EL MITO DE LA CREACIÓN.
Al principio, sólo el remolino del caos giraba en el centro del vacío. Constantemente en movimiento, constantemente cambiando, el caos no conocía el tiempo, ni las dimensiones, ni su propia existencia.
Pero en uno de sus cambios, el caos tomó consciencia y en ese instante, deseó ser.
Y así nació el primer dios, omnipotente y solitario, que buscó huir del caos y creó con este deseo el universo. El primer dios se llamó a si mismo Cron, la Serpiente, porque su forma era como la de una espiral rota que serpenteara por los extremos del vacío.
Ajeno al cambio, el dios buscó en el remolino del caos a seres parecidos a él, rescatando así a tres pares de gemelos.
La primera pareja estaba formada por un niño brillante y hermoso y una joven menuda y dulce. La pareja fue llamada Osir y Nabia. Al primero se le dio el poder sobre el cielo diurno donde brillaba con fuerza y majestad y a la segunda el poder de la noche que iluminaba con los destellos plateados de su cabellera de estrellas.
La segunda pareja estaba formada por un poderoso e impaciente muchacho y una doncella hermosa y coqueta. A él, a quien llamaron Atlante, se le dio el poder sobre el océano y las aguas y a Astarté se le ofreció un puesto en el cielo junto a su prometido Osir.
Pero la nueva diosa de la Luna tenía poco interés por su reino, siendo más aficionada a coquetear con otros dioses.
La tercera pareja estaba formada por una mujer tranquila y práctica y un muchacho sombrío e intelectual. A ella se le llamó Rea y se le concedió el dominio de la tierra y sus frutos. Él fue llamado Endobeles y desde el principio, se interesó por los misterios y buscó para si el dominio del mundo subterráneo.
Junto con Cron, siete dioses que organizaron los primeros días del universo.
Pero pronto los dioses se conocieron entre sí y dio comienzo a un nuevo juego que cambiaría el equilibrio de la creación.
La culpable fue Astarté, hermosa más allá de todo lo concebible, la doncella marina fue amada por Cron, pero ella le rechazó. Como también hizo con Endobeles, el sombrío dios de las profundidades.
El rechazo de Cron, hizo nacer en el pecho de la Serpiente un profundo resentimiento y así fue como el Creador conoció por primera vez el odio y éste ennegreció todo su ser.
Pero sigamos con los dioses y sus romances. En un primer momento, Osir contrajo matrimonio con Rea. De su unión nació un par de gemelas, la pelirroja Arta y la morena Ataecina. Pero no pasó mucho tiempo antes de que Rea perdiera el interés por los temas matrimoniales y abandonara a su marido para cuidar sus posesiones. Osir fue acosado entonces por Astarté y pronto ella concibió un hijo, Corion, bello y fuerte, que estaba destinado a heredar los mismos cielos.
Cron vio esto y odió con más fuerza a la luz del cielo que brillaba sobre la creación. Se juró derribarla algún día y recuperar lo que era suyo.
Osir y Rea se divorciaron pues y Astarté pasó a convertirse en la reina de los cielos. Pero la pequeña Arta no terminaba de aceptar a su madrastra y perturbó la morada de los dioses con sus travesuras y rabietas. Para tranquilizarla, Astarté le ofreció su trono en la Luna y los secretos para dominar el corazón de las bestias. Más calmada, Arta se retiró a los bosques y vagó libre y salvaje por ellos iluminándolos por la noche y alterando los ánimos de los animales de las florestas.
Atlante envidió a Osir y decidió que tenía que ser como él. Para quitárselo de encima, Astarté le hizo concebir deseo por Rea, invitando a ésta y al dios del mar a su palacio y administrándoles filtros amorosos consiguió que ambos se unieran. De su romance nacería Kern, un joven hermoso y astado que hacía florecer las selvas a su paso y que era capaz de devolver la vida a los muertos. Pero Rea se cansó pronto del talante inconstante de Atlante y lo abandonó como hizo con Osir. A diferencia del dios del cielo, Atlante se convirtió en un amante resentido y por ello golpea todavía hoy en día las costas de la tierra con sus olas.
Osir recriminó a Astarté por sus tejemanejes y ésta, arrepentida, decidió darte al pobre Atlante una esposa que calmara sus ánimos. Así que llamó a su palacio a la tímida Nabia y la llevó a pasear a la orilla del mar.
