Los Enanos regresan a Ulthuan
Por Saez
Una fuerza expedicionaria enana se encuentra con un reducido ejercito élfico en la costa de Ulthuan
Recuerdo perfectamente el día en que los enanos quisieron volver a atacar nuestra Isla, la que tanto nos había costado proteger durante incontables siglos.
Entonces yo pertenecía al grupo de lanceros que regresaba de una amarga batalla en la que la mayoría d los nuestros habían perecido luchando contra los incursores Pieles Verdes, a los que a duras penas logramos vencer.
También recuerdo bien el tamaño de los barcos que vimos acercándose a la costa. Cuatro eran, si mi memoria no se ha deteriorado con el paso de los siglos, y de tal magnitud que en cada uno cabrían perfectamente diez de nuestros regimientos de cincuenta elfos cada uno. Puesto que los barcos todavía estaban a menos de un día de la costa, decidimos escondernos y prepararles una emboscada.
Miedo... sí, eso es lo que sentí al ver lo que bajaba de esos gigantescos barcos. Una increíble horda enana que pretendía saquear nuestro reino. Al parecer, habían hecho un pacto con unos piratas, los cuales les ayudaron dejándoles sus propios cañones para la ocasión (lo supe porque, aunque el sol aun no estaba alzado, mi aguda vista me permitió ver el dibujo grabado en el cañón, el emblema de Drog el largo), siempre y cuando los enanos les trajeran algún "recuerdo".Decidimos salir a la costa a plantarles cara, pues tal era nuestra desesperación que preferimos morir con honor en la batalla.
Ya asomaban los rayos de sol y solo entonces nos dimos cuenta del error que habíamos cometido y que, seguramente, nos costaría la vida.
Comandados por un Señor del Clan, alrededor de quinientos Rompehierros se situaron en el centro del ejercito, porque sus gruesas armaduras de acero les permitirían llevar el peso del combate ellos solos. A cada lado quinientos guerreros enanos mas, armados con enormes hachas; al fondo sobre una colina, los arcabuceros enanos apuntaron hacia nuestra reducida hueste compuesta tan solo por dos regimientos de trescientos lanceros y dos lanzavirotes de repetición garra de águila; y detrás de los arcabuceros un canon lanzallamas y dos cañones piratas dirigidos por varios enanos, algunos de ellos piratas.
El músico élfico taño su cuerno, tal vez el último que oiríamos en vida, cuando de un bosque cercano se oyó el trote de unos caballos y ruedas que se topaban con varios baches. Dos carros de Tiranoc aparecieron, en cada uno de ellos dos aurigas y un mago que habían oído el cuerno y supieron que había problemas. Tras ellos apareció una deslumbrante figura: un caballo blanco como la nieve y, sobre el, un mago resplandeciente cuya túnica parecía proceder de otro mundo, pues al mirarla se podía llegar a perder el sentido si el mago lo deseara. Según me dijeron su nombre era Fäerelion, de la estirpe de los más poderosos magos de Saphery, que consagran su vida al conocimiento de la magia pura.
Al ver la majestuosidad de su figura mi corazón se lleno de esperanza y animo, lo que me haría falta durante la batalla que iba a comenzar.
Sonaron las trompetas enanas, y a una orden del general cargaron contra nosotros. Mientras cargaban los arcabuceros dispararon, pero las balas no llegaron hasta nosotros, pues la distancia era muy grande. Los cañones piratas eran de muy mala calidad, porque por mucho que intentaron disparar no funcionaban y estuvieron un tiempo arreglándolos.
Nos preparamos para la dura carga de los Rompehierros y el general cuando vimos que parte del cielo se ennegrecía. Nuestros magos lanzaron un cometa gigantesco que fue a estrellarse sobre el general y los Rompehierros. Su general pereció, pero los Rompehierros llevan armaduras muy resistentes, y solo aquellos que estaban mas cerca del general cayeron con el. Los enanos vacilaron un momento, pero conocida como es la insistencia enana continuaron a la carga.
Aun así, el tiempo que habían perdido les costaría caro. Nubes de virotes oscurecieron el cielo, y fueron a parar contra todos los guerreros enanos, muchos de los cuales perecieron. Fäerelion observaba tranquilo el campo de batalla sobre una colina, y lo único que hacia era mover los labios e incontables llamas envolvían a los enanos, que aun así, persistían. Por desgracia para nosotros, los cañones ya se habían arreglado y, con una ensordecedora explosión, destruyeron uno de nuestros carros. El otro carro fue arrollado por los guerreros enanos, y se vio obligado a retroceder. Pero, apoyado por los lanzavirotes, logro reagruparse y aniquilar a todo un regimiento.
Recuerdo lo que sufrí cuando cargaron contra nosotros los Rompehierros. Nunca antes había sentido tanta presión, pero aun así aguantamos hasta que nos ayudaron más lanceros que nos cubrían el flanco.
No habríamos podido con ellos de no ser por la ayuda de nuestros magos. El cielo se oscureció y comenzaron a caer rayos entre las filas de Rompehierros. Atacados por todos sus frentes los Rompehierros huyeron presas del pánico, e hicieron huir también los guerreros que pretendían cargar contra nosotros, porque sabían que si estos huían era porque era realmente peligroso atacar. Pensando que íbamos a ganar les perseguimos, y aniquilamos a la mayoría de ellos, pero apareció por detrás de nosotros una amenaza que realmente hacia peligrar nuestra victoria.
Los mineros, cavando bajo tierra, se lograron colocar tras nuestras filas dispuestos a atacarnos por la espalda. Pero no habían contado con Fäerelion que, además de ser un gran mago, había sido adiestrado para combatir entre los maestros de Hoeth. Invoco una espada de fuego y cargo contra las filas de los mineros. parecía increíble que un solo elfo pudiera acabar con tantos enanos en un momento, y es que hasta nosotros habíamos subestimado a Fäerelion.
Aniquilo a los mineros casi en su totalidad y se puso a nuestro mando y en primera línea de batalla.
Los pocos que quedaban fueron aniquilados.
Los pocos que huyeron fueron calcinados.
Nadie logro huir salvo un enano, al que Fäerelion dejo vivir para que regresara con los suyos y vieran que con los elfos no se ha de jugar.
El enano regreso, con una mirada mezcla de odio y terror, y fue el último que se vio en nuestras costas durante cientos de inviernos.
Yo sobreviví a ese día, y todavía estoy aquí, después de varios siglos. Incontables son ya las batallas en las que he participado, y aunque entonces yo era joven, aquella batalla permanecerá por siempre en mi memoria.
Ellyundil, comandante de los lanceros de Tor Achare