FRAGMENTO DE LA PRIMERA NOVELA SOBRE MESENE

(de próxima publicación)

Este material, escrito por el guionista de Mesene Roke González, y que nos ha sido facilitado por la editorial DUDE Comics, nos permite ver un fragmento de la novela que a todos los aficionados a la serie nos recordará los hechos ya leidos en Crónicas de Mesene, Cantares.

Por supuesto en dicha novela saldrán muchísimas cosas que no aparecen en el comic, como el paso de Baran por el ejército de Mesene, el primer encuentro entre Ragnar y Baran, y muchas más cosas que no pudimos ver en las series publicadas.

 

 

SEGUNDA PARTE

LA GUERRA DE GOTIA

CAPÍTULO PRIMERO

EL MAESTRO

Baran a los ocho…

El rey Teron estaba a punto de ver cumplido su décimo primer año de reinado y el verano con su secuela de calores, nubes de mosquitos y humedad asfixiante, hacían de la vieja capital de su reino, un lugar muy poco adecuado para las travesuras de los niños.

Pero si el ser humano tiene una cualidad especial, es su infinita capacidad para adaptarse a lo que sea y esa cualidad, siempre se manifiesta con especial fuerza en los más jóvenes representantes de su especie. No hay cataclismo, ni guerra, ni desastre capaz de interrumpir por mucho tiempo los juegos de unos niños llenos de vida y deseosos por abrirse paso en un mundo enorme y hostil. Así pues, las inclemencias del tiempo en una vieja metrópolis decadente apenas eran una anécdota en la existencia de la nueva generación de mesenios que pululaba aquella tarde por las calles de Karia.

Uno de ellos, una criatura de unos cinco años, coloradota y desaliñada, de vivaces ojos verdes y revuelto cabello castaño, correteaba alegremente a la sombra de una antigua mansión próxima al hogar de su familia. El niño, o más bien, la niña, se llamaba Teodora y era hija de Darius, el posadero propietario de la Corona, un prestigioso establecimiento que ofrecía habitaciones limpias y una buena comida a todos aquellos que optasen por alejarse unos pasos de la ribera del Kavir en busca de un poco de tranquilidad. Teo, como la conocían cariñosamente en casa, tenía un hermano mayor llamado David, fuerte y atrevido como su padre que le servía de modelo y al que le hubiera gustado imitar en todo. Eso provocaba no pocos pesares a sus padres, a los que les hubiera gustado engendrar una niña menos masculina, pero Teo tenía la tenacidad incansable de las comadrejas y la velocidad de una potranca, así que los posaderos habían optado por dejar su educación en las tareas del hogar para los próximos años, consintiendo que su hija se criase como un niño más de los muchos pilluelos que merodeaban por el barrio.

Muy ufana con su victoria, Teo se aventuraba más y más en las retorcidas callejuelas que rodeaban la posada y cada día descubría nuevas maravillas. Aquella tarde le había tocado el turno a un callejón prometedor que se abría entre los muros del viejo templo de Astarté y la abandonada mansión de los Duarte. Allí, el jardín interior del templo había crecido enormemente y había saltado por encima del estrecho callejón invadiendo los muros y alguna que otra de las estancias posteriores de la vieja casa. El callejón en si estaba cubierto por un dosel de ramas verdes que lo convertían en un lugar sombrío y fresco, ideal para jugar al escondite. Y eso era lo que Teo estaría haciendo con alguno de sus amigos de no ser porque aquel rincón de la ciudad tenía un serio inconveniente.

Los fantasmas.

Todo el mundo sabía que tras los muros de la mansión de los Duarte vivía un fantasma ruin y mezquino, que acechaba a los niños para llevárselo a ese lugar oscuro y misterioso donde viven los fantasmas y no dejarlos volver nunca con su familia. En estas circunstancias, pocos eran los niños que osaban acercarse al callejón y la mera presencia de Teo en él aquella tarde decía mucho en favor del carácter intrépido de la niña.

De repente, un ruido interrumpió los solitarios juegos de la pequeña. Teo se quedó paralizada por un instante y miró con precaución a una grieta del muro de la mansión. Algo se movía allí, algo peludo, informe y bastante más grande que una rata… Asustada, la niña retrocedió dos pasos hasta llegar junto a una piedra de considerable tamaño. Si el fantasma del viejo Duarte salía por allí, se iba a llevar un buen porrazo, pues Teo no era de las que se rendía sin luchar.

Pero he aquí que la misteriosa figura se fue viendo poco a poco con más claridad y que a medida que lo hacía, Teo iba sintiendo cada vez menos miedo. Veréis, es que como fantasma, aquel recién llegado era más bien poco imponente. De hecho no se parecía a un espectro, sino a otro niño, unos años mayor que Teo, sucio, arañado y encorvado que luchaba por salir por el estrecho agujero sin demasiada fortuna.

El chico era delgado y menudo, tenía el cabello negro y, por lo que podía escuchar Teo de sus reniegos, bastante malhablado. Pero lo que estaba claro era que no debería costarle tanto salir de allí si utilizase sus manos de forma correcta. La razón por la que no lo hacía era todavía un enigma y Teo, mujer al fin y al cabo, se sintió lo bastante intrigada como para aguardar a preguntarle porqué actuaba de aquella manera tan extraña.