Allí se encontraría con Atlante. Agotadas las fuerzas de éste por su lucha con Rea, el dios marino era presa de una terrible melancolía y se encontraba sentado mirando con tristeza la tierra que una vez había amado. Pero entonces, brillando blanca e inocente como una estrella, vio a Nabia acercarse por la playa y comprendió que allí encontraría una cura para el pesar de su alma.
Poco tiempo más tarde, Atlante y Nabia se casarían, dejando la diosa su lugar en los cielos y su dominio de las estrellas a Astarté mientras que a ella le era concedido el poder sobre las aguas de los ríos y los manantiales que todo lo curan como dote de boda.
De su unión nacería Tanit. Una niña inteligente y poderosa destinada a ser rival en la guerra del joven Corion.
LAS CRIATURAS PENSANTES.
Se dice que cuando Endobeles fue rechazado por Astarté, derramó su simiente sobre la piedra y nació de esta unión el pueblo de los enanos.
Admirados por su logro, los demás dioses se pusieron manos a la obra para crear un nuevo tipo de criaturas dotadas también de inteligencia y capacidad de crear.
Cron le pidió a Rea que le ayudase a dar vida a una raza de seres parecidos a él que fueran los guardianes de los secretos de la creación. Rea tomó un huevo de garza y le pidió a Cron que lo rodease con sus anillos. Pasado un tiempo, del huevo nacería el Tifón, el primero de los dragones. Una raza sabia como su madre y poderosa y atormentada como su padre.
Astarté y su hermano Atlante tomaron agua y luz y crearon a los elfos. Una raza llena de orgullo, bella y variable como las olas del mar.
Pero Osir deseaba que la creación fuera dominada por una raza menos tosca que los enanos, menos poderosa que los dragones y menos orgullosa que los elfos.
Así que le pidió a Astarté que le ayudase. Astarté hizo dos figuras de barro iguales en todo a su marido y a ella misma y le pidió a Osir que las tostase con sus rayos.
Así nació el primer hombre y la primera mujer. Hijos de los señores del cielo y destinados a gobernar la creación.
LA GUERRA DE LOS DIOSES.
Los dioses dividieron el tiempo en doce partes y cada uno de ellos dominaría aspectos de la creación en su dominio. Así habría un tiempo para el calor, un tiempo para la fructificación y un tiempo para la siembra. De esta forma nacieron los meses del año.
Pero Cron estaba ya harto de cómo funcionaban las cosas en el mundo de los dioses. ¿Acaso no había sido él quien lo había creado todo? ¿A qué venía que Osir fuera respetado como rey de la creación? ¿Por qué tenía que ser el sol quien se casase con la bella Astarté?
¡La situación era intolerable y Cron estaba dispuesto a llevarla a un final!
Pero temiendo que Osir fuera demasiado poderoso para él. Cron decidió buscar aliados. Así que recurrió en primer lugar a Endobeles, el cual también había sido rechazado por Astarté y al que suponía tan resentido como él.
Pero Endobeles había encontrado la sabiduría en su reino y le respondió a la Serpiente:
--Aunque amé a Astarté, es un error tomar a alguien que no te desea. Soy inmortal, Seph, mi momento todavía no ha llegado.
Cron, al que el dios de las profundidades había llamado por primera vez Seph, "serpiente", silbó.
--¡Pues quédate aquí con tus enanos y tu melancolía! ¡El abismo será tu prisión hasta que termine lo que he emprendido y venga a buscarte a ti!
Y con un gesto, selló las salidas del abismo separando el mundo de los vivos del de los muertos.
Pero Endobeles conocía muchos secretos y magias y convirtió su dominio en fortaleza y refugio. El Jabalí Negro estaba encerrado en las entrañas de la tierra, pero se juró que algún día, sería su sangre la que acabara con Seph.
Cron, ahora llamado Seph, buscó ayuda en las criaturas pensantes. Despreciaba a los enanos por ser una creación de Endobeles y temía a los humanos por ser obra de Osir. Así que fue primero a ver a los dragones y los tentó de la siguiente manera.
--Os cree invencibles y sabios. Pero como yo, estáis solos y sin compañía en la creación. Ved que las mujeres humanas son hermosas… si os unís a mi, serán vuestras.
