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Los hombres-caballo. Antes de encontrar su amor definitivo en la tímida Nabia, Atlante tuvo muchos romances con doncellas humanas que vivían a orillas de sus aguas consagradas. De una de estas uniones nació Favonius, que creció para convertirse en un poderoso príncipe en las costas occidentales de Mesene. Pero su reino fue uno de los primeros en caer bajo el yugo de los elfos de Atlantis y Favonius tuvo que huir y refugiarse en el Bosque de Cefiro. Allí encontró una raza de caballos celestiales consagrados a Tanit, a lomos de ellos, Favonius se convirtió en el primer jinete y en el primer caballero del mundo. Su amor por los caballos fue tal, que rogó a los dioses que le permitieran unirse a su montura, la yegua Epona. Arta le concedió tal deseo con permiso de Tanit y con la condición que la estirpe de Favonius adorase por igual a Arta y a Tanit.
Así nació un pueblo poderoso a la vez en las artes de la caza y en las ciencias. Un pueblo rápido como el viento de infalibles arqueros, rápido como el viento y versado en todas las ciencias de las primeras gentes. Los centauros tienen la capacidad de transformarse completamente en caballos, adoptar dos formas de transición (con seis o cuatro miembros, siendo conocida la segunda modalidad como sátiros) o en humanos.
En sus siglos de aislamiento, los centauros han conseguido un contacto más profundo con su entorno de lo que conseguirán jamás los humanos. Como resultado, no han necesitado desarrollar una civilización propiamente dicha, pero su cultura y su ciencia son poderosas. Conocen todas las virtudes de las plantas, los secretos del bosque y las artes de la caza. Sus rápidas patas los convierten en viajeros infatigables y rápidos, así que nunca llegan a agotar plenamente los recursos de su entorno siendo los nómadas definitivos. Lo único que tienen que lamentar es la envidia que sienten otras castas de hombres hacia ellos.