Cuando por fin consiguió salir de la grieta, el niño pudo prestar atención a los alrededores y se percató de la presencia de Teo. El niño se irguió inmediatamente, todavía sujetando algo entre las manos y con aire de fingida dignidad afirmó:

--¡Tú eres Teo, el hijo pequeño del posadero!

Si en aquel momento Teo hubiese corregido el error del chico, es muy probable que esta historia hubiera tenido un final muy distinto, pero no fue así, la niña estaba demasiado interesada en lo que ocultaba el recién llegado como para hablar sobre su género. Después de todo, el sexo, a ciertas edades, no tiene la menor importancia.

--¡Ajá! Y tú eres Baran, el sobrino de Balsibas, el vendedor de caballos. ¿Qué haces aquí?

El chico adoptó una pose de suficiencia:

-- ¿Tú qué crees? ¡Buscar tesoros! ¡Todo el mundo sabe que en la casa del duque Duarte hay un gran tesoro!

Los ojos de Teo se abrieron como platos, ¡aquel Baran sí que era un niño interesante!

--¡Hala! ¿Y no te dan miedo los fantasmas?

Baran sonrió con malicia.

--Siempre hay fantasmas en los sitios donde hay tesoros, sino se los llevaría todo el mundo. Pero una vieja adivina me dijo que si llevas la ropa al revés, te dejan en paz.

Teo estaba fascinada. Aquella tarde se había convertido de repente en la más interesante de toda su corta vida. ¡Un buscador de tesoros! Entonces eso quería decir que…

-- ¡Dime, dime! ¿Qué es lo que llevas ahí? ¿Un tesoro o qué…?

Baran abrió cuidadosamente las manos, en su interior, un pequeño y desgarbado pollo de cuervo se movió con torpeza.

--Todavía no he encontrado ningún tesoro, pero encontré esto.

--¡Uau! ¡Qué mono! ¿Me lo dejas?

Egoísta como todos los niños, Baran apartó rápidamente el polluelo de la mano extendida de Teo.

--¡Espera, puedes hacerle daño! Es un cuervo y lo quiero criar. Le enseñaré a robar golosinas para mi y todo eso…

--¡Qué bien! ¿Y cómo lo vas a llamar?

Baran no lo había pensado todavía, pero era demasiado orgulloso como para reconocer eso ante un niño más pequeño que él, así que improvisó como pudo:

--Uh… creo que le llamaré Pollo.

Teo lo consideró por un momento y luego estalló en carcajadas.

--¡Ja, ja, ja! ¡Qué nombre tan tonto!

--¡No es tonto! Es un pollo y por tanto llamarlo Pollo es lo mejor.

--¿Me dejarás jugar con él?

Baran era un niño de carácter soñador, dado a las grandes fantasías y a crear en su mente un mundo particular en lo que las fronteras de lo real y lo imaginario no estaban del todo definidas. Para un chico así, encontrarse con un seguidor como Teo era un auténtico tesoro, por fin tendría alguien con el que compartir aventuras, alguien con el que hablar de proyectos descabellados y alguien, en fin, con el que cuidar a su recién adoptada mascota. Así que respondió:

--Vale, pero tienes que ayudarme a buscar gusanos y trozos de carne para darle de comer…

Y así, de esta sencilla manera, se dieron los primeros pasos que marcarían para siempre dos vidas y que acabarían por modificar los destinos de todo un mundo.

Baran a los doce…

Aunque para sus protagonistas la niñez es un lánguido período de tiempo inacabable, los años pasan realmente deprisa cuando se está aprendiendo. Baran y Teo se habían convertido en un dúo bastante conocido en el barrio de la Ribera de Karia. Independientes, atrevidos, curiosos, los dos niños se tenían fama de ser los mejores cazadores de ranas y culebras del vecindario, los más audaces exploradores de ruinas y los más molestos de los intrusos de las casas particulares. Como todos los niños compartían sus batallas a pedradas con los chicos de otros barrios, los novicios de los monasterios y algún que otro hijo de un noble venido a menos. Sus pequeñas raterías en los almacenes del puerto y algún que otro accidente rasgaban sus túnicas y arañaban con frecuencia sus rodillas. De haber sabido los acontecimientos que rodeaban a esos arañazos a buen seguro que se les hubieran puesto los pelos de punta a sus familiares, pero ya se sabe, los padres son siempre los últimos en enterarse de los secretos de los niños.

Lo único que les hacía especiales era la amplitud y la profundidad de sus aventuras. Si los niños del barrio tenían un escondite donde organizarse y merendar, Baran y Teo tenían cientos. Si algún niño precoz se aventuraba en el jardín sagrado del templo de Astarté para robar granadas, Baran y Teo llegaban incluso hasta los mismos temidos jardines de la diosa Ataecina, la señora del Infierno para robar las monedas del pozo de la fortuna que allí se encontraba. Si los otros niños jugaban al escondite en las calles. A Baran y a Teo podía vérseles llevar el mismo juego hasta los tejados de las más elevadas torres y lo más tenebroso de las cloacas…

Y siempre volvían con tesoros: algún tapiz mohoso de una casa abandonada, los frutos de alguna higuera de un jardín perdido, armas antiguas descolgadas de panoplias olvidadas, polvorientos libros de raídas páginas de pergamino que Teo enseñaba pacientemente a leer a su amigo.

