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EL
CID,
de José Luis Corral
Crítica
de Óscar Camarero
Datos bibliográficos:
Título: El Cid
Autor: José Luis Corral
Año: 2000
Editorial: Edhasa
Colección: Narrativas históricas
Presente edición: Septiembre 2001
Diseño portada: Enrique Iborra
Páginas: 570
Formato: tapa dura
ISBN: 84-350-6010-1
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¿A
quien no le subyaga la figura del Cid Campeador?
Don Rodrigo Díaz de Vivar fue un caballero de
frontera, una de esas personas que por fecha y lugar de nacimiento
parecen haber nacido predeterminadas para la lucha. Y es que en las
postrimerías del s.XI, Vivar, Ubierza o Burgos misma (pertenecientes al
reino de Castilla) estaban siempre alertas ante una posible invasión
navarra o sarracena.
El Cid era una persona de armas pero también sabía
escribir, latín y leyes. A pesar de nacer infanzón, llegó a estar muy
considerado por el rey Alfonso, lo cual le costó incluido el destierro,
debido a las inquinas de los nobles, que le envidiaban.
Don Rodrigo no destacaba por su altura ni por su
belleza, pero sí por su carácter. Forjado en esa tierra de frontera se
convirtió en hombre, caballero, guerrero, y vivió de acuerdo a las leyes
de la justicia (la de la época, se entiende) y era hombre de mirada y
pensamiento franco.
Todo ello, mezclado con la instrucción militar
que recibiera primero por parte de su padre y después en la corte, le
valió el respeto y el miedo tanto de amigos como de enemigos a lo largo
de su vida, aunque sus peores enemigos los tuviera siempre en la corte de
Castilla.
¿Es de sorprender entonces que este hombre
mandara a mesnadas formadas por miles de hombres, que lo acompañarían
ciegamente incluso al exilio? Obviamente, la respuesta es “no”.
José Luis Corral escribe esta novela desde una
perspectiva histórica lo más rigurosa posible. Ha consultado más de
trescientos libros sobre el personaje, las costumbres o la técnica
militar de la época.
Carlos García Gual (El País) dice de esta
novela: “Una novela que nos permite admirar al Cid sin idealizarlo”,
lo cual es suficiente garante de veracidad histórica y épica a partes
iguales.
Todos los personajes que aparecen en la novela
son históricos, a excepción del narrador, el escudero del Cid, Diego de
Ubierna, precisamente por la voluntad del autor de poder dar una visión
literaria de unos hechos históricos.
El uso del narrador es muy interesante. Usa a un
muchacho, un escudero (después ascenderá
en el escalafón militar), que narra las aventuras del protagonista, lo
cual le permite mantener una distancia moderada frente a los pensamientos
del mismo, pero no ante los actos que de ellos se derivan, para así
evitar juicios de valor sobre el Cid. Y para conseguir mayor efecto en el
lector utiliza la primera persona. También para poder dar una visión
personal de los hechos o para “justificarlos” históricamente a través
de reflexiones internas del personaje-narrador, que en ocasiones parece
tomar la forma del autor, o del lector contemporáneo.
Pero claro, un narrador en primera persona tiene
carencias evidentes. La más importante, la de la no-omnisciencia, que
impide que conozca hechos importantes que suceden a mucha distancia de él.
El narrador en primera persona no tiene todos los elementos de la historia
a su alcance. Por ello, José Luis Corral utiliza el tiempo pasado en su
novela. Diego de Ubierna narra las peripecias acaecidas junto al Cid desde
un tiempo futuro, a modo de crónicas, lo cual le permite (con cincuenta años
de diferencia) rellenar las lagunas que hubieran existido en la narración
de la historia de haberse dado en tiempo presente, y que hubieran impedido
tener una visión histórica de conjunto.
A pesar de lo comentado sobre el uso del
narrador, en su afán por conseguir la mayor rigurosidad en la novela y no
ser tildado, quizás, de excesivamente “literario”, José Luis se
convierte en un “mero” cronista de las andanzas del Cid, mirando de
lograr una visión lo más global y esclarecedora de los hechos.