Y los dragones aceptaron.
Con los elfos probó otra estrategia.
--Sois los seres más bellos de la creación. Sois voluntad y fuerza…¿es justo que los humanos vayan a heredar este mundo que habéis ayudado a forjar?
Y los elfos, espíritus de la fuerza y mensajeros de los dioses alzaron sus espadas y se unieron a él.
Al frente de un ejército de dragones y elfos, Seph asaltó por sorpresa el reino de los dioses y se apoderó de Astarté. En la batalla, el elfo Sil-Rion hirió de muerte a Osir derribándolo de los cielos y la oscuridad se apoderó del mundo. Sin la luz de su rey, los dioses fueron apresados y languidecieron en el viejo palacio de Atlantis mientras el frío congelaba el océano y las bestias se cebaban en los habitantes del mundo.
De nuevo señor del universo, Seph contempló con placer los cambios que había acarreado.
Pero he aquí que Kern, el hijo de Seph, protestó ante su padre por el daño que había causado.
--Padre… El mundo gime bajo este nuevo orden. Si sigues adelante, destruirás a toda la creación.
Irritado, Seph, decapitó a su hijo y dijo:
--Necio. Cree este universo una vez y puedo volver a crearlo en cuanto quiera. No necesito a nade.
Pero Astarté estaba cerca de allí y tomó un cáliz con el que recogió la sangre de Kern. Se dice que a partir de entonces, dicho cáliz tiene el don de dar la vida a los muertos y restaurar todo tipo de heridas. Con él, Astarté confiaba devolver algún día la vida a su difunto marido.
Al enterarse de la muerte de su hijo, Rea montó en cólera y corrió a los antros de los dragones.
--¡Yo os di la vida, desagradecidos gusanos! ¡Os confié los secretos de la creación! ¿Y cómo lo pagáis? ¡Me habéis traicionado! ¡Habéis dejado que él mate al dios de la vida!
Tifón temeroso de la ira de Rea intentó razonar:
--Madre, comprendemos tu dolor. Pero debes entender que hacemos esto por amor…
--¿Amor? ¿Le habéis preguntado a esas desgraciadas si os aman? ¡Yo os maldigo, dragones! ¡Estáis condenados a amar a aquellos que acarrearán vuestra destrucción!
Y así ha sido desde entonces. Una amarga enemistad ha existido entre los dragones y los hombres y a partir de ese momento. Los dragones que han amado a un humano, han sido destruidos de forma directa o indirecta por éste.
Rea acudió entonces a Atlante. El guerrero marino estaba medio paralizado en su encierro, ni siquiera los cuidados de Nabia parecían mitigar el frío que paralizaba sus miembros. Rea se plantó ante ellos y le dijo a Atlante:
--¿Aspirabas a ser el rey de los dioses? ¡Pues bien, ha llegado el momento! Tú y yo hemos de destruir a ese tirano. La tierra y el océano deben enfrentarse a él.
--Rea… Mira cómo estoy… Seph es demasiado poderoso para nosotros, no podríamos vencerle…
--Tal vez tú y yo solos no. ¡Pero podemos pedir ayuda! ¡Une tus fuerzas a mi y enviemos a nuestras hijas lejos de este reino maldito!
Y juntos, Rea y Atlante movieron mar y tierras para abrir una grieta en las defensas de Atlantis por la que escaparon tres diosas: Tanit, Arta y Ataecina.
En una barca guiada por Tanit, las diosas alcanzaron el continente, pero allí las aguardaban los dragones y los elfos que capturaron a dos de ellas. Sólo Ataecina escapó encontrando refugio bajo tierra, en los dominios de Endobeles.
El dios de los infiernos estaba esperando este momento. Acogió a la hija de Rea y la cortejó y juntos tramaron un plan que podía funcionar.
De su unión, nacería Sucelus el Lobo. El dios de la Venganza. Un dios de los infiernos que podía caminar libremente entre el mundo de los vivos y de los muertos. Un ladrón sin igual, un asesino y un rebelde. Sucelus el que golpea certeramente. Hijo del juez de los infiernos y la diosa de la fortuna.