La suya fue una infancia plena y llena de maravillas, plagada de aventuras y salpicada de peligros, una infancia en la que los niños formaron su propia banda de dos y consiguieron imponerse en la intrincada jerarquía de las calles a base de la fuerza que Teo había heredado de su formidable padre, un hombretón que había hecho fortuna en las campañas militares del anterior monarca, y de la astucia y puntería de Baran, cuyas pedradas y emboscadas eran el terror de todos los matones y golfillos de la ciudad.

Su amistad era pura y transparente, salvo en un aspecto, Baran seguía creyendo que Teo era otro niño y la hija del posadero nunca llegó a sacarle de su error. De alguna forma, Teo presentía que Baran no se comportaría igual si la considerase una niña. Por algunos comentarios de su amigo, la pequeña sabía que Baran estaba pasando por esa edad en la que el sexo opuesto era mirado con desconfianza y hasta con antipatía y Teo no quería que aquello les distanciase.

Pero todo tiene que llegar a un final y un día, los caminos de los dos amigos comenzaron a distanciarse. La razón de ello fue precisamente la audacia creciente de las actividades de la joven pareja.

Nadie sabía cuando había llegado, ni de donde venía, pero desde hacía cierto tiempo, un misterioso viajero había entrado en el universo particular de los dos niños.

El individuo en cuestión era una figura formidable, grande, barbudo, moreno, de rojiza melena surcada por hebras grises y andares pausados como los de una montaña caminante, el forastero se llamaba Rolfson y se decía que era el montero de la antigua reserva real de la isla de las Garzas, en las afueras de la ciudad.

Baran pronto reparó en su presencia cuando un día le vio llegar en su barca con uno de los cocodrilos del pantano cruzado sobre la proa. La bestia era un viejo macho, un auténtico monstruo de cinco metros de largo capaz de partir en dos a un hombre de un bocado, casi un dragón en miniatura. Pero lo que más le impresionó a Baran no era la magnitud de la presa, ni el venablo profundamente hundido en el corazón de la misma, sino la voz profunda del cazador que, con toda naturalidad, bogaba aguas arriba cantando una hermosa versión de una vieja balada élfica.

Un tipo grande, fuerte, un gran cazador y un magnífico cantor, para un muchacho como Baran, a un paso de entrar en la pubertad, la figura de Rolfson pasó inmediatamente a convertirse en el centro de sus fantasías infantiles y por tanto en objetivo de su estudio.

Y así fue como una tarde de otoño un cuervo fue a posarse en uno de los alféizares del viejo molino donde se hospedaba Rolfson siempre que subía hasta la ciudad. El cuervo en cuestión se llamaba Pollo y siguiendo las instrucciones de su amo, graznó una vez al ver que el interior de la casa estaba vacío.

Instantes más tarde, Teo se encaramaba a la tapia del enmarañado huerto que se extendía por la parte de atrás del molino.

--¡Échame una mano, Teo!-- Dijo Baran impaciente, a pesar de ser mayor que su amiga, Baran era más bajo que ésta y tenía dificultades para trepar el elevado muro.

Teo le izó a pulso y Baran saltó ágilmente al otro lado. Mientras corría hacia la casa, el joven susurró:

--Y ahora, silencio. Debemos darnos prisa antes de que vuelva el viejo Rolfson.

Teo le siguió y cuando llegaban al muro trasero de la edificación, musitó:

--Baran, esto no me gusta. Ese Rolfson me da miedo, es muy grande y muy misterioso. Parece un cazador normal, pero le he visto en la posada de padre y habla con el capitán León, el jefe de la milicia que le trata con sumo respeto.

Mientras atisbaba cuidadosamente a través del hueco de la única puerta del edificio, Baran repuso:

--Bueno, Teo. Para eso hemos venido. Esta es su guarida y seguro que tiene cosas interesantes dentro.

Y entró decididamente.

Allí, sus esperanzas se vieron colmadas más que sobradamente. En los meses en los que llevaba yendo y viniendo por el río, Rolfson había convertido aquel escondite en una auténtica cueva del tesoro. Pieles de oso y lobo alfombraban las tablas del suelo, sobre una tosca mesa descansaba un casco con cimera de plumas, cuidadosamente pulido pero con unas sospechosas abolladuras que indicaban que su propietario debía haberlo usado en alguna guerra. Un escudo con un águila sobre un campo azul colgaba de una pared y un poderoso arco descansaba sobre un pequeño baúl desvencijado; en el cabezal de la cama, una pesada espada de doble filo y empuñadura adornada con antenas en espiral colgaba de un tosco talahí de cuero.

Baran avanzó hacia el arco e intentó tensarlo, pero el arma se resistió a sus esfuerzos. Aquella era un arma tremenda, de hueso y madera cuidadosamente pulidos y pegados, doble curvatura y con un cable duro y tirante que le hizo daño en los dedos al muchacho. Un arma así podía atravesar una cota de mallas a doscientos pasos (o al menos así lo juzgó el chico) y se tenía que ser todo un héroe para tensarla.

Mientras tanto, Teo había reparado en otra de las sorpresas de la habitación. Se trataba esta de un pequeño retrato con un marco plateado. En él aparecía maravillosamente plasmada una regia elfa de piel morena, una impresionante melena de cabellos rubios y bellísimos ojos grises. El artista había imprimido carácter a los rasgos de su modelo. Aquel retrato no sólo transmitía la gran personalidad de su protagonista, sino un sentimiento de tristeza mitigado por un ansia infinita de vivir. Aquella elfa no era ninguna doncella indefensa, era una auténtica reina capaz de imponerse al mundo entero a base de femineidad y entereza. Si Baran se había sentido fascinado por Rolfson, Teo sintió por primera vez un genuino interés por una figura femenina y no pudo menos que pensar que si alguna vez se hacía mayor, le gustaría parecerse a la mujer de aquel retrato.

