Caballeros Pantera
Por Borzag
-“¡Adelante, hombres de Sigmar!”- gritó Fritz, maestre de los Caballeros Pantera, a sus compañeros- “¡Su flanco ha caído! ¡Acabemos con ellos!”
La carga contra el frontal de los hombres-rata había sido arriesgada, aunque el éxito de su resultado saltaba a la vista: enfrente de Fritz, un regimiento de los hombres-rata más numerosos- “Guerreros del Clan”- pensó el veterano maestre- huían corriendo en todas las direcciones, del mismo modo que una brisa otoñal revuelve las hojas caídas en el linde del bosque de Laurelorn. Conocía demasiado bien a esos engendros del caos, una vez emprendían la huida, nadie podía detenerles hasta que regresasen a sus malsanas madrigueras. Esos Skaven ya no supondrían ningún problema, por lo que a su orden, tanto su fiel montura como la de sus hermanos piafaron, y como una sola mente se giraron hacia el sudeste buscando en nuevo enemigo.
Desde esta nueva perspectiva podía ver la colina desde donde el maestro ingeniero Zacharías Haddenwolf había emplazado su tren de artillería. Rió para sus adentros: esa misma mañana habían discutido. El ingeniero recién ascendido había mantenido vehementemente que los skaven no existían, que eran solo un producto de la febril imaginación de locos y borrachos. Ahora estaba descargando su “Micro destruyehombres nosequemás” contra un grupo de hombres-rata vestidos de negro y cubiertos de tierra húmeda. Su cara de miedo y de incredulidad hacía temer por la retaguardia del ejército imperial, pero un brillo de determinación en su mirada dejaban patente que era un auténtico hijo de Sigmar.
Y un par de segundos más tarde, Fritz volvía a estar hasta el cuello. Su carga había alcanzado el flanco de la unidad enemiga, y decenas de skaven caían al suelo empalados en las decoradas lanzas de caballería de los Caballeros Pantera. Fritz soltó la suya y desenvainó su espada, lanzando tajos a diestra y siniestra.
-“Es curioso Frederick”-gritó el maestre a su portaestandarte-“ Me cuesta desclavar mi espada de estos engendros, y sin embargo, no parecen que lleven más protección que esos sucios harapos”
-“ Yo también lo había notado, mi señor, y en verdad jamás me había encontrado con unas criaturas semejantes”
Esto no le extrañó al veterano maestro, puesto que el joven portaestandarte apenas había tomado parte en un par de batallas. De hecho, era su propio sobrino, el cual por pura admiración había aceptado a someterse al duro entrenamiento “para estar con su tío favorito”
A pesar de todo Fritz estaba orgulloso, ya que aún teniendo una mano ocupada luchaba como un cualquier otro caballero..
¡De pronto, algo sorprendente ocurrió! A pesar de haber abatido el flanco de su regimiento más hombres-rata corrían a ocupar el puesto dejado por sus compañeros caídos. Gritando incoherencias y babeando, atacaron ferozmente, ignorando el peligro.
Sus golpes rebotaban como plumas de ganso en las ricamente trabajadas armaduras de los templarios, pero ni siquiera el escudo de un caballero puede estar en todas partes, y algunos cayeron bajo una incesante lluvia de golpes.
-“ Sigmar nos asista, ¿pero qué?”- gotas de sudor perlaban la frente del veterano maestre. Miró a la piel de leopardo que colgaba sobre su hombro, y supo que no solo sus hombres le miraban, sino también todos sus antepasados que llevaron dicha piel antes que él. No le importaba lo qué fuesen esos engendros malolientes. El orgullo de la caballería imperial había cargado por su flanco y ni al regimiento más robusto de enanos se le permitía contraatacar después de eso. Con frío odio en la cabeza y la furia de la pantera en su espada, lanzó un espadazo hacia el enemigo más próximo. La cabeza del skaven salió despedida, yendo a caer a los pies de un compañero suyo. Al mismo tiempo, un chorro de sangre salió del cuerpo del hombre-rata mutilado manchando a ambos regimientos como una llovizna estival. Un par de ellos miraron al suelo y viendo la horrible mueca de la cabeza cercenada decidieron que su participación en la batalla ya había sido pagada de sobra. Primero se retiraron un par. Luego una decena. Finalmente todo el regimiento huía en desbandada.
El joven Frederick azuzó en su caballo en persecución de los skaven.
- “¡Sobrino mío, no!”-gritó Fritz, pero era demasiado tarde. El portaestandarte estaba ya apuñalando a los monjes de plaga que se habían rezagado. Después de susurrar una maldición entre dientes, Fritz cabalgó para alcanzarle.
Una vez a su altura, le cogió por el brazo de la espada.
- “Acabemos con ellos de una...”- una mirada a los ojos de su tío dejó al joven paralizado, incapaz de acabar la frase.
-“ Déjalos marchar, no hay que preocuparse ya por ellos, los suyos se ocuparán.
Sabrás que nos has hacho perder un tiempo precioso”- no era una pregunta, sino una afirmación.
-“Lo siento mi señor. Me someteré a la disciplina que consideréis necesaria una vez que...”
Un trueno metálico resonó por todo el campo de batalla, y el estandarte con la orgullosa pantera rampante cayó al suelo. El caballo de Johann se encabritó y arrastró a su carga muerta a un lugar seguro. Un mayal enorme pasó rozando el yelmo de Fritz dejando una antinatural humareda a su paso.
-“¡Sigmar me maldiga! ¡Sólo a un imbécil se le ocurre discutir durante una batalla!”- por suerte llevaba aún la espada desenfundada, por lo que atravesó de lado a lado al skaven que casi había logrado golpearle. Por el rabillo del ojo vio otra espada a su derecha. Los restos de su regimiento habían acompañado a su maestre sin que este se diera cuenta, pero ya quedaban pocos, demasiados pocos para albergar esperanzas.
Un estallido, y una bola metálica atravesó la escuadra de caballeros de lado a lado.
-“¡Mi señor!”- gritó un caballero que estaba a la derecha de Fritz- “¡Zacharías ha caído, y parece que alguno de esos hijos de rata saben como funcionan nuestros cañones!”
Con el corazón encendido de ira, el veterano maestre gritó a todo pulmón –“¡Caballeros Pantera! ¡Que estos engendros del mil veces maldito caos se enteren de cómo mueren los auténticos nobles!”
Un rugido de aprobación rodó por toda la escuadra, y los humanos lucharon con renovada furia, pero infructuosa al fin y al cabo. 3 balas de cañón más rodaron por el campo de batalla, aplastando caballeros y portadores del incensario por igual. Las armaduras de manufactura enana eran inútiles cuando los vapores corrosivos procedentes del interior de los mayales se filtraban por sus juntas, y uno tras otro, los caballeros cayeron, hasta que Fritz se vio envuelto en un mar de pieles sarnosas. Su último pensamiento antes de que un incensario aplastara el visor de su yelmo: “Lo siento hermana. Te he fallado”