Sucelus creció rápidamente y partió un día de su hogar en su primera misión de venganza. Su destino era la mazmorra donde Seph tenía encerrado a Corion, el hijo de Osir. Rodeado por gigantes, el joven príncipe de los dioses languidecía encerrado en las entrañas del Monte Cayo, un esclavo más entre los miles de humanos sometidos al yugo de los cíclopes de Seph. Se decía que las minas del Cayo no tenían escape. Que sus cien guardianes sólo tenían un ojo cada uno, pero que nunca lo cerraban y que siempre estaban alerta a cualquier peligro.
Sucelus llegó allí y decidió que necesitaba un plan para asaltar la fortaleza.
Habló con los lobos y un viejo jefe de la manada le enseñó su canción. Escuchando los aullidos de los lobos, Sucelus descubrió la música de la naturaleza y pensó que podía utilizarla en aquella empresa.
Si los cíclopes eran invencibles con su vista, era posible que no lo fueran con su oído. Así pues, Sucelus inventó una flauta mágica y con ella hizo dormir a los guardianes de Corion. Liberando al joven dios. Juntos dieron muerte a los cíclopes y liberaron a los humanos. El camino al alba había empezado.
Los dos campeones se pusieron a buscar aliados y en lo profundo de un bosque, encontraron a Arta sumida en un sueño del que no podía liberarse por las artes de Nefariel, la reina de las elfas de alas negras. Sucelus fingió ser una fácil presa para Nefariel y cuando ésta intentó asesinarle, el dios de la venganza se transformó en lobo y la aferró por el cuello. Entonces, Corion, impresionado por la belleza de la dormida cautiva, invocó a Astarté y la despertó con un beso.
Los compañeros eran ahora tres, pero un océano se extendía ante ellos y los salones de Atlantis. Necesitaban a alguien que conociera el mar y ese alguien era Tanit, que se encontraba prisionera en mitad del bosque de Cefiro, guardada por Tifón, el gran dragón.
Los tres dioses entraron en el cubil de Tifón y mientras Arta lo distraía con sus flechas, Sucelus liberó a Tanit de sus cadenas. Cuando el dragón se dio cuenta de ello, voló en pos de los fugitivos sólo para que Corion saltara sobre él desde lo alto de una montaña armado con una espada forjada por los cíclopes.
Con un terrible golpe, el dragón fue abatido y así se dio inicio la profecía de Rea. Pues si Tifón había guardado tan celosamente a Tanit y no la había devorado era porque se había prendado de ella y al fin, ella había sido la causa de su muerte.
Los cuatro dioses emprendieron el viaje de vuelta a Atlantis en la barca de Tanit. Pero no hubieran conseguido llegar sin la ayuda de Astarté. Que embrujó a Seph y huyó corriendo sobre las olas heladas para llevar a su hijo la copa de sangre con la que resucitar a Osir.
Los jóvenes dioses llegaron pues a Atlantis y penetrando por una grieta abierta por Rea y Atlante en la tierra, alcanzaron la tumba de Osir y resucitaron al rey de los dioses. Cielo, tierra y océano se alzaron a la vez y el despertar de Seph fue realmente terrible, pues todas las fuerzas de la creación se volvían de repente contra él.
Derrotadas sus fuerzas. Destruido su reino. Encadenado. Seph fue llevado ante Sucelus, el juez del infierno que decretó su castigo.
El dios maldito debía entregar su alma a cambio de la vida del hijo al que había matado. Y así se hizo y el gentil Kern renació.
El firmamento y el tiempo volvió a ser dividido en doce partes y se le concedió a Sucelus el mes que antes había sido de Seph.
Este fue encerrado en lo más profundo del infierno, su nombre borrado de la lista de los dioses y su lugar en el infinito usurpado.
Pero algunos dicen que no pudo ser destruido, pues el cambio sigue presente en la creación y la cuenta de días del año no es correcta. De alguna forma, el Innombrable sigue allí y algún día volverá.
Algunos dicen también que ya ha vuelto.
Porque, ¿acaso no hay un nuevo Emperador de las Tinieblas en el mundo? ¿Acaso no lo llaman Eocar el Renacido? ¿Acaso sus señores no amenazan el orden establecido?
Y si es así…¿Pasará mucho tiempo antes que los dioses no envíen a alguien contra él?
Pero esa es otra historia.
Y todavía tiene que terminar de ser contada.