--Es muy guapa, ¿quién será?

Pero antes de que Baran pudiese aventurar cualquier teoría al respecto, un conocido graznido anunció desde el patio la llegada de problemas.

--¡Es Pollo!-- Exclamó, Baran.-- ¡Viene alguien!

En efecto, los pesados pasos del propietario temporal del molino se dejaban sentir ya en los escalones de piedra que conducían a la puerta. Cómo había conseguido llegar hasta allí burlando tanto tiempo la aguda mirada de Pollo, era un enigma, pero no había tiempo para aclararlo. Porque Rolfson abrió la puerta de su morada y se recortó por un instante, grande, terrible y desconcertado en el hueco de la misma.

Años de travesura habían preparado sobradamente a los chicos para lo que tenían que hacer a continuación, así que, intercambiando una breve mirada de inteligencia, se lanzaron a atravesar la puerta por el estrecho espacio que quedaba entre las fornidas piernas del montero y el marco.

El hombretón rugió:

--¡¿Qué estáis haciendo aquí, pillastres?!-- Corriendo en persecución de los niños.

Pero resultó que Teo no había tenido tanta suerte como Baran a la hora de iniciar su fuga. La niña había caído mal y había tropezado en el camino que llevaba a la entrada y ahora, Rolfson estaba demostrando que a pesar de su volumen, era capaz de moverse con la velocidad de un toro enfurecido. Baran se percató al instante de la situación. Iban a coger a Teo y como el mayor de la pareja, eso no podía consentirlo.

Corriendo a toda velocidad, Baran describió un arco para ponerse detrás de Teo que, presa del terror, ya iba recuperando su rauda carrera habitual. Aquello hizo que el muchacho sintiese prácticamente el aliento de Rolfson en su nuca y cuando éste ya se disponía a cogerlo, puso en práctica la segunda parte de su plan, se dejó caer justo delante de los pies de aquel temible oso humano.

Rolfson era rápido y astuto, pero aquella maniobra le cogió por sorpresa y tropezó con el cuerpo del muchacho, el gigante perdió el equilibrio y salió volando unos metros para desplomarse atronadoramente en la ribera. Allí quedó atontado por el impacto unos instantes, los suficientes para que cuando se recuperó del golpe, viese como sus dos presas se perdían ya entre las primeras casas de la ciudad. Rolfson gritó enfurecido.

--¡Condenado mocoso!

Pero de repente, su expresión se dulcificó y cambió a un gesto de diversión. El montero atisbó por última vez a Baran en fuga y lanzó al aire una atronadora risotada:

--¡Ja, ja, ja! ¡Condenado mocoso, me la has jugado bien!

Parecía que los chicos habían escapado una vez más al peligro. Pero en aquella ocasión no fue así.

Esa noche Rolfson apareció en las cuadras de Balsibas, donde vivía el muchacho. Baran lo vio venir y se escurrió silenciosamente hasta las cuadras afanándose por calmar su intranquilidad cepillando a uno de los caballos. Pero no pasó mucho tiempo sin que su tío Balsibas apareciese en la cuadra y le hiciera entrar en la casa. Allí, un imponente Rolfson de mirada severa le echó un vistazo de pies a cabeza.

Lo que vio fue un chico asustado, pero desafiante, de despeinada cabellera negra y con las formas desgarbadas que tienen los hombres a un paso de entrar en la adolescencia. Al montero le gustó la actitud del muchacho. Presintió que si llegaba a castigarlo, el mozalbete no cejaría hasta encontrar alguna forma en la que vengarse y que sus trastadas jamás llegarían a tener fin y aquello era bueno y malo a la vez, por eso la decisión que había tomado le parecía la más acertada, pero dejó que la explicase el tío del chico:

--Baran, éste es maese Rolfson, es montero real en la isla de las Garzas y va a ser tu maestro.

--¿Queeé? ¡Pero tío, yo pensé que era vuestro aprendiz! ¡Me había prometido que si me aplicaba intentaría que entrara al servicio de algún hidalgo como caballerizo!

Balsibas apoyó su callosa mano en el hombro del desesperado muchacho en un intento de tranquilizarle:

--Baran, hijo. Nuestra familia está en deuda con Rolfson. Fue él quien trajo consigo el primer semental de nuestra cuadra al final de la guerra, es por tanto el responsable de nuestra prosperidad. Además, el oficio de montero no es en absoluto malo ni deshonroso. Cuidas de las reservas del rey y de sus piezas de caza, limitas la población de zorros y lobos en sus tierras, capturas crías de halcón para la cetrería y aprendes los secretos de los bosques. Además también te ocupas de la persecución de los furtivos y los bandoleros que se ocultan en las florestas. Para alguien tan aventurero como tú, ese oficio es mucho mejor que el tranquilo menester de un mozo de cuadras.

--Pero…

--Además, Rolfson conoció a tu padre y dice que cuidará bien de ti y te convertirá en un hombre de provecho.

