Ver el trabajo de Eduardo Ocaña resulta sorprendente. Uno tiende a imaginar la trayectoria que le ha llevado a un estilo tan formado y definido como el que exhibe página a página y, sin embargo, nos encontramos ante un autor novel que realiza en este número que tenéis en las manos su primer trabajo como profesional del mundo del cómic. Su bagaje anterior se limitaba a cuatro meses como integrante de un estudio de desarrollo visual de la película -de próximo estreno- Los Tres Reyes Magos y a impartir clase -tras un breve espacio como alumno- en la escuela de cómic que Carlos Olivares y Daniel Suárez tienen en Madrid. Quizá sea fruto de ese paso por el mundo de la animación que posea un ritmo de producción lo suficientemente alto como para poder mantener una serie mensual sin que sufran por ello las páginas en su calidad final.

Tras un leve vistazo a las páginas de su cómic os habréis dado cuenta de que, estilísticamente, Eduardo esta mucho más cercano al cómic europeo que al Manga, y que entre sus principales influencias se encuentran autores como Loisel o Segur y su Estación de las Cenizas, autores que por su inmersión en lo fantástico le han desarrollado una comprensión del género y de construcción de personajes del mismo que encaja excelentemente con lo que es el mundo de Crónicas de Mesene. Al menos estas son sus principales rasgos en lo estético, ya que en el movimiento de personajes es el terreno de la animación el que más le ha marcado, formando así un increíble mundo artístico propio que llamara la atención de todos los lectores.

Y, si su nivel de calidad es ya aceptable, podremos ver todos los aficionados a Mesene como en cada número sigue dando un paso hacía adelante hacía un destino aun por llegar. De momento alegrémonos por poder contar con tan excelente dibujante.

 

Jorge Iván Argiz