Han pasado varios meses. El verano llega a su fin y los campesinos de las fértiles tierras de la Marca se afanan en las labores de la cosecha. Un bardo errante se encuentra con un robusto pescador en el río Doros y éste le habla de las hazañas de Ragnar y Baran. El bardo se despide precipitadamente y se pone en camino hacia Saral donde una nueva y maravillosa aventura está a punto de empezar.

En la capital de la provincia, la Reina Onice de Averno ha venido a visitar a su hija Rowena. La llegada de la Reina de los Elfos Oscuros interrumpe de golpe el romance entre ésta y Baran, el cual decide abandonar por un tiempo la ciudad para intentar olvidar el desengaño que acaba de sufrir.

Ragnar recordó entonces la primera vez que perdió a una persona importante para él. Años atrás, en el lejano norte, la muchacha a la que amó fue acusada de brujería por un noble que había sido desdeñado por la misma. Como resultado de ello, la joven fue quemada en la hoguera y Ragnar, preso de una rabia incontenible, se internó en unas ciénagas prohibidas próximas a la aldea, donde se decía que se ocultaban grandes armas en un tenebroso túmulo.

El joven fue recibido por la espectral figura de un jinete armado con una gran hacha rúnica. Éste se presentó como Niord, un dios de tiempos remotos que nada significaba para Ragnar.

Dándose cuenta de lo poco que significaban sus hazañas para el joven nórdico y percibiendo la grandeza en el interior de éste, Niord optó por dejarle vivir y se ofreció a apadrinarle, ofreciéndole la poderosa hacha Niordwing para que pudiera proseguir con sus gestas.

Con el arma, Ragnar se dejó arrastrar por vez primera por la roja ira berseker que siempre había anidado en su interior y exterminó a todos los ocupantes de la gran mansión del noble. Pero como suele pasar, la venganza a veces no basta para acallar los recuerdos, y aquella sangrienta noche marcó el inicio de sus andanzas por las tierras del sur.

Tras volver al presente, Ragnar y Erika se dirigieron a la ciudad que habían abandonado para que la joven se diese un baño a orillas del mar. De camino, Ragnar comenzó a preguntarle a Erika acerca de ciertas peculiaridades de su comportamiento que habían comenzado a extrañarle. Erika se resistía a revelarle la razón de las mismas, pero he aquí que un visitante inesperado hizo acto de presencia en Saral.

Niord había venido del norte con un ejército de muertos vivientes a reclamar su hacha. El Dios que había ganado su posición gracias al exterminio de un gran dragón, no podía permitir que su apóstol fuese amante de una dragón de la casta de Ariador.

Ragnar reaccionó como un león ante las amenazas de Niord y emprendió el combate contra su horda de muertos vivientes. Pero eso no evitó que el Dios Olvidado le desvelase la verdadera naturaleza de Erika y le arrebatase su hacha.

Medio enloquecido, Ragnar se libró de los cadáveres que le apresaban y se dispuso a enfrentarse a Niord con las manos desnudas. Éste, impresionado por el arrojo del joven, pospuso su duelo y le conminó a volver al Norte y librar allí su combate definitivo. Ragnar accedió y emprendió el viaje tras despedirse del amor de su vida.

Mientras, en el sur, Baran estaba llegando a la ciudad de Karia, su ciudad natal, el escenario de sus primeras aventuras. Allí, desde que era niño, Baran se había estado colando en las viejas mansiones en ruinas en busca de fabulosos tesoros que nunca acababan de aparecer. Con él iba siempre un niño más pequeño, de cabello castaño y ojos verdes que se llamaba Teo y con el cual se atrevió hasta de enfrentarse al misterioso pescador Rolfson, un tipo que vivía siempre cerca de los ríos y que se decía que guardaba grandes secretos en su viejo molino en Karia.

Cinco años habían pasado y en ese tiempo se había hecho evidente que Teo tenía un secreto. Cuando se separaron, Teo acababa de cumplir los doce años y había llegado a esa edad en la que las mujeres comienzan a crecer rápidamente y mostrar su condición. Cinco años más tarde, la joven era una alta y vivaracha posadera, dotada de una fuerza excepcional y unas formas esculturales que se alegró genuinamente de ver volver a su amigo de la infancia.

Una de las razones para tal alegría era que Teo tenía problemas. El enano Drago y un grupo de siniestros asesinos la estaba presionando para que pagase una tarifa de "protección". Teo se negaba, la posada que había heredado de sus padres se había convertido en su vida durante los últimos años y no pensaba dejar que unas sanguijuelas le arrebatasen aquello por lo que tan duramente había luchado.

Naturalmente, Baran que llevaba cerca de un mes intentando olvidar a Rowena, se ofreció de inmediato para proteger a su amiga de la infancia.

Mientras, Ragnar había llegado por fin al lejano norte. Viajando por mar, el nórdico había recorrido una distancia mucho mayor que su compañero sólo para encontrarse que las cosas habían cambiado en la vieja aldea.

El hijo del noble al que había matado seis años atrás se había convertido en un poderoso mago. Bjorn había estudiado en la misteriosa corte del Rey Eocar y había vuelto con un poder sin igual en aquellas tierra, un poder que le permitía levantar fortalezas de la nada en una sola noche, dar órdenes a los Gigantes y controlar al mismísimo Niord. Un dios menor, tal vez, pero dios al fin y al cabo.

Apenas vio la fortaleza de Bjorn, Ragnar percibió que éste iba a ser su verdadero enemigo en sus tierras natales. Pero antes del inminente enfrentamiento, Ragnar deseaba visitar a su familia.