Aquella afirmación tranquilizó de golpe a Baran. Era poco lo que se hablaba de su padre en aquella casa. Baran nunca le había conocido y Balsibas no parecía tenerle especial simpatía. Después de todo, el caballerizo era tan sólo su tío materno. La madre de Baran, Aurelia, había ingresado en uno de los templos de Rea como sacerdotisa y Baran nunca había tenido muy claro si había sido engendrado antes o después que su madre abrazase la santidad y se retirase a vivir a los montes. A veces se bromeaba a sí mismo diciendo que si era hijo de una sacerdotisa de Rea, su padre tenía que ser por fuerza un dios como Osir o Atlante y que eso le hacía por fuerza especial. Pero nunca había llegado a saberlo a ciencia cierta. Quizás y sólo quizás, mereciera la pena someterse a las torturas de aquel Rolfson sólo para desvelar el misterio.

El montero se puso en pie y habló por fin:

--¡Está decidido, muchacho! Te vienes conmigo… te voy a dar unas cuantas lecciones que no vas a olvidar…

Baran se estremeció, aquello sonaba muy mal. Pero comprendió que no tenía sentido resistirse en aquel momento. Si las cosas se ponían muy mal, estaba seguro de que podría escaparse y encontrar refugio en alguna de las bandas de pillastres de la ciudad. Sería duro, pero al menos sería un futuro que elegiría por él mismo.

La despedida fue breve, el nuevo maestro de Baran no parecía hombre muy dado a los sentimentalismos y Baran era verdaderamente estoico a la hora de tratar con sus seres queridos. La que sí lloró fue su buena tía mientras envolvía las magras pertenencias del muchacho y el que también se mostró emocionado fue Balsibas cuando abrazó a su sobrino.

Pero Baran tenía que enfrentarse a un paso importante en su vida y no tenía mucho tiempo para acabar de aceptar el hecho.

Apenas se quedó sólo con Rolfson, el montero le soltó un tremendo coscorrón que le envió rodando al suelo. A continuación, lo levantó con una mano como un oso levantaría a una indefensa trucha del río y lo dejó en pie y temblando ante la barca a la que se disponía a subir.

--Eso es por lo de antes. Para que aprendas a no dejarte pillar en una trastada--. El hombretón se inclinó sobre la borda de la barca y sacó un esbelto arco compuesto de ella. –Y este va a ser tu arco, dentro de un mes aprenderás a usarlo como si parte de ti se tratase. Conocerás todos sus secretos, sabrás cuál es su alcance, su tensión y sus cuidados. Te convertiré en el mejor cazador que ha visto este reino. ¿Qué te parece?

--Que no va a volver a pegarme nunca más. Si lo hace…lo… lo lamentará…

Rolfson se inclino serio y amenazador sobre el muchacho. Éste retrocedió un paso, sólo uno, y luego se plantó con el arco en una mano y el otro puño apretado, listo para luchar como un perro acorralado por un león.

--Muchacho, hay lecciones que se deben aprender rápido y a menudo, el golpe o el azote a tiempo de una persona que te quiera bien, es la forma más eficiente para que no se te olvide lo aprendido. No debes meterte en la vida privada de los demás salvo que seas invitado a ello o que esa sea una misión encomendada a ti por una persona más sabia que tú. Si lo vuelves a hacer, te las verás conmigo.

Baran respiró hondo… No era aquello lo que se esperaba. Pero hay veces que no se puede salir ganando a la primera. Sería mejor obedecer de momento.

--Está bien…

--¡Está bien, "maestro"!

--¡Me cag…! ¡Está bien, maestro!

--Bien, sube a la barca y prepárate. Vamos a iniciar tu educación. Para cuando termine, dejarás de ser la rata furiosa que eres y te convertirás en un digno lobo cazador.

--¿Quiere hacer de mi un perro grande?

--Chico, cuando se es una rata, un perro grande es todo a lo que se puede llegar a aspirar…

El hombre de los ríos…

Rolfson fue todo aquello que prometía ser y más. Un profundo conocedor de los bosques y los animales, un experto pescador y barquero, un maestro en todas las artes de la caza y un auténtico erudito en todo lo que se refería al conocimiento de los cielos y los dioses.

Con él, Baran entró en otro nivel de su aprendizaje, los años de anarquía y travesuras quedaron atrás para dar paso a un período de adiestramiento intensivo en el que el viejo hombre del río intentó transmitirle a Baran la mayor parte de la sabiduría que le era posible.

Pero en muchos aspectos Rolfson seguía siendo un misterio. Un día, él y Baran estaban amodorrados en la orilla de una pequeña laguna contemplando uno de los espectaculares anocheceres de los pantanos. Nubes de flamencos surcaban el paisaje infinito de cañaverales y alcornoques surcando el cielo sonrosado. Como era su costumbre, Rolfson canturreaba una canción y eso le recordó a Baran el retrato de la dama élfica que había visto en el molino de su maestro.

--Señor, ¿puedo hacerle una pregunta?

--Pregunta lo que quieras, muchacho.

--¿Quién es esa dama élfica de la que tiene un retrato en su casa?

Rolfson le sorprendió con una sonrisa maliciosa que le hizo pensar a Baran inmediatamente en esas cosas que hacían los hombres mayores con las mujeres.

--Es Onice, la reina de Averno. La mejor espía de los reinos de este lado del mar.