Sin embargo, no conseguirá imprimir en la épica
de esta novela lo que algunos autores de fantasía heroica, pero es que
José Luis hace novela histórica, y además no sabe (o no quiere) ni
siquiera sustraerse ni modificar los detalles históricos más nimios.
¿Quizás por ello haya escrito siempre sobre
escenarios bélicos, pues ya llevan implícitos los detalles épicos?
Poco importa. Lo verdaderamente importante es que
la novela tiene épica: la derivada de los propios hechos históricos.
Y ya como punto y final a esta reseña, quisiera
comentar la infinidad de pequeños detalles que pueblan esta novela, dándole
la consistencia histórica tan impresionante que tiene. Costumbres
medicinales, culturales, gastronómicas, de vestuario, arquitectura, etc,
insertadas en pequeñas cápsulas que no distraen al lector de la trama
principal, y que la enriquecen.
Y ahora, ya para acabar, os pongo unos pequeños
fragmentos de esta obra, como suelo hacer en todas mis reseñas, mirando
de ejemplificar lo anteriormente expuesto.
¡Que Dios, el Cid y José Luis me perdonen por
ello!
“Habíamos estado toda esa
mañana ejercitando el tiro con arco y experimentando con esa nueva arma
diabólica que llaman ballesta en el campo de la Almozara.”
“La lluvia barría los
tejados y extendía por toda la ciudad un olor a humedad salina. Al-Qádir
nos había invitado al Campeador y a sus capitanes a una copiosa comida
tras la cual disfrutábamos de la hospitalidad del rey, que nos agasajaba
con joyas, collares y anillos, bandejas de pastelillos de canela y
almendra, infusiones de abrótano, vino aromatizado con esencias, licores
de dátil y de naranja e inhalaciones de humo de cáñamo.”
“(...) que saqueamos llevándonos
con nosotros todo el ganado, mujeres y niños cautivos y todo el cereal
que encontramos;”
“Algunos de los soldados
de mi batallón violaron a las mujeres que no pudieron esconderse en los
bosques de las montañas y otros lo hicieron con los niños. He visto el
dolor y la angustia reflejados en demasiados rostros, y muchos de ellos se
han borrado de mi memoria, pero todavía quedan en ella las caras
aterrorizadas de unas muchachitas que gemían de pánico mientras
contemplaban cómo nuestros soldados cortaban las cabezas de sus padres y
las paseaban por la calle de su aldea, todavía chorreando sangre,
clavadas en la punta de las picas.
Aquello no fue ninguna hazaña de la que
considerarnos orgullosos, aunque nadie se avergüenza en nuestros tiempo
de acciones como éstas, que se estiman como normales en tiempos de guerra
(...)”
“Para atemorizar a
nuestros enemigos, Rodrigo ordenó que a todos aquellos que fueran
capturados vivos en combate les fueran sacados los ojos, amputadas las
manos y rotas las piernas y que sus cadáveres fueran colgados de los
alminares de las mezquitas y de las palmeras del arrabal de la Alcudia,
para que se pudrieran a la vista de los aterrados valencianos.”
“Pero los valencianos seguían
muriendo de hambre y los que escapaban nos contaban que algunos
desesperados llegaron a consumir carne de rata, de perro, de gato e
incluso de los cadáveres que se amontonaban en las calles sin que los
enterradores dieran abasto para proceder a su sepultura. Yo mismo fui
testigo de cómo varios valencianos se abalanzaron sobre el cuerpo de un
soldado cristiano que cayó al foso durante una de nuestras escaramuzas
ante las murallas, y lo descuartizaron para repartirse su carne. Fueron
tantos los muertos, que en las plazas e incluso en las calles se cavaron
fosas para enterrarlos.”
“-El castigo debe ser
ejemplar. Si dejo con vida a los que se han sublevado, otros muchos
intentarán hacer lo mismo, y jamás detendremos la rebelión. Las
conjuras, como la gangrena, hay que atajarlas de golpe, si dejas que se
extiendan, estás muerto.
De nuevo tuve que rendirme ante la decisión
de Rodrigo, que contempló sin pestañear cómo ardían en la hoguera los
rebeldes que habían sobrevivido al asalto de nuestros soldados.”
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