A su padre Thorvald, a su madre Asa, a su realista y serio hermano Lars y a su famoso tío Aakon. El Clan Sigurdson había crecido en número y poderío en los pasados años. Pero aún y así, ni siquiera el prestigio de Aakon y la creciente fortuna de Thorvald y Lars convertidos ahora en prósperos granjeros, podrían hacer frente al poder de Bjorn y Niord conjuntados.

Aakon, capitán de vikingos y siempre muy atento a los relatos de los bardos del norte, le propuso a Ragnar una hazaña con la que inspirar a los guerreros libres de los fiordos a desafiar la amenaza tiránica de Bjorn.

Para ello, Ragnar tendría que evitar a los dos gigantes que cerraban el paso a la ciudad de los Enanos y forjar una alianza con el Rey de Debajo de la Montaña.

Ragnar y Lars atravesaron un peligroso glaciar y el joven pelirrojo se lanzó por una poderosa cascada al límpido lago que se extendía ante las puertas del Reino de los Enanos. Más muerto que vivo, el guerrero fue llevado ante el Rey Enano y ante éste presentó una petición. A cambio de un hacha capaz de destruir al Dios Olvidado, Ragnar se ofrecía como paladín y campeón de los enanos a cumplir siete tareas que estos le encomendasen.

El Rey Enano aceptó y la primera misión de Ragnar fue abatir a los gigantes que encerraban a los Hijos de la Tierra en su valle. Ragnar desafió a los gigantes a un duelo de acertijos y aprovechando la perplejidad de estos, el guerrero abatió a los colosos. Sólo quedaba presentarse ante la asamblea de los nórdicos y desafiar a Bjorn y sus secuaces.

Mientras, en el sur, Drago el Enano Mezquino, había atacado la posada de Teo. Su asalto se había saldado con la muerte de los dos hombres, pero el Enano había conseguido incendiar la despensa de la posada y el género destruido representaba prácticamente todo aquello que Teo tenía en el mundo.

Baran y los dos ayudantes de Teo convencieron a la joven para que intentase seguir adelante con su negocio, pero Drago no pensaba dejar así las cosas. Reuniendo al resto de sus fuerzas, el enano atrajo a Baran y a Teo a una casa que había minado previamente con el polvo secreto de los enanos. La casa explotó y los bandidos pudieron asaltar a placer la posada, asesinando al viejo que trabajaba de mozo de cuadras y a la camarera.

Pero Teo y Baran no habían muerto. De vuelta a la Posada de la Corona, se encontraron con el horrible espectáculo y que Laris, el arquero de los bandidos, les esperaba para intentar encerrarlos allí y condenarlos a una muerte segura entre las llamas. Lo que no contaba Laris es que Baran, con un arma de proyectiles en las manos (cualesquiera de ellas), podría alcanzar cualquier blanco que estuviese dentro de su alcance.

Herido, Laris fue en busca de ayuda de Drago y sus cómplices, pero el rastro de sangre que iba dejando era fácil de seguir y Teo y Baran llegaron al cubil donde dieron rápida cuenta de los ocupantes de aquel antro de asesinos.

Ya nada retenía a Teo en Karia. Su posada había sido destruida, sus amigos muertos y su familia llevaba largo tiempo enterrada. La joven estaba desorientada cuando Baran vino a verla y la ofreció otra opción. Invitó a la joven a acompañarlo, a descubrir las maravillas de un mundo más amplio que se extendía más allá de los muros de Karia. Teo aceptó.

No sabemos si Baran lo percibió o no, pero no sólo había ganado una nueva compañera, sino que también había ganado a alguien que iba a ser muy importante en su vida.

En el norte, Ragnar se presentó ante el Consejo y su historia electrizó a sus compatriotas. Un ejército se reunió rápidamente y se dispuso a luchar contra Bjorn y sus huestes.

Éste convocó a un ejército de muertos vivientes con Niord a la cabeza y sorprendió a la flota de los hombres del norte en mitad del fiordo. Entablada la batalla, Ragnar comenzó a buscar rápidamente a Niord deseoso de medir su nueva hacha contra el arma del dios. Dos titanes se batieron en el puente de la nave de Bjorn. Ragnar, un joven campeón lleno de vida luchaba por sus seres queridos, por la libertad de su pueblo y por su derecho a ganarse un lugar en el mundo. Niord luchaba por una gloria pasada que se había transformado en la más abyecta esclavitud a manos de un mago ambicioso. Y el Dios Olvidado era consciente de ello. Aquella iba a ser su última batalla, su última posibilidad de morir con gloria y por ello, dejó que el hacha de Rangar abriese paso a una nueva leyenda.

Con Niord muerto, los vikingos se rehicieron y poco a poco las fuerzas de Bjorn retrocedieron ante su empuje. Pero todavía quedaba enfrentarse con el mago. Éste intentó escapar a la furia de Ragnar, pero al verse finalmente acorralado, abatió al joven campeón con sus artes mágicas.

Los Hombres del Norte habían ganado el mayor de sus triunfos pero habían pagado un alto precio. Ragnar fue depositado en un navío de guerra y se le dispensó el funeral de un Rey.

Pero su leyenda no había terminado todavía.

Un ángel rubio vigilaba el sepelio desde lo alto de un acantilado. Erika había acudido a la llamada de su amor y tras rescatar el cuerpo de su hombre, la joven dragón ofreció la segunda de sus vidas a cambio de la curación de éste.

Un desconcertado Ragnar emprendió así su viaje al sur, de vuelta a Saral donde Baran y Teo escuchaban de labios de Erika el relato de sus hazañas. Pronto volverían a reunirse todos, pronto volverían a vivir otras apasionantes aventuras juntos.

Pero esa es otra historia y debe ser contada en otro momento.