--¿La reina de Averno? ¡Sí, hombre! ¡Me estás tomando el pelo! ¿Tú conoces a la Zorra del Infierno?

--Tu insolencia raya lo intolerable, chico. Creo que voy a cortar un par de juncos de estos que crecen por aquí y te voy a dar una lección.

--Perdón, maestro, creo que he ido demasiado lejos. Pero tendrá que admitir que mi extrañeza es comprensible. La reina Onice es…

--Es una buena y entrañable amiga mía. Nos conocimos hace tiempo, cuando ella no era todavía reina y vivía exiliada entre los humanos. Su belleza, su magia y su cuchillo eran por aquel entonces el terror en la corte. Prestó grandes servicios a Mesene y a su futuro rey, el gran Kulkas.

El tono no admitía réplica, pero a Baran no se le escapó que Kulkas había reinado cien años atrás o más y que Rolfson, siendo humano, no podía haber vivido tanto.

¿O sí?

Otra faceta interesante de su maestro era que nunca hablaba directamente de su evidente pasado militar.

--Maese, Rolfson, ¿luchó usted en la guerra?

--Ajá. En algunas guerras he luchado.

--¡Me gustaría tener la oportunidad de combatir! Tengo entendido que se puede conseguir mucha gloria y riqueza en las guerras. ¡Fíjese en Darius el Posadero! Antes de la guerra en Tigris sólo era un peón y ahora es dueño de una posada.

--Si no te matan, claro está.

--Seguro que vio grandes batallas y vivió emociones y aventuras.

--Las guerras son algo fascinante. Los jóvenes siempre desean luchar en una y los viejos recelan de ellas y le piden a los dioses que nunca estallen. Y sin embargo, no encontrarás jamás a hombre alguno que haya estado en una guerra y que te cuente un mal recuerdo de ellas. Todos han sido héroes, bribones de éxito y grandes galanes. Sólo los dioses lo saben si sus bravatas tienen algo de verdad o son simples medios de enmascarar una experiencia terrible. Pero algo sí tienen las guerras, hacen que los hombres lleguen a extremos insospechados de grandeza y miseria y es la forma más fácil de conocer de qué pasta están hechos. El asedio es la prueba suprema de la tenacidad y el temple. Resistir una carga pone a prueba el arrojo. Y la derrota nos prueba si uno está realmente preparado para la supervivencia. Si alguna vez luchas en una guerra, deberás ser tenaz, templado, arrojado, valiente y tener ganas de vivir si quieres superar la prueba.

--¿Y si careces de esas virtudes, maestro?

--Habré fracasado contigo.

Rolfson era, en fin, un pozo de enseñanzas insospechadas…

Baran estaba practicando con el arco. Un arte del que Rolfson conocía todos los secretos, desde la tensión necesaria para acertar en un blanco a una determinada distancia, a el cálculo de la desviación de la flecha cuando entraba en juego la más ligera brisa, pasando por dónde se debía apuntar para acertar en blancos en movimiento y cuándo debía cambiarse las cuerdas de los arcos.

Pues bien, Baran acababa de hacer blanco a una serie de quince postes a cien pasos de distancia, cuando su maestro le regañó:

--¡Apuntas demasiado, muchacho! Los mejores tiros que conseguirás jamás no los obtendrás jamás de esta forma… los mejores tiros nacen del instinto y el corazón…

--Pero…

--¡Nada de peros! ¿Ves esa paloma que pasa volando entre esos árboles? ¡Date la vuelta! ¡Ofréndasela a la hermosa Astarté y dispara sin pesar!

Baran así lo hizo y, milagrosamente…¡Acertó!

Rolfson le palmeó rudamente la espalda. Baran sonrió un poco desconcertado. Había una pregunta que le rondaba por la mente.

--¿Por qué he ofrendado la paloma a Astarté? ¿No sería mejor ofrendarla a Arta la Cazadora o a Corion el Guerrero?

--Astarté es la diosa del amor, muchacho… una fuerza que nunca deberías olvidar, ni siquiera en el más sangriento de los momentos. Enseñándote a usar este arma te estoy dando poder, chico. Con ella puedes matar a quienquieras y cuando quieras, pero ese poder deberá ser ejercido con templanza y moderación o te convertirás en un monstruo. Por ello debes recordar que aunque manejes un arma de muerte, un héroe no lo hace por capricho, sino para defender a aquellos que ama. Llegará también un día en el que con tu arco deberás dar de comer a tu familia y entonces convertirás la muerte en un acto de amor. Ahora estás aprendiendo hacer eso, así que es mejor contar con las simpatías de la Blanca Paloma, ¿no es así?

--Entonces, maestro. ¿voy a ser un héroe?

--Muchacho, son los dioses quienes eligen a los héroes. Cada dios, tiene su avatar, aquel que le representa en el mundo durante una era. Pero eso sólo llega a saberse más tarde, cuando el héroe ha cumplido con su misión en el mundo y se puede llegar a entender su cometido.

--Así pues…No es algo que se pueda llegar a elegir…

--¿Eligen los árboles ser altos o bajos, consumidos por los parásitos, retorcidos o arrancados por el temporal? No, el destino está en manos de los dioses, nosotros, como la semilla del árbol sólo podemos poner en juego nuestras infinitas posibilidades, nuestras ganas de crecer y lanzarnos al gran juego esperando que nuestros actos nos lleven a buen puerto con el beneplácito de Ataecina, diosa de la fortuna y sus hijas, las Moiras.

