En las procelosas aguas del Mar Circular, el Pandemonium continuaba su travesía gracias a los esfuerzos de todos los tripulantes, que no dejaban de tapar agujeros y de achicar el agua con cubos. Las nubes tormentosas amenazaban con descargar su contenido con furia en cualquier momento, y nadie sabía si el barco aguantaría el envite de una tempestad. De todos modos, nadie había perdido la esperanza, entre otras cosas, porque nunca habían comprendido muy bien el concepto. El viento comenzaba a soplar con una fuerza mayor y la cubierta estaba casi desierta, quedando en ella Sacolleno y Kongoja, ejerciendo la labor de sus respectivos puestos. El timonel Rufo Sacolleno era un hombre de edad madura, curtido en los mares. Tenía varias cicatrices de refriegas marítimas y un buen número de varices, pero conservaba en su sitio todos sus apéndices, algo que no es muy corriente en un pirata. Aunque, por desgracia, estaba falto de oído, como ya se ha mencionado anteriormente. Escupió violentamente y gruñó, porque vislumbraba los primeros indicios de una tormenta de categoría. Ciriaco Kongoja se refugiaba en su pequeño puesto de vigía, cubierto con una manta y tomando una sopa caliente. Era menudo, escuálido, y carente de toda dentadura. Su sueño era ser un reconocido catador de quesos, pero se tuvo que conformar con lo primero que encontró. En el camarote del capitán, Foren y Sepia comentaban las incidencias climáticas que estaban por venir y se sentaron sin encontrar solución. Foren intentó distraerse leyendo un libro que traía para la ocasión: Valores Vigentes del Mercado Actual. Miraba cada página con sumo interés y agrado, mesándose el bigote. Sepia, aburrido, intentaba curiosear en el diario de a bordo del capitán cuando, de repente, Tiburcio y Rémora entraron corriendo, bastante alarmados. El capitán levantó la vista del libro. -¿Qué ocurre? ¿Os persigue el coco? –dijo distraídamente Foren. -¡Es Escorbuto! –gritó Rémora–. ¡Ha empeorado! Los cuatro se apresuraron a llegar hasta la bodega, donde Escorbuto había caído enfermo. Siempre había sido un muchacho enfermizo, pero esta vez la situación era crítica. Entre la tripulación, el único que tenía algunos conocimientos médicos era Gandulfo. También el mago estaba allí, preparándose un pequeño tentempié, cuando el joven se había desmayado, con los labios más amoratados que jamás había visto. Alrededor de Escorbuto había toda una serie de fluidos corporales derramados que nadie se atrevía a catalogar. El mago sacó todas las hierbas y ungüentos que llevaba, pero no sirvieron para nada. El muchacho levantó el brazo por última vez. -Ha...ha sido un mareo... No...es...nadagh... Foren y Sepia bajaron la cabeza mostrando signos de condolencia y dando un imaginario pésame a cualquiera que hubiese sido familiar de Escorbuto. El capitán sólo conocía a su prima, una tal Sífilis, y juró que sería él mismo quien le daría la triste noticia. Tiburcio y Rémora dejaron escapar un río de lágrimas mientras recordaban los buenos ratos que habían pasado junto al fallecido. En realidad no habían pasado grandes ratos, porque salía poco de su cabaña en la isla, temiendo que el Sol le quemase la piel o que el agua de la playa le produjese irritaciones e inflamaciones, pero, de todas maneras, lloraron amargamente. -Démosle un entierro digno al estilo pirata -dijo el capitán con la voz apagada.
Dispuestos a cumplir la orden de Foren, salieron de la bodega todos excepto el mago, que se sentó junto al cadáver, lleno de rabia por no haber podido salvarle la vida. Delante estaba la Muerte, quien se encargaba de llevar consigo el alma del difunto, y le miraba desde las vacías cuencas de los ojos, donde una luz brillante de color azul nunca se apagaba. Gandulfo, que podía ver a la personificación antropomórfica por su condición de practicante de la magia, levantó la vista hacia el esqueleto encapuchado y se atrevió a hacer una pregunta, esperando no molestar a su interlocutor. Continuará...(Un poco de paciencia, por favor.)Notas al pie:
1: Un poeta escribió algunos versos acerca de la libertad del pirata, pero nunca se acuerda de donde los metió porque su casa es un desorden. En una ocasión, se perdió incluso él y tardaron seis días en encontrarlo, metido en un cajón de la mesilla de noche. Volver. |
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Esta sección de La Concha de Gran A'Tuin está escrita por Fernando Muñoz.