Baran no olvidó jamás esta lección y si bien nunca llegó a ser un hombre piadoso, siempre tuvo un trato especial para con la diosa del amor y la diosa de la fortuna. Pero su dios personal era otro.

El invierno estaba llegando a su fin y Rolfson y Baran habían dejado atrás los ajetreos de la temporada de caza. En ella habían tenido ocasión de servir personalmente al monarca, un hombre severo de cabello negro y rostro curtido, guiándole en una serie de imponentes monterías en las que se cazaron innumerables ciervos, cientos de jabalíes, numerosos toros salvajes y decenas de osos, lobos y leones. Baran demostró que había aprendido bien las lecciones de su maestro, ya que sabía rastrear estas piezas, conocía sus puntos vitales y sabía como desollar y destripar con gracia y celeridad a los animales.

De esta forma se convirtió en un joven infalible con el arco, agudo de sentidos y diestro con el cuchillo.

Pero había llegado el momento de dejar descansar a las ciénagas y a sus habitantes. El momento de reparar los útiles de los cazadores, así como de cuidar a los animales que estaban a su cargo, perros, halcones y a cierto cuervo ya maduro llamado Pollo.

--Nunca te lo he dicho, muchacho, pero tienes una interesante mascota--. Comentó un día Rolfson.

--¿Pollo? Lo tengo desde que era un pichón. No he podido enseñarle a hablar, pero le entiendo y me sirve de guía hasta los lugares donde hay cosas brillantes.

--Y también donde hay seres moribundos o carroñas, sin duda.

Baran sonrió.

--Bueno, a veces ambas cosas van emparejadas.

--Los cuervos son unos animales excelentes. Inteligentes, sociales, se emparejan de por vida y desempeñan una misión crucial, son los mensajeros de la muerte y uno de los animales favoritos del dios Sucelus, el dios de la venganza…Lo que me hace pensar…¿Qué sabes de Sucelus?

--¿Del mensajero de la muerte? Que a veces se convierte en un gran perro negro y viene a llevarse consigo a las almas impías y que sus sacerdotes son una orden de espías al servicio del Rey y que suelen llevar espadas corvas llamadas falcatas.

Rolfson miró fijamente al muchacho y tras un breve silencio explicó:

--Hubo un tiempo en el que no hubo otro dios que tuviera mayor importancia que él, Baran. Fue durante la guerra de los dioses. Cuando el Innombrable y sus seguidores, los elfos y los dragones capturaron a Osir, el dios del Sol, el rey de los dioses y lo enterraron en el corazón de la Atlántida. Aquel fue un tiempo de oscuridad, de muerte y de frío intenso. Las criaturas de la noche dominaban el mundo y sus habitantes sufrían de increíbles padecimientos. Fue un tiempo de injusticia en el que sólo el mundo subterráneo, el reino de Endobeles el juez de los infiernos y su esposa, la diosa de la fortuna, guardaba en su seno las semillas que permitirían salvar al mundo de la opresión del Decimotercer Dios. Pero para que todo volviese a renacer, era preciso que alguien optase por cambiar las cosas.

"Ese alguien fue Sucelus. El joven príncipe de los infiernos vio que la esperanza había muerto y que la justicia no existía en el cosmos. Así que sólo un camino quedaba abierto, la venganza. Sucelus cogió su capa mágica de piel de lobo, la espada de oro de Crisaor y partió a través de los páramos en busca del hijo de Osir, el dios-niño de la guerra llamado Corion, que vivía ignorante de su naturaleza como esclavo de un jefecillo humano en las laderas del monte Cayo. Sucelus liberó a Corion, le dio su espada y le instruyó en las artes de la guerra, juntos partieron entonces hacia occidente y allí, con la ayuda de Tanit, la diosa de la sabiduría y de Arta la cazadora, liberaron a Osir y restauraron el orden de las cosas."

--¿Por qué me cuenta esto maestro?

--Porque eres un niño estúpido, rencoroso y cabezotas. Lo mismo que Sucelus. Y como él, quizás algún día seas capaz de hacer lo imposible.

Baran soltó una alegre carcajada. Aquel viejo loco, sabía siempre como halagarle. Jamás lo reconocería, pero al final, le había cogido cariño.

Baran a los quince…

Baran creció en aquellos años, convirtiéndose en un esbelto y atlético muchacho de anchos hombros y piernas largas, bronceado por el sol y con la gracia de movimientos de un bailarín. Las veces que bajaban a la ciudad no eran pocas las mozas que le miraban con ojos tiernos y entre ellas estaba su vieja amiga Teo.

Durante un tiempo, la muchacha había luchado por preservar en lo posible el carácter inocente de la amistad que les unía. Pero la chica rondaba ya los diez años y con Baran lejos, su madre comenzó a reclamarla cada vez más para que la ayudase en las tareas del hogar y la posada. Allí le recordó una y otra vez que era mujer, que pronto tendría que comenzar a pensar en novios y maridos y hablar de dotes y esas cosas. Hasta de pensar en hijos, porque en Mesene las jóvenes se casaban pronto y no pasaría mucho tiempo hasta que Teo fundase una familia. Si tan sólo fuera un poco más femenina…

La forzada separación con Baran y tanta charla sobre esos temas, hizo que la niña comenzase a mirar a su amigo de forma distinta y a darse cuenta de lo importante que era éste para ella. Importante no sólo como compañero de juegos, sino como algo más. Teo ocultó sus nuevos sentimientos en los encuentros que tuvo con Baran esos años y escuchó atenta como el chico le hablaba de las cosas que le había contado su maestro. Pero cada nuevo viaje a la isla de las Garzas, cada nueva lección del viejo Rolfson, sólo hacía que separar más y más a los dos viejos amigos.

Pero llegó un día en que ocurrió lo inevitable. Teo se despertó presa del malestar y sintió sus ingles húmedas y manchadas las sábanas de su lecho.

Teo lloró al verlas y su madre llegó para consolarla.

--No te asustes, niña, no pasa nada. Eso significa tan sólo que te estás haciendo mujer.

Teo siguió llorando inconsolable mientras bajaba con su madre hasta la cocina, el auténtico hogar de su familia, allí se encontró con un insólito espectáculo.

Darius y su hijo David estaban ciñéndose los arreos de la milicia de la ciudad de Karia. Eran éstos cotas de malla de media manga, sobrevestes rojas y amarillas, casco de bronce redondo, escudo, lanza y espada. El veterano posadero parecía a sus anchas con dicho atuendo marcial y su hijo David, un mocetón alto, fuerte y malhumorado como un león joven, tenía sin duda toda la pinta de un héroe en ciernes. Los dos hombres estaban extrañamente animados, con ese peculiar estado de ánimo que invade a las gentes de corazón audaz cuando se les presenta una empresa que va a poner a prueba sus fuerzas.

Teo, comprendió inmediatamente el significado de aquel espectáculo: la guerra había estallado. La guerra, ese tema que tarde o temprano saltaba a la conversación de sus mayores, había entrado en su vida y se iba a llevar a dos de sus seres queridos. Apenas convertida en mujer, Teo sintió la angustia que sienten sus iguales cada vez que ven partir a sus hombres a una campaña de la que no saben si van a volver y, por primera vez, sintió que aquello no le gustaba, que era algo ajeno a su naturaleza. Un monstruo que se iba a llevar los restos de su inocencia y arrojarla brutalmente al frío y despiadado mundo de los adultos.

Darius vio llorar a su hija, e inclinándose hacia ella, intentó consolarla:

--Teo, hija. Sé que siempre te hemos tratado como a un muchacho. La nuestra es una posada pequeña y a la hora de arrimar el hombro, nos venía bien un hombre más. Pero eso tiene que cambiar ahora. Tu hermano y yo pronto nos iremos a la guerra y tu madre necesitará tu ayuda para llevar el negocio. Además, si la fortuna nos favorece en el frente a David y a mi, podremos darte una buena dote.

--¡Pero, papá! ¡No quiero casarme! ¡Antes preferiría ir contigo!

--Ah, pero eso o puede ser, mi pequeña. Las únicas mujeres que siguen a un ejército son prostitutas y juglaresas. No dejaré que mi hija se convierta en una de ellas. En cuanto a lo de tu boda, no sé…¡Algo me dice que si el novio es ese pillastre con el que juegas a veces, ese Baran, no ibas a estar tan disgustada!

--¡Papá!

Baran, ese era otro problema.

Porque la guerra era una enfermedad que se había extendido como un reguero de pólvora y naturalmente, Baran no iba a dejar escapar una aventura así. Aquella noche Teo se vistió por última vez con su túnica de chico y salió a ver a Baran. Éste la esperaba al lado del canal, contemplando las luces de la ribera opuesta y la espectacular vista de la flota con sus fanales de colores brillando sobre las aguas del Kavir.

Al verla, Baran sonrió de oreja a oreja y exclamó.

--¡Lo he conseguido! Rolfson me ha dicho que ya estoy preparado y hablará de mi con el capitán de la milicia.

--Vaya, me alegro por ti.

Baran pasó por tanto el comentario lleno de desánimo de su amiga:

--¡La guerra es mi gran oportunidad! No sería la primera vez que un arquero acaba convirtiéndose en noble.

Teo se sentó cabizbaja a la orilla del canal, Baran notaba que su amigo no estaba muy entusiasmado, y quiso saber el porqué:

--¿Y tú, Teo? ¿Vas a venir? Todavía eres un poco joven, pero con tu altura y tu fuerza, estoy seguro de que te admitirán.

--No. Yo tengo que quedarme con mi madre, ayudarla con la posada.

--¿Y vas a quedarte en la posada con una guerra en marcha en el norte, en Gotia? ¡Pero si ese es trabajo de mujeres!

--Pero…¡si serás imbécil!

Baran notó que había metido la pata, pero era incapaz de averiguar el porqué. De todas formas, se disculpó.

--Eh, mira, lo siento. No te preocupes, seguro que habrá más guerras. Yo volveré algún día y te prometo que buscaremos fortuna juntos. ¿Vale?

--Baran…-Musitó la joven. Lo iba a perder, pero no se podía hacer nada… Nada.

Y lo vio alejarse una vez más, esta vez, quizás para siempre. Alto, joven, guapo y vibrante como un joven leopardo dispuesto a saltarle al cuello al mundo. Con él, volando sobre su cabeza, un enorme cuervo negro como el heraldo del infierno surcó la noche guiándole hacia una nueva aventura. Una aventura que, por primera vez, iba a emprender él sólo.

 

Escrito por Roke González,

facilitado por DUDE Comics.

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